La Iglesia italiana: de Camilo Ruini al Don Camilo de Francisco

La Iglesia italiana: de Camilo Ruini al Don Camilo de Francisco

Francisco sonríeEn 1984 Joaquín García Roca, en su famoso artículo El quehacer de la Iglesia española en la actual situación socio-política contraponía los planes pastorales de la Iglesia española, que intentaban acomodarse al modelo ya dominante de la iglesia polaca, con los de la Iglesia italiana que aún creían en que había de partir de una realidad en crisis. Pero un año después, en el Congreso eclesial de Loreto, de mano de Camilo Ruini, se impuso la línea de Wojtyla que partía de los principios inmutables.

A los 30 años, en el reciente Congreso decenal de Florencia, el papa Francisco le ha dado una buena sacudida a la iglesia italiana.

 

Si el Papa pide trabajar sobre un texto de hace dos años

 Francisco en Florencia invitó a la Iglesia italiana a reflexionar sinodalmente a todos los niveles sobre la exhortación apostólicaEvangelii gaudium”, publicada en noviembre de 2013. Evidentemente considera que no se ha hecho bastante

ANDREA TORNIELLI en Vatican Insider

 

Francisco no fue a dar recetas a los «estados generales» de la Iglesia italiana, ni tampoco a presentar un «proyecto bergogliano» con el cual sustituir otros proyectos o cerrar viejas estaciones eclesiales. Sin embargo, sus palabras representan un parteaguas. En su largo y articulado discurso [ver texto completo en español], pronunciado bajo la cúpula del “Duomo” de Florencia, con el fresco del Juicio Universal, el Papa propuso a la Iglesia italiana un minimalismo evangélico centrado en la mirada de la humanidad de Jesús, en la predilección por los pobres y en la apertura al diálogo y a la confrontación con todos. No hizo discursos abstractos sobre el «humanismo», sino que utilizó palabras  «simples y prácticas». Indicó tres sentimientos de Jesús (la humildad, el interés por la felicidad del otro, la beatitud evangélica) y puso en guardia sobre las tentaciones de confiar «en las estructuras, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas porque son abstractas», y en una fe «encerrada en el subjetivismo».

Al trazar el camino, Francisco sugiere a todos dirigir la mirada al «cristianismo genérico» del pueblo de Dios, incluso en donde haya un pequeño rebaño un poco destartalado, en lugar de apostar por movimientos organizados, por las élites de asalto, por los proyectos que creen influir el pensamiento de masa mediante las «batallas culturales».

Pero esta vez, la verdadera noticia se encontraba en las últimas líneas del texto. Francisco, después de haber repetido que no será él quien trace el nuevo recorrido de la Iglesia italiana (sino de los mismos religiosos italianos), hizo una única petición: «En cada comunidad, en cada parroquia, en cada diócesis, traten de poner en marcha, sinodalmente, una profundización de la ‘Evangelii gaudium’, para obtener de ella los criterios prácticos y para realizar sus disposiciones». Esta exhortación, un verdadero documento programático del Pontificado, fue publicada hace dos años. Si el Pontífice invita a retomar ese texto, evidentemente considera que la Iglesia italiana no lo ha hecho o no lo suficiente.

No es una cuestión de consignas. No se trata de sustituir en los discursos de siempre los «valores no negociables» con los «pobres» o las «periferias», así como tampoco volver a escribir los currícula para candidatos a obispo poniendo en primer lugar las horas que pasan en los comedores de las Cáritas. La «conversión pastoral» que Francisco indica con su Pontificado es algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más radical. Es una Iglesia «inquieta» que se sabe poner en discusión por el Evangelio, que abandona cualquier colateralismo, cualquier «sustituto de poder, de imagen, de dinero». Una Iglesia que no se duerme en los laureles de la propia hegemonía, de sus seguridades económicas y estructurales.

Después de los congresos de Loreto (1985), Palermo (1995) y Verona (2006), por primera vez en treinta años los «estados generales» de la Iglesia italiana se llevaron a cabo sin la guía del cardenal Camillo Ruini. Pero esta vez estaba presente un don Camilo. Pero era ese párroco que se volvió famoso gracias a los cuentos de Guareschi, el «pobre sacerdote de campo que conoce a sus parroquianos uno por uno, que los ama, sabe sus dolores y sus alegrías, que sufre y sabe reír con ellos» [de las palabras dedicadas por Francisco en su discurso a evocar la novela y película de Guareschi].

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Más información en Religión Digital y extractos en español:

José Manuel Vidal: La visita del papa a Florencia el martes 10.

Los nombres de Dios

Los nombres de Dios

Carlos Barberá

Por Carlos F. Barberá, teólogo, suscriptor de Iglesia Viva.

Se sabe que en la tradición musulmana Dios tiene 99 nombres que se extienden en una larga lista encabezada por El Misericordioso y terminada por El Paciente. La espiritualidad cristiana ha utilizado también calificativos muy variados pero al mismo tiempo no han faltado las voces manifestando su insuficiencia o incluso su irracionalidad.

Marius Torres, el poeta catalán muerto en 1942, cuya poesía estuvo recorrida siempre por una vena mística, escribió un poema que reproduzco en su idioma original y en una traducción que acaso sea innecesaria. Se titulaba Els noms y lo encabezaba una cita de Fray Luis de León:

Si el nombre es imagen que sustituye por cuyo es, ¿qué nombre de voz o qué acepción de entendimiento puede llegar a ser imagen de Dios?

 

Tots aquets noms obscurs, resats amb avidesa
pels llavis dels covards, els folls, els moribunds
en el Nom sense nom de la teva grandesa
com els rius en la mar deuen negar-se junts…
Tan enlaire com ets, Senyor, ¿quin mot podria
empresonar el teu infinit en el seu punt?
Però t´hem de cridar; y al teu davant un dia
tot home es un covard, un foll i un moribund.
I encara t´encarnem en pressagis i en faules
i el teu silenci inmens profanem amb paraules
que mai no poden ser paraules de tothom.
Si ens fan errar l´orgull, l´amor, l´impaciència,
perdona´ns i sonriu, arcana providència,
Tu que ens has fet, o Tu que saps el nostre nom!

 

Esos nombres oscuros, con avidez rezados,
por labios de cobardes, locos o moribundos,
en el Nombre sin nombre de tu propia grandeza
cual ríos en el mar deben negarse juntos.
Tan alto como eres ¿qué palabra podría
aprisionar, Señor, tu infinito en un punto?
Pero hemos de llamarte y en tu presencia un día
todo hombre es un cobarde, un loco, un moribundo.
Seguimos encarnándote en prodigios y en fábulas
y tu silencio inmenso profanan las palabras.
que nunca pueden ser palabras para todos.
Si nos pierde el orgullo, el amor, la impaciencia,
sonríe y perdónanos, arcana providencia,
Tú que nos has creado, que sabes nuestro nombre.

 

Con esta formulación luminosa Marius Torres manifestaba su convicción profunda de que es imposible alcanzar con nuestros nombres a la divinidad pero reconocía al mismo tiempo nuestra necesidad de utilizarlos. Somos demasiado desvalidos como para renunciar a dirigirnos a El.

Hay que advertir que las palabras con las que calificamos a Dios no pueden ser definiciones. Dios no puede ser encerrado en el marco estrecho de nuestros conceptos. En realidad no pueden pretender qué o cómo es Dios sino cómo Dios actúa y a partir de ahí nos dan un vislumbre de su esencia. El propio Jesús no habló tanto de Dios como de Su reino. Mirad lo que hace Dios, así venía a decir con sus parábolas.

En su relación con quien le había enviado, Jesús utilizó la palabra Padre. Es una denominación que hizo fortuna y que encabeza la oración de los cristianos, con la autoridad de algo que viene de los labios del propio Jesús. Con todo, percibimos enseguida sus dificultades. No sólo porque para alguien esa denominación evoque malas experiencias y le llegue cargada de un aura negativa. Sobre todo y especialmente porque, interpretada en una marco teísta, lleva al convencimiento de que Dios debe ayudarnos y socorrernos siempre. ¿Qué padre no haría lo imposible por el bienestar de su hijo? Y sin embargo Dios no parece hacerlo. Muchos de sus hijos sufren calamidades sin que un Dios padre y supuestamente todopoderoso mueva un solo dedo para aliviarlos.

Muchas crisis de fe se han gestado en la experiencia de este padre aparentemente desinteresado de sus hijos. Claro está que la imagen puede también sugerirnos una explicación distinta. Un padre da la vida al hijo, lo cuida, hace posible que crezca y se desarrolle, lo acompaña y le da consejos pero el hijo ha de vivir finalmente su propia vida y el padre no puede hacerlo en su lugar. Dios es tan impotente frente a nuestra libertad como un padre lo es frente a la de su hijo.

La teología más actual ha vuelto los ojos a formulaciones clásicas y ha calificado a Dios como misterio absoluto, al que “no pueden contener los cielos ni los cielos de los cielos” (2 Cron 6,17), que está más allá de nuestras ideas y conceptos. Pero a la vez Dios está en lo más profundo de las personas. “´Misterio`, para nosotros, contiene estos tres rasgos esenciales: la absoluta trascendencia de la realidad a la que se refiere, su más íntima inmanencia, como raíz, origen y fundamento del hombre y su mundo; y su condición de presencia en acto permanente de donación, revelación e interpelación a las personas” (Juan M. Velasco)

Dios es, pues, esa Presencia intangible pero real, invisible pero interpeladora. Yo quiero atreverme a proponer otro concepto que califica al anterior, que lo engloba y ensancha. Dios es sobre todo Compañía. ¿Y qué es eso de la compañía? Como ocurre a menudo, ideas que utilizamos frecuentemente se nos resisten a la hora de desentrañarlas o definirlas. En una primera aproximación, la compañía tiene apenas realidad. Quien da compañía no necesita dar nada, quien hace compañía casi no tiene que hacer nada, únicamente estar. Ni siquiera es menester que hable, le basta con prestar escucha. Su silencio está lleno de realidad, su eventual palabra –no sus ideas– proporciona vida. Quien tiene compañía ha ahuyentado el fantasma de la soledad. Si es Dios quien la hace, su presencia entraña un acicate: saca lo mejor de ti mismo, ponte en marcha. Y una promesa: vayas donde vayas y hagas lo que hagas, ya nunca estarás solo.

Buscando un nombre para Dios –uno de esos que Marius Torres decía que nos son necesarios– yo acudiría a uno que se acuñó para otro destinatario: “Compañero del alma, compañero”.

El miedo de los que mandan

El miedo de los que mandan

CastilloPor José María Castillo en su blog Teología sin censura.

Los evangelios nos dicen, repetidas veces, que las personas que ejercían el máximo poder en la sociedad judía del tiempo de Jesús, tenían miedo (Mc 11, 18. 32; 12, 12; Mt 14, 5; 21, 26. 46; Lc 20, 19; 22, 2). Concretando más, los que tenían miedo eran: los “sumos sacerdotes”, los “senadores” (“ancianos”) y los “escribas” o maestros de la Ley (Mt 21, 26. 46; Lc 20, 19; Mc 11, 18; Lc 22, 2). O sea, los asustados eran los hombres del poder, los que mandaban en aquella sociedad.

¿Y a quién tenían miedo? Sencillamente, “al pueblo” (Mc 11, 18; Mt 21, 26; Lc 20, 6, etc). O sea (según la expresión que usan los evangelios), a los que mandaban, les daba miedo el “óchlos”, la “multitud”, la gente sencilla, de condición modesta, los que eran considerados como ignorantes y hasta malditos (Jn 7, 48). Dicho en pocas palabras: los más poderosos, entendidos y privilegiados tenían miedo a los débiles, a los ignorantes y a los que eran vistos como gente indeseable.

Todo esto resulta tanto más extraño si tenemos en cuenta que aquellos gobernantes asustados no eran solo gobernantes civiles, sino además gobernantes también religiosos. Es decir, concentraban todo el poder, toda la riqueza y todos los privilegios.

Entonces, ¿por qué tenían miedo? Hay una diferencia fundamental entre los gobernantes de ahora y los de entonces. Ahora, la diferencia entre el poder civil y el poder religioso es suficientemente clara y está bastante bien delimitada. En tiempos de Jesús –y concretamente en Palestina–, el poder que mandaba era, ante todo, el poder “religioso”, el poder del Sanedrín. De imponer orden civil y de cobrar los impuestos, se encargaban sobre todo los romanos. Así las cosas, lo que los “hombres de la religión” no querían, en modo alguno, era dar pie a que hubiera alborotos populares. Porque eso es lo que Roma no toleraba. Por esto es por lo que el Sanedrín decidió finalmente que había que matar a Jesús (Jn 11, 47-53).

Seguramente, mucha gente no se imagina la actualidad que todo esto tiene. Ahora se dice, por todo el mundo, que al papa Francisco no lo quieren importantes “mandamases” de la Curia Vaticana. Y la historia se repite. Así, nos encontramos en una situación que se parece (más de lo que algunos se sospechan) a la situación que se produjo en vida de Jesús. ¿Por qué algunos cardenales se afanan ahora diciendo en público que ellos no están contra el Francisco? Sea o no sea cierto lo que ahora dicen esos eminentes purpurados, lo que no admite dudas es que en Roma (y fuera de Roma) hay mitrados que tienen miedo, quizá mucho miedo. Miedo, ¿a quién? A los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a las multitudes que aclaman a Francisco allí donde va. ¿Y por qué ese miedo? Porque el poder religioso no se impone por la “coacción”. La fuerza del poder religioso está en la “seducción”. Jesús seducía a los que sufren en la vida, por el motivo que sea. Los cardenales, por más colas y ropajes que se pongan, no atraen a nadie. Y el hecho patente, al que estamos asistiendo, es que en Francisco se trasluce la presencia de Jesús. ¿En los cardenales que intrigan a escondidas (si los hay), ¿qué y quién se trasluce….? Vamos a dejarlo.

Weil y Day nos ayudan a comprometernos sin perder la libertad ni la autocrítica

Weil y Day nos ayudan a comprometernos sin perder la libertad ni la autocrítica

teresa2En Noticias Obreras, Abraham Canales y José Luis Palacios han hecho esta entrevista a Teresa Forcades, a propósito de su libro «Por amor a la justicia». En ella hablan de estas dos obreras cristianas, Simone Weil y Dorothy Gray, tan inspiradoras hoy día, y del compromiso político de la misma Teresa.

— ¿Qué le atrajo de estas dos grandes mujeres de las que habla en su libro? ¿Qué tiene en común con ellas?
— Me atrae su coraje, entendido como la capacidad de ser una misma y de ir contra corriente si es necesario para defender los propios ideales y proyectos. Socialmente, culturalmente, eclesialmente, no resultaba fácil para una mujer de principios del siglo XX afirmarse como sujeto de la propia vida. Dorothy Day y Simone Weil no tuvieron miedo de ser libres. Ambas pagaron un precio alto por ello; ambas nos demuestran que vale la pena pagarlo.

Yo vivo en el siglo XXI, en unas circunstancias mucho más favorables para las mujeres tanto a nivel social, como cultural, como eclesial. Pero el reto por ser libre sigue en pie. Encontrar el propio camino y hacerlo, como hicieron ellas, desde la solidaridad con las personas marginadas.

— En un momento del libro reconoce que, como Weil, también su niñez estuvo marcada por ciertas expectativas de feminidad que la incomodaban y la limitaban… ¿Ha encontrado en la vida religiosa aquello que más anhelaba?
— Sí, pero sigo buscando. «Lo que más anhelo» tiene una estructura abierta, transcendente. San Agustín lo llamó «corazón inquieto»: nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti. Reconozco en mí un anhelo de absoluto que no puede resolverse en el tiempo y el espacio. En la vida monástica he encontrado un espacio y una comunidad orientada hacia este Absoluto inalcanzable que es a la vez más íntimo que mi propia intimidad, cito de nuevo a san Agustín.

— Weil quizás es más intelectual y Day más activista, aunque ambas inspiradas y alentadas por su experiencia del Dios cristiano. ¿Hay hoy seguidores de estas dos «escuelas» dentro del cristianismo?
— Pere Casaldàliga, obispo emérito de la diócesis brasileña de Sao Felix de Araguaia, aunque sea un obispo y, por tanto, un pastor, tiene un estilo original, reflexivo y profundo que me recuerda a Weil, mientras que Óscar Romero sería más como Day. También son más como Day los curas de la parroquia de Entrevías o Joan Chittister, la monja benedictina norteamericana conocida por sus libros de espiritualidad. Está claro que la Iglesia necesita ambos carismas.
—¿Cómo le influyó a Weil su contacto con la JOC?
— Weil conoció la JOC en Marsella y quedó impresionada por su autenticidad. Dijo de ella que era el único espacio donde el joven obrero se encontraba valorado como persona, más allá de consignas de partido o sindicato y más allá de toda instrumentalización. Valorado por su individualidad, frágil y preciosa a los ojos de Dios. Weil estaba desengañada de su experiencia política y quedó sorprendida de encontrar en la JOC una organización con miles de miembros que no había perdido su alma.

— Antes de ser católicas se comprometieron muy activamente con las luchas de su tiempo ¿Qué les aporta esa profunda espiritualidad a sus compromisos?, ¿y cómo influyen sus compromisos previos en la vivencia de su espiritualidad?
— El encuentro con Jesús es para ambas un punto de inflexión rotundo. Sus vivencias previas quedan englobadas en lo que para ellas significa haber encontrado un sentido a la vida. Ambas se descubren en Jesús amadas incondicionalmente y esta convicción interior, que viven como un regalo, es el secreto de su fuerza. Al mismo tiempo, su compromiso con la justicia social y las luchas obreras, previo a su conversión, les había permitido sentir el mundo del sindicalismo revolucionario como propio y de ahí nacieron amistades que no habrían sido seguramente posibles para ellas si hubieran sido creyentes cristianas desde el principio. Weil y Day viven entre dos mundos –la lucha obrera y la comunidad cristina– que lamentablemente se han visto a menudo el uno al otro como enemigos. Ellas los integran y los viven desde su fidelidad al evangelio.

— ¿Por qué el trabajo es tan importante en las vidas de estas dos mujeres? ¿Qué hay de compartido y de diferente en la visión que tienen del mundo del trabajo?
— Trabajar implica realizarse personalmente, implica descubrir que puedo transformar el mundo externo a mí mediante mi inteligencia y mi capacidad de proyecto e implica reconocer y aceptar la inevitable resistencia que ese mundo externo va a ejercer para mantener su inercia a no dejarse transformar. El trabajo manual es la mejor escuela de vida. Day aprendió desde pequeña el valor del esfuerzo y del trabajo bien hecho asumiendo responsabilidad por las tareas del hogar y luego pasó toda su vida encarnando sus ideales de justicia en el cuidado corporal de las personas marginadas: lavar, alimentar, acompañar en momentos de desesperación o de intoxicación por drogas o alcohol, curar heridas. Weil sustituyó temporalmente su cátedra de filosofía por trabajar como obrera industrial no cualificada. Ambas se dieron cuenta del vacío que genera en la persona limitar su experiencia a la parte mental, se dieron cuenta del valor terapéutico y espiritual del trabajo manual.

— La experiencia del Dios cristiano, la experiencia de Jesús, tal y como ellas lo vivieron les lleva inevitablemente al compromiso social público por la justicia. ¿Es algo ya evidente en el cristianismo o todavía nos queda un largo camino por recorrer?
—En la Iglesia actual sigue coexistiendo el compromiso con los pobres y la búsqueda del privilegio social y de la protección de los poderosos de este mundo. Es una contradicción que ahoga al Espíritu. Francisco de Asís, del cuál el Papa actual ha tomado el nombre, sigue siendo el mejor ejemplo: su pobreza radical, su humildad y su sencillez máxima han sido más potentes para transformar la historia que todos los poderes de este mundo. En el diálogo con el islam, por ejemplo, sigue siendo el camino que abrió Francisco más eficaz que las guerras y enfrentamientos. La teología de la liberación ha puesto de nuevo sobre la mesa la necesidad de ser coherentes con el evangelio a nivel social y político. La dificultad ya la nombró Jesús: para ser cristiano se debe estar a punto para la persecución. Fácil de decir, no tan fácil de poner en práctica.

— El horizonte de justicia social las vuelve muy críticas con los mesianismos y utopismos. Weil será la primera intelectual de izquierdas en romper con el comunismo soviético mientras que Day será siempre profundamente crítica con el poder y las instituciones. ¿No son estos rasgos muy contemporáneos?
— Tanto Weil como Day son personas eminentemente críticas, consigo mismas y con los demás. Lo que las hace tan atractivas es que combinan la crítica y el sano escepticismo con una entrega radical: son capaces de comprometerse hasta dar la vida sin fanatizarse, manteniendo los ojos abiertos a las deficiencias y contradicciones propias y del proyecto con el cual están comprometidas. Creo que se les puede aplicar el eslogan: haremos la revolución y después la volveremos a hacer. Son corredoras de fondo, místicas de ojos abiertos. Nos pueden ayudar hoy a relativizar sin paralizarnos, a comprometernos sin perder la libertad interior ni la autocrítica, sabedores que no hay patria definitiva en esta tierra.

— ¿Cómo fue su relación con la institución eclesial?, ¿cómo preservaron su libertad de conciencia y de acción?
— Day se bautizó tras su conversión, pero rechazó siempre la sumisión a las autoridades eclesiásticas. En lugar de la sumisión, que consideraba indigna, buscó siempre el diálogo entre iguales, el entendimiento y la cooperación libre y, cuando no había más remedio, la resistencia. Es conocida su negativa a eliminar el adjetivo «católico» de la cabecera de su periódico tal como le ordenó el arzobispo de Nueva York después que el periódico apoyara una huelga en contra de la diócesis. Al final fue el arzobispo quien tuvo que ceder. Weil no se bautizó nunca, puesto que rechazaba como contraria al evangelio la práctica eclesial de considerar que las personas no bautizadas quedaban excluidas del paraíso tras la muerte. Fue una pionera en este sentido. Treinta años tras su muerte, el concilio Vaticano II acabó dándole la razón.

— En el libro aborda los grandes temas a los que se enfrentaron estas dos grandes mujeres en un juego de comparaciones y diferencias. ¿Cuál es la ventaja de este método para quien lo lea?
— Entretejer vida y pensamiento fue para mí fundamental, a fin de encarnar las ideas y contrastarlas con la vida de estas dos mujeres caracterizadas por la coherencia. El alcance de sus ideas no puede entenderse sin conocer su compromiso vital.

— Llegó a presentarse para presidir la Generatitat… ¿se parece en algo a la experiencia de Weil colaboradora del gobierno francés en la resistencia hasta que prefirió dejarlo?
— Por mantenerme fiel a los ideales no me presenté a las elecciones catalanas del 27 de septiembre, aunque no descarto la posibilidad de hacerlo más adelante. Mi implicación política la entiendo como una contribución temporal para hacer el proceso constituyente popular. Weil lo intentó y no le salió bien. A mí, de momento, no es que me vaya muy bien, tampoco, pero si fracaso al menos podré decir que puse todo de mi parte.

El nacionalismo catalán A DEBATE

El nacionalismo catalán A DEBATE

IV-minilogo        Independientemente de los últimos graves acontecimientos surgidos en el seno del Parlament Catalá, Iglesia Viva se ha interesado en los últimos años de la deriva independendista del nacionalismo catalán, dedicándole sendos debates en los números 259 y 260 y abriendo una sección A DEBATE en el número 263 con un artículo de Jaume Botey, cuya última parte publicamos qaa continuación en este blog, seguida de una respuesta recibida de Josep Mª Jauma, que va a continuación. El Debate queda abierto a sucesivos comentarios y posibles nuevos artículos.

 

El nacionalismo catalán y los sentimientos

Momento actual del proceso en Catalunya

Jaume Botey. Presidente de Cristianisme Segle XXI. Barcelona

V. Alternativas

[Lo apartados anteriores: I. Justificación, II. Nuevas coordenadas, III. Un 27 S plebiscitario y IV. Para el cristiano pueden leerse en el artículo completo. Conviene leerlos para interpretar mejor estas conclusiones]

1. En persepctiva de futuro

Guste o no guste, España va a tener que dar una solución a las exigencias de Catalunya. Los procedimientos seguidos hasta ahora por el movimiento nacionalista han sido democráticamente impecables y la necesidad del reconocimiento de Catalunya ha entrado ya en la agenda internacional como un problema a resolver. La negativa del gobierno español es antidemocrática e insostenible desde todos los puntos de vista, nacional e internacionalmente.

Por otra parte los resultados del 27S dan legitimidad democrática a las propuestas que llevaban en su programa las dos candidaturas ganadoras y todo hace prever la seriedad y firmeza de su compromiso. En Catalunya está en marcha un proceso original de construcción de un Estado nuevo por vías democráticas, pacíficas, de participación masiva, social, solidaria, transversal, un tipo nuevo de revolución. Es una realidad sin precedentes, concebida según parámetros distintos, que se abre camino en la confusión del presente.

Parece que el proceso no tiene marcha atrás y que se seguirá con los procedimientos de democracia y determinación habidos hasta ahora. Ante esto creo que sólo son de prever dos salidas posibles:

o una reorganización del Estado que permita convivir territorios muy diferenciados, con plena separación de poderes,

o acabar pactando algún tipo de separación lo menos traumática posible.

Para ambas alternativas hace falta que en España controle el gobierno y el discurso cultural una formación política que tome en consideración la complejidad del fenómeno nacional y trabaje por encontrar una solución aceptable para todo el mundo.

2. El problema es España

Por lo tanto, guste o no guste también, el problema es España. La reivindicación de la independencia es un medio para plantear, en primer lugar, el derecho a decidir. El Estado español debe aceptar el diálogo con Catalunya y un referéndum legal. Esto supone que cualquier escenario positivo de futuro para Catalunya requiere un escenario renovado en España. Supone además reconocer que el régimen nacido en 1978 es ya pasado y lo representa un gobierno cadáver político. En las cúpulas del Estado no se reconoce que el problema es España, su modelo de Estado, su régimen político agotado; los aparatos políticos que se alternan han perdido la capacidad de afrontar los problemas y la confianza de la ciudadanía. La cuestión catalana les sirve de coartada ante los pueblos de España para intentar orientar el malestar contra Catalunya. La polarización política es el resultado de la polarización de sentimientos. El desarrollo del sentimiento anticatalán y su contrario, el antiespañol, suponen una regresión democrática que puede llegar a ser trágica.

3. Algo ha cambiado

Obviamente el resultado del 27S debe haber sido un toque de alerta de dimensiones colosales al gobierno. Se pone en evidencia que lo planteado en Catalunya es el reto de mayores dimensiones que se ha planteado al Estado desde la transición.

A pesar de la actitud de esfinge de Rajoy creo que debe decirse que al 27S se ha llegado con algo de camino recorrido: el PP afirma ya —¡ahora!— que el actual trato fiscal respecto de Catalunya es injusto, que la Reforma de la Constitución es necesaria, que se suspenden algunas actuaciones previstas en la LOMCE, que es necesario el reconocimiento del hecho diferencial catalán, que es posible blindar la lengua…

No ha sido el gobierno quien ha cedido. Han sido conquistas de la movilización masiva, pertinaz y no-violenta.

4. El futuro. Modelo de Democracia radical

La cuestión de fondo hoy no es solamente la independencia o un status similar al de un estado confederado o federalizado. Hay algo más profundo y básico: cómo entendemos la democracia.

Los partidos del sistema, PP y PSOE principalmente, han caricaturizado la democracia hasta límites propios del liberalismo conservador del siglo XIX. Identifican democracia con algunos derechos políticos abstractos y derechos teóricos pero no ejercitables (empleo, vivienda, educación por igual a todos, etcétera).

Igualmente en Catalunya, la consulta y la independencia, oscurecen las contradicciones de la sociedad catalana. Las políticas públicas de la Generalitat no proponen políticas alternativas sociales y ni CiU ni ERC, han propuesto hasta ahora una democratización profunda de las instituciones de gobierno. No se han desarrollado los instrumentos legales participativos, la ley electoral y la simplificación del ordenamiento territorial, a pesar de ser obligaciones derivadas del Estatut. No ha desarrollado ni facilitado la iniciativa legislativa popular, el presupuesto participativo.

La independencia debe servir para corregir.

5. Difíciles previsiones de una reforma constitucional

Ninguna de las posibles combinaciones posibles de gobierno en España como resultado del 20 de diciembre (PP-C’s; PP-PSOE; PP-PSOE-C’S; PSOE-Podemos) hacen creíble una reforma constitucional que reconozca de forma consecuente el carácter plurinacional del estado español. Y sin un reconocimiento explícito de la realidad nacional catalana no hay ninguna posibilidad del encaje de Catalunya a partir de borrosas e indefinidas terceras vías. Por eso no debe hablarse del problema catalán sino del problema de España.

Para el catalanismo no tiene ya sentido subordinar el proceso constituyente catalán a un hipotético proceso constituyente español.

6. Sentido laico del nacionalismo

La construcción de la nueva sociedad sólo podrá hacerse evitando los fundamentalismos y estableciendo el diálogo desde una neutralidad afectiva que podríamos llamar el sentido laico del nacionalismo. Todos los fundamentalismos, de cualquier tipo, son enemigos del diálogo. Igual que en lo religioso, también en lo político, y especialmente en el tema de las identidades, deben evitarse los fundamentalismos. Pero mantener la propia identidad y quererla como una herencia que nuestros padres nos han dejado no supone negar la de los demás. Es una cuestión de sentimiento.

Para terminar, creo que el siguiente texto puede ilustrar las razones que en Catalunya han impulsado este proceso. En un memorable discurso a las Cortes sobre la cuestión catalana, Azaña dijo que “la diferencia más notable que yo encuentro entre catalanes y castellanos es que nosotros los castellanos lo vemos todo en el Estado y cuando se termina el Estado se nos termina todo, mientras que los catalanes, que son más sentimentales, o son sentimentales y nosotros no, ponen en el Estado una porción importante de cosas amables y amorosas que los alejan un tanto de la presencia severa, abstracta e impersonal del Estado”.

 

 

 

CARTA-RESPUESTA A JAUME BOTEY

Por Josep Mª Jaumá

Querido Jaume,

antes que nada, quiero agradecerte tu largo escrito. Hace falta que algunos expliquen nuestra historia y nuestras razones a tantos millones de españoles a los cuales les han sido camufladas. Me pregunto por qué no se ha hecho antes y de manera continuada. Si hemos de convivir (como yo deseo) nos hemos de conocer, y me parece obvio que los pensamientos y sentimientos de los catalanes han sido -y todavía lo son- ignorados, si no ridiculizados, por la mayoria de nuestros ‘compatriotas’. ¿Han hecho algo nuestros gobiernos en este sentido? Yo no me he enterado.

Me atrevo a responderte por nuestra amistad y porque entiendo que es conveniente completar tu argumentación con otro punto de vista. Espero que la revista acepte que vuelva a ser yo quien te da la réplica. ¡Como si no hubiese nadie más en todo el país! En fin, que hagan lo que consideren mejor.

La base de tu argumento es que la independencia es la única salida a la situación de Cataluña dentro de España. Salvador Cardús decía hace pocos días que continuar allí era “imposible”, y Toni Comín que la única manera de ser catalanista (defensor de nuestro país) era ser independentista. Si es así, yo (y tantos más) quedamos automáticamente relegados a las tinieblas exteriores. Para mí vuestra actitud es la de tirar la toalla o de romper la baraja. Pones a Mandela como ejemplo a imitar. No sé ver que Mandela rompiese ninguna baraja; todo lo contrario, supo jugar con ella, en oposición a lo que pretendía su partido, el A.N.C. (y por un millón de motivos infinitamente de más peso que los que podemos tener nosotros). O, si pensamos en nuestro continente, cuantísimos debieron creer que, después de tres guerras tan crueles en un solo siglo, Alemania y Francia pudiesen reconciliarse y colaborar. Y ahí los tienes sosteniendo juntos los fundamentos de Europa.

Siento repetir exactamente lo que ya dije en mi réplica anterior: estoy convencido que el camino que se escogió para cambiar la insostenible situación era el equivocado y que no lleva a ninguna parte. ¿Puede Europa aceptar lo que se está haciendo estos días en el Parlament y la manera como se está haciendo? Con un 70% o 80% de votos, quizás sí, no lo sé. Con el 50%, yo creo que es imposible. Y, si no nos aceptan en Europa, ¿sobreviviríamos? ¿Estarían de acuerdo los catalanes (incluidos el 50% del Sí) en esta salida? Me gustaría que alguna encuesta nos respondiese. Yo creo que saldría un no rotundo. Si fuese así, ¿qué nos llevaría a insistir , com si fuese el único, en este mal camino? ¿Hay que forzarles para que se vayan acostumbrando, y pensando que ya lo aceptarán algún día? He aquí cómo hemos adoptado muy pronto aquello tan hispánico de “sostenella y no enmendalla”.

Yo lo compararía con la pretensión de la Cup de salir hoy mismo del capitalismo. El capitalismo actual me repugna a mí como les puede repugnar a ellos. Pero, ¿es posible substituir-lo de un día para otro? ¿Es esto lo que querría la gente? Un salto mortal así sería literalmente esto: mortal. Yo pienso que hay que dar los pasos uno tras otro, sobre todo ayudando a la gente a cambiar de mentalidad. No veo que esto se haya conseguido (no ya en un 50%, ni siquiera en la mitad de esta cantidad). Ni siquiera la crisis parece haber conseguido demasiado cambio: véanse los BCN- World, las quejas por la moratoria de más hoteles en Barcelona, o de más cruceros gigantes, etc. etc.

Porque si salimos de los grupos más mobilizados (que existen y tienen su gran mérito) y nos fijamos en la gente “normal y corriente” (que son los que cuentan), ¿somos realmente tan diferentes? En 40 años hemos tenido oportunidades para mejorar muchas cosas; ¿hemos sido diferentes? ¿Tenemos una enseñanza mejor? ¿Una casta política mejor? ¿Una burocracia mejor? Yo no lo sé ver. ¿No ha habido también en Cataluña una burbuja inmobiliaria loca? ¿Han preservado mejor la costa o la montaña los ayuntamientos correspondientes? ¿Hemos sido más responsables que el resto de España con el medio ambiente? ¿Nuestros bancos y cajas (¡ay!) han actuado aunque sólo fuese un poco diferente? ¿Nuestras empresas con fábricas en el tercer mundo, no actúan igual que las demás? Etc.

Ha habido ciertamente un maltrato y una incomprensión sistemáticos por parte de los gobiernos de Madrid: autopistas, trenes, puerto, aeropuerto, corredor mediterráneo, etc y en tantos otros campos. Con la mayor buena voluntad podríamos atribuirlo a una ignorancia supina. Pero nuestros gobernantes, nuestros escritores… ¿Se han molestado en exponerlo públicamente, claramente, objetivamente y sistemáticamente al resto de los españoles? Tú lo haces ahora, muy bien; pero ¿se ha hecho en todos estos años? Yo no me he enterado. No hablo de decirlo un día en no sé qué lugar: la verdad hay que proclamarla bien clara y ante todo el mundo, hasta que se enteren. Lo único que he visto es que los sucesivos consejeros de economía volvían de cuando en cuando de Madrid diciendo, entusiasmados, que finalmente habían conseguido una financiación justa. El resultado está a la vista: ¡no hemos conseguido todavía ni que nos reconozcan el derecho mínimo a la ‘ordinalidad’: ¡que haya el dinero necesario para los mismos servicios básicos en todas las autonomías!

Dices que las ‘terceras vías’ (federalismo, justicia fiscal, reforma de la Constitución…) ya no valen. (Aunque al final de tu escrito sí lo das como una posibilidad. ¿En qué quedamos?). Para mí, y perdóname, este ha sido uno de los errores más garrafales de todo el proceso. Si se hubiese actuado con aquel seny que se nos supone ¿no se hubiese podido crear desde el primer momento un frente común catalanista? El 70% o el 80% de los votos habría dado al proceso una fuerza, creo yo, imparable. En lugar de esto se ha impuesto (como parece inevitable que suceda siempre) la idea más radical: directamente la independencia. Otro defecto, por cierto, bien hispánico, la radicalidad, bien alejado de nuestra supuesta moderación enraonada, que en esta ocasión no ha hecho acto de presencia. (Algo primitivo debe haber en nuestros genes, quizás heredado de los cátaros, reacios a mezclarse con los ‘impuros’). ¿Qué caso se ha hecho de las voces sabias que no seguían aquella radicalidad? De Josep Fontana, de Gaspar Mora, de López-Burniol, de Antoni Puigverd, de Jordi Gracia, de Ramon M Nogués, del mismo González-Faus, de Joan Margarit, de Raimon, de Serrat…, de nuestras figuras más destacadas en cada uno de sus campos? No se les ha tenido en cuenta ni escuchado. En este tipo de situaciones parece inevitable que la descalificación y el ataque personal a quien disiente salten automáticamente: tratar al director y a quienes escriben en La Vanguardia, naturalmente, como unos caragirats; a Xavier Vidal-Folch y a los del País como unos ‘vendidos’; a otro como ‘traidor’ (no me lo invento), y a todos, en conjunto, de botiflers, simplemente porque dentro del lío armado intentaban pensar por su cuenta. Los bancos (que han demostrado, efectivamente, ser ladrones y tramposos) y las grandes empresas “ya pueden coger las maletas” (Cup dixit). Nosotros solos, los cátaros, los puros ya somos (como irónicamente nos ha hecho creer precisamente el nuevo capitalismo) autosuficientes.

¿Se ha hecho ningún debate público entre cualquiera de los líderes (Mas. Junqueras, Forcadell, Muriel…) y los que no están de acuerdo? Yo no me he enterado. En Escocia, todo el año anterior al referéndum, se hacían a diario, y a todos los niveles. Aquí nuestro estilo patentado es callar. Te lo creas o no, en todos los encuentros con amigos, colegas, etc., la solución que hemos adoptado para no amargar la reunión a gritos y ataques, ha sido la de evitar como fuese el tema. No hace falta decir que cuando estaba presente alguien con algún tipo de poder sobre ti, el silencio era doble: el miedo al peligro de ser excluido (fuese de lo que fuese) ha funcionado muy bien.

Contradiciendo la consigna de que “no se ha roto nada”, lo que se ha roto es la conversación

espontánea y confiada, que es la base misma de la vida social. Lo mínimo que te esperas si te atreves a decir que no estás de acuerdo es un condescendiente: -No sabes de qué va. ¿Así tú crees que no hay que hacer nada? – He aquí unos de los grandes ‘argumentos’ que han sido inculcados con gran éxito en mentes ingenuas: o o bien eres independentista, o no lo eres porque piensas que no hay que hacer (o que no se puede hacer) nada. Como un dogma. La ‘patria’ se ha convertido (¡quién lo iba a decir!) en un absoluto que no admite divergencias, de manera parecida a como la autoridad eclesial lo era, por ejemplo, para el nacional-catolicismo. Siempre de buena fe, no faltaría más.

Alguien me dice que toda esta movida era necesaria para dar un buen puñetazo sobre la mesa y conseguir que los sordos oigan y reaccionen. Quizá sí. Quién sabe si sólo se ha tratado de un golpe de efecto, como una puesta en escena colectiva ‘guiada’ para el bien general. Si fuese así, tengo mis dudas que sea del todo honesto. Mobilizar la buena voluntad, el catalanismo innato, de la mayoría, y hacerles pensar y decir aquello que no es exactamente lo que se pretende (como lo que mencionas al final del artículo) ¿es correcto? No sé si por desviación ‘confesional’ yo creo que la manera más sólida y más efectiva de conseguir algo es decir la verdad. Los que te escuchan ya son mayorcitos, y si no la entienden es su problema. Es decir, creo que hay que hacer lo que haces tú en tu exposición. Y lo que pretendo hacer yo ahora, aunque no sobre las razones, sino sobre la manera cómo se han puesto sobre la mesa. Nuestra diferencia es que tú lo haces, supongo, con toda tranquilidad, mientras que yo siento que avanzo a contracorriente. Las secuelas, ¿quién sabe? Me imagino que será -¡otra vez!- eso tan hispánico de “la callada por respuesta”. Ya se sabe que los contrincantes adoptan, como un espejo, el estilo y las armas del adversario.

¿Enviaré este escrito a Iglesia Viva? Si lo hago, puedes estar seguro (ya lo sabes) que no es para hacer la trabanquilla a nadie, y menos a tí, sino porque lo siento como un deber. Que los responsables de la revista hagan lo que les parezca mejor.

Un abrazo, como siempre, Josep M Jaumà

 

 

El Sínodo indica el camino para un cambio posible

El Sínodo indica el camino para un cambio posible

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La revista católica estadounidense National Catholic Reporter ha publicado en su último número, con este título, un editorial comentando el sentido global que ha tenido el Sínodo sobre la familia. Realmente el Sínodo culminará con una anunciada exhortación papal. Pero en la Relatio Finalis (ver texto en italiano con resultados de votación en Il Regno y los tres números sobre divorciados vueltos a casar en Religión Digital) y en los discursos del papa se basa esta cualificada opinión, expresada en un país que fue especialmente marcado por la división de pareceres dentro de la comunidad cristiana.

Aunque calificado de “Asamblea general ordinaria,” el Sínodo de los obispos, que acaba de terminar con su sorprendente conclusión que ha abierto un ancho camino de misericordia para católicos divorciados y vueltos a casar, ha sido extraordinario. Extraordinario por caminos probablemente no esperados ni deseados por muchos de los que planearon y asistieron a las reuniones mantenidas durante dos años. En alguna medida el más transparente y estridente de los sínodos celebrados durante el último medio siglo, desnudó en sus reuniones una verdad larga y ampliamente conocida, que los líderes de la iglesia han tratado desesperadamente de ocultar a los que están fuera de la cultura jerárquica: los hombres que habitan en los niveles más altos del gobierno de la iglesia a menudo discrepan profundamente sobre cuestiones importantes.

        Que una realidad tan sencilla y comprensible no sea ya un secreto es, en definitiva, un desarrollo saludable. Que la disidencia en este caso proviniese de los conservadores debería jubilar para siempre la tonta idea de que una “ortodoxia” depende de un asentimiento irreflexivo, acrítico a todo lo pronunciado por el Papa o el magisterio. La reunión también ha sido extraordinaria porque en el análisis final –y en el énfasis final no disimulado del Papa– el Sínodo ha sido tanto sobre la actitud de la jerarquía y cómo ven la iglesia y su papel en ella como sobre cualquier cuestión teológica compleja que podían considerar.

        Este Sínodo agrega un importante segmento al arco de cambio que ha marcado la historia de la iglesia en la época contemporánea, comenzando con el Concilio Vaticano II. En la vida de la Iglesia existe una permanente tensión entre la visión de la tradición como congelada, como en un ámbar sagrado, y la que ve la tradición como renovándose constantemente, expendiéndose con nuevas ideas para enfrentar nuevos desafíos.

        Los Sínodos se instituyeron para acomodar el último impulso, pero la necesidad de controlar la trayectoria del cambio, de eliminar no sólo la posibilidad de cambio sino incluso cualquier discusión sobre él, aceleró el proceso. Francisco ha dejado de lado el miedo al cambio y alterado profundamente las expectativas de los fieles. Habla de la sinodalidad al modo de un gran cuadro. De acuerdo con su lenguaje, desde el momento en que llegó al balcón como Papa recién elegido, la alocución final de Francisco al período de sesiones del año pasado estuvo cargada de imágenes de movimiento y cambio. Su definición del Sínodo es “un camino de solidaridad, un ‘viaje juntos’ “. En este viaje, dijo,” hubo momentos de correr rápido, como queriendo conquistar el tiempo y llegar a la meta tan pronto como fuera posible; otros momentos de fatiga, como queriendo decir ‘basta’; otros momentos de entusiasmo y de ardor”.

        Es esencial notar aquí que al sentido de “juntos” le falta todavía un componente importante. Las mujeres, más de la mitad de la iglesia y ciertamente sus participantes más activas en la mayoría de los lugares, no tenían voz ni voto en ninguna de las discusiones. Las personas casadas eran poco más que adornos mínimos en el proceso. Y aunque haya podido darse un tono más respetuoso al hablar de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y personas transexuales, no hubo ningún intento de consultar realmente a algunos de ellos, miembros de la comunidad católica.

        Los Sínodos, por extraordinarios que, como éste, puedan haber sido, son instrumentos aún seriamente deficientes. Las declaraciones y documentos finales –no importa que sean positivos, acogedores o bien intencionados– serán cuestionados hasta que se corrijan estas deficiencias. Los comentarios del Papa después de Sínodo se han dirigido más a la conducta y actitudes de los participantes, que a los asuntos discutidos por la comunidad durante las sesiones. Francisco ha reconocido desde el principio la necesidad fundamental y urgente de desmontar los elementos de la cultura clerical que la han petrificado y desconectado de la realidad.

        Ha sido él quien inyectado una dosis de realismo en el análisis de la cultura clerical, que antes situaba los problemas de la Iglesia en el resto del mundo, en culturas que se han vuelto predominantemente laicas, relativistas y hostiles a la religión.

        La táctica de colocar los errores de la Iglesia en cualquier parte menos en ella misma perdió credibilidad cuando la gente se dio cuenta del engaño y el abuso de confianza en la crisis mundial de los abusos sexuales clericales y de los escándalos financieros que llegaron a los niveles más altos de la Iglesia. El elevado concepto de la ordenación que parece llegar a su cumbre durante el reinado del Papa Juan Pablo II comenzó a caer cuando su primer ejemplo de sacerdocio heroico, el del fundador de los legionarios de Cristo, Marcial Maciel, resultó ser un fraude que había jugado fácilmente con la vanidad de la corte papal, a pesar de las fuertes y repetidas advertencias de algunas de sus víctimas. La corrupción era sistémica y no fácilmente purificable. Francisco cambió la lente, –de una de juicio a una de misericordia– a través de la que veía al gran pueblo de Dios. Cambió la lente –de una de complicidad a una de juicio–, para aquéllos que en la cultura clerical habían causado tanto escándalo y comprometido la misión de la Iglesia.

        Desde el momento en que Francisco caminó hacia el balcón sobre la Plaza de San Pedro en 2013, la gente pudo notar el cambio. Habían dejado de ser objeto de la suspicacia jerárquica por lo que podrían estar haciendo mal. De repente eran compañeros de viaje, animados a la búsqueda de la santidad, no de la perfección. El corazón de un pastor sustituye al Código de Derecho Canónico como instrumento principal en el acercamiento de un obispo a su rebaño. Así fue el acercamiento de Francisco a la familia en toda su complejidad global.

        “La experiencia del Sínodo” dijo en el día final de la reunión, “nos ha hecho también comprender mejor que los verdaderos defensores de la doctrina no son aquellos que mantienen su letra, sino su espíritu; no las ideas sino las personas; no fórmulas sino la gratuidad del amor y el perdón de Dios. No se trata de ninguna manera de restar importancia a fórmulas, leyes y mandamientos divinos sino más bien de exaltar la grandeza del Dios verdadero, que no nos trata según nuestros méritos o ni siquiera según nuestras obras, sino únicamente según la ilimitada generosidad de su misericordia”.

        Esta es la versión moderna de Jesús, que pone de relieve la hipocresía de la cultura del templo, una llamada de atención a los dirigentes religiosos que ponen cargas innecesarias sobre la gente. Con un lenguaje rico en generosidad e invitación, valiente en su carencia de amenazas o de necesidad de control, Francisco demuestra la centralidad de la misericordia. “El primer deber de la Iglesia,” dijo, “no es anunciar condenas o anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y llevar a todos los hombres y las mujeres a la salvación en el Señor.” Es ya bastante claro que Francisco fue elegido, al menos en parte, por la fuerza de una breve pero punzante crítica que había manifestado, en los días anteriores al Cónclave, a una Iglesia corrupta tan vuelta sobre sí misma que se había convertido en una enferma. El Sínodo es la última indicación de que tiene la intención de ir más allá de los síntomas de la enfermedad. Ha cambiado la metáfora de la comunidad: de ser una policía de fronteras que patrulla y se asegura de que no pase nadie indigno, a ser un viaje que va hacia adelante, tirando de los marginados y de quienes se pueden sentir indignos para que que puedan experimentar, en palabras de Francisco, “la luz del Evangelio, el abrazo de la iglesia y el apoyo de la misericordia de Dios”.

        Cada uno de nosotros participará, a su manera, en el análisis de quiénes son los ganadores y los perdedores de este Sínodo. Es consecuencia de la naturaleza humana y una muestra de los desafíos acontecidos.

        El hecho de que el Sínodo haya sido capaz de llegar a un acuerdo de dos tercios en el camino a la comunión para los divorciados y vueltos a casar, un camino que se basa en una comprensión radicalmente descentralizada de la autoridad de la iglesia, es una indicación del tipo de cambio posible. Tan importante es el precedente que se establece en el modelo y método para la discusión y el discernimiento que ha permitido a los padres sinodales llegar a un consenso. Esto ha implicado un cambio igualmente trascendental en cómo algunos de ellos se entienden a sí mismos y a su Ministerio.

 

[Tradujo del inglés para iviva.org Carlos F. Barberá]

 

 

¿Está fracasando el Papa?

¿Está fracasando el Papa?

Castillo

José María Castillo una vez más analiza cómo se está viviendo estos primeros años del pontificado de Francisco que desde la derecha o la izquierda muchos se atreven ya a considerar como fracasado. Pero los pobres y marginados de hoy no piensan eso.  Iglesia Viva agradece a Castillo y apoya plenamente su reflexión.

           Hay gente que se hace esta pregunta. Incluso hay no pocas personas que ni se la hacen. Porque son los que ya tienen la respuesta. Y la tienen clara y segura, en el sentido de que, según piensan ellos, efectivamente es así. No se trata, pues, de que Francisco va a fracasar. Se trata de que Francisco, y el modelo de papado que él representa, ya ha fracasado. O sea, ni este papa ha renovado la Iglesia. Ni la va a renovar. Por la sencilla razón –dicen los defensores del fracaso– de que la teología de Francisco es poca y pobre. A lo que se suma el hecho de que no ha cambiado ni un solo canon de Código de Derecho Canónico. Ni los nombramientos de altos cargos en la Curia han sido determinantes para que las cosas cambien. Ni ha podido acabar con las firmes y sólidas convicciones de los cardenales que están en contra de su forma de ejercer el cargo de Sucesor de Pedro. Entonces, después de casi tres años de papado, ¿a dónde nos lleva este hombre? A una nueva y mayor desilusión en la reforma de la Iglesia, piensan o temen no pocos.

           En fin, no sé si estoy exagerando. Ni soy quién para asegurar si tienen o no tienen razón los “profetas de desgracias”, que diría Juan XXIII. Lo que sí creo que puedo (y debo) preguntar es esto: ¿quiénes son los que afirman con seguridad que este papa ha fracaso? Ciertamente no dicen semejante cosa ni los pobres, ni los enfermos, ni los niños, ni los que se han quedado sin trabajo, ni las gentes que viven en barrios marginales, ni los que huyen de las guerras, de las hambrunas, de los países en los que se ven explotados o en situaciones de inseguridad, miedo y desesperanza. ¿Por qué será esto así?

           Asegurar que este papa ha fracasado es, más que nada, desear que fracase. Y por tanto, desear que las cosas sigan, en la Iglesia, como estaban en los papados anteriores. O quizá –en el extremo opuesto– lo que algunos desean es que la Iglesia cambie, de la noche al día, a golpe de decisiones doctrinales y legales, que obliguen a infinidad de personas a pensar de manera distinta a como vienen pensando desde que eran niños. Pero, ¿es que un papa puede hacer semejante cosa en dos o tres años?

           Pongamos los pies en el suelo. El papa, sea quien sea, no puede ser agente de división, sino modelo de tolerancia, respeto y comunión. Pero eso, en una Iglesia tan dividida y fragmentada como la que tenemos, no se consigue sino desde la bondad y la misericordia. Ejercer el papado no es hacer política, Y, menos aún, imponer decisiones que, en el mejor de los casos, se soportan, pero no se integran en la vida de las personas. La gente integra y hace suya en sus vidas, no lo que se les impone por obligación, sino lo que les atrae por seducción. El día que una notable mayoría vea en el Evangelio un “proyecto de vida”, que alivia penas, fomenta la felicidad y da sentido a nuestras vidas, ese día la Iglesia cumplirá con su tarea en este mundo y será distinta. Pues eso, ni más ni menos que eso, es lo que el papa Francisco está intentando hacer. Y es lo que la que va a hacer, si es que entre todo le dejamos hacerlo.

Número 263: Bajo la condición precaria

Número 263: Bajo la condición precaria

263-PORTADADesde hace tiempo Iglesia Viva auscultaba la crisis económica global que afectaba a todo el mundo y sobre todo al sur de Europa y a nuestro país. Y anticipábamos cuál iba ser el fin del túnel que yo nas ha llegado y no se va ir fácilmente: la precariedad, que empobrece cada vez más incluso a muchas personas que tengan trabajo.

La pérdida de empleo y la imposibilidad de pago de la hipoteca, así como la reducción de prestaciones sociales ha condenado a la precariedad, la inseguridad y vulnerabilidad a millones de personas y familias. Las reformas laborales y las políticas de austeridad, junto al elevado desempleo, no ofrecen otra perspectiva que miles de demandantes que compiten aunque sea por un trabajo indecente o minitrabajos, siempre en régimen temporal y con bajos salarios bajo la apariencia de una economía legal, pero con los derechos restringidos y la dignidad humana maltrecha. La innovación tecnológica está produciendo una profunda metamorfosis del trabajo. La globalización del capitalismo financiero, el debilitamiento del Estado de Bienestar y la desregulación del mercado laboral crean exclusión y hacen emerger una nueva clase social: el precariado (Guy Standing).

La condición precaria marca cada vez más a más personas y familias que parecía instaladas en una confortable clase media o profesional. Las situaciones de quiebras son cada vez más numerosas, llevando con frecuencia a la total marginación o el suicidio.

Esta temática es  abordada en el número 263, Bajo la condición precaria, con perspectivas sucesivas en los tres estudios de este número.

  • En el primero Guillermo FERNÁNDEZ MAÍLLO, miembro del equipo de Estudios de Cáritas española y de la Fundación FOESSA, nos presenta las condiciones materiales que explican la generación de la precariedad laboral, habitacional y existencial.
  • En el segundo estudio el profesor de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) y colaborador asiduo de la revista, Imanol ZUBERO, dibuja los rasgos de la normalización y consolidación de la precariedad, una condición que impuesta, también es combatida.
  • Por último, en el tercer estudio Élio ESTANISLAU GASDA, joven jesuita brasileño, esboza una reflexión sobre la esperanza que el cristianismo, la religión de los precarios, ofrece a quienes son descartados del sistema para seguir viviendo, para resistir y seguir creyendo en la igual dignidad de todos y todas.

Hay otro tema de grandísima actualidad que se presenta en este número: el proceso del soberanismo catalán que se presenta como tema A DEBATE, para indicar expresamente que es un tema abierto en la misma revista, que publicará otras contribuciones en próximos números y que aceptará con gusto comentarios en su blog. Se trata de una presentación hecha por Jaume Botey que muestra cómo, con su gran carga emocional, el problema del gran auge del soberanismo en estos últimos años tiene su origen en la manera como grandes masas de catalanes han vivido el rechazo del Estatut de autonomía votado en 2006 y otras supuestas afrentas por parte de los gobiernos de España.

 

Santa Teresa, mujer y mística para el siglo XXI

Santa Teresa, mujer y mística para el siglo XXI

263E-00-PORTADATeresa, figura siempre viva y actual

  Al celebrar el V Centenario Teresiano, la revista Iglesia Viva quiere sumarse a esta magna efeméride con la publicación de un número Extra, dedicado especialmente a su figura como mujer y mística. Sigue así la tradición iniciada en el IV Centenario Sanjuanista a quien dedicó también, en su momento, un número especial, el 161: San Juan de la Cruz y el resurgir de la mística. (1992).

La impresionante aventura humana y espiritual que habitó y representa Teresa de Jesús, aunque tiene fecha y lugar como toda figura destacada de la historia espiritual y las letras españolas, supera y trasciende largamente su tiempo, constituyéndose en una de las empresas espirituales femeninas más singulares y vigorosas que conocemos, con una proyección de largo alcance.

A sus “tiempos recios” se corresponden hoy nuestros tiempos duros y difíciles, complejos; a sus ansias de oración y espiritualidad nuestra actual emergencia de nuevos paradigmas de interioridad y experiencia espiritual; a su experiencia de Dios, nuestra sed de vivencias interiores y de experiencia, –eje moderno de la vivencia religiosa actual–, frente a la sola doctrina y autoridad. En definitiva, tanto ayer ayer como hoy, cómo puede una mujer abrirse camino, realizarse y hacerse escuchar en unas iglesias y sociedades todavía tan excesivamente machistas.

Los textos y experiencias de Teresa, su apasionante aventura personal, ilumina vigorosamente y da nuevo sentido a nuestro mundo actual. Siendo tan semejantes y diferentes a la vez aquellos y estos tiempos, pueden mutuamente iluminarse y esclarecerse.

La figura de Teresa, siempre viva y actual, más que un monumento esculpido e inmortalizado en piedra maravillosamente por Bernini, es una figura para traerla a nuestro tiempo. Con la pluma en la mano, recorriendo caminos para hacer red de comunidades, con toda su grandeza al enfrentarse al clericalismo machista de su tiempo, puede así iluminar y renovar nuestra actual circunstancia histórica. Sus textos y experiencias cobran nueva vida, nuevo sentido, vigencia y actualidad.

Intervienen en el número Manuel Ciurana, Juan Martín Velasco y Maximiliano Herráiz con tres trabados estudios y otros materiales, Teresa Forcades entrevistando al traductor de la santa en alemán, Agustín Udías sobre la mística del científico Teilhard, Secundino Castro y María Jesús Sancho comparando las figuras de Teresa y Juan de la Cruz, Carlos García Andoin hablando la admiración de Fernando de los Ríos por Teresa, Jesús Martínez presentando un Carmelo mixto y ecuménico en red, José Mª Monzó reseñando la presencia de Teresa en el cine y Juan Antonio Estrada explicando su libro sobre la fe en una cultura escéptica.

En este número Iglesia Viva hace expresa referencia a la condición de mujer y se ofrece un colorido renovado en su portada. Esta renovada atención a lo femenino y al propio aspecto exterior son dos características que se verán reforzadas a partir del próximo año, cuando ya haya cumplido la revista cincuenta años e inicie una nueva etapa.

 

Tres pruebas del algodón para el Sínodo

Tres pruebas del algodón para el Sínodo

CarlosCarlos García de Andoin publicó un artículo titulado Con fe en la Familia en el número 262 de Iglesia Viva dedicado al Sínodo de la familia. Sínodo que ya se está celebrando, con evidente y preocupante polarización de posturas entre los padres sinodales. Bueno sería que muchos de estos clérigos solteros leyeran cómo un laico cristiano, padre de familia y director del Instituto de Teología y Pastoral en su diócesis, habla en positivo de la familia a los largo de todo el artículo. De él reproducimos aquí sólo el último apartado que lleva el título del post. Es sobre los puntos más álgidos aunque no los más importantes.

Uno de los aspectos sobresalientes del presente proceso sinodal es la actitud de apertura a ver la realidad sin tapujos. Es el primer paso para dar una salida pastoralmente proactiva y significativa a “la inmovilidad ocasionada por un enmudecimiento resignado frente a la situación de hecho”[1] que no encajan con un formato cuajado en otras circunstancias tanto culturales como pastorales. De manera breve haremos mención a tres de ellas. La comunión de los divorciados vueltos a casar, el hecho de la conyugalidad homosexual y la nueva forma de vivir el paso a la vida conyugal y la formación de la familia.

a) La comunión de los divorciados vueltos a casar

Esta cuestión no deja de ser sino una derivada de la histórica dificultad de la Iglesia para aceptar el hecho del divorcio. La cita evangélica: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” como respuesta de Jesús a la capciosa pregunta sobre si es lícito al hombre divorciarse de la mujer como permitía la ley mosaica (Mt. 19,6), es una expresión de un ideal evangélico, en un contexto socio-cultural concreto, que ha sido utilizada para argumentar la imposibilidad divina de la Iglesia para aceptar el divorcio. No es lo mismo expresar un ideal de unión y fidelidad para todos los días de la vida, así inspirado y querido por Dios, que negar definitivamente la libertad humana por razón de una forma de entender la acción de Dios, al margen de la historia, de la conciencia y la responsabilidad de las personas que contraen matrimonio. Porque el hecho es que por precipitación, por infortunio, por fatalidad, por falta de amor, o por tantas razones la convivencia conyugal, con mayor o menor responsabilidad de uno o de los dos miembros de la pareja, puede acabar en fracaso o en desamor, o sencillamente en que lo procedente es transitar por un camino separado.

Muchos padres sinodales parecen inclinarse por “opciones pastorales valientes” (RS 45). Sin embargo, ni siquiera una propuesta como la que propuso la relatio basada en un camino penitencial particular obtuvo la mayoría suficiente requerida (RS 52). La propuesta del Informe de W. Kasper al Consistorio de Cardenales es razonable[2]. No hablamos de una situación general objetiva sino de personas concretas que se profesan cristianas y participan en la vida de la Iglesia, en algunos casos incluso ejerciendo diversos servicios. Personas que han rehecho su vida en matrimonio con una nueva persona y que quieren vivir en comunión plena con la Iglesia. No parece razonable ni conforme al sensus fidei, sostener una norma universal prohibitiva, sino establecer un proceso de “discernimiento particular” que aconsejará la decisión de admisión o no a la comunión eucarística de estos divorciados vueltos a casar[3].

b) La conyugalidad homosexual

El Sínodo planteó con claridad la necesidad de atender pastoralmente a las personas con orientación homosexual. Sin embargo, ni siquiera tuvo la mayoría requerida la afirmación de que los “hombres y las mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza” (RS, 55). Claramente decepcionante. Más aún cuando la “Relatio post disceptationem” del Relator General Péter Erdő (13.10.2014) había apuntado en los nn. 50-51-52 serias interpelaciones a la comunidad cristiana sobre la “aceptación de los dones y cualidades de las personas homosexuales”, si les garantizamos “un espacio de fraternidad en nuestras comunidades” aceptando “su orientación sexual” y en cualquier caso considerando que “la cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual”.

Más allá del debate a favor o en contra del matrimonio homosexual hay dos cuestiones previas que la Iglesia debe afrontar. La primera, su consideración de la homosexualidad. La calificación de enfermedad no corresponde a una organización religiosa sino a las organizaciones médicas. La Organización Mundial de la Salud ha sacado la homosexualidad del catálogo de enfermedades. De acuerdo con ella, la posición de la Iglesia, que califica la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada[4], debería ser revisada. Al menos, debería suspender el juicio sobre algo que no le corresponde y que objetivamente no pertenece al dogma de la fe. Paradójicamente lo que sí tiene que ver con el Evangelio es la consideración de la igual dignidad de los hijos e hijas de Dios, por lo que la Iglesia católica deberíamos ser, en todos los países del mundo, luchadores contra toda discriminación y persecución de las personas homosexuales. Lo que ha sido afirmado ya en varias ocasiones: “se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”[5], pero sobre lo cual no se conocen iniciativas relevantes. Desde luego no hay constancia de pronunciamientos de la Iglesia contra la legislación homofóbica existente todavía en muchos países del mundo donde se persigue, sanciona e incluso condena a muerte a la persona homosexual. Tampoco se dan otro tipo de gestos de reconocimiento público[6]. Nuestras comunidades deberían ser inclusivas, de modo que cualquier persona homosexual pudiera no sólo dar a conocer su tendencia homosexual, sino sentirse plenamente respetada, acogida e integrada en la comunión del Señor. Desgraciadamente son numerosas las personas homosexuales y lesbianas que, profundamente implicadas en la vida eclesial, se han ido alejando silenciosamente de ella, a medida que han ido descubriendo, con gran conflicto interior, su tendencia u orientación. También debe ser revisada la sospecha que se ha extendido a raíz de la pederastia sobre las personas homosexuales en los Seminarios y casas religiosas de formación. En principio las personas homosexuales pueden abrazar el celibato ministerial o la castidad religiosa con igual grado de madurez que las personas heterosexuales como J.M. Uriarte precisa[7]. La Iglesia católica, como otras religiones, deben abandonar definitivamente prejuicios acumulados por culturas ancestrales que han sido y siguen haciendo de nosotros responsables objetivos de la discriminación de las personas homosexuales, lo que es un grave pecado contra Dios.

La segunda cuestión que la Iglesia debe abordar es la conyugalidad homosexual. En los debates de estos años pasados, ante las iniciativas de diversos países para la aprobación y regulación del matrimonio homosexual se ha planteado con frecuencia la disposición de algunos obispos a que estas uniones se regularan por la vía del pacto civil, como inicialmente hizo Francia o el Reino Unido. El argumento es preservar la identidad específica del matrimonio, basado en la complementariedad ente varón y mujer. Es una tesis que tiene fundamento. Sin embargo, al magisterio de la Iglesia no le corresponde dilucidar la cuestión jurídica, sino la antropológica, si acepta o no la posibilidad de la conyugalidad homosexual. Hasta el momento, la única respuesta que la Iglesia ofrece es la castidad, no elegida, sino obligada[8], nuevamente, sobre la consideración de la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada. No podemos sino considerar esta respuesta como insatisfactoria. Desde muchos de vista, humano y ético, pero también teológico, porque si hay amor, y lo hay en tantas parejas homosexuales y lesbianas, la Biblia nos dice que quien “ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn, 4,7).

c) Nueva forma de iniciar la vida conyugal y la formación de la familia

En un periodo de tiempo bien corto no solo se ha reducido sino que está transformándose sustantivamente el modo de concebir el inicio de la vida conyugal y la formación de las familias. El proceso de desinstitucionalización general que caracteriza el cambio posmoderno, afecta tanto al matrimonio cristiano como al civil, algo observable, por otra parte, en la actitud de los ciudadanos no sólo ante la familia, sino también ante la religión y la política. Además de la primacía de lo experiencial frente a lo institucional, no debe olvidarse como factores explicativos la “des-tradicionalización” y la privatización. Todos estos cambios han desmoronado lo que antes era una evidencia social: la idea de un matrimonio como hecho social, por el que se contrae un compromiso sólido y a largo plazo –con sello jurídico– que marca un antes y un después en la vida de la persona, y que da el acceso a la convivencia, al amor sexual pleno, a la formación del hogar y a la paternidad. Consecuentemente se ha movido totalmente el tablero en el que opera la pastoral del sacramento del matrimonio –y el conjunto de la pastoral familiar–.

Ante la nueva situación no se trata de modificar lo sustantivo de la propuesta cristiana, esto es, vocación de Dios, sacramento de la Iglesia, entrega mutua, fidelidad de por vida, apertura a los hijos y su educación, y compromiso social en horizonte del Reino. Pero sí son necesarios varios cambios.

En primer lugar, acoger las familias tal cual son, y, en la medida que estas tengan un interés por la fe y la comunidad cristiana, ofrecer espacios de encuentro y acompañamiento, donde sea posible una pedagogía sobre la propuesta cristiana de amor familiar, que ayude a vivirla progresivamente en su integridad. Una perspectiva inclusiva para las familias monoparentales, adoptivas, de base homosexual, etc.

En segundo lugar, desde la perspectiva de una evangelización más kerigmática en un contexto de mayor secularización, en que muchos demandantes del sacramento presentan una fe tan sincera como incierta, el proceso de preparación del matrimonio puede concebirse como una oportunidad para un segundo anuncio de la fe y una cierta experiencia catecumenal en pareja.

En tercer lugar, debe superarse una concepción puntual de la pastoral matrimonial por una más procesual de largo recorrido. La educación para el matrimonio y la familia debe arrancar desde edades más tempranas, incorporándose a la pastoral de adolescentes y jóvenes. Y debe prolongarse más allá de la celebración del matrimonio en todo el proceso, concibiendo la familia como sujeto de evangelización en asociación con la comunidad parroquial y como realidad que necesita de apoyos múltiples por parte de la comunidad eclesial para sostener con fidelidad la hermosa, fascinante y fecunda vocación del amor.

[1] W. KASPER, El Evangelio …, o..c., p. 96.

[2] W. KASPER, El Evangelio …, o.c., pp. 87 y ss.

[3] Este punto más amplia y monográficamente desarrollado en este número de Iglesia Viva 262 (2015) por B. PETRÁ.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.

[5] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 2003, 4.

[6] Por lo inusual y por lo que representa como cambio de actitud, es reseñable la llamada de pésame del Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, al marido del activista gay y dirigente socialista Pedro Zerolo, con ocasión del fallecimiento de éste. Pero no deja de ser sino un paso muy inicial.

[7] J.M. URIARTE, El celibato. Apuntes antropológicos, espirituales y pedagógicos. Santander, Sal Terrae, 2015, pp. 150-160.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359.