Acción y espiritualidad, un nuevo paradigma

El 8 de febrero, Carlos F. Barberá, publicó en ATRIO una artículo, Acción y espiritualidad, que en 8 días había provocado 99 comentarios: un verdadero debate, como los que esperaríamos se produjeran en este blog. Suscriptor de Iglesia Viva, Carlos ha pensado darle un enfoque más teológico a su artículo, ofreciéndolo a este blog. A ver si despierta el mismo interés. 

El siglo XX ha sido un tiempo importante para la Iglesia católica, de mucha mayor trascendencia que los que le han precedido. Ha sido un siglo de grandes teólogos, con nombres tan numerosos y relevantes como no habían existido en varios siglos. Han sido cien años de grandes santos –no tanto los canonizados, algunos bastante dudosos– sino santos profundamente creyentes, cercanos al pueblo, implicados en las causas de la humanidad y de los pobres. Ha sido, en fin, el siglo del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que removió fundamentos seculares y abrió caminos de futuro.

Y sin embargo ha sido también el siglo de la decadencia de la Iglesia, al menos en los países de Occidente. Cuando en 1943 el abbé Godin publicó Francia ¿país de misión? puso de relieve este proceso de declive que acaso hasta entonces no se había acertado a diagnosticar. Desde entonces la asistencia a las iglesias ha ido disminuyendo, el número de sacerdotes y religiosos ha caído drásticamente y Benedicto XVI se atrevió a decir que acaso los católicos podrían convertirse en una “minoría creativa”.

No es difícil echar de ver la paradoja en la que vivimos: cuando la Iglesia, después de siglos, se ha hecho más sencilla, ha perdido gran parte de su poder y es a la vez menos jerárquica, cuando es más cercana a la gente y su teología más asequible, cuando se ha activado como nunca antes una crítica interna, precisamente entonces resulta ser menos atractiva. Esto explica en cierto modo la frustración de Pablo VI valorando los efectos prácticos del Concilio: “por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”.

Nunca he estado de acuerdo con ese reflejo tan generalizado en las organizaciones que atribuye los éxitos a los méritos propios y los fracasos a la intervención del enemigo. Por esta razón quiero proponer un diagnóstico que, a mi modo de ver, da una explicación más convincente de la situación.

Como es sabido el pensador Thomas Kuhn propuso la noción de paradigma para explicar el progreso de la ciencia. “Considero los paradigmas como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”. Y añadía: “Una revolución científica se produce cuando los científicos encuentran anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma universalmente aceptado dentro del cual ha progresado la ciencia hasta ese momento”. Hans Küng ha utilizado en sus obras estos conceptos de Kuhn para explicar los cambios en la evolución de la Iglesia.

Puesto que acabamos de conmemorar los 500 años de la Reforma, se puede recordar la tesis del teólogo suizo según la cual la rebelión de Lutero no vino determinada por la corrupción de Roma sino porque el paradigma de la Iglesia romana ya no respondía al espíritu de la época. Frente al católico-romano medieval vigente en la Iglesia desde San Agustín, el fraile alemán formuló un nuevo paradigma mucho más acorde con los tiempos. De ahí su enorme éxito y su amplia y rápida difusión. El momento histórico exigía un modelo nuevo y Lutero –aun con sus deficiencias– tuvo la inteligencia de darle voz y palabra.

De manera semejante me atrevo a utilizar estas categorías para explicar la actual decadencia de la Iglesia. En Occidente la Iglesia ya no es atractiva porque se mueve en un paradigma que no responde al espíritu de este tiempo. Veámoslo.

A quienes recibimos nuestra formación religiosa en los años cuarenta y cincuenta se nos enseñó un catolicismo que se resumía en dos palabras: doctrina y culto. La clase de religión se llamaba también doctrina cristiana, que se aprendía gradualmente comenzando por el catecismo. La enseñanza iba acompañada por el culto: misa y rosario diarios en los colegios religiosos, exposición d Santísimo los jueves.

Doctrina y culto configuraban la vida religiosa personal, una y otro monopolizados por la jerarquía eclesiástica.

Volviendo la mirada a la Iglesia en el pasado siglo, casi ninguno de los grandes teólogos se libró de una condena, de una investigación, de un monitum. En su mayoría grandes creyentes, el ojo insomne de los guardianes de la doctrina no dejó nunca de contemplarlos con sospecha.

Y por otra parte se vigilaba el cumplimiento meticuloso de las reglas de la liturgia, firmemente ritualizada, milimétricamente organizada, incomprensible y arcana para los fieles.  Todavía en 2004, en la Redemptionis Sacramentum hay cerca de cien prohibiciones o moniciones sobre algo tan sencillo en el Evangelio como la celebración de la Eucaristía.

Tanto esa doctrina como ese culto fuertemente controlados han entrado en crisis: el mundo se ha hecho multicultural, la libertad de pensamiento y de opinión han calado en la conciencia ciudadana y no van a dar marcha atrás, los creyentes se apartan de una teología para expertos sin significado para sus vidas y muchos la ven como un instrumento de dominio de las conciencias. La doctrina en cuanto tal ya no es atractiva.

Por otra parte, hemos ya descubierto que el culto no es para dar a Dios una gloria que ya tiene. No es Dios quien necesita de las celebraciones, somos nosotros. Pero no celebraciones aburridas, repetitivas, sin una participación personal. Y menos aún celebraciones teatrales, barrocas, recargadas, que complican innecesariamente gestos que deberían ser cercanos y sencillos. El culto tal como generalmente se celebra tampoco es ya atractivo.

Doctrina y culto configuran un paradigma que ha perdido ya su espacio y que, al mantenerse, provocan una lenta desbandada. Quien pone en cuestión algunas enseñanzas –el pecado original, la exigencia de la muerte de Jesús por el Padre, determinadas normas morales…– y no se encuentra a gusto en la misa dominical, va abandonando culto y doctrina y al final también la fe. Lo vemos todos los días a nuestro alrededor.

¿Y cuál debería ser el nuevo paradigma? A mi modo de ver puede resumirse igualmente en dos palabras: acción y espiritualidad. Esta díada responde perfectamente a la predicación de Jesús. El Maestro dijo: El reino de Dios está en medio de vosotros; y también: Dad la vida unos por otros. Es decir: la realidad es un espacio de presencia de Dios, de experiencia espiritual y de actuación a favor de los demás. Cada momento es un momento de salvación, cada acontecimiento, cada encuentro es, para una mirada contemplativa, una parábola de Dios. Y a la vez cada hombre y mujer son un prójimo, cada uno necesitado de ayuda, apoyo, comprensión, acogida, diálogo.

Del mismo modo que este paradigma concuerda mejor con el espíritu del evangelio, encaja también con el espíritu de este tiempo. Vivimos en un mundo de transformación permanente y de la acción que la hace posible. Un mundo en que la pobreza es el problema mayor y las acciones para remediarla numerosas y urgentes. Y a la vez la espiritualidad se ha convertido –por decirlo en el lenguaje de hoy– en una tendencia. Tanto la acción como la espiritualidad son atractivas para las personas inquietas. Una Iglesia centrada en ellas lo será también.

Esto no supone, ni mucho menos, prescindir de la doctrina. Las experiencias deberán seguir siendo tematizadas en conceptos pero estos deberán estar al servicio de aquellas. Habrá que elaborar, pues, una teología narrativa, sabrosa, cercana a la experiencia, que ayude a vivir la fe.

Y por supuesto seguirá existiendo el culto, pero no uno supuestamente dirigido a la gloria de Dios (“¿es ese el ayuno que yo quiero, agachar la cabeza como un junco…?”) sino uno que proponga momentos de espiritualidad. Sencillo, cercano, que conjugue la palabra y el silencio, que utilice, con sencillez y cercanía, los gestos de que se sirven los humanos: acogida, la palabra cercana, el canto compartido, el abrazo, la ofrenda, la comida, el silencio. Sin florituras, desmesuras o adornos inútiles.

Querría terminar con una interpretación de la Iglesia que, a mi modo de ver, representa Francisco. Son muchos los que le reprochan la falta de nuevas normativas, la ausencia de decisiones doctrinales, En definitiva, quienes eso dicen siguen buscando una Iglesia de doctrina, sea dogmática, moral o reglamentaria. En mi opinión, sin despreciarlas, no se ha centrado en las cuestiones doctrinales. Ha invitado siempre –y así lo hace él– a la acción, a hacerse cargo de las cuestiones que afectan a los humanos, a estar presentes allí donde reine el sufrimiento. Y a la vez ha llenado cada uno de sus gestos no de ritualismo ni de ceremonial sino de espiritualidad. No es lo importante, como sucedió con sus antecesores, la doctrina ni los cultos multitudinarios. Lo son la cercanía, el consuelo, la ejemplaridad y la presencia callada pero palpable del Espíritu.

Si a los pocos meses de su pontificado la revista Time le nombró hombre del año fue quizá porque supo percibir que Francisco representaba un nuevo paradigma religioso, que conectaba sin decirlo con el espíritu del tiempo.

5 thoughts on “Acción y espiritualidad, un nuevo paradigma

  1. Rodrigo Olvera 4:06 am 17 May,2018

    Quizá uno de los grandes cambios que haya que hacer sea el dejar de identificar como “decadencia” el proceso de maduración de la comunidad creyente que tiene como efectos el distanciamiento del culto y el ejercicio de autoridad tradicionales. Quizá ver ese proceso como Kairos ayude a navegarlo mejor; con menos resistencia y con menos sufrimiento para las diversas sensibilidades. ¿Qué ponderamos más? ¿El salto cualitativo del catolicismo del siglo XX que reseña el autor o el mero cálculo cuantitativo de asistencia al culto? Un tono menos pesimista (tan propio del paradigma obsoleto, descrito a la perfección por Sting en su canción ‘All this time’*), menos hablar de “decadencia”.

     

    *

    Two priests came ‘round our house tonight,One young, one old, to offer prayers for the dying to serve the final rite.One to learn, one to teach which way the cold wind blows.

    And fussing and flapping in priestly black like a murder of crows.

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  2. Jesus Manuel Rojas Torres 3:15 am 15 Mar,2018

    Me fascino este artículo de Barbera a quien leo hoy por primera vez por cierto. Su análisis es totalmente siglo 21, y ya estamos en la segunda década de este nuevo milenio, por ende, no sólo es refrescante al Espíritu poder leer una reflexión de este tipo, sino que el corazón la reconoce como veraz.

    Este año 2018 la Iglesia Católica en EEUU finalizó el V Encuentro–un proceso de consulta llevado a nivel parroquial y diocesano– precisamente para saber a dónde se dirige la Iglesia en este siglo 21 y conocer las inquietudes de la comunidad Católica Hispana o Latina que cada vez tiene más peso a todo nivel.

    En las sesiones que se llevaron en la Catedral Santiago Apóstol en Orlando, Florida de la cual yo fui facilitador, me quedé sorprendido de no ver “millenials” en los grupos de consulta. Contados con los dedos de la mano. Y la pregunta salía una y otra vez: Quieren que seamos discípulos misioneros en acción para esta Nueva Evangelización del siglo 21? Pero cómo lo hacemos?

    Yo diría como Barbera: Con espiritualidad y acción!

     

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  3. Luis Troyano 6:19 pm 8 Mar,2018

    https://www.elplural.com/sociedad/2018/03/08/cis-catolicos-practicantes-ateos-religion

    Solo corroborar lo que dice Carlos Fernandez Barbera. Y lo que digo yo.

    No hay nada que hacer. Solo esperar acontecimientos y adaptarse a ellos. Espiritualidad y acción, me parece bien. Primero espiritualidad, y acción que emane de esta.

    Me pongo en la piel de los aún creyentes. Y como ven que su casa amenaza ruina.

    ¿LO mejor?. Una casa nueva. Y recatar de la vieja. Poco…

    Si empezamos por rescatar la teología jesuanica, tal cual. Mal vamos.
    O el cristianismo se basa en un esoterismo, propio de los auténticos primeros cristianos. O no puede seguir con culto y doctrina, sin esoterismo. (Inspiraos en Nag Hammadi…)

    Puede salirse el río de madre. Pero siempre al final las aguas vuelven a su cauce natural. Aunque pasen 2018 años. Menos 325 (Nicea I).

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  4. Luis Troyano 6:02 pm 4 Mar,2018

    El cristianismo todo, que conocemos. No tiene futuro.

    Precisamente porque es culto y doctrina principalmente. Porque se vendió al poder del mundo, y se vende… Y porque dejo atrás lo que podría haberlo salvado hoy. Y con lo que quizá no hubiese necesitado de la inquisición para subsistir, sin imponerse.

    Los gnósticos cristianos, los cataros, la inquisición. la asociación a todo poder terrenal. Resumen: imposición. Como ya no puede imponerse. Porque la evolución dinámica de la sociedad ha dejado atrás las falsedades preracionales en las que se asentaba, y ya no da miedo ni el Infierno ni la Iglesia. Pues el cristianismo que aun insólitamente conocemos, está para los anales de la historia.

    Ahora bien. 1700 millones de personas tienen en términos generales este cristianismo agonizante como referente espiritual. La imposición ha llegado hasta lo mas intimo nuestro. No se pueden cerrar las iglesias por jubilación. Sin mas.

    Al margen de dogmas y doctrina y culto. Una cosa buena tiene la devoción al tal Jesús, cuya existencia histórica a la luz de las ciencias humanas. Es mas que discutible.

    La parte esotérica que tienen la mayoría de religiones. El cristianismo la dejo atrás al combatir a los gnósticos cristianos. Pero tiene algo valido. La oración contemplativa. En términos orientales, esto equivale a un yoga devocional.

    ” En el Bhakti Yoga, que se conoce como el Yoga de la devoción, del amor divino y de la emoción religiosa, se practica una exclusiva e intensa adhesión a un objeto amado, nishtha, sin la cual ningún amor verdadero puede desarrollarse. Su práctica comienza, continúa y acaba siempre en el amor, convirtiendo las emociones en devoción. El Bhakti Yoga se sirve del sentimiento devocional como instrumento de elevación de la consciencia y auto realización.”

    Hay otras tecnologías espirituales para mi que mejores. Pero el Bhakti Yoga es valido para el que se sienta impulsado a practicarlo. Si se le ora a Jesús. este Jesús, existiera o no es el “objeto amado” y la oración que se le dirija es transformativa.

    En ultimo extremo. Poco importa que “el gato sea negro o que sea blanco”. Lo importante es que cace ratones. Poco importa si Jesús existió o no, lo importante es que sea el objeto de ese mundo metafísico misterioso a donde dirijamos las oraciones, con la esperanza de que sean escuchadas.
    Si es Dios, mejor. Y si no es una imagen de la divinidad.

    Luego. Hagamos un “armisticio”. Un gran interrogante en la figura de Jesús. Y el que quiera que le rece. Y el que no. Que haga otro yoga.

    Claro que para hacer Bhakti Yoga. No hacen falta ni templos, ni sacerdotes para el culto…

    Ya concluyo. Los sacerdotes o se convierten en maestros de uno o mas yogas. O lo tienen crudo…

    El mal está en que la gente de hoy. Les importa poco si existió Jesús o no. En todo caso tienen a Jesús en un rinconcito de su alma. Pero la religión les resbala. Por eso ese rinconcito es en lo único que se puede basar los cristianos lucidos para avivar la llama espiritual en el pueblo. Porque la religión de culto, como digo. Les resbala.

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  5. Julián Díaz Lucio 12:14 pm 26 Feb,2018

    Me ha gustado mucho este  artículo de Barbera. Hace falta urgentemente una relectura de toda la dogmática cristiana conforme a toda la modernidad, para hacer asequible y creible nuestra fe cristiana. Creo que es lo que intenta Torres queiruga y otros teólogos. Es deseable que los controladorres de la fe no se los impida. El papa Francisco ha hablado varias veces de la necesaria conversión pastoral, pero creo que hace falta a la vez una conversión teológica que ilumine toda la pastoral, ya que toda pastoral tiene detrás, consciente o inconscientemente,, una visión teológica.

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