Religión Digital entrevista a Carlos García de Andoin

En Religión Digital,  José Manuel Vidal acaba de entrevistar a nuestro presidente, que cada vez se va confirmando como un importante referente del laicado católico, que impulsa la renovación del papa Francisco. IV.

“Hemos de abrirnos a nuevos formatos ministeriales. El Nuevo Testamento nos dice que Pedro tenía suegra y que Pablo vivía de tejer cueros”. Consciente de la necesidad de un cambio en una Iglesia en muchos puntos caduca, con estas palabras Carlos García de Adoin ofrece su visión de estos tiempos de pandemia a Religión Digital. El que fuera político destacado del PSOE y cofundador de Cristianos Socialistas asegura que la Iglesia debe apoyar “sin reservas” el ingreso mínimo vital, y asumir que probablemente “en tres-cuatro años, asistiremos al cierre del 25-30% de los templos”.

¿Cómo está percibiendo la sociedad española la implicación de la Iglesia y el papel que está jugando en la pandemia? ¿Está cumpliendo su función social?

Hay diferentes ámbitos. Las personas con necesidad perentoria de alimento y de ayuda económica para vivienda están recurriendo a entidades de Iglesia. De hecho en Cáritas de Madrid o Barcelona las peticiones se han triplicado. Empleadas de trabajo doméstico, trabajadores de economía sumergida, prostitutas… que no han podido acogerse a los ERTES. Incluso en un momento inicial los servicios públicos les han derivado personas que no podían atender. Las instituciones, a la hora de dar respuestas rápidas, por ejemplo, a los sin techo, también han recurrido a organizaciones del tercer sector, entre las que muchas son de matriz eclesial. Además, han crecido las donaciones económicas. Los servicios hospitalarios de congregaciones han estado dándolo todo. Y muchos profesionales sanitarios que son cristianos han vivido su fe con toda la entrega de que han sido capaces. Ahí han estado también los agentes de pastoral de la salud en hospitales. En la acción social también se ha mantenido la atención y los cuidados en ámbitos residenciales. La pastoral penitenciaria ha seguido prestando su acompañamiento en las cárceles cuando se ha prohibido toda visita. Todos los colegios concertados católicos, cada educadora y educador, han proseguido la enseñanza telemática en condiciones realmente difíciles. Otra cosa es si esta acción ha sido visibilizada en el ámbito mediático. Claramente no.

¿Por qué la Iglesia como institución no ha conseguido visibilizar bien su lucha contra la pandemia?

Hay razones diferentes, unas más coyunturales; otras vienen de lejos. En principio quedó noqueada como todos. Quizá afectada de un modo particular, por la naturaleza social de la Iglesia. El sociólogo Durkheim estudió la religión precisamente por su capacidad para constituir sociedad, para crear vínculo social. Sin reunión física la Iglesia siente que se disuelve. Otro elemento diferencial, muy importante, es el envejecimiento de los curas y de los católicos laicos. Disminuye la capacidad de respuesta. El cambio y temor atenazan. En este caso la mayor parte de la Iglesia, por edad, pertenece al colectivo de los más vulnerables, sanitariamente hablando. Hay otra razón más concreta. Acababa de ser elegido el nuevo equipo dirigente de la Conferencia Episcopal y le pilló sin rodar. Ahora ha comenzado a visibilizarse, el secretario general Argüello, en un interesante diálogo con Victoria Camps. También el presidente, el cardenal de Barcelona, Juan José Omella con artículos o en Nueva Economía Forum. Por cierto, me gustó el mensaje y la posición. Reclamando unión a los actores políticos, con talante de diálogo y poniendo el foco en los pobres, en los sectores sociales más vulnerables, los más perjudicados por la pandemia.

Dice ud. que otras razones de esta falta de visibilización vienen de lejos…

La visibilización no sólo depende de la Iglesia. También depende de otros, en este caso, de las autoridades públicas y de los medios. Sigue funcionando la idea de confinar lo religioso al ámbito de lo privado. Me gusta la radio, oigo habitualmente una cadena líder. Me molestó escuchar que la Iglesia había estado parada, que no se la veía, cuando no habían dado ninguna información ni programa sobre la múltiple acción de la Iglesia. No le das visibilidad y luego le acusas de no hacer nada. Sólo recientemente, casi dos meses después, he escuchado una entrevista a voluntarios de Cáritas en Madrid y de una líder colombiana ensalzando Manos Unidas ante la amenaza que el coronavirus representa para las tribus de la Amazonía. Por otra parte, también ayuda a la visibilización el reconocimiento de las autoridades públicas.

Con todo, no se pueden echar balones fuera. La comunicación sigue siendo tarea pendiente para la Iglesia. Falta entrenamiento para jugar a campo abierto y las experiencias de televisión y radio propias pecan de alineamiento político. No son la mejor credencial; además de ensombrecer la sacramentalidad de la Iglesia. Pero el problema principal es que en la Iglesia faltan líderes de opinión socialmente referentes, con un estilo comunicativo más laico, directo, multicolor y horizontal, capaz de entrar en diálogo en una sociedad plural.

¿Cree usted que la Iglesia institucional va a formar parte del nuevo contrato social que parece estarse tejiendo?

Es claro que hace falta aunar fuerzas para superar la crisis. Estamos sólo en el comienzo de una triple crisis sanitaria, económica y social condenadamente entrelazadas. Superar la pandemia en cada país y a nivel global, defender a los sectores más vulnerables y relanzar la economía evitando que nadie se quede atrás requiere un gran compromiso colectivo. La pregunta es: ¿cuáles van a ser las cuestiones críticas en las que la Iglesia puede arrimar el hombro o quedarse al margen? Para empezar, apelar a los actores sociales a la cooperación. Con gestiones discretas y apelaciones públicas a posiciones constructivas. Además, subrayaría varios contenidos de lo que llamas contrato social. En primer lugar, la prestación del ingreso mínimo vital. Una prestación de la Seguridad Social que garantice una renta mínima a las familias. Un apoyo sin reservas.

En segundo término, la cuestión fiscal. La otra cara del endeudamiento de hoy es el esfuerzo fiscal de mañana. La Iglesia puede y debe contribuir a un cambio de mentalidad sobre la fiscalidad. A la legitimación ética de la contribución fiscal. Es el principal instrumento de solidaridad y redistribución de la riqueza. Hacienda no es el ogro voraz al que burlar sino la Cáritas política. La mayor organización de la caridad institucional. No tiene comparación. Un mensaje a dar en la próxima campaña de la asignación tributaria.

¿Hay alguna cuestión más en la que la Iglesia puede hacer una contribución significativa al contrato social?

Sí, tres cuestiones más. La intergeneracional. Es necesario un pacto entre generaciones acerca de las opciones de gasto social, pensionistas, trabajadores, jóvenes… La Iglesia es de las pocas organizaciones donde conviven las diferentes generaciones. Otra más, esencial, el trabajo. Si el trabajo a defender y a reconstruir es un empleo decente o amplía la precariedad y la pobreza de los trabajadores. Es la hora de la verdad de los aplausos. Laborem exercens. Finalmente, si la salida de la crisis social es contra los inmigrantes y contra la agenda verde, o, al contrario, si la mejor vía para relanzar la economía europea está en la transición ecológica de la economía y en una Europa rejuvenecida por la inmigración. Laudato Si: “No hay dos crisis separadas, una social y una medioambiental”. Estas son las cuestiones principales. Las entidades sociales de la Iglesia tienen un papel capital. En aquella medida que la política acoja y potencie el diálogo civil con el Tercer Sector, la Iglesia podrá prestar una mejor colaboración. En la actualidad Cáritas trabaja con el Ministerio de Seguridad Social en la implementación del Ingreso Mínimo Vital.

En cualquier caso, la envergadura de la crisis reclama una carta pastoral y, sobre todo, un plan de acción de la Conferencia Episcopal. La CEE tenía que haber creado ya grupos de trabajo como los que el papa Francisco ha creado en el Vaticano.

“La envergadura de la crisis reclama una carta pastoral y, sobre todo, un plan de acción de la Conferencia Episcopal. La CEE tenía que haber creado ya grupos de trabajo como los que el papa Francisco ha creado en el Vaticano”

¿La crisis del coronavirus está haciendo aflorar el lado religioso de mucha gente, hasta ahora escondido o tapado? ¿Los indiferentes religiosos volverán al catolicismo o se irán definitivamente en busca de nuevas espiritualidades?

Es una pregunta que también me hago. Una cantante vasca joven, prometedora, de gran talento, Izaro, ha compuesto una canción en el confinamiento, Tiempo ausente. Termina repitiendo varias veces: “Busco toda la fe en la que nunca creí”. Sí, puede haber una necesidad de esperar, de asirse a algo más allá de nosotros mismos, de confiar en un Alguien, en un Dios. Puede haberse abierto una necesidad espiritual. Hay quienes consideran que Estado, familia y religión, como valores seguros, pueden ir al alza, después de esta experiencia de fragilidad. Creo que lo que en esta tríada pueda representar la religión va a venir más bien por la salud, con mayúsculas, la Salud. Donde socialmente hemos experimentado salvación es el embate entre la salud y la muerte. Creo que el lugar de lo espiritual se va a asentar con mayor claridad en la salud, en la búsqueda de la salud personal integral: física, psíquica y espiritual. Si sabemos situar la propuesta de la fe en este campo, por otro lado, ¡tan evangélico!, probablemente nuestros diálogos en el pozo, como el de Jesús con la mujer samaritana, puedan tener nueva frescura y significación. Salutis, de donde procede el término salud, también significa salvación.

¿El miedo a la muerte que ha recorrido el cuerpo social ha encontrado en la Iglesia sentido, consuelo y esperanza? Sin posibilidad de realizar funerales, ¿ha perdido la Iglesia el último rito de paso que le quedaba?

Déjame reparar en algo que ha ocurrido. Uno de cada cuatro de quienes han entrado a las UCIs han fallecido en situación de aislamiento. La razón sanitaria de Estado ha privado de la compañía de los seres queridos el padecimiento de la enfermedad y el desenlace de la muerte. Privación grave de un derecho al paciente a ser acompañado. Cuando aspiramos a bien morir, hemos aceptado resignadamente el mal morir por sistema de más de 30.000 personas. Realmente, ¿no era posible salvar el derecho a una muerte digna, acompañada y significada? ¿No pueden establecerse protocolos que conjuguen la seguridad sanitaria con el derecho a ser acompañado en la enfermedad y en la hora de la muerte?

Por el otro lado están las familias y seres queridos que no han podido despedir a las personas fallecidas, ni asistir a su entierro o cremación. No han podido orar o recibir el consuelo. Solo silencio confinado. Quedan procesos de duelo tremendamente indigestos.

Pues bien, son bastantes los que se extrañan del silencio de la Iglesia ante esta falta de humanidad en la hora de la muerte. Han echado en falta la exigencia activa por parte de la Iglesia a una muerte acompañada; afectiva, humana y espiritualmente acompañada.

Con la entrada en la fase 1 y la progresiva reanudación el culto público, es de prever que las familias soliciten funerales por las personas fallecidas. Es un momento especialmente delicado. No es momento para levantar criterios restrictivos en horarios de funerales. Han de ser funerales cuidados, no de oficio, con implicación de los ministerios de la comunidad cristiana. Cuidando el proceso de acogida anterior y de acompañamiento posterior. Los familiares deben encontrar en la comunidad cristiana la oportunidad de hacer el duelo, de sanar el dolor de una muerte sin abrazo, de reparar la herida de una despedida sin adiós, sin ventana para la esperanza. Así lo espero. También confío que evitemos la pretensión de monopolio de significado de la muerte, así como la pretensión de un funeral católico de Estado.

¿Se ha consagrado Internet (otrora demonizado por muchos clérigos) como un gran medio de humanización y de evangelización?

Es obvio. El confinamiento ha acelerado el proceso de digitalización. En la Iglesia ya se estaban multiplicando las experiencias. Ahora, más aún, con la duración de la nueva normalidad, se dispararán. Pero también se ha producido un salto cualitativo: ya no se puede hablar del mundo digital como virtual frente a uno real. De hecho, el digital ha sido el real. Hemos vivido la distancia física, pero hemos comprobado vitalmente que hemos mantenido la cercanía comunicativa y emocional. También hemos vivido de modo real la actualización digital de la experiencia religiosa en la celebración litúrgica y la oración comunitaria.

“Creo que el lugar de lo espiritual se va a asentar con mayor claridad en la salud, en la búsqueda de la salud personal integral”

¿Cómo será la Iglesia del postcoronavirus? ¿Qué características tendrá? ¿Hacia qué líneas de fondo apuntará? ¿Afectará a las reformas del Papa Francisco?

No es fácil preverlo. Quiero creer que esta crisis es una oportunidad para volver a un cristianismo esencial, el que propugna el papa Francisco. Más interior y espiritual. Más compasivo con las personas que sufren que seguro poseedor de la reflexión sobre el misterio de la iniquidad. Más humanista y misericordioso. Más de Evangelio. Creo que va a reforzar la línea reformista del pontificado frente a los riesgos de involución. Claramente la agenda social que surge de la pandemia reafirma las apuestas de Laudato Si, de Evangelii Gaudium, de Amoris Laetitia, Gaudete et Exsultate y Querida Amazonia. La pandemia ha desbaratado de un plumazo la plausibilidad de los que se agrupaban y organizaban para bloquear las reformas del pontificado.

¿Podrá seguir manteniendo su actual estructura económica, territorial y funcional?

No. La Iglesia española mantiene aún una estructura de Iglesia de imperio. De implantación territorial extensiva e intensiva. Un patrimonio inmobiliario que excede las necesidades actuales de la comunidad cristiana y cuyo mantenimiento es una vía de agua oceánica. Una estructura económicamente insostenible.

Si las finanzas diocesanas estaban ya pronunciándose por la pendiente del déficit, el cierre del culto por dos meses, la previsible menor afluencia durante dos años de personas mayores -que puede tornarse definitiva-, el decremento de la cuantía de la asignación tributaria, van a precipitar a las diócesis a números rojos de dos dígitos.

La pandemia va a obligar a hacer un ajuste económico largamente postergado. Va a ser una oportunidad para cerrar templos que la inercia o la indecisión mantenían abiertos. Probablemente, en tres-cuatro años, asistiremos al cierre del 25-30% de los templos.

¿La pandemia ha despertado en el laicado la conciencia de su ser ‘pueblo sacerdotal’ y, por tanto, la exigencia de asumir ministerios ordenados?

La pandemia está siendo una especie de test de estrés. Nos ha anticipado la foto de la Iglesia dentro de 10 años. Allí donde hay comunidades vivas, la Iglesia, desde las catacumbas del confinamiento, ha sostenido el servicio, la celebración y el anuncio. Esas permanecerán. En las parroquias donde ha habido cierre total, estamos ante una clara señal de que en una década perecerán. Es hora de centrar la acción pastoral de la Iglesia en el sostenimiento y el refuerzo de comunidades vivas. Gastar todas las fuerzas en mantener un servicio extensivo exclusivamente sacramental, sin soporte de una comunidad laical es estéril. Hemos de impulsar comunidades emancipadas, capaces de funcionar con liderazgos propios. Donde haya comunidad corresponsable y ministerial perdurará la Iglesia.

“La Iglesia española mantiene aún una estructura de Iglesia de imperio. De implantación territorial extensiva e intensiva. Un patrimonio inmobiliario que excede las necesidades actuales de la comunidad cristiana”

La respuesta de futuro no es la centralización ni la clericalización. Hemos de abrirnos a nuevos formatos ministeriales. El Nuevo Testamento nos dice que Pedro tenía suegra y que Pablo vivía de tejer cueros. También que para ser buen obispo había de acreditarse haber sido buen padre de familia. Así que, creo que no debe haber problema. Si Pedro y Pablo vivieron casados y con trabajo asalariado su ministerio, hoy también puede vivirse el ministerio en condiciones laicales. De hecho, creo que la Iglesia se está privando, por ceguera, de vocaciones ministeriales que el Espíritu suscita hoy.

Espero que algo de todo esto se aborde en el próximo Sínodo. No tengo nada claro si en esto la pandemia reforzará o no el giro ministerial que necesita la Iglesia.

 

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