Entrevista al teólogo Andrea Grillo sobre el confuso e inoportuno texto de Ratzinger

En la página web de Rainews24 Pierluigi Mele entrevista al liturgista Andrea Grillo sobre el documento de Joseph Ratzinger en el que habla de la pedofilia, de sus raíces, de las responsabilidades que han generado esta plaga. Lo reproduce Adista, de donde hemos traducido la entrevista al castellano. Otros medios católicos bullen con opiniones mucho más duras de teólogos. Entretanto, tanto el Vaticano como en Vatican Insider, la web más cercana a Francisco, callan y no comentan el episodio tal vez más grave en esta crisis de la Iglesia. IV.

Profesor, se está discutiendo el “ensayo” del papa emérito (al que ha llamado “apuntes”) sobre la pedofilia en la Iglesia. Un ensayo preparado para una revista católica alemana y anticipado, en Italia, por el “Corriere della sera”. El documento se publicó después de la reciente cumbre del Vaticano sobre la pedofilia. ¿Cómo interpretar la salida de estos apuntes? ¿Es un acto de amor o una intrusión?

Son apuntes, como puedes ver: tienes razón al llamarlos así. Así como los apuntes parecen confusos, sin un tono unitario, no encuentran un verdadero hilo de continuidad. Oscila demasiado entre el deseo de autojustificación, la reducción de la historia a ejemplos demasiado personales y consideraciones teológicas, elegantes pero no específicas. En continuidad con muchos otros textos anteriores del mismo autor, es fácil descubrir la tendencia a condensar todo un fenómeno complejo en una ocurrencia que parece de chiste: Mahoma o Lutero en Ratisbona, al igual que la pedofilia o 68 en este texto, están todos resueltos en una drástica declaración de unas pocas líneas. Esto es típico de la forma en que J. Ratzinger escribe y piensa. También es lo que hace que siempre sea fácil de leer y brillante en su discurso. Pero sobre la pertinencia del texto, sigo pensando que la promesa de silencio era ya antes -y sigue siendo hoy- “consustancial” a la opción de “permanecer en la clausura de San Pedro”. No tengo motivos para pensar que no es un acto de amor. Pero a veces sucede que las intenciones y los efectos no coinciden perfectamente.

Vayamos al contenido.  En la primera parte hay un duro ataque a la Revolución de 1968 y a su revolución sexual (fenómeno que ha provocado la “disolución del concepto cristiano de moralidad”). Hasta ahora nada nuevo, sabemos lo mucho que Joseph Ratzinger ha estado “conmocionado” negativamente desde el 68…. Pero hay un pasaje que ha afectado enormemente a la opinión pública: “parte de la fisonomía de la revolución del 68 fue que se diagnosticó a la pedofilia como admitida y apropiada”. Desconcertante afirmación.  ¿Qué es lo que usted piensa?

Es fácil entender el 68, cuando se ha nacido en los años 50 o 60. Pero para los que nacieron en los años 20 y se hicieron sacerdotes en los años 50, no es fácil salir de una “forma mentis” que tiende a excluir e incluso a deslegitimar cualquier intento de “partir de la libertad”. Aquí, pues, para los católicos, y más si son sacerdotes, teólogos y obispos, es fácil que se superpongan todos los fantasmas del modernismo, del relativismo, de la pérdida de Dios, del vacío de autoridad de la Iglesia y del fracaso del mandamiento moral. Creo que Ratzinger, como lo demuestra su autobiografía publicada en su momento y un gran número de referencias en sus obras, nunca superó el trauma del 68, en el que concentró trágicamente todo tipo de desvalorización. Desafortunadamente, este trauma le trastocó a posteriori su experiencia y su juicio sobre el Concilio Vaticano II. Esto se hizo muy evidente en la misma noche de la conmemoración del 50º aniversario de la apertura del Consejo. Creo que esa noche, el 11 de octubre de 2012, después de haber transfigurado el Concilio Vaticano II en un gran desastre, con vientos contrarios a la navegación, malos peces en la red, disensión en el campo, Benedicto XVI decidió, en su interior, dimitir de su cargo. Y se mantuvo así. Con una consistencia admirable y rara, como él pensaba, comprendió que ya no podía ser Papa. Y aún lo sigue creyendo. Y la tragedia que ve en el 68 es tal que puede trasladar cualquier culpa, externa o interna a la Iglesia, al 68. Hasta el punto de distorsionar sus datos y términos. Esto no es resultado del razonamiento, sino de la emoción, el apego y la nostalgia. Y es invencible.

El ensayo continúa con la crítica de la teología moral postconciliar. Se hace referencia a la enseñanza, en particular al documento “Veritatis Splendor”, de Juan Pablo II que se opuso a esta decadencia teológica. Hay un pasaje, también este sensacional, en el que atribuye al  “espíritu del Concilio” el “garantismo extremo de los procesos eclesiásticos encaminados a la presunción de inocencia de acusado (…) hasta el punto de hacer imposible prácticamente la condena del culpable”. Entonces, ¿toda la culpa es de los reformadores?

También en este caso hay un “Vetus Ordo” que, en la convicción de Ratzinger, protege a la Iglesia mejor que el Novus. No se trata, en este caso, de una nostalgia de la antigua liturgia, sino de una forma nostálgica de pensar en la Iglesia, en el mundo, en la historia, en el sujeto. En un mundo en el que la teología moral sigue desempeñando un papel inmediatamente pedagógico, no se deja cuestionar por los acontecimientos ni por la Escritura, sino que subordina todo a una intención sistemática y disciplinaria absolutamente insuperable. Y en esta perspectiva clásica, se presta atención a las viejas preguntas – si el acusado debe gozar de garantías o no, si la fe está en juego o no– pero no es posible decir una sola palabra sobre las víctimas y su centralidad. En el sistema que Ratzinger quiere defender las víctimas “nunca” pueden ocupar un lugar central, porque no se ven, no aparecen, no tienen consistencia. Si las pusieras en el centro, disputarías la centralidad de Dios. Se trata de un pensamiento “antimodernista”, percibido como debe ser, que explica la posición adoptada, pero que también lo sitúa en un mundo que no es el nuestro, sino el de hace 70 años.

El documento también contiene la denuncia de “clubes homosexuales” formados en muchos seminarios, de obispos que rechazaban a los verdaderos católicos en nombre de una especie de catolicismo moderno. En resumen, una visión catastrófica de la Iglesia post-Concilio. No me parece muy justo…

No sólo es incorrecto, sino que distorsiona la realidad con una mezcla de resentimiento y nostalgia que impide un juicio considerado. Las palabras se utilizan con una terminología “líquida”, de modo que se puede caer fácilmente en términos confusos que deben distinguirse cuidadosamente. Parece que la libertad establecida contra todas las reglas incita a la homosexualidad, la pedofilia y el abuso. Pasas de la libertad al abuso con una facilidad vergonzosa. Se trata de una imagen profundamente distorsionada, que corre el riesgo de dificultar el discernimiento entre niveles de realidad que no deben confundirse en modo alguno. De un teólogo se esperaría un mayor rigor en las distinciones y una menor ingenuidad al pensar en el seminario tridentino de los años cincuenta como un modelo absoluto. Pero, “ingravescente aetate”, como a todo hombre probado por la experiencia, también a todo teólogo se le debe reservar el derecho de guardar silencio. Este pequeño abuso –ya haya sido forzado o se haya ssentido forzado a hablar– ha comprometido profundamente una palabra clara sobre los abusos.

La acusación de Ratzinger, a veces un poco rencorosa, afecta también a la sociedad occidental que olvida a Dios en el debate público, además de hablar de la Iglesia en términos de políticos contra los que contrasta una “iglesia santa que es indestructible con sus mártires”. En resumen, parece casi un manifiesto para el post Francisco. ¿Que es para usted?

Yo digo que no. Más bien, hay aquí el signo de un “paso de generaciones”. Que quede claro, algunos pueden intentar aprovecharse de estas páginas. Esto está fuera de toda duda, pero el texto, en sí mismo, manifiesta una manera de pensar sobre Dios, la Iglesia y el cristianismo que no consigue superar las viejas ideas clásicas y continúa expresándose como si lo hubiera escrito para la Iglesia de hace 70 años. Quisiera mencionar otro texto, de un nivel muy diferente, pero igualmente sorprendente. Incluso R. Guardini, cuando en 1961 escribió su texto “contra la pena de muerte”, utilizó argumentos que, diez años más tarde, nadie volvería a utilizar. No hay, por lo tanto, un manifiesto para el período posterior a Francisco. Este es claramente un texto del prefrancisco. Todo lo que se dice en él habla desde y sobre el pasado. Pero es útil para comprender que ese camino, esa manera de pensar sobre la Iglesia, esa manera de proponer soluciones sobre cosas que no se pueden entender, ha terminado definitiva e irremediablemente. El texto permanece siempre muy atrás de Francisco, de cada palabra y de cada gesto suyo. Ratzinger lo sabe. Por eso renunció. Porque él lo sabe. Sabe que no puede. Su silencio mantenido de ordinario da fe de ello. Pero sus palabras hoy “extra ordinem” también lo confirman.

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