El ‘cisma americano’

En el post anterior se hablaba del libro que Andrea Tornielli ha publicado recientemente. El día 18 de diciembre Tornielli ha sido nombrado Director de la Dirección editorial del Dicasterio de la Comunicación. Este Dicasterio (nueva denominación de organismos de Curia con  igual categoría de las antiguas congregaciones) tiene como prefecto un seglar y casi la totalidad de los directores de secciones son seglares. Este nombramiento resalta la importancia del libro de Tornielli e invita a leer el texto completo, al menos, del importante capítulo 7, que hoy ofrecemos. IV.

Tornielli, Andrea. Día del Juicio: Conflictos, guerras de poder y escándalos. ¿Quién quiere el cisma en la iglesia?(Edición en italiano: EDICIONES PIEMME. Edición de Kindle).

  1. El cisma “americano”

Cuando el ex nuncio vaticano lanzó en línea su comunicado sobre el Cardenal McCarrick, con la petición de dimisión dirigida al Papa Francisco, veinticinco obispos (veinticuatro en los Estados Unidos, más Athanasius Schneider, auxiliar de Astana, en Kazajstán) le reservaron certificados públicos de solidaridad en un recorrido cerrado y exigieron la necesidad de tomar en serio las acusaciones y teoremas contenidas en su expediente. Entre ellos se encuentran los cardenales Raymond Burke y el arzobispo de Filadelfia Charles Joseph Chaput. Publican declaraciones inmediatas -en algunos casos incluso con la orden de leerlas en las iglesias de sus diócesis- para mostrar su cercanía a Viganò y pedir urgentemente que se investigue el contenido de su comunicado. Aunque en diferentes tonos y sin comentar la credibilidad del expediente, el Cardenal Daniel DiNardo, presidente de la Conferencia Episcopal Americana, reitera su petición de que se lleve a cabo una investigación exhaustiva.

“Estoy profundamente convencido de su honestidad, de su lealtad a la Iglesia y de su impecable integridad”, dice Robert Morlino, obispo de Madison, Wisconsin, de Viganò. “Puedo atestiguar que es un hombre que ha cumplido su misión con dedicación desinteresada, que ha dirigido la misión petrina que le encomendó el Santo Padre para “confirmar a sus hermanos en la fe”, dice Salvatore Cordileone, arzobispo de San Francisco. Mientras que Robert Barron, obispo auxiliar de Los Ángeles, recuerda que no es “un actor menor”, una “figura incoherente”, sino “el ex nuncio de Estados Unidos”, quien pide la dimisión del papa, y ha hecho “declaraciones muy serias”. Cuando el Papa Francisco, que regresa de Irlanda, cuenta a los periodistas acreditados sobre la huida papal que por el momento no dirá una palabra sobre el “comunicado” de Viganò, confiando en su capacidad de juzgar por sí mismos el contenido del dossier, el obispo estadounidense Thomas John Paprocki, a la cabeza de la diócesis de Springfield, afirma en una entrevista que considera “inadecuada” la respuesta papal. Si se me acusara de encubrir a uno de mis sacerdotes”, exhortaba el obispo, “no me saldría con la suya diciendo “vosotros decidís por vosotros mismos”…”.

Las declaraciones de los obispos americanos tras la difusión del primer “dossier Viganò” se hacen eco del tono compasivo de los funcionarios del aparato que exigen “transparencia total” y “limpieza” urgente cuando algún caso desafortunado corre el riesgo de comprometer la reputación de su propia institución.

La ostentosa diligencia en la aplicación de los parámetros de la responsabilidad corporativa también a la Iglesia en este caso se esconde en el aluvión de sentencias hecho un acontecimiento que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia Católica: por primera vez, decenas de obispos católicos expresan públicamente su apoyo y solidaridad hacia un panfleto que termina con la petición de la dimisión del Sucesor de Pedro. Un documento escrito por un arzobispo católico con la intención de infligir el mayor daño posible al papa y a la confianza de los bautizados en él. Una operación llevada a cabo en muchos pasajes en violación del llamado “secreto pontificio”, lanzada al mismo tiempo en todo el mundo con una estudiada estrategia mediática global.

Las decenas de obispos norteamericanos que, entre finales de agosto y principios de septiembre de 2018, se apresuraron a dar su apoyo al dossier Viganò -sin añadir una palabra de consideración al Papa Francisco- parecen referirse a las tácticas utilizadas por los grupos financieros en las subidas de la compañía: el negociador líder lanza la oferta, e inmediatamente los interesados se apresuran a expresar su apoyo a la operación para que parezca necesaria, conveniente y apoyada por un amplio consenso. Un efecto de eco para impresionar a los pequeños accionistas y empujarlos a apoyar la subida. Las dinámicas de la vida eclesial se remodelan a partir de los mecanismos depredadores de las finanzas especulativas. Con el papa en la parte del gerente de la empresa que tratas de “poner en minoría”, para forzarlo a rendirse.

Incluso la red logística-mediática de la operación Viganò, aunque utiliza sucursales en todo el mundo, tiene sus bases estratégicas y económicas en Estados Unidos, representadas por grupos y fundaciones que financian los medios de comunicación utilizados para lanzar el dossier y acompañar su recepción. Grupos y redes de medios de comunicación -y este es el hecho sin precedentes y sorprendente- que en los últimos años habían alardeado de su propio “filopapismo” y de su total alineamiento con el Magisterio oficial de la Iglesia como su propio rasgo distintivo, su propia figura de identidad.

La cabecera de la web “National Catholic Register“, que distribuyó por primera vez la versión inglesa del dossier Viganò, forma parte de la red de medios de comunicación de la REDA, fundada en 1980 por la monja americana Mary Angelica de la Anunciación -conocida como “Mother Angelica”- y hoy reconocida como el centro multimedia católico más influyente del mundo, capaz de llegar a doscientos cincuenta millones de personas en ciento cuarenta países. En 2009, Madre Angélica recibió el premio Pro Ecclesia et Pontifice del Papa Benedicto XVI. En febrero de 2016, dos meses antes de la muerte de la monja, el Papa Francisco le dirigió un cálido saludo durante su viaje a Cuba.

Michael P. Warsaw, Director General de EWTN, es consultor del Departamento de Comunicación del Vaticano. En la operación Viganò desempeña un papel no secundario Timothy Busch, el abogado millonario, miembro del equipo de administradores de EWTN, que en el lanzamiento del dossier firmado por el ex nuncio aporta una contribución esencial para delinear los contornos y el propósito de toda la operación. En ese momento, Busch declaró al “New York Times” que Viganò, con su iniciativa, “nos hizo un gran servicio”, y, como hemos visto, también informó haber recibido la seguridad de que “el Papa Emérito, Benedicto XVI, había confirmado la historia del arzobispo Viganò”. La información proporcionada por Busch es negada por el secretario particular de Ratzinger. Pero basta con revelar el diseño que pretendía reclutar al papa emérito como “padrino” y gran testimonio de toda la operación.

Timothy Busch, junto con el filántropo financiero Charles Koch, es el patrocinador de la Escuela de Negocios Busch fundada en la Universidad Católica de América como otro centro más para la elaboración de la “teología del capitalismo”, patrocinado por líderes de opinión y centros de estudio alistados para patrocinar teorías sobre el pleno cumplimiento de la ideología capitalista con la doctrina católica. “La evangelización de nuestro país”, declaró el propio Busch en 2017, “está siendo llevada a cabo por fundaciones privadas y ONG católicas como el Instituto Napa y Legatus. Son estas entidades, financiadas y frecuentadas por ricos empresarios conservadores, las que, según Busch, “están marcando la diferencia” en la Iglesia Católica de los Estados Unidos, dado que “somos tan dinámicos y los demás no”. Un dinamismo debido sobre todo a la capacidad de “tener acceso al capital”, a diferencia de lo que sucede en la Iglesia institucional.

El Instituto de Napa, un organismo apoyado por Busch, organiza conferencias anuales para católicos adinerados sobre apologética, ética sexual y lucha contra la secularización. El 2 de octubre de 2018, en el clima marcado por la crisis del abuso sexual clerical y la Operación Viganò, el instituto organizó una conferencia de un día -con una cuota de participación de quinientos dólares- en la Universidad Católica de América dedicada al tema de la “Reforma Auténtica” de la Iglesia. “Como católicos fieles a las enseñanzas de la Iglesia y a la misión”, leemos en los textos de la presentación de la conferencia “pedimos una limpieza profunda y auténtica de las vidas de los católicos estadounidenses. A la conferencia asistieron también el Cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto Emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el ya mencionado Obispo Morlino, quien vinculó el escándalo del abuso sexual clerical a la desenfrenada “subcultura homosexual” que también se extendió entre las jerarquías de la Iglesia Católica.

En un artículo del 5 de octubre de 2018, la periodista Heidi Schlumpf relató la conferencia para el “National Catholic Reporter”. Una visión corporativa de la Iglesia brota de las palabras de Busch, quien dijo que no se puede tolerar en la Iglesia lo que “no toleramos en nuestras empresas”. El abogado añadió que sólo respetaba a los sacerdotes y obispos “en la medida en que se ajustaran al sentido común y al comportamiento corporativo habitual”. Si queremos ser maliciosos, tenemos que preguntarnos, a la luz de los diversos escándalos de acoso que han surgido durante el último año en los Estados Unidos, qué empresas son el modelo para los cambios defendidos por Tim Busch. Y, por cierto, como también señala Schlumpf, Busch se muestra mucho menos preocupado por la “tolerancia cero” cuando el objeto de las acusaciones es el juez Brett Kavanaugh, nombrado por Trump para el Tribunal Supremo y sobre el que el abogado conservador ha comentado con alivio: “Con este nuevo juez tendremos el control del Tribunal durante los próximos cuarenta años”. Busch dijo entonces que no olvidarán la crisis actual, sino que llevarán a los sacerdotes y obispos ante la justicia, los echarán y llevarán a “nuestra Iglesia de vuelta a la santidad”.

Más que el abuso infantil, según Schlumpf, la conferencia se centró en los abusos cometidos contra adultos vulnerables y la homosexualidad en el clero. A esta última se le dedicó toda una sesión titulada El Problema de la Homosexualidad. Schlumpf informa que las reuniones en grupos más pequeños han revelado varias sugerencias de acciones a tomar para tratar la crisis: contactar a los propios obispos, detener las donaciones de dinero, fomentar la “corrección fraternal” entre obispos y sacerdotes hacia sus hermanos que saben cómo ser sexualmente activos. En la homilía de la misa de apertura, el ya mencionado obispo Morlino pronunció unas palabras muy duras, afirmando que “se habla demasiado de amor en la Iglesia y muy poco de odio al mal”. Schlumpf señala que no ha habido ataques directos contra Francisco, pero Busch ha hablado muy claramente sobre el caso Viganò, afirmando que ya no se puede “permitir que el Vaticano se salga con la suya”. “Viganó nos dictó un horario. Tenemos que seguir ese camino y seguir adelante”.

Legatus, otra organización católica a la que está vinculada Busch, reúne a los supermanagers católicos de orientación conservadora y a sus esposas, y los ofrece como una herramienta para grandes operaciones de caridad y financiación de iniciativas conservadoras. Se estableció gracias a los fondos del gerente Tom Monaghan, fundador de la cadena Domino’s Pizza, quien financió los movimientos antiabortistas y otras “causas católicas” abrazadas para “luchar contra la crisis moral de la nación”. Tras la publicación del dossier Viganò, el consejo de administración del grupo Legatus decidió suspender el envío de su contribución anual a la Santa Sede, “a la luz de las recientes revelaciones y preguntas”, considerando necesario y urgente “solicitar respetuosamente aclaraciones sobre el uso específico de estos fondos”. Para ser admitido en el club exclusivo de Legatus – actualmente formado por unos tres mil miembros – hay que pertenecer a la élite de los empresarios católicos, directores generales y empresarios con una facturación anual mínima de siete millones de dólares, propietarios de empresas con al menos cuarenta y nueve empleados o empresas financieras con al menos diez empleados, y un capital disponible de al menos doscientos setenta y cinco millones de dólares.

La operación Viganò adquiere importancia mediática y política porque está acreditada de diversas maneras por una parte del episcopado norteamericano y pone de manifiesto los impulsos mal ocultos que se agitan en el vientre de la rica e invasiva red de instituciones, redes mediáticas, organizaciones y think tanks de matriz neoconservadora o neo-rigorista estructurada en las últimas décadas. Una galaxia que no nació repentinamente bajo el cielo de los Estados Unidos en los años de Donald Trump y su asesor ultracatólico Steve Bannon, sino que se genera dentro de procesos de larga duración, que parecen haber producido una especie de “mutación genética” en una parte del catolicismo estadounidense.

Es a finales de los años setenta que el fenómeno de los neoconservadores comenzó a surgir en los Estados Unidos. Los primeros exponentes de la corriente también provienen de la intelectualidad judía liberal de Nueva York y del mundo del trotskismo estadounidense. Se basan en el análisis de la modernidad contenido en las obras del filósofo Leo Strauss (fallecido en 1973), cuyo pensamiento se basa también en el esoterismo de la doctrina cabalística. Y quieren distanciarse de los “paleoconservadores” xenófobos, que tienden a ser antisemitas y aislacionistas, dispuestos a justificar en el mundo su apoyo a los regímenes dictatoriales en clave anticomunista. La perspectiva de los neoconservadores va en una dirección completamente diferente: muchos de ellos, como antiguos radicales decepcionados por el fracaso histórico de los regímenes socialistas, se han convertido al culto entusiasta del capitalismo democrático, identificándolo como el modelo americano “universal” que se exporta a todo el mundo. “El neoconservador”, dice la famosa definición de Irving Kristol, uno de los “padres fundadores”, es un liberal que ha sido atacado por la realidad. “Ya en la época del presidente Ronald Reagan, los neoconservadores estaban desarrollando su estrategia de ascendencia “trotskista” con el fin de obtener el control de los principales fundamentos culturales conservadores. Y comienza a resaltar dentro de sí mismo un feroz componente cristiano. Intelectuales católicos y protestantes que atribuyen una connotación teológico-religiosa al esperado triunfo universal del modelo democrático-capitalista americano, bendecido por ellos como la epifanía más exitosa de la civilización occidental de origen judeo-cristiano.

En 1987, cuatro años antes de ser católico, el pastor luterano Richard John Neuhaus, con el libro The Catholic Moment: The Paradox of the Church in the Postmodern World (El momento católico: la paradoja de la Iglesia en el mundo postmoderno), lanzó la hipótesis de que el catolicismo podría aspirar al papel de líder ideal en la nación líder de Occidente, tras el agotamiento de las confesiones protestantes históricas, abrumado por su deriva liberal. En esos años, Neuhaus inspiró el nacimiento y desarrollo de influyentes grupos de reflexión y revistas ideológicas como “First Things”, que ahora se publican en los periódicos estadounidenses dedicados a tiempo completo a la crítica del pontificado del Papa Francisco.

Al mismo tiempo, Michael Novak, un ex intelectual católico progresista, comenzó su batalla por el alistamiento del cristianismo como socio religioso en la expansión de la economía de mercado, presentada como el corolario económico de la comprensión cristiana de la naturaleza y el destino del hombre. Mientras que el ensayista George Weigel es acreditado como “biógrafo oficial” de Juan Pablo II, logrando dar forma, al menos en Estados Unidos, a la interpretación prevaleciente del pontificado wojtiliano, donde la exaltación del papa polaco “demoledor” del comunismo va acompañada de la damnatio memoriae del cardenal Agostino Casaroli y de la paciente solicitud pastoral con la que la diplomacia vaticana trató de abordar los problemas de las Iglesias de los regímenes comunistas de Oriente, en tiempos de la guerra fría.

Los neoconservadores llevan a cabo un intento multiforme de alistar al cristianismo como Carta Magna y “pensamiento fuerte” de Occidente; buscan apoyo motivado religiosamente para las estrategias geopolíticas de la administración de Estados Unidos, bajo el lema de la expansión mundial de la democracia. Sus líneas estratégicas, centradas en los planes de la geopolítica y de la economía global, están en línea con las tesis de los sectores eclesiales que piensan en revitalizar la conciencia cristiana en sociedades secularizadas por las guerras culturales, las “batallas culturales” llevadas a cabo principalmente para reafirmar el derecho a la ciudadanía de los valores cristianos también en la escena política.

En esos años se empezaron a formar redes de líderes de opinión, obreros eclesiales, sacerdotes y obispos, identificando el horizonte de la misión eclesial en la sociedad de los Estados Unidos con las guerras culturales, llevadas a cabo sobre todo en temas éticamente sensibles (política ética), para contrarrestar las derivas secularizadoras y relativistas de la mentalidad liberal. El cristianismo se propone de nuevo como el “núcleo duro” de la civilización occidental, como un manual de “ideas fuertes” en torno a las cuales resistir el asedio de los “enemigos” identificados (comunistas, musulmanes, chinos, relativistas liberales).

En los años previos a la elección del Papa Francisco, los obispos y cardenales de la Iglesia americana también recalcularon la relación con la sociedad y la política americana, expresando en tonos sin precedentes también su desacuerdo con la administración de Obama en la trinchera de los valores éticamente sensibles. El arzobispo Pietro Sambi, nombrado nuncio apostólico en Estados Unidos en 2006, en el primer período de la presidencia Obama intentó de varias maneras hacer comprender a los obispos estadounidenses que el exceso de ataques y críticas a la nueva administración acabaría perjudicando a la Iglesia, identificándola como una especie de lobby militante anti-presidencial. En 2012, la administración de los Estados Unidos intentó imponer el principio de que las escuelas y hospitales católicos también deberían proporcionar cobertura de seguro para sus empleados con respecto a la anticoncepción, la esterilización y el aborto. La respuesta del episcopado norteamericano cuestiona los fundamentos mismos de la identidad norteamericana: los grandes ideales bíblicos de libertad y justicia que dieron origen a los Estados Unidos. Con la campaña de oración Quincena por la Libertad, los obispos acusan a la administración estadounidense de poner en peligro la libertad religiosa y la libertad de conciencia al violar la primera de las diez enmiendas a la Constitución. Nuestra batalla, escriben los obispos de Estados Unidos en un manifiesto publicado el 16 de marzo de 2012, “no es ni republicana ni democrática, ni conservadora ni liberal, es simplemente americana”.

Durante los años de su expansión en la Iglesia, los teoconitas hicieron alarde de su cercanía a los papas reinantes. Alternando censuras calibradas y estudiando selecciones de las diferentes expresiones del magisterio papal, amplifican los rasgos de los papas más parecidos a sus ideas y oscurecen a los que se sienten más distantes. Gracias también a los poderosos medios de comunicación y a los medios financieros de que disponen, consiguen dictar la línea, configurando -sobre todo en el caso de Juan Pablo II- lo que volverán a proponer los grandes medios de comunicación como una interpretación oficial y compartida de los últimos pontificados. Con respecto al Papa polaco, en 1987 los neoconservadores católicos también criticaron la encíclica Sollicitudo rei socialis, culpable a sus ojos de equiparar moralmente los imperialismos de Oriente y Occidente. Cuatro años más tarde, en cambio, cubrirán con elogios algunas páginas de la encíclica wojtyliana Centesimus annus, relanzada por ellos como manifiesto de la adhesión de la Iglesia Católica a la ideología neoliberal.

El papel atribuido a Juan Pablo II en el colapso del comunismo europeo y soviético le hace adquirir méritos imperecederos a los ojos de los “occidentalistas”. Los tres presidentes de los Estados Unidos -los dos Bush republicanos, junto con el demócrata Bill Clinton- arrodillados en la Basílica de San Pedro frente a los restos del Papa Wojtyla casi representan el icono definitivo de tal gratitud.

La parábola del pontificado de Ratzinger, con su llegada en tonos penitenciales y su concentración final en los factores mínimos y gratuitos de la fe y de la vida cristiana, termina decepcionando a quienes habían invertido en el proyecto de una “revolución papal” dirigida por el “papa líder”. Sin embargo, en los primeros años del papa bávaro, la red de think tanks neoconservadores, en su creciente coordinación con las ramas mediáticas abiertas en diferentes países, es la única realidad que busca imponer una interpretación política sistemática también del pontificado de Benedicto XVI. En 2006 hay quienes creen y escriben que “después de la elección de Benedicto XVI los teocones pueden contar entre sus puntos de referencia, además del confirmado Presidente de los Estados Unidos[George W. Bush, nota del editor] también el Santo Padre”.

El acaparamiento de las figuras de los papas ya representaba en los años noventa del siglo pasado un elemento distintivo de las estrategias puestas en marcha por los sectores eclesiales americanos más sensibles a las teorías neoconservadoras. El Cardenal Joseph Bernardin, Arzobispo de Chicago, ya en 1996 percibió el riesgo de polarización ideológica que amenaza la unidad de la Iglesia en los Estados Unidos, y trató de apoyar la Iniciativa Católica de Base Común, una iniciativa lanzada por el Centro Nacional para la Vida Pastoral en un intento de reducir los enfrentamientos cada vez más violentos entre las alas ultraliberales y ultraconservadoras que debilitan la comunión y el sentido de pertenencia común en la Iglesia. Llamados a ser católicos: La Iglesia en tiempos de peligro es el título de la declaración de intenciones de la iniciativa, que propone directrices para el diálogo en el seno de la Iglesia también sobre temas controvertidos como el papel de la mujer, la sexualidad, la reforma sanitaria y la actitud frente a la inmigración. Pero la iniciativa no despegó, sobre todo porque no encontró el apoyo de otros cardenales estadounidenses, como Bernard Francis Law y William Wakefield Baum. En noviembre de 1996 Bernardin murió de cáncer a la edad de sesenta y ocho años, agotado también por los ataques de los circuitos católicos de ultraderecha que lo atacaron con infames acusaciones de homosexualidad, pertenencia a la francmasonería e incluso participación en ritos satánicos.

La radicalización de los contrastes ideológicos en el seno de la Iglesia norteamericana, temida por el Cardenal Bernardin, se acentuó hasta el punto de paroxismo en los años posteriores a su muerte. El paradigma de las “guerras culturales” se convierte en modelo y criterio básico también en las relaciones entre las diferentes sensibilidades eclesiales. No es necesario cuidar los factores elementales de la fe de los apóstoles como criterio y fuente de unidad entre los católicos bautizados. En las diferentes corrientes del catolicismo americano prevalece la identificación militante con sus respectivas plataformas ideológicas de referencia.

En el lado liberal, las derivas polarizantes incluyen fenómenos extremos como las parroquias “abiertas” a los grupos LGBT y la observancia de liturgias “inclusivas” en las que se evitan los sustantivos “Dios” o “Señor” debido al género masculino. Pero es la corriente “conservadora/tradicionalista” la que, entre los años noventa y la primera década del nuevo milenio, también planifica sistemática y eficazmente su propia expansión mediática y la estrategia de conquistar los lugares que cuentan en la Iglesia.

En ese frente, los criterios para identificar al auténtico católico se convirtieron en la participación en las cruzadas de oración frente a las clínicas de aborto, las movilizaciones contra la reforma de salud de Barack Obama, la objeción declarada a la administración de sacramentos a los políticos que muestran que aceptan las leyes sobre el aborto. El compartir las posiciones y batallas de la corriente neoconservadora -que con una fórmula complaciente también se define como la corriente “de ortodoxia afirmativa”- se hace pasar como un signo distintivo de auténtica fidelidad y continuidad con respecto a la Tradición de la Iglesia. Se inició un proceso/transferencia que duró años y fue ampliamente apoyado por los medios de comunicación, que perdió de vista el dinamismo propio, es decir, sacramental, de la fe y de la vida cristiana, y que pretendía insistir en proponer contenidos de verdad y doctrina considerados evidentes y autofinanciados, para ser defendidos y triunfados incluso en el choque a través de batallas culturales y de militancia identitaria. Los primeros blancos de esta euforia militante casi siempre se convierten en otros bautizados marcados como cristianos “obedientes”, católicos “invertebrados” u “oportunistas”.

En 2009, cuando el cardenal dominico Georges Cottier, teólogo emérito de la Casa Pontificia, escribió un artículo para destacar algunas de las ideas del presidente Barack Obama sobre las consecuencias del pecado original, el arzobispo Charles J. Chaput, queriendo honrar su reputación de “defensor público” de la moral cristiana, intervino urgentemente para refutar la apertura de crédito a Obama por parte del estrecho colaborador teológico del Papa Wojtyla y del Papa Ratzinger: Según Chaput, las consideraciones positivas del cardenal dominicano sobre Obama son mal abordadas porque “la posición del presidente sobre cuestiones bioéticas decisivas, como el aborto, es radicalmente diferente de la católica”, y además “las realidades pastorales de cada país son conocidas por los obispos locales en contacto directo con la población”, mientras que el cardenal Cottier vive en Roma, muy lejos de América.

En 2009, cuando intervino para desafiar el ensayo demasiado “positivo” de Cottier sobre Obama, Chaput seguía siendo arzobispo de Denver. Dos años más tarde, en julio de 2011, fue promovido a la Sede Episcopal de Filadelfia, en ese momento considerado un lugar adecuado para asegurar tarde o temprano la entrada de cardenales en el colegio. En aquellos años fue precisamente el nuncio apostólico Pietro Sambi, no condicionado por cierres perjudiciales a Obama, quien tuvo el destino de tener que gestionar los nombramientos y ascensos de numerosos obispos que habían denunciado sus claras críticas y sin descuentos sobre la política obama. La corriente neoconservadora también hipoteca progresivamente las oficinas diocesanas de los Estados Unidos entonces consideradas “cardenales”, cuyos titulares se encuentran en primera posición para ser creados tarde o temprano cardenales y entrar en los cónclaves llamados a elegir a los futuros papas. Cuando Sambi muere repentinamente por las complicaciones de una operación pulmonar, la elección de los candidatos de esa línea para las nominaciones episcopales se hace aún más pronunciada con la llegada del nuevo nuncio, Carlo Maria Viganò. Entre los veinticuatro obispos que dieron testimonio de su solidaridad y apoyaron la necesidad de tener en cuenta su expediente, muchos fueron ordenados o ascendidos a lugares más prestigiosos durante su mandato al frente de la nunciatura en Washington.

Pero en el cónclave de marzo de 2013, tras la renuncia del Papa Ratzinger al ministerio petrino, algunos de los arzobispos que han sido nombrados jefes de la “diócesis de los cardenales” -incluido Chaput, arzobispo de Filadelfia- no pueden participar, porque no tuvieron tiempo de ser creados cardenales. El argentino Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, es elegido. La red “ultra-papista” de la derecha católica americana, con sus filiales de medios de comunicación clericales que operan en otros países occidentales, no tarda mucho en entender que no le gusta este Papa. Y desencadena contra él una hostilidad eclesiástica militante que, en sus diversos grados, no tiene precedentes en la historia reciente.

En muchos sentidos, el ataque coordinado e implacable de redes hostiles contra el Papa Francisco pertenece al mismo misterio de la Iglesia. En algunas operaciones llevadas a cabo por aparatos clericales-mediáticos -interconectados y bien alimentados- contra Bergoglio hay un odio religioso hacia el actual obispo de Roma que no cae dentro del nivel fisiológico de objeciones, críticas o intolerancia que en la Iglesia católica se puede dirigir también al Papa.

El desprecio sin precedentes hacia el Pontífice por parte de las filas de sus autoproclamados azotadores doctrinales es una señal de que en esos mismos sectores la familiaridad con la experiencia cristiana y la propia doctrina católica ha sido tácitamente suplantada por una ideología religiosa, aunque impregnada de palabras y fórmulas cristianas. Una secularización íntima, oculta bajo las musculosas exhibiciones del rigorismo doctrinal, devastadora precisamente porque ocurrió a la sombra de la ideología “cristianista” (del neologismo acuñado por Rémi Brague).

Los doctrinalistas desatados contra el Papa demuestran que no conocen ni aman la doctrina católica. De lo contrario, habrían comprendido fácilmente que todos los pronunciamientos y sugerencias de Francisco se mueven en el gran cauce de la Tradición de la Iglesia, sin cambiar ni un ápice de la doctrina recibida.

El obispo de Roma entra en la mira de los nuevos pequeños y grandes inquisidores simplemente porque no está “alineado” con las palabras clave del partido eclesiástico dominante en las últimas décadas. Lo que durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se impuso como depositario de la interpretación “ganadora” de los dos últimos pontificados, y lucha en primer lugar por afirmar su caja de herramientas de política eclesiástica como un nuevo criterio de ortodoxia eclesial y ortopraxia. Su primer objetivo es clavar a todo el Papa Francisco, sus gestos y palabras a la caricatura del papa “progresista”, aprisionándolo en las cuadrículas polarizantes de la matriz anglosajona -liberal/conservadora, progresista/tradicionalista- que ellos mismos quieren equipar como claves interpretativas universales para todo lo que sucede en la Iglesia.

El Papa Francisco, con su predicación, irrita a lo que él mismo llama los “cristianos ideológicos”, autores de las distorsiones del cristianismo que maltratan “al pueblo santo de Dios” y pretenden guardar los umbrales de la Iglesia para decidir quién puede entrar en ellos y quién no. Incluso en el caso de los Estados Unidos, los tonos de “guerra de liberación” que se volvieron contra el actual Sucesor de Pedro por parte de individuos y redes coordinadas mediáticamente-clericales tienen motivaciones adicionales, más prosaicas. Cuando el Papa Francisco también hizo estallar en Estados Unidos los automatismos que hacían “cardenales” por costumbre a ciertos cargos episcopales, envió el laborioso juego de juntas con el que los cordones eclesiásticos “ganadores” ya habían comenzado a detener a los futuros grandes votantes de los cónclaves de las próximas décadas. Hasta el día de hoy, el Arzobispo de Filadelfia Charles J. Chaput y Salvatare Cordileone, el Arzobispo de San Francisco, entre los más cálidos en mostrar cercanía al ex nuncio Viganò después de la circulación de su dossier, no se han convertido en cardenales. Las elecciones papales en algunos nombramientos episcopales importantes dejan claro que al menos en parte se han pasado por alto los mecanismos de afiliación con los que la mayoría de los obispos habían sido seleccionados durante mucho tiempo. Blase Cupich llega a Chicago, destrozando el tejido con el que el entonces nuncio Viganò ya había preparado el lugar para Robert Barran (desde 2015 obispo auxiliar de Los Ángeles, él también en la lista de obispos en solidaridad con Viganò). En septiembre de 2014 comenzaron a circular rumores en las páginas web afiliadas -sin confirmación- de que “fue Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga y sobre todo Theodore McCarrick quien apoyó el nombramiento de Cupich por el Papa”. Las alusiones se encuentran como cuatro años más tarde en el dossier Viganò, siempre sin confirmación real, pero expuestas con el tono perentorio de las afirmaciones indiscutibles, volando el condicional, y con un lenguaje periodístico más efervescente. Gran parte del dossier Viganò se construye cosiendo acusaciones, dossiers, teoremas, teóricos de la conspiración, ataques personales, pseudo-revelaciones de “tramas oscuras” elaboradas a diario por la red de sitios web y blogs neoconservadores, neoconservadores, neoconservadores y anti-conciliares. El dossier Viganò guiñó el ojo al mundo y se puso inmediatamente al servicio de sus elaboradas estrategias.

La operación Viganò, con la petición de dimisión dirigida al Papa, fue percibida inmediatamente como una ocasión favorable por los círculos eclesiales más hostiles al pontificado del Papa Francisco: los frenos inhibitorios cayeron, el frenesí por acusar al Sucesor de Pedro estaba sentado, y quizás para acelerar el tiempo de su salida de la escena. El objetivo es desviar hacia el Papa toda la ola de indignación global ante el escándalo del abuso sexual cometido por los clérigos. Las tácticas utilizadas con éxito por los medios de comunicación y los servicios de inteligencia de los Estados Unidos para preparar el terreno para los procedimientos de impugnación de los líderes políticos o para las operaciones de Cambio de Régimen llevadas a cabo en los escenarios globales, cuando se trata de cambiar de líderes, son mimetizadas contra el Obispo de Roma: campañas mediáticas globales, dossiers, destrucción de la reputación pública a través de operaciones de difamación.

La combinación de la indignación por los escándalos sexuales y el expediente Viganò se utiliza para desencadenar un ataque sin precedentes contra el Papa, con la participación activa y pasiva de obispos, grupos de presión eclesiásticos y ricos donantes ultracatólicos. Y la mirada hacia el futuro cónclave.

A finales de septiembre de 2018, toma forma la inquietante confirmación de que!’affaire Viganò sirve de detonante para operaciones de intimidación sin precedentes contra toda la jerarquía católica. El mensaje viene de un cóctel organizado en la Universidad Católica de América, la universidad católica fundada por los obispos de los Estados Unidos, con seis cardenales estadounidenses en el Comité de Custodios: un equipo de católicos súper ricos, autoproclamados “Grupo para un mejor gobierno de la Iglesia”, anuncia el proyecto de preparar para 2020 un dossier sobre cada elector cardenal de un futuro cónclave convocado para elegir un nuevo papa, donde se informará el nivel de participación y respuesta individual de cada cardenal con respecto a los escándalos de abuso sexual y otras manifestaciones de corrupción clerical. El proyecto, denominado Informe Red Hat (“Raporto Berrete Rosse”), contará con la participación de al menos cuarenta investigadores -entre ellos periodistas “expertos” en temas del Vaticano y una docena de ex agentes del FBI- y también cuenta entre sus directores de investigación con Jay Richards, profesor de la Busch School of Business de la Universidad Católica de América e invitado habitual de los programas de la red EWTN.

Philip Nielsen, jefe del Reporte y director de investigación del Centro para el Catolicismo Evangélico, explica que la iniciativa también pretende modificar los perfiles de los cardenales presentes en la versión inglesa de Wikipedia, porque “es bien sabido que en el último cónclave muchos secretarios de los cardenales utilizaron esas páginas para ayudar a los porteadores a conocerse mejor”. Tirando del Cardenal Pietro Parolin en la foto, los responsables del proyecto del dossier nos dejan adivinar cuáles son los verdaderos objetivos y metas de toda la operación: “La página Wikipedia del corrupto Secretario de Estado del Vaticano”, dice el programa del grupo, “es actualmente muy benévola, sin ninguna referencia a los escándalos, a pesar de que ha sido ligado en varias ocasiones a los escándalos bancarios (sic) y es mencionado en la carta de Viganò”. En vista del cónclave, el equipo de trabajo del Informe tendrá que asegurarse de que Parolin “sea conocido en todo el mundo como una desgracia para la Iglesia”, y que la entrada de Wikipedia sobre él muestre el dossier realizado por el grupo. Cada cardenal -añade Nielsen- se presentará según un sistema de clasificación que distingue a los sujetos “gravemente culpables” de los sospechosos de culpabilidad y de los “limpios” en comparación con los escándalos clericales. “Si hubiéramos tenido el Informe Red Hat” dice con una vena opuesta en uno de los spots que presentan el proyecto “quizás no hubiéramos tenido al Papa Francisco”.  Cada uno de los cardenales -añadieron los directivos durante la noche del lanzamiento del proyecto- será “supervisado” por al menos seis investigadores, con una ficción progresiva de los equipos regionales inscritos en otros países, empezando por Italia, y financiado con dinero recaudado en feroces campañas de recaudación de fondos (con más de un millón de dólares ya reservados a finales de septiembre de 2018).

El modelo en el que los agentes del Informe Red Hat dicen estar inspirados es el de los dossiers preparados por grupos de investigación vinculados a oposiciones políticas que pretenden desacreditar a cualquier representante del gobierno o del establishment presidencial. Sin demasiada modestia, el primer intento declarado de utilizar las normas del cabildeo político estadounidense para condicionar y guiar la dinámica íntima de la estructura eclesial implicada en cada cónclave se desarrolla en la Operación Viganò. El folleto Viganò se utiliza como parámetro guía para medir la dignidad eclesial de obispos y cardenales.

Cuando el aparato de cabildeo que ataca al Papa Francisco sale, de una manera tan descarada, manifiesta su naturaleza como un formidable factor de devastación de la Tradición y de la memoria cristiana. Con una obra que duró décadas enteras, han transmutado genéticamente parte del contenido cristiano en ideología tribal. Y ahora torrna al obispo de Roma porque no habla su jerga, tratando de desorientar a los católicos bautizados, ordinariamente inclinados a una simpatía y devoción instintiva (sensus fidei) por el Papa, incluso cuando no se ven afectados por su “sello” personal. Los ultrapapapistas ideológicos de los años de Wojtyla y los jóvenes amantes postmodernos de un retorcido “ultramontanismo antiromano” no dudan en utilizar todas las herramientas mundanas de las luchas de poder para tratar de sacar al Sucesor de Pedro de su silla. Una mezcla de disociación de identidad y delirio de omnipotencia observada con alarma también por muchos católicos de sensibilidad tradicional y conservadora: “En un momento en que la Iglesia está preocupada por el escándalo causado por tantas alas dentro de la jerarquía que nos ha decepcionado”, escribe Jim Towey, presidente de la Universidad Ave María, en una declaración “sobre la fractura en la Iglesia”, publicada en línea el 29 de septiembre de 2018, “los ataques personales contra el Vicario de Cristo y la petición de su renuncia están terriblemente divididos y manifiestamente equivocados. Los llamados católicos conservadores desafían ahora la autoridad legítima del Santo Padre y socavan abiertamente su papado, traicionan sus principios e hieren a la Iglesia que profesan amar. Deberían detener esto ahora mismo”.

Incluso Steve Bannon, ex asesor del presidente Donald Trump, demuestra que conoce la doctrina católica mejor que ciertos obispos norteamericanos cuando, en relación con los escándalos sexuales clericales y el expediente Viganò, señala que “no podemos tener memorandos, cartas y acusaciones. El Papa, a través de una cadena ininterrumpida, es el Vicario de Cristo en la tierra. No puedes quedarte ahí sentada y decir: “Creo que deberías renunciar”.

 

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