¿Es posible ser neutral?

Olga Consuelo Vélez colaboró en el número 280 de Iglesia Viva con un espléndido estudio sobre las mujeres en las luchas de liberación. Hoy nos ofrece un artículo concreto y valiente, apoyando al único obispo que en Colombia ha denunciado actuaciones del gobierno que dinamitan la paz que de boquilla dicen acatar. IV. 

Frente a la situación colombiana -como frente a toda situación- se hacen diferentes lecturas de la realidad, dependiendo del lado del que se esté o del ambiente en qué se viva o de las consecuencias positivas o negativas que se reciban directamente o de la capacidad crítica que se tenga para ir a las causas de las situaciones y discernir lo mejor posible sobre ella. Pero en todas las posturas anteriores no hay neutralidad. Hay una postura determinada.

Por eso es comprensible que en situaciones como la vivida la semana pasada por el arzobispo de Cali, Mons. Darío Monsalve, se tome una postura concreta. Es lo que el arzobispo hizo al afirmar que este gobierno está favoreciendo una “venganza genocida” contra el proceso de paz. Estas palabras están cargadas de verdad como lo expresaron las muchas voces que lo respaldaron, voces que merecen todo el respeto porque, en su mayoría, son las víctimas directas del conflicto y las que están acompañando estos procesos y sufren en carne propia las dificultades que ha puesto el actual gobierno. Además, son los que sienten cercanamente las dolorosas cifras que se pueden reportar desde la firma del Acuerdo de Paz: 460 líderes sociales y defensores de Derechos Humanos, 216 excombatientes y firmantes del Acuerdo de Paz, 167 líderes indígenas, asesinados durante este gobierno.

Conocemos también la rápida postura del nuncio, Luis Mariano Montemayor, precisando que dicha calificación de la gestión gubernamental no la compartía la Santa Sede y que el término “genocidio” tenía un significado preciso en el Derecho Internacional y no debía ser usado a la ligera. También la Conferencia Episcopal Colombiana expresó que las palabras del arzobispo eran a título personal, no de la Conferencia. Es decir, las dos instancias eclesiales también tomaron postura. No fueron neutrales. Se pusieron del lado del gobierno.

Por supuesto, como dije al inicio, siempre respondemos a nuestras propias visiones de la realidad y es legítimo. Pero, por lo menos, algo es claro: es imposible ser neutral. Sin embargo, a muchos clérigos y cristianos les parece que ser neutral es aliarse con el “poder establecido”. Así lo expresaron en numerosos comentarios en las redes sociales, rechazando los pronunciamientos del arzobispo y apoyando los de las otras instancias eclesiales, abogando que la iglesia tenía que ser neutral y no podría hacer declaraciones como las del arzobispo. Una vez más afirmo: eso no es ser neutral. Es ponerse de un lado concreto porque, en realidad, nunca se es neutral, siempre se está de algún lado y, lo mejor que podemos hacer, es discernir bien, de que lado queremos estar.

Y en mi discernimiento, yo apoyo al arzobispo y tengo varias razones para hacerlo. Creo que este gobierno desde antes de ganar las elecciones ya mostró su recelo y su deseo de “modificar” los Acuerdos de Paz. Y muchos de sus proyectos han ido por ahí. Las voces populares que le dieron respaldo al arzobispo para mi son voces muy importantes porque son las que están jugándose la vida en esa realidad. Ellas son el sentir del “pueblo de Dios” a quien hay que escuchar, en primera instancia, no porque sean creyentes -ni sé que tanto lo son- sino porque están empeñados en reconstruir el país desde abajo, desde las víctimas, desde los pobres.

Sobre el término genocidio es verdad que en la Convención internacional de las Naciones unidas (9 de diciembre 1945) se entiende por genocidio “el asesinato de los miembros de un grupo”, y esto se repite en el Estatuto de Roma (1998), pero no es menos cierto que – como sucede en la academia – el término se ha seguido pensando, debatiendo, y aplicando a diferentes momentos históricos de la humanidad, y – lamentablemente – negado en otros, según el “color político” del que lo pronuncia (¿cuántos todavía hoy continúan negando el genocidio Armenio? el gobierno colombiano, por ejemplo, aún no lo ha reconocido). Numerosos sociólogos, juristas y religiosos de diferentes partes del mundo han visto razonable y justo ampliar el sentido del término en nuestros días, y se ha aplicado, por ejemplo, a las dictaduras cívico-militares (algunas veces, con bendición eclesiástica) de América Latina, o al neoliberalismo. Por lo tanto, es complejo afirmar que el término no se puede usar.

Pero sobre todo lo que me anima a tener esta visión sobre la realidad del país es el Jesús en el que creo. En su vida histórica, Jesús no fue neutral (porque no se puede serlo) y explícitamente se puso siempre del lado de los últimos de su tiempo. Su predicación denunciaba lo que el “orden religioso establecido” producía en las personas y sus milagros alteraban ese orden. Curó en sábado, no solo para devolverle la salud al enfermo sino para decirle con hechos, a los guardianes de la ley, que el ser humano está por encima de la ley. Su predicación le hizo ganarse la cruz y, bien sabemos que, la resurrección de Jesús fue el “Sí “de Dios a la vida de Jesús con las opciones que tomó.

Sin duda hay que reconocer los aspectos positivos de cualquier orden establecido, pero si algo ha de darnos el seguimiento del crucificado es la palabra profética que mira el mundo desde las víctimas y denuncia todo lo que les afecta, sin temor a perder privilegios. La libertad evangélica es difícil pero posible y, en este caso, Mons. Monsalve ha sido capaz de vivirla.

 

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