Tres pruebas del algodón para el Sínodo

Tres pruebas del algodón para el Sínodo

CarlosCarlos García de Andoin publicó un artículo titulado Con fe en la Familia en el número 262 de Iglesia Viva dedicado al Sínodo de la familia. Sínodo que ya se está celebrando, con evidente y preocupante polarización de posturas entre los padres sinodales. Bueno sería que muchos de estos clérigos solteros leyeran cómo un laico cristiano, padre de familia y director del Instituto de Teología y Pastoral en su diócesis, habla en positivo de la familia a los largo de todo el artículo. De él reproducimos aquí sólo el último apartado que lleva el título del post. Es sobre los puntos más álgidos aunque no los más importantes.

Uno de los aspectos sobresalientes del presente proceso sinodal es la actitud de apertura a ver la realidad sin tapujos. Es el primer paso para dar una salida pastoralmente proactiva y significativa a “la inmovilidad ocasionada por un enmudecimiento resignado frente a la situación de hecho”[1] que no encajan con un formato cuajado en otras circunstancias tanto culturales como pastorales. De manera breve haremos mención a tres de ellas. La comunión de los divorciados vueltos a casar, el hecho de la conyugalidad homosexual y la nueva forma de vivir el paso a la vida conyugal y la formación de la familia.

a) La comunión de los divorciados vueltos a casar

Esta cuestión no deja de ser sino una derivada de la histórica dificultad de la Iglesia para aceptar el hecho del divorcio. La cita evangélica: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” como respuesta de Jesús a la capciosa pregunta sobre si es lícito al hombre divorciarse de la mujer como permitía la ley mosaica (Mt. 19,6), es una expresión de un ideal evangélico, en un contexto socio-cultural concreto, que ha sido utilizada para argumentar la imposibilidad divina de la Iglesia para aceptar el divorcio. No es lo mismo expresar un ideal de unión y fidelidad para todos los días de la vida, así inspirado y querido por Dios, que negar definitivamente la libertad humana por razón de una forma de entender la acción de Dios, al margen de la historia, de la conciencia y la responsabilidad de las personas que contraen matrimonio. Porque el hecho es que por precipitación, por infortunio, por fatalidad, por falta de amor, o por tantas razones la convivencia conyugal, con mayor o menor responsabilidad de uno o de los dos miembros de la pareja, puede acabar en fracaso o en desamor, o sencillamente en que lo procedente es transitar por un camino separado.

Muchos padres sinodales parecen inclinarse por “opciones pastorales valientes” (RS 45). Sin embargo, ni siquiera una propuesta como la que propuso la relatio basada en un camino penitencial particular obtuvo la mayoría suficiente requerida (RS 52). La propuesta del Informe de W. Kasper al Consistorio de Cardenales es razonable[2]. No hablamos de una situación general objetiva sino de personas concretas que se profesan cristianas y participan en la vida de la Iglesia, en algunos casos incluso ejerciendo diversos servicios. Personas que han rehecho su vida en matrimonio con una nueva persona y que quieren vivir en comunión plena con la Iglesia. No parece razonable ni conforme al sensus fidei, sostener una norma universal prohibitiva, sino establecer un proceso de “discernimiento particular” que aconsejará la decisión de admisión o no a la comunión eucarística de estos divorciados vueltos a casar[3].

b) La conyugalidad homosexual

El Sínodo planteó con claridad la necesidad de atender pastoralmente a las personas con orientación homosexual. Sin embargo, ni siquiera tuvo la mayoría requerida la afirmación de que los “hombres y las mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza” (RS, 55). Claramente decepcionante. Más aún cuando la “Relatio post disceptationem” del Relator General Péter Erdő (13.10.2014) había apuntado en los nn. 50-51-52 serias interpelaciones a la comunidad cristiana sobre la “aceptación de los dones y cualidades de las personas homosexuales”, si les garantizamos “un espacio de fraternidad en nuestras comunidades” aceptando “su orientación sexual” y en cualquier caso considerando que “la cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual”.

Más allá del debate a favor o en contra del matrimonio homosexual hay dos cuestiones previas que la Iglesia debe afrontar. La primera, su consideración de la homosexualidad. La calificación de enfermedad no corresponde a una organización religiosa sino a las organizaciones médicas. La Organización Mundial de la Salud ha sacado la homosexualidad del catálogo de enfermedades. De acuerdo con ella, la posición de la Iglesia, que califica la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada[4], debería ser revisada. Al menos, debería suspender el juicio sobre algo que no le corresponde y que objetivamente no pertenece al dogma de la fe. Paradójicamente lo que sí tiene que ver con el Evangelio es la consideración de la igual dignidad de los hijos e hijas de Dios, por lo que la Iglesia católica deberíamos ser, en todos los países del mundo, luchadores contra toda discriminación y persecución de las personas homosexuales. Lo que ha sido afirmado ya en varias ocasiones: “se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”[5], pero sobre lo cual no se conocen iniciativas relevantes. Desde luego no hay constancia de pronunciamientos de la Iglesia contra la legislación homofóbica existente todavía en muchos países del mundo donde se persigue, sanciona e incluso condena a muerte a la persona homosexual. Tampoco se dan otro tipo de gestos de reconocimiento público[6]. Nuestras comunidades deberían ser inclusivas, de modo que cualquier persona homosexual pudiera no sólo dar a conocer su tendencia homosexual, sino sentirse plenamente respetada, acogida e integrada en la comunión del Señor. Desgraciadamente son numerosas las personas homosexuales y lesbianas que, profundamente implicadas en la vida eclesial, se han ido alejando silenciosamente de ella, a medida que han ido descubriendo, con gran conflicto interior, su tendencia u orientación. También debe ser revisada la sospecha que se ha extendido a raíz de la pederastia sobre las personas homosexuales en los Seminarios y casas religiosas de formación. En principio las personas homosexuales pueden abrazar el celibato ministerial o la castidad religiosa con igual grado de madurez que las personas heterosexuales como J.M. Uriarte precisa[7]. La Iglesia católica, como otras religiones, deben abandonar definitivamente prejuicios acumulados por culturas ancestrales que han sido y siguen haciendo de nosotros responsables objetivos de la discriminación de las personas homosexuales, lo que es un grave pecado contra Dios.

La segunda cuestión que la Iglesia debe abordar es la conyugalidad homosexual. En los debates de estos años pasados, ante las iniciativas de diversos países para la aprobación y regulación del matrimonio homosexual se ha planteado con frecuencia la disposición de algunos obispos a que estas uniones se regularan por la vía del pacto civil, como inicialmente hizo Francia o el Reino Unido. El argumento es preservar la identidad específica del matrimonio, basado en la complementariedad ente varón y mujer. Es una tesis que tiene fundamento. Sin embargo, al magisterio de la Iglesia no le corresponde dilucidar la cuestión jurídica, sino la antropológica, si acepta o no la posibilidad de la conyugalidad homosexual. Hasta el momento, la única respuesta que la Iglesia ofrece es la castidad, no elegida, sino obligada[8], nuevamente, sobre la consideración de la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada. No podemos sino considerar esta respuesta como insatisfactoria. Desde muchos de vista, humano y ético, pero también teológico, porque si hay amor, y lo hay en tantas parejas homosexuales y lesbianas, la Biblia nos dice que quien “ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn, 4,7).

c) Nueva forma de iniciar la vida conyugal y la formación de la familia

En un periodo de tiempo bien corto no solo se ha reducido sino que está transformándose sustantivamente el modo de concebir el inicio de la vida conyugal y la formación de las familias. El proceso de desinstitucionalización general que caracteriza el cambio posmoderno, afecta tanto al matrimonio cristiano como al civil, algo observable, por otra parte, en la actitud de los ciudadanos no sólo ante la familia, sino también ante la religión y la política. Además de la primacía de lo experiencial frente a lo institucional, no debe olvidarse como factores explicativos la “des-tradicionalización” y la privatización. Todos estos cambios han desmoronado lo que antes era una evidencia social: la idea de un matrimonio como hecho social, por el que se contrae un compromiso sólido y a largo plazo –con sello jurídico– que marca un antes y un después en la vida de la persona, y que da el acceso a la convivencia, al amor sexual pleno, a la formación del hogar y a la paternidad. Consecuentemente se ha movido totalmente el tablero en el que opera la pastoral del sacramento del matrimonio –y el conjunto de la pastoral familiar–.

Ante la nueva situación no se trata de modificar lo sustantivo de la propuesta cristiana, esto es, vocación de Dios, sacramento de la Iglesia, entrega mutua, fidelidad de por vida, apertura a los hijos y su educación, y compromiso social en horizonte del Reino. Pero sí son necesarios varios cambios.

En primer lugar, acoger las familias tal cual son, y, en la medida que estas tengan un interés por la fe y la comunidad cristiana, ofrecer espacios de encuentro y acompañamiento, donde sea posible una pedagogía sobre la propuesta cristiana de amor familiar, que ayude a vivirla progresivamente en su integridad. Una perspectiva inclusiva para las familias monoparentales, adoptivas, de base homosexual, etc.

En segundo lugar, desde la perspectiva de una evangelización más kerigmática en un contexto de mayor secularización, en que muchos demandantes del sacramento presentan una fe tan sincera como incierta, el proceso de preparación del matrimonio puede concebirse como una oportunidad para un segundo anuncio de la fe y una cierta experiencia catecumenal en pareja.

En tercer lugar, debe superarse una concepción puntual de la pastoral matrimonial por una más procesual de largo recorrido. La educación para el matrimonio y la familia debe arrancar desde edades más tempranas, incorporándose a la pastoral de adolescentes y jóvenes. Y debe prolongarse más allá de la celebración del matrimonio en todo el proceso, concibiendo la familia como sujeto de evangelización en asociación con la comunidad parroquial y como realidad que necesita de apoyos múltiples por parte de la comunidad eclesial para sostener con fidelidad la hermosa, fascinante y fecunda vocación del amor.

[1] W. KASPER, El Evangelio …, o..c., p. 96.

[2] W. KASPER, El Evangelio …, o.c., pp. 87 y ss.

[3] Este punto más amplia y monográficamente desarrollado en este número de Iglesia Viva 262 (2015) por B. PETRÁ.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.

[5] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 2003, 4.

[6] Por lo inusual y por lo que representa como cambio de actitud, es reseñable la llamada de pésame del Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, al marido del activista gay y dirigente socialista Pedro Zerolo, con ocasión del fallecimiento de éste. Pero no deja de ser sino un paso muy inicial.

[7] J.M. URIARTE, El celibato. Apuntes antropológicos, espirituales y pedagógicos. Santander, Sal Terrae, 2015, pp. 150-160.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359.

La teología ante el Sínodo

La teología ante el Sínodo

perea El Sínodo de los obispos sobre la familia, al que Iglesia Viva está prestando mucha atención, está en marcha. Y, como se temía, le están poniendo muchos palos en las ruedas los defensores de que nada cambie en la Iglesia. Cardenales insignes siguen insistiendo en oponer a las medidas pastorales que quiere Francisco la rigidez de la doctrina establecida. ¡Ojalá llegase a los padres conciliares esta profunda reflexión de Joaquín Perea, director de de Iglesia Viva, que aparecerá en el inminente número 263 de la revista!

¿Se trata solo de cuestiones morales?

En los últimos decenios no se había dado una situación comparable a la presente en la cual ambos extremos del espectro de la política eclesiástica tuvieran la impresión de que algo decisivo puede cambiar. Es verdad que casi nadie se cree capaz de dar un juicio concluyente acerca de qué reformas concretas quiere personalmente el papa Francisco y hasta donde llega su voluntad de cambio. Pero que la cosa ha de ponerse en movimiento, eso es seguro en razón de las declaraciones que hasta ahora ha hecho el Papa. Ciertamente la orientación teológica de este “papa pastor” en cuestiones determinadas no es tan conocida como lo era la de Benedicto XVI cuando fue elegido. Lo que sí parece claro es que el papa Francisco concede gran importancia metodológica como locus theologicus a la piedad popular. Pues bien, por coherencia con su llamada “a salir” al pueblo, a las calles, se deduce que ha de buscar también que se abran todas las puertas que estaban cerradas y que el lugar de la reflexión teológica sean las fronteras. Este criterio tiene una importancia grande en relación con la temática a tratar en el próximo Sínodo.

En los meses transcurridos entre el Sínodo extraordinario del año pasado y la Asamblea General Ordinaria de este otoño se ha dado muchas vueltas en torno a la cuestión acerca del permiso oficial para la recepción a la comunión de los divorciados vueltos a casar en determinados casos y con determinadas condiciones. Desde luego este punto de controversia se ha convertido durante el entretiempo que ha discurrido entre ambas sesiones en símbolo del éxito o del fracaso de los esfuerzos eclesiales de reforma.

Pero junto a dicha cuestión hay una lista de otros temas en el campo de la moral sexual y de la pastoral familiar. Y además, a partir del desarrollo y del resultado del Sínodo, pueden producirse novedades sobre el asunto que alcanzarán mayor profundidad, como son las del sentido de la fe del pueblo de Dios, las relaciones entre las Iglesias locales y la Iglesia universal, la valoración de las estructuras participativas en la Iglesia católica, el funcionamiento conjunto de papa, curia y obispos diocesanos. Por no hablar de otros temas teológico-pastorales que se plantearon en los dos pontificados anteriores y fueron sofocados por vía autoritativa y que ahora, al rebufo de la apertura del actual papado, vuelven a aparecer en la agenda de los debates teológicos.

Aquí nos encontramos ante una cuestión clave. La teología no puede ser solamente la explicación de verdades permanentemente firmes, mero “desarrollo” de la doctrina. Frente a la posición del cardenal prefecto de la Congregación de la Fe, Gerhard Ludwig Müller, que el pasado abril ponía sobre aviso contra cambios en la doctrina sobre el matrimonio con el argumento de que las realidades de la vida no son fuente de revelación, no pocos teólogos y también obispos han manifestado su convicción de que una reflexión teológica sobre la realidad pastoral debería llevar a recapacitar sobre las posiciones doctrinales, en todos los ámbitos y, por tanto, también en el del matrimonio y la familia.

Si la reflexión pastoral está bien llevada y se hace en profundidad, detecta en el presente muchos puntos calientes en los que se manifiesta una crisis de confianza en la Iglesia y que demuestran lo amplia que es la tarea a la que nos referimos. En concreto, las cuestiones del Sínodo sobre la Familia no solo afectan a la teología moral, sino que desencadenan discusiones que van mucho más allá, acerca de temas como la corporalidad, el ser sujeto, la libertad, etcétera. Las cuales, a su vez, apremian a la Iglesia a definir de nuevo su relación con la modernidad. Y no olvidemos que todos ellos son temas que hoy en día no se mantiene independientemente de la cuestión de Dios.

  •  ¿Un ”Sínodo en la sombra”?

      Las anteriores reflexiones han despertado la sensibilidad de bastantes obispos en la Iglesia universal. Queremos señalar al respecto un evento que quizá ha pasado desapercibido a causa de la excesiva polarización de los medios de comunicación en el problema que hemos señalado antes, el de la admisión a la comunión de los divorciados vueltos a casar.

Nos referimos a la llamada “Jornada común de estudios” convocada por los presidentes de las conferencias episcopales de Alemania, Francia y Suiza, celebrada el 25 de mayo en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma para reflexionar sobre los temas vinculados al debate sinodal. La iniciativa nació del encuentro de los tres presidentes de dichas conferencias, que había tenido lugar a puerta cerrada en enero de este mismo año en Marsella. Los organizadores escogieron a 50 expertos, obispos –algunos futuros participantes en los debates sinodales–, teólogos, determinados miembros de la curia romana y líderes de asociaciones y movimientos laicales. Fueron invitados algunos periodistas “vaticanólogos”, pero parece que solo un periodista italiano se hizo presente en el encuentro, al que calificó de “sínodo en la sombra”.

El objetivo de la jornada, expresamente manifestado por los tres presidentes, era “enriquecer la reflexión sobre los fundamentos bíblicos y teo-lógicos de los temas del Sínodo y precisar las problemáticas planteadas en los debates actuales sobre el matrimonio y la familia”.

Cuando parecía que los trabajos de la jornada quedarían en el baúl de los recuerdos, casi dos meses después del acontecimiento, a mediados de julio, los textos de las intervenciones (salvo la relación final, tenida por el cardenal Reinhard Marx) han sido publicados en la página web de la Conferencia Episcopal Alemana.

El día completo se estructuró a partir de seis exposiciones de expertos (teólogos y canonistas, cuatro hombres y dos mujeres) de veinte minutos cada una, seguidas de media hora de discusión entre los participantes y un debate final de una hora[1].

La primera parte de la jornada, bajo los títulos “Las palabras de Jesús sobre el matrimonio y el divorcio” y “Reflexiones a propósito de una herme-néutica católica de la Biblia”, estuvo consagrada a la interpretación de las palabras de Jesús sobre el divorcio: cómo entenderlas en sí mismas y en el contexto global del anuncio del reino de Dios y de la tradición de la Iglesia. La cuestión es clave, porque, según la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, nº 8, la comprensión cristiana de la tradición se desarrolla en la historia, sobre la base del discernimiento de las realidades espirituales por parte de los fieles y a través de la enseñanza del magisterio.

En la segunda parte de la jornada, con los enunciados “La sexualidad como expresión del amor” y “Reflexiones sobre una teología del amor”, se reflexionó sobre los datos de una teología del amor, que ve la sexualidad como lenguaje del amor y don precioso de Dios. Esta teología se encuentra a la espera de proposiciones nuevas que propicien un diálogo intenso entre la teología moral tradicional y las mejores aportaciones de la antropología contemporánea y las ciencias humanas.

Por fin, la tercera secuencia del día, también titulada doblemente “El don de la vida que se nos ha dado” y “Reflexiones sobre una teología narrativa”, se centró en la necesidad de elaborar una teología que se ponga en relación con la experiencia personal y la conciencia del creyente. Ahí se habló de la dificultad de aceptar el don de la propia vida e interpretar cada biografía, incluso desde el aspecto teológico. Se trataba de iluminar las condiciones de vida de los individuos como historia de gracia. En el contexto de una sociedad pluralista y altamente compleja el individuo se ve confrontado con dificultades sin cesar crecientes en la construcción responsable de su propia vida. La distancia de las herencias tradicionales o los modelos transmitidos hace esta construcción todavía más delicada. Los proyectos personales de vida y los juicios de conciencia juegan un papel mucho más importante que en otra época. Todo esto impacta fuertemente la comprensión moral de la vida y constituye otros tantos desafíos para la pastoral conyugal y familiar.

Puede decirse que tanto las exposiciones como las discusiones de la jornada mostraron la diversidad de los acercamientos actuales a la teología del matrimonio y de la familia, importantes para su localización en la Iglesia y en el mundo. El tema más importante de las intervenciones parece que fue la exigencia de reemprender el estudio de los problemas desde la experiencia de los individuos, de forma que se supere la rigidez de “la ley”, mitigándola con la misericordia, tantas veces invocada por el actual Papa. En realidad se trata de un modo de no tocar la enseñanza del magisterio, pero aplicar las normas con mayor equidad, para que la firmeza en los principios no haga olvidar la atención para con las personas, sus diversidades, sus diferentes caminos individuales. La jornada dio a entender muy claramente que el debate teológico sobre el futuro del matrimonio y de la familia es necesario y posible y que una reflexión intensa lo enriquecerá.

  • Temas centrales de la jornada

Proponemos a continuación una recapitulación de las cuestiones que más se abordaron en las exposiciones, los debates y la discusión final.

La cuestión clave de la interpretación de la Escritura y del magisterio

En primer lugar la importancia de la hermenéutica fue subrayada de forma insistente durante toda la jornada. Los textos bíblicos requieren su interpretación en el marco histórico en el que una palabra humana nos transmitió en aquel entonces la palabra divina. La riqueza y la apertura de dichos textos plantean un desafío a la reflexión sobre su contenido y su transposición a la vida.

Lo importante no es considerar los asertos bíblicos aisladamente, sino en su época, en el respectivo contexto textual y en el contexto del conjunto del mensaje bíblico con objeto de poder extraer aquellos aspectos teológicos que afectan al presente. La mayor complejidad que resulta de ahí constituye evidentemente un desafío, pero no solo es un desafío inevitable, sino útil para los esfuerzos que buscan mantenerse fieles a la intención de las afirmaciones de Jesús. Es preciso integrar todo los datos en un proceso hermenéutico que estudie de nuevo para hoy el testimonio de la Escritura a la luz de la tradición.

En los debates se puntualizó que no solo las fuentes bíblicas, sino también las afirmaciones y los dogmas enseñados por el magisterio requieren una hermenéutica para ser interpretados de acuerdo con los parámetros de la vida moderna. Es obvio que, aunque la jerarquía no tiene competencia específica en cuestiones de exégesis, sí que tiene la misión de inculcar el sentido de la Escritura insertándolo en la tradición de la Iglesia. Pero para ello necesita un diálogo constante con la ciencia. Y también con gran número de personas y de parejas que buscan orientación.

Punto de referencia esencial: el anuncio del Reino

El cuadro interpretativo de conjunto en el cual se han de enunciar las respectivas interpretaciones concretas bajo forma siempre nueva, ha de ser la proclamación del reino de Dios por parte de Jesús. Ese mensaje constituye el punto de referencia para la proclamación eclesial en su conjunto respecto a la relación de pareja, el matrimonio y la familia. Es preciso que la doctrina sobre el matrimonio y la familia como auténtica sucesión de Cristo sea colocada constantemente en el cuadro de esperanza del Reino, haciendo comprender que esta buena nueva es un mensaje de liberación para la humanidad. Así quedará respetada la libertad del individuo, incentivada su sociabilidad y tenido en gran consideración el amor conyugal. Desde esta perspectiva es como hay que mostrar de nuevo la enseñanza de la Iglesia diciendo claramente a los hombres y mujeres que es un bien para ellos.

Importancia de las biografías individuales

En los diálogos se subrayó de forma particular la importancia que tienen las biografías individuales, las experiencias hechas en la vida y las actitudes frente a ella, para realizar una correcta reflexión teológica sobre el nexo entre la doctrina sobre el matrimonio y la vida conyugal. Si se quiere hacer una evaluación acertada de las actitudes y de las conductas individuales es absolutamente indispensable la integración del contexto biográfico. Una teología abstracta que no tiene en cuenta estos contextos pierde su pertinencia.

Desde tal perspectiva se hizo notar en los diálogos que personas que han vivido el fracaso de su primer matrimonio y contraído luego matrimonio civil, han tenido conciencia de culpa individual en relación con el fracaso y la separación, pero no respecto al nuevo vínculo sentimental y al nuevo matrimonio. Este último se ha experimentado como un nuevo punto de partida, como un intento de superar sus propios errores y evitarlos en la nueva relación. En el citado contexto se considera necesario someter a una nueva evaluación la vida en el matrimonio civil. No es exacto definir tal situación biográfica como un “pecado permanente”. También se subrayó con insistencia el aspecto del entrelazamiento de las biografías. Pero en todas las discusiones se tuvo demasiado poco en cuenta el destino y el sufrimiento de los hijos concernidos por esta situación.

Atención a las ciencias humanas: psicología, sociología, medicina

Aunque la necesidad de una formación teológica se mantiene indiscutida, sin embargo en la jornada se pidió reiteradamente que la doctrina eclesiástica tenga más seriamente en cuenta esas disciplinas científicas. Una teología que olvida el nexo con las ciencias humanas o que incluso las considera irrelevantes, puede llevar a un fideísmo que disocia la fe de la razón y equivale a la radical pérdida de valor de esta última. Además ello está en contradicción fundamental con el magisterio de la Iglesia.

En lo que se refiere a la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad y el matrimonio, lo dicho significa que hay que estar muy al día sobre los nuevos datos de la ciencia y tener en cuenta que el estado actual de los conocimientos en este campo ha progresado enormemente. Esta apertura es tanto más exigida cuanto que las normas eclesiásticas concretas en tal dominio remontan a épocas que no disponían del moderno nivel de informaciones sobre el desarrollo y la importancia de la sexualidad humana. Guiados por ese espíritu, es necesario igualmente perfeccionar las normas. En particular no se debe restringir la sexualidad humana al coito, como continúan haciendo ciertos pasajes capitales de la doctrina eclesiástica sobre el matrimonio, sino tomar en serio la sexualidad en cuanto aspecto existencial global de la persona humana. Hay que desarrollar una “mayéutica del Eros” porque no podemos dejar a los jóvenes sin orientación en medio de las corrientes del espíritu de la época.

La reconciliación de los divorciados

Se insistió en la importancia del aspecto de la reconciliación, dimensión fundamental del mensaje cristiano. En este contexto se reiteró la indispensable necesidad de un recorrido de reconciliación para todos los humanos y para todas las situaciones de la vida. Se subrayó que la reconciliación debe tener prioridad sobre el juicio y la sanción. El hecho de que para los divorciados vueltos a casar, que son activos sexualmente en su segunda unión, no pueda haber reconciliación, constituye un callejón sin salida; en la praxis eclesiástica no existe ningún paralelo de tal rechazo. Se debe superar esta situación para no seguir amenazando la credibilidad de la Iglesia cuando ella habla en general de la importancia de la reconciliación. El problema es urgente.

Para las formas de convivencia fuera del matrimonio, en cuanto se refiere al aspecto de la reconciliación, se plantea esta pregunta: ¿cómo podemos defender los propios valores sin desvalorizar otros? Se pidió particularmente tener mayor sensibilidad para encontrar un lenguaje que no se deslice hacia un estilo despreciativo, sino que use una “claridad humilde”. Aquí se vio la necesidad apremiante de seguir profundizando, para afrontar un proceso gradual. Será importante proseguir el desarrollo del “instrumentario eclesial”.

El matrimonio como sacramento

Reiteradamente se subrayó la importancia de la sacramentalidad del matrimonio: participa del sacramento radical que es la Iglesia. ¿Dónde encuentra expresión este aspecto en la praxis pastoral? Hay que tener presente que el fracaso de un matrimonio no es solo un fracaso para los cónyuges, sino también para toda la Iglesia y que, por consiguiente, la Iglesia debe también interrogarse sobre su propia responsabilidad en tal fracaso.

Por otra parte se consideró que la relativización de la sacramentalidad es un camino que lleva a un callejón sin salida. Pero lo que sí se vio como necesario es una nueva interpretación de la noción de sacramento, en la cual sea objeto de mayor reflexión la relación entre fe y salvación. Al hacerlo se ha evocado la noción de misterio, más fuertemente orientada hacia una nueva realidad de vida situada en el horizonte del reino de Dios. También se subrayó el doble carácter del sacramento de la eucaristía: este sacramento es, por una parte, signo de la unidad de la Iglesia y, por otra parte, un medio curativo y fortificante para el camino. El segundo aspecto no debe quedar en la sombra y ser obstaculizado por el primero.

“Consummatio matrimonii”

También la noción de consumación del matrimonio se discutió y profundizó, afirmando que su reducción al coito constituye un razonamiento problemático por su estrechez. Aquí subsiste, por así decir, un residuo del “ius in corpus” que el Concilio Vaticano II tuvo la intención de superar. Mientras que el Concilio colocó en el centro de la doctrina sobre el matrimonio eclesial la importancia del vínculo personal, este apego al “ius in corpus” engendra una manera inadecuada de observar el matrimonio y por ello, en último análisis, lleva a errores de juicio teológicos y morales. Frente a ello se trata de ver la sexualidad como un componente que engloba la totalidad de la persona humana integrando, con este modo de considerarla, sobre una base bíblica y en la corriente de la tradición los más recientes descubrimientos de las ciencias humanas.

Gradualidad en la actuación pastoral

En relación con el aspecto de la gradualidad se señaló que la Iglesia, por una parte, tiene que ocuparse de las personas en camino, pero que, por otra parte, también está en camino la misma Iglesia, pueblo peregrino en el camino de Dios. En cierto sentido ello causa imprecisiones, necesarias en cierta medida, en el ajuste entre la doctrina y la vida. Graduaciones, fracturas, defectos de sincronización forman parte del programa cotidiano de la praxis pastoral. Los modelos de matrimonio y de familia proponen una ambiciosa ética matrimonial y familiar que las personas consiguen realizar solo gradualmente, transformando las diferentes facetas en realidad. Por otra parte es cierto el principio de que quien ama, vive una experiencia de trascendencia.

Y así en las relaciones afectivas que no parecen corresponder a las normas de la Iglesia, se encuentran también aspectos que han de considerarse como auténticos testimonios del amor de Dios y de la acción del Espíritu. ¡Debemos buscar a Dios en todas partes! En este contexto se subrayó la importancia del concepto teológico de los “logoi spermatikoi”. Vistas las estructuras de la realidad, se le plantea a la Iglesia el desafío de superar cualquier forma de reflexión sin matices; las cosas no son sin más o blancas o negras. El tema de la homosexualidad es un problema particular que es preciso afrontar a través de reflexiones adecuadas.

Una visión y un lenguaje diferenciados

Un aspecto que surgió reiteradamente durante las discusiones fue la absoluta necesidad de utilizar un modo diferenciado de ver los problemas. Las diferenciaciones requieren un esfuerzo de reflexión, de argumentación y de acción, porque las situaciones que la vida nos plantea son complejas y exigen un modo adecuado de abordarlas. Un lenguaje que renuncia a las diferenciaciones se convierte rápidamente en despreciativo y ofensivo. Allí donde la Iglesia no se distancia de modo claro y comprensible de toda forma de discriminación, pone un obstáculo a su propio mensaje. Para profundizar en el debate y perfeccionar el lenguaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia será particularmente importante superar la tentación de contraposiciones simplificadoras, como por ejemplo, las de sujeto contra institución, eros contra ágape, verdad eterna contra espíritu de la época. En lo que se refiere al tema del matrimonio y la convivencia es importante subrayar de modo diferenciado tanto la tolerancia ante otras formas de convivencia, como su distinción respecto al matrimonio. Poner en evidencia el perfil particular del matrimonio no constituye ni una desvalorización ni una discriminación de otras formas de vida.

Ofrecer una orientación

Para los participantes en la jornada constituyó una preocupación central el ofrecimiento de una orientación a las personas, sobre todo a los jóvenes. Es responsabilidad de la Iglesia formular esta orientación de modo que los destinatarios consigan comprenderla sin dificultad y sea plausible para aquellos a quienes está destinada. La Iglesia no estará a la altura de esta misión más que si las relaciones entre doctrina y vida son reexaminadas con mayor precisión: en efecto, la doctrina sobre el matrimonio y la realidad del mismo comparten muy pocos puntos comunes. Además es preciso tener presente que ofrecer orientación no quiere decir desacreditar y condenar. Al contrario, es necesario para el trabajo práctico de la Iglesia desarrollar y cuidar una especie de “arte del acompañamiento”.

  • Consecuencias para el desarrollo del Sínodo

Como eje central de esta importantísima jornada de estudio quedaba la afirmación de que la Iglesia tiene el deber de dar a conocer a la humanidad el mensaje liberador de Jesús. Simultáneamente debe respetar la libertad de cada individuo. En el Sínodo tiene que preguntarse: ¿qué hemos de decir hoy acerca del matrimonio a estas personas de parte del reino de Dios? No será cosa fácil encontrar una respuesta común a esta pregunta. En ningún caso debe tratarse de componendas que simplifican.

       Es particularmente importante que en la Asamblea se tenga presente la discreción de los espíritus; los espíritus son diversos. ¿De qué espíritu se habla aquí? La escisión no es obra del Espíritu. Igualmente el desprestigio, las ofensas e injurias recíprocas no son obra del Espíritu. Una tosca confrontación entre “aquí nos atenemos a la verdad” y “ahí se adaptan a la moda de la época” no hace justicia a la gravedad de la situación. No se trata de rebajar el nivel de la ética cristiana frente a las modas del tiempo haciendo las cosas más fáciles. Al contrario, se trata de descubrir el matrimonio y la familia en su forma actual como una forma de vida en la fe, sin discriminar por ello a las otras.

Pero es claro que el Sínodo no puede limitarse a confirmar lo que ya existe y lo que ya se ha dicho. Textos religiosos que no hablan al corazón de las personas y que, por tanto, no las incitan a pensar y a actuar, pasan de largo y no realizan su objetivo. El Sínodo tiene la gran oportunidad de descubrir y difundir nuevamente el mensaje de Jesús sobre el matrimonio y la familia como una teología del amor.

Sobre este telón de fondo quedaba resonando la hipótesis dibujada por el Instrumentum laboris, que probablemente será el punto de partida de los debates sinodales. A saber: que las parejas divorciadas y vueltas a casar puedan emprender un camino penitencial bajo la responsabilidad del obispo diocesano con la perspectiva de una posible readmisión a los sacramentos. En resumen, una acogida no generalizada a los sacramentos, sino vinculada a situaciones particulares y a condiciones bien precisas. La propuesta tendría la ventaja de aflojar el atornillamiento a la doctrina, hoy día abiertamente cuarteado por la realidad social. Pero no ofrecería una respuesta unívoca y definitiva a las demandas que vienen de tantas parejas católicas.

Además presentaría el indudable problema de cómo gestionar concretamente las decenas de miles de parejas que potencialmente podrían emprender ese recorrido en las diócesis de las grandes metrópolis. A estas parejas difícilmente el obispo les podría garantizar un acompañamiento espiritual real, haciendo que se desvanezca con los hechos lo que se afirma en teoría. Y convirtiendo en una especie de lotería arbitraria la eventual readmisión a los sacramentos.

       Septiembre de 2015

[1] Los títulos de las exposiciones y los nombres de sus autores son los siguientes: “Las palabras de Jesús sobre el matrimonio y el divorcio”, Anne-Marie Pelletier. “Reflexiones a propósito de una hermenéutica católica de la Biblia”, Thomas Söding. “La sexualidad como expresión del amor”, Eberhard Schockenhoff. “Reflexiones acerca de una teología del amor”, François-Xavier Amherdt. “El don de la vida que se nos ha dado”, P. Alain Thomasset SJ. “Reflexiones sobre una teología narrativa”, Eva-Maria Faber.

 

La enseñanza fundamental de Francisco

La enseñanza fundamental de Francisco

CastilloJosé Mª Castillo ayuda a entender el Sínodo que ya está en marcha. Por lo que se llega a traslucir con una tensa polémica entre la doctrina de siempre y la renovación pastoral de abrirse. En iviva.org vamos a ir publicando textos de teología abierta a la renovación.

El pontificado del papa Francisco todavía es corto. Y por tanto aún no ha tenido tiempo para decirle a la Iglesia y al mundo todo lo que este hombre singular tiene que enseñarnos a todos. Pero, tan cierto como eso, es que, en el breve tiempo que lleva al frente de la Iglesia, ya ha dicho lo más importante que tenía que decir.

        Hago caer en la cuenta de que este papa no ha tomado decisiones importantes en dos ámbitos fundamentales de un buen gobierno eclesiástico: la reforma de la Curia Vaticana y la reforma de la Liturgia. Por supuesto, sabemos que ha habido algunos cambios. Pero cambios sin especial importancia a largo plazo. Y por cuanto se refiere a la doctrina, es cierto que Francisco ha demostrado de sobra que es un hombre con una notable sensibilidad social y también con una patente preocupación por los grandes problemas que afectan a la humanidad. Pero también es cierto que, en este orden de cosas, todos sabemos que el papa Bergoglio es un jesuita que, en sus años de formación y estudio, da la impresión de que recibió una enseñanza más bien tradicional a la que se mantiene fiel. ¿Hará este papa cambios decisivos en la teología y en la gestión del gobierno de la Iglesia? Nadie lo sabe. Ni eso se puede predecir de antemano.

        Por supuesto, yo sé que a lo que acabo de decir se le pueden (y seguramente se le deben) poner no pocas matizaciones. Las acepto de antemano y con gusto. Pero hay una cosa incuestionable, que es a lo que yo quería venir. Y por lo que publico esta reflexión.

        ¿Qué es lo que ya nos ha enseñado el papa Francisco, que va a quedar como legado fundamental para la Iglesia y para el mundo? Sencillamente esto: lo primero y lo más determinante no es lo que sabemos, no es lo que decimos en nuestras enseñanzas, no es tampoco lo que decidimos o imponemos en relación a los demás. Lo primero y lo más determinante es nuestra propia forma de vivir, nuestra sensibilidad y nuestra humanidad ante la felicidad o el sufrimiento de quienes están a nuestro alcance.

        Se sabe que, en el ranking de personas más influyentes ahora mismo en el mundo, según el criterio del actual gobierno de China, el papa Francisco está entre los cuatro primeros. ¿Por qué? ¿Por su religiosidad? ¿por su ortodoxia doctrinal? ¿por su poderío económico? Ciertamente, por nada de eso. Entonces, ¿de dónde le viene al papa tanta importancia y tanta influencia mundial? De una sola cosa. Su poder simbólico. Francisco es un símbolo mundial. ¿Por su saber? ¿Por su poder? ¿Por su riqueza? Insisto: por nada de eso. Sólo en una cosa está su fuerza: es el símbolo más claro de la presencia y de la actualidad del Evangelio en el mundo. Con tal que entendamos y vivamos el Evangelio, no como una religión más (entre tantas otras), sino como un “proyecto de vida”.

Sínodo: La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Sínodo:  La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Blog RegnoHa empezado el Sínodo de la Familia. Recomendamos un blog de Il Regno creado precisamente para facilitar el seguimiento. Allí se puede leer en italiano la importante ponencia introductoria del cardenal Erdö. Que ha sido totalmente inclinada a defender la doctrina y práctica tradicional. Tanto que ha provocado este artículo de Andrea Grillo que nosotros traducimos.

 La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Por Andrea Grillo

 

¿Qué fecha tenía la relación del card. Erdö? ¿Cuándo se escribió? Atendiendo al contenido del texto y a las referencias internas podría ser fácilmente de hace 30 o 40 años. Y las referencias a las palabras de Francisco aparecieron , a tenor del mismo tono con que fueron pronunciadas, totalmente exteriores y “de adorno”.

 

Pero hay un punto en el que el texto es revelador: cuando se les atribuye a los “divorciados vueltos a casar” la imposibilidad de acercarse a comulgar. Es un sistema perfecto: ¡la Iglesia no puede hacer nada, ya que son “ellos” quienes se han situado fuera!

 

Debido a que no renuncian a los actos sexuales en su “nueva unión”, no pueden ser reconciliados. La “cultura eclesiástica” se convierte en “la cultura de los descartes”, pero con el agravante de cargar la responsabilidad en los descartados. Es un sistema que se autoimmuniza del problema y lo descarga en otros. Pueden dormir tranquilos sólo aquellos que duermen solos.

 

No en vano, el prelado húngaro ya se ha distinguido, a pesar de que su título de relator viene ya del Sínodo de 2014, ¡en no haber distribuido el cuestionario de consulta en su archidiócesis de origen! No necesitaba consultar a nadie. No necesitaba confrontarse con la realidad. Lo tenía todo claro incluso antes de comenzar el “sínodo”.

Por esto su discurso es un “no evento”: La Iglesia en salida no puede pasar en absoluto por estas palabras.

Atrévete a actuar

Atrévete a actuar

Carlos Barberá

Carlos F. Barberá nos ofrece otra reflexión sobre los que debería ser un cristianismo vivo y una Iglesia viva que parte de la base y de la atención a los pobres.

Calificándola de religión burguesa, Metz ha definido el modelo de cristianismo salido de la cultura del Renacimiento y la Ilustración. Una religión de servicios, legitimadora del sistema y en el fondo acorde con la idea del progreso y del triunfo. Impregnada en todo caso de un clima de individualismo,

Rememorando la religión que viví en mi adolescencia, he querido encontrar rasgos que verificasen esa definición. Era sin duda una religión de servicios, destinados a la custodia –en el doble sentido de guarda y de vigilancia– de los cristianos, aceptadores sin crítica del sistema. Una Iglesia del lado y a honor y gloria de los triunfadores. El éxito del Opus Dei era el símbolo más claro de ese paradigma. Que Franco entrase en las iglesias bajo palio no debe producir extrañeza. El era por antonomasia el prototipo del triunfador. Si hoy en una misa oficial la homilía comienza por el saludo a las autoridades presentes, ello responde a la misma lógica. En esa religión, como en la sociedad misma, los últimos no son los primeros.

 

En ese modelo las autoridades religiosas revestían la mayor importancia. Ellas guardaban al rebaño y con su figura, con sus títulos, con sus gestos mostraban lo que eran verdaderamente, autoridades. Aunque tuviese lugar   después del Concilio, el papado  de Juan Pablo II respondió igualmente a ese modelo. El mismo era una fuerza vital, un triunfador, incluso quiso serlo de la enfermedad y de la muerte.

 

No es necesario añadir que quienes suspiraban por un cambio eclesial esperaban que viniera desde arriba. Un papa nuevo, nuevos obispos. Como ni uno ni otros eran nunca nuevos, ser católico entrañaba siempre una dosis de frustración y hasta de vergüenza, ajena y de rebote propia.

 

Llegó el Vaticano II y explicó que la mejor definición de la Iglesia era la que la calificaba como pueblo de Dios. Pocas fueron sin embargo las consecuencias de esa visión transformadora. Las buenas ideas hay que instrumentarlas pero los encargados de hacerlo no se pusieron a una tarea a la que eran manifiestamente opuestos.

 

Por una de esas sorpresas que procura la historia, ha llegado a nosotros el papa Francisco. Recordemos que su primer gesto fue pedir la oración y la bendición de los fieles y su primer gran documento fue para denunciar el sufrimiento de las víctimas del sistema. Ofrecía de este modo unas coordenadas distintas: quería una Iglesia con las manos manchadas, una Iglesia que saliera a la calle, unos creyentes que abrieran caminos. Muchos esperaban nuevos decretos, nuevas leyes eclesiásticas. Ofreció en cambio gestos inéditos, actitudes novedosas, invitaciones a ver de manera diferente.  En mi opinión, el resultado ha sido escaso, bien escaso. Apenas veo que eso haya dado lugar a iniciativas novedosas. Estoy  convencido de que los católicos, contra la advertencia de los ángeles, siguen aun mirando al cielo, esperando que de él les llueva la salvación. Quizá muchos no saben que, cuando Carlos Osoro, antes de su toma de posesión en Madrid, participó en una sesión académica en al Instituto de Pastoral, los asistentes le recibieron puestos en pie con un aplauso cerrado. Parecía que llegaba el salvador. Después se ha podido comprobar que los salvadores escasean.

 

Con ello llego a lo que quiere ser el meollo de este artículo. Kant utilizó una sentencia de Horacio que con él se hizo famosa: Sapere aude, atrévete a pensar. Del mismo modo creo que para los católicos hay una consigna urgente: Agere aude, atrévete a actuar. De los obispos no va a llegar ninguna Iglesia nueva y parece que tampoco de los nuevos curas, nuevos por la edad y por ninguna otra característica. Es de la base católica de donde ha de llegar la renovación. Metz ha dicho que sólo tiene futuro la Iglesia de base.

 

Y ¿qué tendría que hacer esa Iglesia? Quiero empezar con una frase de Bloch que trae el mismo teólogo alemán: “los teólogos se empeñan en ser más seculares y críticos que el mismo hombre secular. Pasan entonces de racionales a racionalistas y ya nada tendrán que decirnos”. Se tratará, pues, de una Iglesia religiosa, si es que eso no es una redundancia.

 

Esa Iglesia de base ha debe ser espiritual, con la espiritualidad del Evangelio. Es decir, ha de aprender a hacer una lectura creyente –realista, religiosa, esperanzada– de los acontecimientos. Esa será sobre todo su oferta al mundo porque, como dijo san Pablo, cada momento es un momentos de salvación. Como se ve, no se trata de dar doctrina –aunque la reflexión teológica sea importante– sino de hacer un anuncio permanente: el reino de Dios está en medio de nosotros.

 

Esto supuesto, será una Iglesia comunitaria Hace años un obispo francés, monseñor Rouet, decía en una declaraciones: “Mire mi diócesis: hace setenta años, tenía 800 curas. Hoy en día, tiene 200, pero también cuenta con 45 diáconos y 10. 000 personas involucradas en las 320 comunidades locales que comenzamos a crear hace quince años”. La Iglesia de base debería ser la de las comunidades. Aunque antes ha de reflexionar a fondo de lo que entraña esa palabra.

 

En consecuencia, debería emprender una lucha frontal contra todo lo que no favorece la comunidad, empezando por las misas parroquiales. Pocos son los que siguen la consigna de Unamuno: “¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!”. Trasladando la idea a la comunidad eclesial, no deberían cesar las denuncias de la estupidez, de la incoherencia, de la mentira, tanto en el campo político como en el religioso.

 

Finalmente, tendrá a los pobres como uno de los puntos de referencia de su vida. Los pobres como conjunto, creando y apoyando iniciativas de denuncia y de lucha contra la pobreza y los pobres como individuos, a los que se toma a cargo. Alguna vez dijo Mounier que lo típico del cristiano no es amar a la humanidad sino amar al prójimo. No socorrerlo sino amarlo.

 

Una Iglesia comunitaria, de denuncia y de amor, necesitará celebrar. Lo hará de forma sencilla, acogedora, comunitaria. Ahí tendrán un espacio propio conceptos tradicionales, revividos y experimentados: dolor, culpa, redención, perdón, reconciliación. Son conceptos no gratos a la sociedad secular pero cuyo recuerdo es necesario. Constituyen el fondo del ser humano y tienen en el cristianismo, en la historia de Jesús, una raíz profunda. La Iglesia no puede cesar de ofrecerlos y vivirlos.

 

Esperemos, pues,  las iniciativas que pongan en marcha esa nueva Iglesia. Agere aude.

 

 

Carta al obispo de Roma

Carta al obispo de Roma

Francisco separados20 teólogos y teólogas entre quienes hay muchos de Iglesia Viva, han lanzado a través de todos los medios y redes una campaña internacional, que pretende recoger una masiva adhesión, afirmando que la propuesta de que el sínodo acepte a la comunión a los divorciados vueltos a casar está plenamente de acuerdo con el Espíritu del Evangelio y con la fe de la Iglesia. Iglesia Viva se adhiere plenamente a la campaña e invita a firmar la adhesión a este documento

CARTA AL OBISPO DE ROMA

Hermano Francisco, “Pedro entrevisto”:

Estas líneas quisieran completar, por el otro lado, el escrito de más de medio millón de fieles, en el que te piden con ahínco que “reafirmes categóricamente la enseñanza de la Iglesia de que los católicos divorciados y vueltos a casar civilmente no pueden recibir la sagrada comunión”. Por amor a Jesús, quisiéramos pedirte con igual afán que seamos todos fieles al Espíritu del evangelio, más allá de supuestas fidelidades a la letra de unas determinadas enseñanzas de la Iglesia.

Hablamos de supuesta fidelidad no para juzgar la intención de quienes te escribieron sino porque, en realidad, la enseñanza de la Iglesia no es que esos divorciados vueltos a casar “no puedan recibir la sagrada comunión” sino que, según el Concilio de Trento, “la Iglesia no yerra cuando les niega la comunión”. Esa formulación, cuidadosamente elegida en aquel concilio, dejaba abierta la posibilidad de que tampoco haya error ni infidelidad en la postura contraria, y que se trate más de una cuestión pastoral que de una cuestión dogmática.

En nuestra opinión, la prudencia pastoral no sólo permite sino que hoy más bien reclama un cambio de postura. Por estas razones.

1.- En la Palestina del siglo I, las palabras de Jesús afectaban directamente al marido que traiciona y abandona a su mujer porque otra le gusta más, o por motivos de este tipo: son primariamente una defensa de la mujer. Ahí sí que resulta inapelable la frase del Maestro: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

No se conocía en tiempo de Jesús la situación de un matrimonio que (quizá por culpa de los dos o por una incompatibilidad de caracteres, antes no descubierta), fracasa en su proyecto de pareja. Dada la situación de la mujer respecto al marido, en la Palestina del s. I, esa hipótesis era impensable. Y aplicar las palabras de Jesús a otra situación desconocida en su época, donde lo que hay no es el abandono de una parte sino un fracaso de los dos, podría equivaler a desfigurar esas palabras. Estaríamos así manipulando a Jesús en aras de la propia seguridad dogmática, y poniendo la letra que mata por delante del espíritu que da vida, en contra del consejo paulino.

El evangelio debe ser inculturado y, cuando no se le incultura, se le traiciona. Los ejemplos que siguen pueden aclarar esto un poco más.

2.- El evangelista Mateo, que es quizás el que cuenta más transgresiones de la Ley por parte de Jesús, es curiosamente el único que pone en sus labios la frase “no penséis que he venido a derogar la Ley… He venido a cumplirla hasta la última tilde”. Se nos da a entender así que, en aquellas transgresiones de la letra, Jesús estaba cumpliendo la Ley hasta el fondo, porque estaba custodiando su espíritu.

Y el espíritu fundamental de toda la ley evangélica es la misericordia: no una misericordia blandengue, por supuesto, sino una misericordia exigente. Pero de ningún modo una exigencia inmisericorde. Quizá, pues, tengan algo que decirnos aquí aquellas palabras con las que Jesús responde a los escándalos que causa su conducta misericordiosa: “a ver si aprendéis lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio’… ” (Mt 9,13 y 12,7).

3.- La iglesia primera ofrece otro ejemplo palmario de esa fidelidad al espíritu por encima de la letra, con el abandono de la circuncisión. La circuncisión tenía algo de sagrado como símbolo expresivo de la unión entre Dios y su pueblo; podría haber valido también de ella la citada palabra de Jesús: “lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. Sin embargo, la Iglesia abandonó esa práctica tras fuertes discusiones y contra la opinión de algunos que creían ser más fieles a Dios y, en realidad, buscaban su propia seguridad. Gracias a aquella decisión tan discutida, la Iglesia no sólo fue fiel a Dios sino que abrió las puertas a la evangelización del mundo entero. Y hoy aquella decisión nos puede parecer evidente pero entonces les resultó a muchos escandalosa.

El mismo Pedro, en su discurso en defensa de aquella decisión, que hoy nos parece tan fiel al Espíritu de Jesús, habló de “no imponer un yugo que ni nuestros padres ni nosotros somos capaces de soportar” (Hchs 15,10). Este es uno de los mayores pecados que puede cometer la Iglesia. Y es muy discutible que personas célibes puedan comprender lo que significa convivir cada día íntima y pacíficamente con otra persona con la que no hay la más mínima sintonía. Como es discutible que personas célibes pudieran abstenerse de mantener relaciones sexuales con una persona con la que se convive día y noche y a la que se ama.

4.- Tememos que los defensores del rigor piensen que instalar en la Iglesia una “disciplina de misericordia” equivaldría a abrir las puertas a una relajación moral, o a que la Iglesia acepta los mismos criterios sobre el divorcio que nuestra sociedad pagana. En realidad no es así: no se cuestiona en absoluto la indisolubilidad del matrimonio; y la disciplina de misericordia sigue siendo una disciplina a la que no todos podrán acogerse: porque reclama arrepentimiento, reconocimiento de culpa y propósito firme de enmienda. De lo que se trata es de no dejar solos y sin ayuda a quienes han fracasado. Como Jesús: que comía con pecadores no porque fuesen buenos, sino para que pudieran serlo.

Teresa de Ávila, cuyo centenario estamos celebrando, recuerda en su autobiografía, que cuando se sentía pecadora o infiel recurrió algunas veces a abstenerse de la oración porque no se sentía digna de ella. Hasta que descubrió que aquel remedio era peor que su mal. La misma Iglesia ha enseñado siempre (y la práctica lo confirma) que la participación en la Eucaristía puede ser una gran ayuda y una fuerza para vivir evangélicamente. Nos tememos que privar de esa fuerza a quienes fracasaron en su primer proyecto matrimonial y han hecho ya penitencia por ese fracaso, podría acabar apartándolos de la fe.

5.- Finalmente queda la pregunta de si ha de tener la Iglesia una doble medida para las infidelidades al evangelio que afectan al campo sexual y para las que afectan a otros campos de la moral.

Por ejemplo: la iglesia ha enseñado siempre que el único propietario de los bienes de la tierra es Dios y que los hombres somos sólo administradores de aquello que creemos poseer. Esa condición de administrador pide al hombre poner todos los bienes que tiene de más, al servicio de los que tienen menos: de los pobres y de los carentes de medios.

Precisamente por eso, la Iglesia no reconoce un derecho absoluto a la propiedad privada, sino sólo en la medida en que éste sea un medio para satisfacer el derecho primario y absoluto de todos los hombres a los bienes de la tierra. Esa enseñanza del destino primario de los bienes de la tierra, tantas veces recordada por los últimos papas, la incumple una mayoría de católicos sin mostrar además el más mínimo arrepentimiento ni voluntad de enmienda por ello.

Porque esa enseñanza de la Iglesia es también muy contraria a la mentalidad de este mundo pagano. Pero ¿no es una palmaria injusticia que ésos católicos sean admitidos a recibir unos sacramentos que se niegan a los otros casos de pareja fracasada, cuando en éstos haya un arrepentimiento y voluntad de enmienda que no se dan en aquellos?

Dios no tiene dos pesos y dos medidas, o mejor aún: su parcialidad es siempre a favor de los más pobres y de las víctimas. En las parábolas que cuenta el evangelio del fariseo y el publicano o del hermano mayor del pródigo, Jesús estuvo sorprendentemente de parte de los transgresores: porque a quienes los acusaban, todas sus obras buenas no les habían servido para tener un corazón bueno, sino para tener un corazón duro.

Nada más, hermano Pedro. Sólo hemos querido exponer una opinión. Pero agradecemos mucho tus esfuerzos, en medio de tan crueles resistencias, por dar a la Iglesia un rostro más conforme con el Evangelio y con lo que Jesús se merece.

Xavier Alegre Santamaría
José I. Calleja Saenz de Navarrete
Joan Carrera i Carrera
Nicolás Castellanos Franco
Maria Teresa Davila
Antonio Duato
Ximo García Roca
José Ignacio González Faus
Luis González-Carvajal Santabárbara
Mª. Teresa Iribarren Echarri
Jesús Martínez Gordo
José Antonio Pagola
Joaquín Perea
Bernardo Pérez Andreo
Josep Mª Rambla Blanch
Lucía Ramón Carbonell
Andrés Torres Queiruga
José Manuel Vidal
Javier Vitoria Cormenzana
Josep Vives i Solé

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La fuerza de los rituales religiosos

La fuerza de los rituales religiosos

CastilloJosé M. Castillo sigue su reflexión sobre el sentido de la liturgia cristiana que a veces se presenta como la nota distintiva de la Iglesia Católica. Hay mucho contenido en sus síntesis que el autor agradecería que fuera comentada y discutida en este blog.

 

 

Es un hecho que Jesús instituyó la eucaristía en una cena. Y es también un hecho que los cristianos celebramos la eucaristía en una misa. Una cena es una experiencia humana. Una misa es un ritual religioso. Lo que nos está diciendo, en un asunto tan central como éste, que –en el cristianismo, al menos, y sin duda alguna–, cuando está en juego nuestra relación con Dios, los rituales religiosos han tenido (y siguen teniendo) más fuerza que la experiencia humana, incluso cuando se trata de una experiencia tan importante como es la experiencia de comer y beber. Comer y beber compartiendo mesa y mantel con quienes decimos que son nuestros “hermanos”. Esto no es una teoría. Es un hecho.

¿Por qué, en un asunto que es capital para personas creyentes, los rituales religiosos se superponen a la experiencia humana y son más determinantes que lo humano, incluso más decisivos que la vida misma, en tantos casos y en tantos asuntos que son fundamentales para la felicidad o la desgracia de muchas personas? Y conste que, al hacer esta pregunta, no estamos imaginando situaciones extravagantes ni sucesos poco frecuentes. Nada de eso. Esta cuestión se refiere a cosas tan normales y tan presentes en la vida de cualquiera, que, si empezamos por los evangelios, los constantes conflictos, que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de su tiempo, se referían casi todo ellos, de una forma o de otra, precisamente a este problema. Si curaba a los enfermos en sábado, si comía con gente de mala fama, si dejaba de observar los ayunos que imponía la religión, si no practicaba los rituales purificatorios antes de las comidas, si no mantenía la debida compostura y respeto en el templo, en definitiva, en todos estos casos nos encontramos siempre con el mismo asunto. Un asunto que Jesús formuló en la tremenda pregunta que hizo cuando, un sábado, curó a un manco en la sinagoga: “¿Qué está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar?” (Mc 3, 4). O sea, ¿qué es lo primero: someterse al ritual del sábado o hacer feliz la vida de un enfermo? En definitiva, ¿lo más importante es el ritual religioso o la experiencia humana?

Y no pensemos que este tipo de historias se presentaron en la vida de Jesús y, con Jesús, se acabaron tales historias. Todo lo contrario. Con el paso del tiempo, el problema se fue agigantando. Entre otras cosas, porque sabemos que este asunto está presente en todos los rincones del mundo. Donde hay religión y, con ella, hay dirigentes religiosos, allí está el problema. En la historia del cristianismo, el desastre ha sido brutal. Desde las guerras de religión, las cruzadas y la inquisición, pasando por el colonialismo y acabando con el integrismo de los fundamentalistas, católicos o herejes, cristianos o musulmanes, a fin de cuentas lo mismo da. Además, el mismo problema está presente todos los días y por todas partes: en los matrimonios divorciados que no pueden acercarse a comulgar, en los homosexuales que se ven despreciados hasta en su propia casa, en los matrimonios rotos, en los amores imposibles, en la vida sexual de tantas gentes, ¿qué sé yo?

Esto es una historia interminable. Y siempre tropezamos en la misma piedra. La piedra de algún extraño ritual religioso, que, en el fondo, lo que nos está recordando es que, por encima de lo humano, hay algo que es más fuerte que lo humano, y a lo que lo humano –nos guste o no nos guste– se tiene que someter siempre. Y si no te sometes, te atienes a las consecuencias. Unas veces, porque tendrás que arrastrar, durante toda tu vida, el pesado lastre de la mala conciencia. Otras veces, porque te verás rechazado por la familia, los amigos, la sociedad…. Y en otros casos, porque, a fuerza de pasarlo mal, terminarás siendo carne de confesionario o del despacho de un psiquiatra, teniendo además (tantas veces) que ocultar celosamente en el armario lo que resulta socialmente impresentable.

¿Hay derecho a que la vida sea así? ¿Es tolerable que, por estas cosas, nos llevemos frecuentemente como perros y gatos, teniendo que ocultar en nuestra intimidad secreta muchas cosas que nos hacen sufrir inútilmente y sin pies ni cabeza?

Y como es lógico, siempre acabamos en lo mismo: si Dios es Dios, ¿cómo permite estas cosas? ¿cómo puede querer estas cosas? ¿cómo y por qué no hace aguantar estas cosas?

Seguiré con el tema. Pero, antes de seguir con este desagradable asunto, sólo un par de preguntas: ¿Es Dios el que quiere, provoca o permite todo este asombroso embrollo de oscuridades, miedos y tormentos? Y si no es Dios, ¿son sus representantes en la tierra (curas y rabinos, imanes y bonzos, chamanos y profetas…) los que lo provocan porque les conviene?

 

 * * * 

Lo primero, lo más elemental, en el problema planteado a propósito de los rituales religiosos, es tener muy claro que no es lo mismo hablar de Dios que hablar de la religión. Dios es el fin último que podemos buscar o anhelar los mortales. La religión es el medio por el que (y con el que) intentamos acercarnos a Dios o relacionarnos con él. Por tanto, Dios no es un elemento más, un componente más (entre otros) de la religión.

Por otra parte –si intentamos llegar al fondo del problema–, Dios y la religión no se pueden situar en el mismo plano. Ni pertenecen al mismo orden o ámbito de la realidad. Porque Dios es el Absoluto. Y el Absoluto es el Trascendente. Es decir, Dios se sitúa en el orden o ámbito de la “trascendencia”. Mientras que todo lo que no es Dios (incluida la religión) es siempre una realidad que se queda “aquí abajo”, o sea en el ámbito de la “inmanencia”. Todo esto quiere decir que “ser trascendente” significa “ser inabarcable” o “ser inconmensurable”. Es decir, Dios no está a nuestro alcance. Por tanto, Dios no es una realidad “cultural”. En tanto que la religión es siempre un producto de la cultura. Otra cosa es las “representaciones” que los humanos nos hacemos de Dios. Pero eso ya no es “Dios en Sí”, sino nuestra manera (culturalmente condicionada) de representarnos al Trascendente.

Hecha esta disquisición, que me parece indispensable, tocamos ya las cuestiones que nos interesan más directamente en esta reflexión. Ante todo, es importante saber que, en la larga historia y prehistoria de la religión, lo primero no fue el conocimiento y la experiencia de Dios, sino la práctica de rituales de sacrificio (así, por lo menos, desde E. O. Wilson, incluso ya antes Karl Meuli). De forma que abundan los paleontólogos que defienden que, desde el paleolítico superior, hay huellas claras de este tipo de prácticas rituales (W. Burkert, H. Kühn, P. W. Scmidt, A. Vorbichler). Si bien hay quienes piensan que los rituales religiosos relacionados con la muerte se inician a partir del mesolítico (Ina Wunn). En todo caso, se acepta la convicción que ya propuso G. Van der Leeuw: “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (K. Lorenz, W. Burkert). Lo que es comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos trasciende y no está a nuestro alcance, como lo están los rituales religiosos.

Así las cosas, es un hecho que los rituales religiosos, en sus más variadas formas, están más presentes en cada ser humano, ya desde la infancia, que la claridad y la profundidad en la relación con Dios. Dicho más claramente, creo que no es ninguna exageración afirmar que, tanto en los individuos como en la sociedad, están más presentes los rituales y sus observancias que Dios y sus exigencias. O sea, en la vida de muchos (muchísimos) creyentes, están muy presentes los rituales religiosos y la observancia de los mismos. Mientras que la firmeza, la cercanía y la fiel escucha de Dios es un asunto que son también muchos (muchísimos) los creyentes que no tienen eso resuelto debidamente. Lo que lleva consigo, entre otras cosas, una consecuencia de enorme importancia. Una consecuencia que consiste en que, con demasiada frecuencia, en la conducta de muchas personas se divorcian la observancia de los ritos sagrados, por una parte, y la fidelidad a la honestidad, la honradez y la bondad ética, por otra parte. Y entonces, nos encontramos con un hecho que lamentamos muchas veces. Me refiero al hecho de tantas personas que son fielmente observantes y religiosas, pero al mismo tiempo son personas que dejan mucho que desear en su conducta ética.

¿Cómo se explica esto? El comportamiento religioso consiste en la fidelidad a la observancia de los rituales sagrados. Pero ocurre que los ritos son acciones que, debido al rigor de la observancia de las normas, se constituyen en un fin en sí (G. Theissen, B. Lang, W. Turner). Y, entonces, lo que ocurre es que el fiel observante del ritual se tranquiliza en su conciencia, se siente en paz consigo mismo, se libera de posibles sentimientos de culpa o de miedos que adentran sus raíces en el inconsciente, al tiempo que la conducta ética, con sus incómodas exigencias queda desplazada. Y el sujeto se siente en paz con su conciencia, con sus semejantes y con Dios.

En lo que he intentado explicar aquí, radica (según creo) la clave para comprender el conflicto de Jesús con los hombres más religiosos y observantes de su tiempo. Es notable que, por lo que narran los relatos evangélicos, Jesús no tuvo enfrentamientos ni con los romanos, ni con los pecadores, los samaritanos, los extranjeros, etc. Los conflictos de Jesús se produjeron precisamente con los más fieles cumplidores de la religión: sumos sacerdotes, maestros de la Ley y fariseos. ¿Por qué precisamente con estas personas y no con los alejados de la religión y sus rituales?

Jesús fue un hombre profundamente religioso. Pero Jesús vio el peligro que entraña la fiel observancia de los ritos de la religión. ¿Qué quiere decir esto? Jesús no rechazó el culto religioso. Lo que Jesús hizo fue desplazar el centro de la religión. Ese centro no está ni en el templo y sus ceremonias, ni en lo sagrado y sus rituales. El centro de la experiencia religiosa, para Jesús, está en hacer lo que hizo el mismo Dios, que se “encarnó” en Jesús. Es decir, Dios se humanizó en Jesús. Dios está presente en cada ser humano, sea quien sea, piense como piense, viva como viva. Sólo reconociendo esta realidad sorprendente y viviéndola, como la vivió el propio Jesús, sólo así estaremos en el camino que nos lleva al centro mismo de la religiosidad que vivió y enseñó Jesús. ¿En qué consiste, entonces, el culto a Dios? La carta a los hebreos lo dice con tanta claridad como firmeza: “No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios” (Heb 13, 16). Que no es sino la fórmula tajante que plantea el autor de la carta de Santiago: “Religión pura y sin tacha a los ojos de Dios Padre, es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo” (Heb 1, 27).

 

Una misa no es una cena

Una misa no es una cena

CastilloJosé Mª Castillo sigo reflexionando sobre cómo diversos aspectos de la Iglesia Católica deben reformarse en la línea en que apuntaba el Vaticano y confirma una teología renovada, pero yendo mucho más de lo que indicaban los iniciales documentos conciliares. Y en este breve artículo se plantea el sentido y fondo cristiano de la Cena del Señor.

 

 

Jesús instituyó la eucaristía en una cena, no en una misa. Es decir, Jesús instituyó la eucaristía en una comida compartida, no en un ritual religioso. Y sabemos que Jesús añadió: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19 b). O sea, el recuerdo de Jesús está inseparablemente unido al hecho de realizar lo que realizó Jesús. Y cualquiera que lea los evangelios sabe que, exactamente en los evangelios y en 1 Cor 11, 23-26, la eucaristía está asociada a la comida compartida. En los seis relatos de la multiplicación de los panes, especialmente en la del evangelio de Juan (c. 6), y en la última cena de Jesús con sus apóstoles, eucaristía y comensalía son realidades vinculadas la una a la otra. Es decir, la eucaristía está vinculada al hecho de compartir con otros lo que se tiene para comer. La eucaristía no está vinculada – ni solamente ni principalmente – a un ritual sagrado que se observa exactamente según lo establecido en las normas.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, la eucaristía se convirtió en un ritual sagrado y dejó de ser una cena compartida. No es posible saber con exactitud cuando sucedió esto. Parece ser que ocurrió en el s. III. El hecho es que así, una vez más y en un asunto de tanta importancia como éste, la Religión se sobrepuso al Evangelio. Un desafortunado cambio, que ha ocurrido demasiadas veces en la Iglesia. Y que es la causa de un fenómeno muy frecuente y del que tantas veces ni nos damos cuenta. Porque seguramente somos más fieles a la Religión que al Evangelio. Y eso que –como estamos viendo– la religiosidad está en crisis. Lo cual es verdad. Tenemos arrumbada la Religión. Pero tenemos más arrumbado el Evangelio. A fin de cuentas, misas, bodas, bautizos, comuniones, cofradías, curas y obispos seguimos teniendo. Pero, ¿y las enseñanzas de Jesús sobre la honradez, la justicia, la sinceridad, sobre el dinero y la riqueza, sobre la sensibilidad ante el sufrimiento humano, sobre la libertad ante los poderes que oprimen y dominan a la gente más débil y desamparada?

Si digo aquí estas cosas, no es porque yo pretenda ingenuamente que sustituyamos las misas por cenas. Ni eso es posible. Ni eso arreglaría las cosas. El problema más serio, que tenemos ahora mismo, es que vemos que la economía mejora, pero no tenemos políticos que sepan gestionar las cosas de manera que esa mejoría sirva para todos, sobre todo para quienes más lo necesitan. Y las cosas se han encanallado hasta el extremo de preferir –o consentir– que nuestros mares sean un inmenso cementerio de desesperados, con tal que esos desesperados no vengan a molestarnos. Aquí no hablo sólo de España o de Europa. Hablo del mundo entero.

Por supuesto, que hay gente buena. Mucha más de la que imaginamos. Ante el fracaso de la economía, de la política, de las más avanzadas tecnologías, incluso también ante la incapacidad de las religiones para remediar tanto dolor, crece y crece el número de personas que a esto no le ven otra solución que la búsqueda de nuestra más profunda humanidad. Lo que nos va a salvar es la honradez, la honestidad, la trasparencia, la justicia, la bondad. La espiritualidad profunda, que respeta por supuesto la misa, pero que encuentra vida y futuro en la cena. Como dijo san Juan de la Cruz: “la cena que recrea y enamora”.

Actualizar la liturgia

Actualizar la liturgia

Castillo       José María Castillo va a iniciar una serie de reflexiones sobre todo lo que hace falta actualizar en la Iglesia a los cincuenta años del Vaticano II, que solo inició una reforma pero a mitad del siglo XX, no en el siglo XXI. Empieza por la Liturgia. ¿No le podríamos acompañar en estas reflexiones con comentarios que ilustren aspectos del tema o aporten enlaces interesantes?

Se sabe que el difunto cardenal Martini le dijo al papa Benedicto XVI que la Iglesia lleva doscientos años de retraso respecto a la sociedad y a la cultura actual. Supongo que Martini se refería al ejercicio del poder y al sistema de gobierno eclesiástico. Si el cardenal le hubiera hablado al papa de la liturgia, lo más probable es que le habría dicho que la Iglesia lleva un retraso de más de mil años.

No estoy exagerando. Basta repasar la excelente y documentada historia de la misa, de J. A. Jungmann, para caer en la cuenta de que la estructura de la celebración eucarística, el lenguaje que en ella se utiliza (aunque esté traducido del latín), la mayor parte de los gestos rituales y el conjunto de la ceremonia, todo eso se quedó anclado y atascado en lo que se hacía y se expresaba según el lenguaje y las costumbres de la Alta Edad Media. O sea, según los usos y formas de expresión que eran actuales en los lejanos tiempos del siglo quinto al octavo. Sin duda alguna, se puede afirmar que no existe ninguna otra institución, por más conservadora que sea, que se comporte de esta manera. ¿Y nos sorprende que haya tantos cristianos que apenas van a misa?

Por esto conviene reconocer que la Constitución sobre la Liturgia, del concilio Vaticano II, hizo bien a la Iglesia en algunas cosas, por ejemplo al permitir la traducción del latín a las lenguas actuales. Pero también es cierto que aquello fue una “actualización” que se quedó muy corta. Seguramente porque faltó tiempo, la debida preparación y las condiciones indispensables para afrontar los problemas más de fondo y más actuales que afectan a la liturgia, los rituales, los signos, los símbolos y los embrollados y actualísimos temas relacionados con la comunicación entre los seres humanos. Sobre todo cuando se trata de comunicar y poner en claro cuestiones tan complicadas como es todo lo que se refiere a nuestras relaciones con “lo trascendente”. Y sabemos que eso precisamente es lo que se pretende en la liturgia. ¿Por qué habrá tantos católicos más preocupados por ser fieles al Catecismo que por afrontar y resolver estos problemas tan serios y apremiantes?

 

La necesidad de cambiar el rumbo

La necesidad de cambiar el rumbo
Naomi Klein

Naomi Klein

Naomi Klein (Monreal, 1970) es una escritora y activista canadiense que se ha destacado por su clarividencia en luchar contra la globalización del capitalismo neoliberal. Descubrió sus estrategias en su libro La Doctrina del Schok. Y últimamente ha visto que ese sistema económico es el responsable de pronto la Tierra pueda llegar a ser  Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el climaNaomi, que se considera atea, se muestra entusiasmada con la nueva encíclica que muchos católicos empiezan a criticar abiertamente. Ofrecemos el texto completo de su intervención.