Un jubileo para peregrinar hacia las periferias

Un jubileo para peregrinar hacia las periferias

FaggioliMassimo Faggioli* es un historiador y teólogo laico, procedente del grupo de Bolonia, hoy profesor en EEUU, que nos descubre el sentido que tiene un año jubilar que Francisco ha convocado a partir de los 50 años de la clausura del Concilio. Es una buena guía para leer la Bula de convocatoria.

El catolicismo de Francisco se expresa en la capacidad de combinar lo viejo y lo nuevo, el radicalismo evangélico y las devociones. En algunos casos, lo viejo recupera antiguas tradiciones de la Iglesia que parecen incompatibles con la eclesiología conciliar. Uno de estos casos es el Jubileo extraordinario de la misericordia, anunciado el 13 de marzo y delineado en la bula publicada el 11 de abril, Misericordiae Vultus. Con una reforma de la Curia que avanza a un ritmo lento, Francisco tiene ante sí un año y medio de intensos viajes (especialmente a los EE.UU.), la encíclica sobre el medio ambiente, el Sínodo de los Obispos y el Jubileo, que es una contribución especial y sui generis del Papa para la preparación y orientación del debate sinodal.

 

Los elementos tradicionales se manifiestan en que propone el instrumento jubilar de la cristiandad medieval, pero el contexto en el que aparece la decisión del Papa promete preparar un Jubileo diferente al del año 2000. Francisco coloca el año de jubileo (del 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016) dentro de la nueva evangelización (término que en el vocabulario bergogliano no tiene el mismo sentido que tenía con Juan Pablo II y Benedicto XVI) bajo el lema de la misericordia. La Iglesia está llamada a un Jubileo de la misericordia en el que la Iglesia no dispensa misericordia, sino que es el objeto de la misericordia divina: “Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa en todos los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es prorrogado hasta el extremo al que llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la extensión de su indulgencia misericordiosa” (Misericordiae Vultus, par. 22). El Jubileo es una oportunidad para hacer “más fuerte y más eficaz el testimonio de los creyentes” (Par. 3). En este sentido, está lleno de sentido el extenso párrafo en el que Francisco motiva la elección de la fecha del 8 de diciembre de 2015: “Es el 50 aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo ese evento. Para que empiece un nuevo camino de su historia” (Pár. 4). La larga cita de las palabras de Juan XXIII en la apertura del Concilio, Gaudet Mater Ecclesia, tiene un relieve similar al que tiene la misma cita en la exhortación Evangelii Gaudium: la decisión de un Jubileo en torno al tema de la misericordia, a partir del cambio histórico comenzado con el Concilio Vaticano II, confirma los paralelismos entre Francisco y Juan XXIII y entre las dos etapas histórico-teológicas. Lo mismo que en Gaudet Mater Ecclesia el papa Juan reprendió a los “agoreros”, de forma similar en la bula de convocatoria Francesco incluye un juicio sobre los recientes tiempos de la Iglesia: “La credibilidad de la Iglesia pasa por el amor misericordioso y compasivo [… ]. Tal vez durante tanto tiempo nos olvidamos de afirmar y vivir el camino de la misericordia. La tentación, por un lado, de pretender siempre y solo la justicia nos ha hacho olvidar que éste es el primer paso, necesario e indispensable, pero que la Iglesia tiene necesidad de ir más allá para llegar a una meta más alta y la más significativa “(par. 10 ).

 

Francisco no deja de recordar el potencial ecuménico e interreligioso del jubileo – uno de los rasgos de continuidad con el Jubileo de Wojtyla, entre las muchas discontinuidades. El tiempo y la forma del Jubileo de Francisco, así como algunos pasajes de la bula, permiten esperar un jubileo menos centrado en Roma y menos plasmado en grandes acontecimientos: el énfasis en los pobres y en la periferia, el acento en la corrupción y las tentaciones del dinero prometen un Jubileo de signo al de Juan Pablo II. Fue hace sólo quince años, pero parece que ha pasado un siglo.

 

* Profesor de Historia del cristianismo, Universidad de St. Thomas (St. Paul, Minnesota)

Adista, nº 15, Notizie. 20-4-2015

Empieza el cincuentenario de Iglesia Viva

Empieza el cincuentenario de Iglesia Viva

POSSUMUSEn 1965 se estaba preparando el primer número de una nueva revista para traer el Concilio a España, entre profesores del seminario de Bilbao y de los claretianos de Salamanca. Pedro Casaldáliga sugirió el nombre: “Iglesia Viva”. Y Maximino Cerezo hizo el diseño gráfico, incluyendo en la contraportada el logo “Possumus”. Todo el número 1 resulta de actualidad.

Como primer acto de este año cincuentenario, el 10 de Abril se celebró en la Universitat de Valencia el primer acto público: una síntesis de la historia (Antonio Duato), una exposición de los nuevos retos y objetivos de la nueva etapa (Teresa Forcades) y una presentación del último número 261: La política hoy, entre la utopía y el populismo (Antonio Ariño).

Ofrecemos los vídeos de acto, subidos a YouTube:

El día siguiente se celebró, también en Valencia, la primera reunión del Nuevo Consejo de Dirección del que también informaremos. Los componentes está aquí mismo, en “Sobre nosotros”

Pero, a partir de hoy, y en las sucesivas entradas sobre el cincuentenario de Iglesia Viva, invitamos a cada persona que nos visite a que nos envíe comentarios sobre:
-¿cuándo conocí la revista y me hice suscriptor?
-¿qué ha significado para mí Iglesia Viva?
-¿por qué pienso que es necesaria la nueva etapa que empieza para la misma?

¿Podrá Podemos? La situación después de Andalucía

¿Podrá Podemos? La situación después de Andalucía

BernardoTras las elecciones andaluzas, Bernardo Pérez Andreo, del Consejo de Dirección de Iglesia Viva, reflexiona en su blog de 21 sobre las posibilidades que tiene Podemos para dar el vuelco electoral que le lleve a final de año a La Moncloa.

 

No son pocos los que han puesto sus esperanzas en esta realidad que es la apuesta de Podemos por llegar al gobierno y transformar desde ahí la realidad de este país. Por eso mismo, los resultados de las elecciones de Andalucía han sido como una especie de jarro de agua fría, como un bajar a la tierra repentino, una sobredosis de realismo político. Los resultados, ya en la misma noche electoral, se reflejaban en la tristeza de los que se habían embarcado en el proyecto, una tristeza nada disimulada. Sin embargo, el análisis frío dejaba como resultado que el PP, la fuerza política responsable de la situación de sufrimiento de millones de familias, perdía un tercio de su electorado y el PSOE no podría gobernar sin algún tipo de acuerdo de investidura, lo que deja al nuevo gobierno en situación de precariedad. Pero, si comparamos los resultados con las expectativas que la misma formación había levantado, son un rotundo fracaso.

Los resultados han sido un rotundo fracaso, no por los votos obtenidos, sino por los que no se han movilizado entre aquellos que objetivamente sufren más las medidas políticas y económicas de los últimos cinco años: me refiero a los abstencionistas.Paradójicamente, quienes han dado la victoria al PSOE y han disimulado la hecatombe del PP, han sido los abstencionistas. Todos sabemos que hay una abstención técnica que ronda el 15%. Se trata de grupos que no votan nunca, bien por impedimento de cualquier tipo  o por situaciones especiales. Si la abstención fue del 37%, hay 22 puntos de abstención voluntaria, de personas que no van a votar porque creen que no sirve de nada. Estos son los verdaderos motores del cambio que propone Podemos y los que le han dado la espalda. Es decir, no han entendido que la propuesta de Podemos suponga ningún cambio respecto a las otras opciones.

Sabemos, por los estudios sociológicos, que el electorado que se dice de derechas vota sistemáticamente, no se queda en casa. En Andalucía se ha comprobado. Si sumamos los votos del PP y Ciudadanos, tenemos el número de votos de ese espectro ideológico. Faltarían 120 mil votos que está por ver si son abstención o han ido a Podemos. Lo que está claro es que Podemos ha sumado votos de IU y PSOE, 350 mil de los 585 mil obtenidos. Sólo ha movilizado un máximo de 250 mil votos abstencionistas, de un total de 2 millones de votos de abstención voluntaria. Con un millón más de esos votos, Podemos habría ganado las elecciones y pondría al PSOE en la situación de mostrar su cercanía con el PP o apoyar a Podemos. Ahora sucede justo lo contrario y es un escenario muy complicado para la formación en Andalucía. Si permite que gobierne el PSOE rondará el fantasma de IU; si no lo permite, el PSOE se mostrará como la víctima ante sus votantes, legitimando así un acercamiento al PP y a Ciudadanos,con lo que la situación real de Andalucía sería peor que antes de las elecciones.

Se puede colegir que Podemos no ha podido movilizar la fuerza transformadora de la sociedad, sino que ha peleado por el electorado tradicional, creciendo a costa de la izquierda electoral y sin llegar a la verdadera transformación que está en la transversalidad. Las campañas ideológicas de los medios de comunicación han funcionado y han introducido la idea en el electorado de que Podemos es la izquierda.Este ha sido su verdadero fracaso, un fracaso cantado teniendo en cuenta la centralización de los medios de comunicación y el poder de control de las élites sobre ellos. Sin embargo, esto no puede ser ningún alivio para Podemos. Su estrategia debe ser la de profundizar en la apuesta transversal como una fuerza política de frente amplio donde quepan todos aquellos que quieran transformar la realidad española.

Podemos ha fracasado esta vez, pero este fracaso puede ser un aprendizaje para las siguientes elecciones, donde se verá si es capaz de movilizar esa abstención que le daría la victoria electoral. Se podría aplicar aquella máxima de Samuel Beckett, ‘fracasa otra vez, fracasa mejor’. Cada fracaso es un jalón más hacia la victoria en las generales, pero hay que aprender de cada fracaso. De este hay que aprender a instalar el discurso político sobre la realidad y no ser ni utopistas ni posibilistas. Sólo lo imposible nos permitirá evitar la tenaza del realismo político y el utopismo estéril. El voto de Podemos no está en el PSOE, está en la abstención. Por error han dirigido sus ataques al PSOE y ese error les ha costado la derrota. Ahora hay que atinar hacia el verdadero centro de toda la transformación: la abstención. Sólo así podrá Podemos.

Müller sugiere una nueva tarea para la Doctrina de la Fe

Müller sugiere una nueva tarea para la Doctrina de la Fe

vatican insider

Andrea Tornielli, desde el portal Vatican Insider, nos pone sobre aviso de un descarado intento de someter al papa Francisco al control de supuestos expertos en teología que tendrían que velar para el que el papa no se apartara de la fe. ¡Puede haber mayor descaro de los amigos de frenar cualquier cambio legítimo como los que pretende Francisco quien, como aquí de ha defendido, posee mejor teología que Müller y Ratzinger juntos! ¡Vamos, teólogos! Esperamos comentarios

El cardenal alemán preanuncia una inédita competencia para su dicasterio: «estructurar teológicamente un pontificado»

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una de las tantas entrevistas que ha concedido en las últimas semanas y que se concentran sobre el próximo Sínodo, habló de una nueva tarea para su dicasterio. Una tarea que nunca ha sido mencionada en los documentos que describen las precisas competencias del ex-Santo Oficio.

El purpurado alemán, en una entrevista con «La Croix», declaró: «La llegada a la Cátedra de Pedro de un teólogo como Benedicto XVI es probablemente una excepción. Juan XXIII no era tampoco un teólogo de profesión. Papa Francisco es también más pastor y la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene una misión de una estructuración teológica del Pontificado». Así pues, según lo que declaró Müller, el ex-Santo Oficio debe «estructurar teológicamente» el Pontificado de Papa Francisco. Y es probable que este sea uno de los motivos por los cuales el Prefecto intervenga tan a menudo en público, como nunca antes había sucedido.

Se trata de una significativa novedad, puesto que según el artículo 48 de la Constitución apostólica sobre la Curia romana «Pastor bonus», promulgada por Juan Pablo II e 1988, «labor propia de la Congregación para la doctrina de la fe es promover y tutelar la doctrina de la fe y las costumbres en todo el orbe católico».

Mientras el Papa «por voluntad de Cristo mismo», como recordó también Francisco durante la clausura del Sínodo de 2014, es el «Pastor y Doctor supremo de todos los fieles» (canon 749). Hasta hace pocas décadas (el último que lo había hecho había sido Pablo VI) era el mismo Pontífice quien presidía en primera persona la Congregación para la Doctrina de la Fe, justamente en razón de esta tarea que sólo recae sobre el Pontífice, en virtud del primado pietrino. Un primado que pertenece al obispo de Roma: presidir «en la caridad» y, si surgieran, también dirimir cuestiones teológicas.

Las palabras del cardenal Müller, con la introducción de la inédita y hasta ahora no formalizada tarea de «estructurar teológicamente un Pontificado», pasaron casi inobservadas. Pero, si por una parte abren escenarios nuevos con respecto a la tradición de la Iglesia, por otra parecerían dar a entender que, según Müller, el actual Pontificado (así como el de san Juan XXIII) no tiene la suficiente «estructura» teológica.

La política hoy, entre la utopía y el pragmatismo

La política hoy, entre la utopía y el pragmatismo

261-00-PORTADAEn este número 261, enero-marzo de 2015, IGLESIA VIVA se plantea la política no de una manera abstracta sino como se nos presenta hoy y aquí. Como una avalancha utópica que muchos temen como un cataclismo y otros esperan como un cambio epocal forzado desde el pueblo indignado.

Pero IGLESIA VIVA afronta este tema de la política hoy, no con simple entusiasmo mitinero, manejando emociones y simplificando los problemas sino con profundidad crítica y realismo. Desde el 2008 está reflexionando este equipo en los problemas que ha planteado la crisis y en las nuevas políticas que exige salir de ella con dignidad. He aquí la relación de los últimos números dedicados a temás sociales y políticos:

– 234: La formación política (2008)
– 236: ¿Un nuevo capitalismo? (2008)
– 240: Ética ante la crisis (2009)
– 244: Desigualdades y fraternidad cristiana (2010)
– 246: Reinventar la política (2011)
– 248: La crisis y el sistema económico liberal (2011)
– 249: Fascismo social y criminalización de la pobreza (2012)
– 253: La crisis: víctimas y victimarios (2013)
– 257: Evangelizar, ¿como si la crisis no existiera? (2014)
– 259: Movilización ciudadana responsable (2014).
(Consultar todos estos números en la pestaña La revista –> Colección completa)

Por eso hoy, al empezar un año en que se van a producir en España cuatro procesos electorales que podrían cambiar el mapa político de España, se pone a disposición de todo el que quiera pensar y profundizar en lo político un conjunto de artículos que tiene el lector a su disposición en esta misma página.

Si entras en la pestaña La revista –> Último número encontrarás el sumario completo y la presentación de todo el número.

Además de los estudios sobre las dificultades intrínsecas al pacto social siempre renovado (Velasco) que constituye el ideal de la democracia y sobre la tozudez de un sistema económico que se ha hecho global (Zamora), se presentan los caminos por donde transita la esperanza de más igualdad y fraternidad (García Roca). Esta tensión entre utopía y pragmatismo es la que viven cristianos concretos que llevan años militando tanto en la Iglesia como en los partidos de izquierda (DEBATE). Siempre en compañía creyentes con no no creyentes como lo testimonian los artículos de Santesmases y Fernández Buey (Página Abierta).

Este blog está pensado para recoger los comentarios de los lectores a este número. Para comentar, debes estar registrado o haber iniciado como suscriptor.

Por una Iglesia sinodal

Por una Iglesia sinodal

CastilloJosé María Castillo, cuando se cumplen exactamente dos años de la elección del papa Francisco, resalta lo más importante de su programa para la Iglesia. Recuperar su auténtica estructura democrática que, con el término de sinodalidad, fue defendida, como exigencia del Evangelio, por cristianos y obispos de los tres primeros siglos.

El profesor Alvaro Restrepo, jesuita colombiano, compañero mío en los años de estudio en la universidad Gregoriana de Roma, escribió esto, citándome, en el Anuario de los jesuitas del año 2014: “El Vaticano es una isla. Por eso, cuando tanta gente de buena voluntad dice que la Iglesia necesita un buen Papa, no se refiere a que el nuevo Pontífice sea conservador o progresista, de derechas o de izquierdas. Lo que importa es que sea un hombre libre y decidido. Necesita un hombre tan apasionado por el Evangelio, que desconcierte a todos cuantos en el papado buscan un hombre de poder y mando. El Papa debe resultar desconcertante. El día en que el Vaticano sea el ‘punto de encuentro’ de todos los que sufren, ese día la Iglesia habrá encontrado el buen Papa que necesita (José María Castillo antes de la elección del Papa Francisco)”.

Han transcurrido dos años desde el día en que el jesuita Jorge Mario Bergoglio fue elegido para suceder al dimitido Benedicto XVI. Y todo el mundo está viendo que el nuevo papa no se ajusta al modelo convencional y tradicional de ejercer el papado que se había impuesto en la Iglesia desde tiempo inmemorial. Como es lógico, cuando se produce un cambio tan importante, en una institución tan enorme como la Iglesia, hay gente que está de acuerdo con el cambio. De la misma manera que hay también muchísimas personas que no están de acuerdo con ese cambio. En cualquier caso, hay algo que resulta incuestionable. Me refiero a que, si el papa Francisco dura unos años más, y si logra configurar el número de cardenales electores de forma que el futuro papa prolongue las incipientes reformas, que Francisco está poniendo en marcha, lo más seguro es que la Iglesia que tenemos, dentro de una o dos décadas, será muy distinta de como es ahora mismo.

No se trata de que, ni este papa ni los que vengan después, vayan a cambiar lo que ningún papa puede cambiar. Un papa no puede modificar a su antojo los dogmas de fe, las verdades de “fe divina y católica”, sobre las que descansa la estabilidad y el ser mismo de la Iglesia. Eso no va a suceder. Pero lo que sí sucede es que en la Iglesia hay mucha gente que, por ignorancia o por fanatismo, piensa que son dogmas de fe muchas cosas que no lo son. Y si se trata de cosas que no son dogmas de fe, un papa las puede cambiar. Todo lo que son costumbres, tradiciones (no la “Tradición”), normas, cuestiones jurídicas y legales, etc, etc, un papa puede modificarlas. Y algunas (o bastantes) de ellas, no sólo “puede”, sino que “debe” hacer lo que esté a su alcance, en los asuntos que van a redundar en bien para la Iglesia y para muchas gentes en el mundo.

Por poner un ejemplo. Puede ocurrir que un papa sea menos “teológico-especulativo” que sus antecesores. Pero, si ese déficit se suple con el hecho de que el papa es más “pastoral-cercano” a la gente, sobre todo a la gente sencilla (enfermos, ancianos, niños, pobres…), ¿por qué vamos a hacer un problema de semejante cambio en la forma de ejercer el papado? Es más, ¿no se podría pensar que un papa cercano a los más sencillos y gente humilde es, por eso mismo, un hombre evangélico? ¿Y nos vamos a escandalizar de eso? Es más, ¿se puede asegurar tranquilamente que Jesús – el Jesús que presentan los evangelios – no hizo teología? Lo que pasa es que en el Nuevo Testamento nos encontramos con dos modos (o modelos) de hacer teología. Una cosa es la “teología especulativa” de Pablo. Y otra cosa es la “teología narrativa” de los evangelios.

Esto supuesto, lo que está ocurriendo ahora mismo en la Iglesia es que el papa Francisco está recuperando, con su sencilla espontaneidad y su forma de vivir, la fuerza enorme que tiene el relato (la teología narrativa). Sobre todo cuando ese relato responde a los anhelos, carencias, necesidades y búsquedas de la gente más sencilla, la que no sabe de teologías ni alcanza a seguir las especulaciones de los grandes maestros del pensamiento.

Pues bien, como es lógico, lo que acabo de apuntar tiene tantas y tantas aplicaciones a lo que viene ocurriendo en la Iglesia y en el mundo, que resulta imposible abarcar todas las consecuencias que de lo dicho se siguen. Por eso, yo me voy a limitar a una de esas posibles consecuencias. Porque me parece que así tocamos uno de los temas más importantes (y más urgentes) en el empeño por renovar la Iglesia. Me refiero al tema de la “sinodalidad de la Iglesia”.

Y es que, en los ambientes cercanos a la Curia Vaticana, se habla ahora con frecuencia de un proyecto capital que está resultando determinante en el gobierno de la Iglesia, tal como lo entiende el papa Francisco. Se trata de la “reforma del papado” o, para decirlo con más precisión, de la llamada “conversión del papado” (Marco Politi, Francesco tra i lupi. Il segreto di una rivoluzione, Bari, Laterza, 2014, 146). Esta reforma tendrá, como componente esencial, el proyecto de recuperar para el gobierno de la Iglesia, la “sinodalidád”. Así lo había ya indicado el mismo Francisco en la entrevista que concedió al director de “la Civiltà Cattolica” (19. 09. 2013).

¿Qué es una Iglesia sinodal? Como es bien sabido, esta expresión no se refiere al hecho de que, cada dos años, el papa convoque un sínodo en Roma para debatir un tema teológico más o menos importante. “Iglesia sinodal” fue la Iglesia de los siglos III al IX, que estuvo gobernada de tal manera que las Iglesias locales (o nacionales) se auto-gobernaban por sí mismas mediante los sínodos o concilios locales o nacionales. Sínodos que eran presididos por los obispos de cada región o de cada país. La teología de esta forma de gobierno de la Iglesia fue sabiamente formulada por san Isidoro de Sevilla en el Ordo de celebrando concilio, redactado por el mismo Isidoro, para el IV concilio de Toledo (a. 633), un texto que tuvo una amplia difusión en Occidente (Y. Congar, L’ecclésiologie du Haut Moyen-Age, Paris, Cerf, 1968, 131-138). Es más, sabemos que hubo obispos y teólogos, ampliamente reconocidos en la Iglesia de aquellos siglos, como es el caso de Hinkmaro, Benedictus Levita o el autor de las Seudo-Decretales, para quienes el papa incluso estaba obligado a observar los cánones de los sínodos y a ejercer su autoridad de acuerdo con las decisiones de dichos sínodos (K. F. Morrison, The two Kingdoms. Ecclesiology in Carolingian political thought, Princeton, 1964, 71-98).

Lo que acabo de indicar puede parecer extraño o incluso escandaloso a no pocos católicos, que sólo conocen de la Iglesia y del papado lo que se ve y se oye en los últimos tiempos. Pero las cosas no fueron siempre así. Voy a poner un solo ejemplo que es elocuente por sí mismo. En el otoño del año 254, el gran obispo de Cartago, que fue san Cipriano, tuvo que resolver, en un sínodo, reunido en el mismo Cartago, el problema que habían planteado los fieles de tres diócesis españolas. Se trataba de las diócesis de León, Astorga y Mérida. En estas diócesis, los obispos había flaqueado en la persecución de Diocleciano. Los tres prelados no habían confesado su fe y, ante tal cobardía, las comunidades los habían depuesto de sus cargos. Uno de estos obispos, un tan Basílides, acudió a Roma, al papa Esteban, seguramente con una información no del todo objetiva. El papa lo repuso en su cargo. Lo que indignó a los fieles, que acudieron a Cipriano. Éste reunió un concilio local para resolver el asunto. La resolución está perfectamente documentada y nos ha llegado en la carta 67 de Cipriano, que además está firmada por los 37 obispos que asistieron al concilio. Parece, por tanto, esta forma de gobierno de la Iglesia estaba ya bastante extendida y aceptada en el s. III.

Así las cosas, lo que aquí interesa es saber que la carta sinodal de aquel concilio de Cartago afirma tres cosas: 1) El pueblo tiene poder para elegir a sus ministros, concretamente al obispo (Cipriano, Epist. 67, IV, 1-2). 2) El pueblo tiene poder para quitar al obispo cuando éste se comporta de manera indigna (Cipriano, Epist. 67, III, 2). 3) El recurso a Roma no debe cambiar la situación, porque ese recurso se ha hecho sin atenerse a la verdad y sinceridad que requieren estas decisiones (Cipriano, Epist. 67, V, 3) (cf. José M. Castillo, La alternativa cristiana, Salamanca, Sígueme, 1978, 192-193).

Es evidente que todo esto indica una mentalidad según la cual la Iglesia tenía su centro, más en la comunidad del pueblo creyente, que en el clero y en la jerarquía. Es importante saber que, en el tiempo de los Padres y en toda la alta Edad Media, los sínodos repetían frecuentemente el criterio que formuló el papa Celestino I: “nullus invitis detur episcopus”: “ningún obispo se les imponga a quienes no lo aceptan”. Para nombrar a un obispo se requería la aceptación y el deseo del clero y del pueblo: “Cleri, plebis et ordinis, consensus ac desiderium requiratur” (Celestino I, Epist. IV, 5. PL 50, 434 B). Y conste que este criterio estuvo en vigor hasta el s. XI, como consta en el Decreto de Graciano (c. 13, D. LXI. Friedberg, 231. Cf. J. A. Estrada, La identidad de los laicos, Madrid, Cristiandad, 1990, 128).

Por supuesto, la Iglesia nunca perdió la idea y el sentimiento del primado papal. De forma que el obispo de Roma intervenía en la solución de los asuntos más graves o que no podían decidirse a nivel local. Además, siempre se tuvo el convencimiento según el cual “el papa tiene la autoridad de Pedro si tiene la fe, la justicia y las costumbres de Pedro”. Una convicción mantenida y difundida por los papas, obispos y teólogos del Alto Medievo (Y. Congar, o. c., 162-163.

A partir de estos criterios, y mediante eta forma de gobierno, la Iglesia de aquellos siglos se mantuvo fiel a la fe en Jesús el Señor, fiel al Evangelio y fiel a su misión en el mundo. Ymientras se mantuvo así, pudo influir decisivamente en la cultura, en las costumbres y en la vida de los pueblos y las gentes de aquellos tiempos. Fue una Iglesia que tuvo una presencia y una fuerza que hoy ya no tiene. Una presencia y una fuerza que el papa Francisco quiere, a toda costa, recuperar. No para ganar poder y prestigio, sino para ayudar a humanizar el “mundo desbocado” (A. Giddens) que tenemos en este momento

El PSOE y sus promesas electorales

El PSOE y sus promesas electorales

LarraiaKepa Larraia Legarra, suscriptor de Iglesia Viva, desde Granada, muestra la incongruencia de prometer ahora la denuncia de los acuerdos de 1979 con la Santa Sede, cuando el PSOE en el poder no ha hecho sino reforzarlos.  

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha anunciado que el partido incluirá en su programa para las próximas elecciones la revisión del Concordato y la aprobación de una ley de libertad religiosa.

Siempre dicen lo mismo cuando están en la oposición y se avecinan unas elecciones. Luego, cuando llegan al poder, hacen todo lo contrario. María Teresa Fernández de la Vega, Vicepresidenta Primera en el gobierno de Rodríguez Zapatero, llegó a un acuerdo con la Conferencia Episcopal mediante el cual todos los ciudadanos españoles –sean creyentes de la religión que fueren, o no lo sean-, deben destinar obligatoriamente 0,70 euros, por cada 100 que tributen, a la financiación de la Iglesia católica.

¿Cómo se puede avasallar de esta manera a la ciudadanía y cómo puede la jerarquía eclesiástica encontrar estos métodos evangélicos? ¿Dónde queda para los católicos el compromiso de sostener económicamente aquello en lo que creen?

Los cristianos católicos tenemos que renunciar, motu proprio y unilateralmente, al mantenimiento de cualquier situación de privilegio por parte del Estado y a financiar nuestras actividades e infraestructuras con nuestros medios. Sería un ejercicio de responsabilidad y de coherencia creyente, y una condición imprescindible para poder participar en la gestión de la cosa pública, la política, desde posiciones críticas con el sistema.

Esto tendría, además, un beneficio añadido: forzaría un cambio actitudinal en la vetusta y trasnochada estructura episcopal, ya que le obligaría a abrirse a la realidad, a pisar suelo, y a caminar en pie de igualdad con el resto de sus hermanos creyentes. Lo cual se traduciría en que la asignación de recursos, según prioridades, se llevara a cabo comunitariamente. No como ahora, que la Conferencia Episcopal dispone de los ingresos que recibe a su antojo –con demasiada frecuencia destinados a mantener organizaciones, discursos y planteamientos fundamentalistas (de derechas o de extrema derecha)-, sin rendir cuentas a nadie.

La asignatura de Religión católica

La asignatura de Religión católica

Carlos BarberáCarlos F. Barberá, desde su pertenencia y experiencia de Iglesia en estas cuestiones, considera tristemente desacertada la reciente publicación en el BOE de los programas.

Como ya es conocido, la publicación el 24 de febrero en el BOE del curriculum de la asignatura de religión –ahora evaluable igual que las otras– ha provocado un considerable  revuelo en los medios de comunicación y en los ámbitos interesados en el tema.

 

Querría hacer algunas reflexiones que, en el espacio de una columna, deben ser breves, a reserva de un posible estudio con mayor extensión y profundidad.

 

Qué asignaturas y con qué importancia constituyan la enseñanza obligatoria de un país es una cuestión convencional. Hace sesenta años el bachillerato incluía siete cursos de latín y eso no sólo en España sino también, por ejemplo, en Alemania. Había un acuerdo general sobre la importancia de los estudios humanistas. Pero se trata de valoraciones que cambian con el paso de los tiempos y en los últimos el cambio ha sido sin duda muy acelerado.

 

Un país con madurez política buscará en esta cuestión acuerdos amplios, asegurando así no sólo una estabilidad en el proceso educativo sino la paz en las aulas. Por desgracia, como en tantos otros, España es en este campo una excepción. Desde la llegada de la democracia cada cambio político  se ha acompañado de un vuelco en los estándares de la enseñanza. Hasta cinco planes distintos (LODE, LOGSE, LOCE, LOE y LOMGE) han ido jalonando estos años. Esta situación anómala y absurda, que muestra un país polarizado y aún a la greña en cuestiones fundamentales, tiene un reflejo especial en la enseñanza de la religión.

 

Quienes se oponen a ella alegan que España es, según su Constitución, un país aconfesional. No parece un argumento concluyente. Todos los países de nuestro contorno europeo son igualmente aconfesionales y en casi todos se da, con distintas variantes, una enseñanza de la religión. Para quienes no la acepten suele ofrecerse una opción alternativa (ética, derechos humanos…) o en ocasiones ninguna.

 

Cuestión distinta es la de si ha de tratarse en las aulas del hecho religioso o bien de una religión específica, que en el caso español ha sido siempre la católica. Parece que la primera opción podría concitar un mayor consenso pero se trata solamente de una hipótesis. De hecho la Iglesia oficial defiende la segunda solución y hasta ahora ha tenido la fuerza necesaria para imponerla. Es el reflejo de lo que parece una curiosa paradoja: una Iglesia que no goza de autoridad tiene sin embargo la fuerza de imponer sus opiniones, en gran medida porque nadie ha querido o ha podido renegociar los Acuerdos España-Santa Sede de 1979. A mi modo de ver es esto algo que irrita especialmente a los sectores laicistas.

 

El hecho es que se enseña religión –todo centro docente de primaria y secundaria ha de hacer la oferta– y, naturalmente, hay que diseñar sus contenidos. ¿Quién será el encargado de redactarlos? Parece obvio que la Conferencia Episcopal  pero en todo caso está escrito en los Acuerdos. Lo que no se entiende de entrada es por qué esos contenidos han de aparecer en el Boletín Oficial del Estado. Puede que mi razonamiento sea muy ingenuo pero opino que el BOE puede publicar un decreto sobre las subvenciones a la Vuelta a España de ciclismo pero no parece razonable que publique el reglamento de esa competición.

 

En un alarde de inteligencia, en este caso ha sido la propia jerarquía la que ha instado su publicación. Así lo dice el Real Decreto: “De acuerdo con los preceptos indicados, la Conferencia Episcopal Española ha determinado los currículos de la enseñanza de la religión católica para el Bachillerato. En su virtud, a propuesta de la Conferencia Episcopal Española. Primero. Dar publicidad al currículo de la asignatura de Religión Católica de Bachillerato que se incluye en el anexo. Segundo. Disponer su publicación en el «Boletín Oficial del Estado».  Así pues, el curriculum se ha publicado y ha salido al debate público.

 

En su parte de exposición de motivos, una afirmación destaca sobre otras:  “(El) rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”. Si la Iglesia jerárquica está convencida de esa tesis, no es de extrañar que pretenda que todos acepten a Dios. Lo malo es que muchos negarán la mayor: dentro de lo que esta vida puede ofrecer, es posible ser feliz sin Dios y de hecho ésta es la experiencia de muchísimas personas.

 

A partir de ahí, todo el contenido se tiñe de una intención catequética. No basta que el documento afirme que “lejos de una finalidad catequética o de adoctrinamiento” lo que trata es de “ilustrar a los estudiantes sobre la identidad del cristianismo y la vida cristiana”. En realidad no se persigue ilustrar sobre la doctrina cristiana sino que los alumnos la acepten personalmente. Pero eso rebasa un ámbito académico para entrar en el de la catequesis. Una clase normal pretende transmitir conocimientos y aspira a que sean conocidos por los alumnos, una catequesis transmite creencias y su objetivo es que sean aceptadas y vividas. Pues bien, véanse algunos de los estándares de evaluación en la enseñanza primaria:

 

  • 1.1 Conoce, respeta y cuida la obra creada.
  • 1.2 Expresa con palabras propias el asombro por lo que Dios hace.
  • 2. 1 Identifica y enumera los cuidados que recibe en su vida como don de Dios.
  • 3.1 Conoce y aprecia a través de modelos bíblicos que el hombre es capaz de hablar con Dios.
  • 1 Asocia las características de la familia de la Iglesia con las de su familia.
  • 2.1 Expresa el respeto al templo como lugar sagrado.
  • 1.1 Toma conciencia y expresa los momentos y las cosas que le hacen feliz a él y a las personas de su entorno.
  • 3.1 Valora y agradece que Dios le ha creado para ser feliz.

 

“Respeta”, “expresa el asombro”, “expresa el respeto”, “valora, agradece”… se trata de valoración de actitudes, propias de una catequesis y no de conocimientos, que son los que pertenecen al ámbito académico.

 

En este sentido parece cierto que la catequesis ha entrado en la escuela, en contra de todas las declaraciones. Es algo a lo que cualquier persona sensata debe oponerse.

 

Faltaría analizar los contenidos de esta enseñanza de la religión, es decir, la teología que subyace a sus enunciados pero esto debe quedar para otro artículo. De momento baste con señalar la existencia de una situación insólita, sin duda reformable, contradicha por una gran mayoría pero que la Conferencia Episcopal, en un alarde  no se sabe si de prepotencia o de ingenuidad, se ha encargado de airear en el Boletín Oficial del Estado.

 

 

 

 

 

 

 

Las ‘objeciones contra el celibato sacerdotal’ que conocía Pablo VI

Las 'objeciones contra el celibato sacerdotal' que conocía Pablo VI

RUFORufo González Pérez es sacerdote de Madrid, profesor de teología jubilado y suscriptor de Iglesia Viva desde hace años. Ha enviado este artículo, publicado antes en su blog ¡Atrévete a orar!para que pueda ser leído y comentado aquí un tema sobre el que el papa Francisco acaba de decir que “está en su agenda”.

 

En la introducción de la Sacerdotalis Caelibatus, el Papa expone siete “objeciones contra el celibato sacerdotal” en los apartados numerados del 5 al 11:

  • 1.- “El Nuevo Testamento… no exige el celibato de los sagrados ministros… más bien o propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1,5-6) (n.5).
  • 2.– Padres de la Iglesia: “Muchas veces en los textos patrísticos se recomienda al clero, más que el celibato, la abstinencia con el uso del matrimonio”. Las razones parten del “excesivo pesimismo sobre la condición humana de la carne, o de una particular concepción de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas”. Argumentos no válidos en ambientes socioculturales de hoy (n. 6).
  • 3.- “¿Es justo alejar del sacerdocio a los que tendrían vocación ministerial, sin tener la de la vida célibe?” (n. 7).
  • 4.- La obligación del celibato influye en la escasez de clero, según algunos (n. 8).
  • 5.- Algunos “están convencidos de que un sacerdocio con el matrimonio quitaría la ocasión de infidelidades, desórdenes y dolorosas defecciones…, y permitiría a los ministros de Cristo dar un testimonio más completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia…” (n. 9)
  • 6.- “El sacerdote, por su celibato, se encuentra en una situación física y psicológica antinatural, dañosa al equilibrio y a la maduración de su personalidad humana... Se agosta y carece de calor humano, de plena comunión de vida y de destino con el resto de sus hermanos, se ve forzado a una soledad, fuente de amargura y de desaliento. Esto ¿indica una injusta violencia e injustificable desprecio de valores humanos que se derivan de la obra divina de la creación, y que se integran en la obra de la redención, realizada por Cristo?” (n. 10).
  • 7.- “Formación inadecuada: poco respetuosa de la libertad humana…, conocimiento y autodecisión del joven y su madurez psicofísica son bastante inferiores…, desproporcionadas a la entidad, a las dificultades objetivas y a la duración del compromiso que toma sobre sí” (n. 11).

Vuelta a la Ley y no al Evangelio

Mucha gente esperaba una “vuelta a las fuentes”, al Evangelio, a la libertad de las primeras iglesias. Pero una vez más el dubitativo Pablo VI no tuvo valor para elegir la libertad, para desatar el vínculo legal que unía ministerio y celibato. No le bastó el testimonio de Jesús y la primera Iglesia. Aceptó el “pesimismo sobre la condición humana de la carne, o la particular concepción de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas”. No quiso escuchar a cientos de sacerdotes que le escribían su ardor misionero y su equivocación celibataria. No quiso ver en la escasez del clero y en las parroquias sin misa signo alguno del Espíritu. Los males del celibato (deserciones dolorosas, las dobles vidas, niños sin padres, mujeres clandestinas, desequilibrios psicológicos,…) no se deben a la ley “santa y conveniente”. La ley es perfecta, está por encima de la persona. Los males provienen de la debilidad humana: problemas educativos, vida piadosa en ruina (falta de oración, de amor a Dios, etc.), vivencia afectiva inmadura (capricho, inestabilidad emocional, amistades tóxicas, etc…). El fallo está en la persona, no en la ley. Como si la ley innecesaria no pudiera ser perjudicial. El apego a la ley explica la dureza clerical, tan ajena a Jesús, para quien lo primero es la persona, no la ley.

Pablo VI no es neutral y su diagnóstico equivocado

Reconoce la encíclica que pueden proponerse “otras objeciones contra el sagrado celibato<”. Por atañer a la “concepción habitual de la vida” e intentar iluminarla con la “divina revelación”. Más aún, “a los que “no entienden esta palabra” (Mt 19,11), no conocen u olvidan el “don de Dios” (cf. Jn 4,10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cuál su admirable eficacia, su exuberante plenitud”, se les presentarán dificultades sin número (n. 12).

Quienes defendemos la separación entre ministerio sacerdotal y celibato no combatimos el celibato, sino su vinculación obligatoria con el ministerio. Las dificultades u objeciones, que proponemos, no arrancan de la falta de “entendimiento de esta palabra” (Mt 19,11), ni “del no saber u olvido del “don de Dios” (cf. Jn 4,10), ni del no saber cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cuál su admirable eficacia, su exuberante plenitud” (n. 12). Nuestras objeciones parten de la libertad del Evangelio que permite la santidad en el ministerio a célibes y a casados. Ahí radica el empeño perfectamente evangélico de conseguir que el ministerio no esté reservado sólo a célibes. También los casados por el Reino pueden ser ministros muy meritorios y santos. Así ocurre en la Iglesia católica oriental (PO 16). En absoluto negamos viabilidad del celibato por el Reino de Dios. La idea de que sólo el celibato es “por el Reino” es mentalidad clerical.

El argumento de Pablo VI no es evangelio, sino ideología clerical

Frente a las objecciones, el Papa propone:

  • la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo”.
  • “innumerables ministros sagrados… que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y… los religiosos, religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad… por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual..”(n. 13).

Desde la libertad evangélica no tiene valor este argumento en que se apoya Pablo VI para seguir manteniendo la ley. En el pasado y en la actualidad, admiramos “el soplo del Espíritu de Cristo” en el celibato cristiano. Pero también admiramos “el soplo del Espíritu de Cristo” en el matrimonio de los ministros casados en la Iglesia oriental. El Vaticano II lo reconoce: “existen presbíteros casados muy meritorios” (PO 16). La parcialidad papal es evidente al fijarse sólo en la Iglesia Occidental, donde los sacerdotes casados están prohibidos. ¿Cómo van a existir sacerdotes casados santos si está prohibida su existencia? Es lo mismo que si dijera que no hay ministras sagradas santas, y, por ello, se les niega el ministerio a las mujeres. Parece claro que el apego a la Ley “embruja”, como dice Pablo (Gál 3,1ss). El fanatismo clerical, como todo fanatismo, sólo argumenta para sostener su tesis. Todo lo que no vaya en la línea de la Ley está fuera de lugar, no puede existir.

El matrimonio cristiano es signo del amor esponsal de Dios y de Cristo

Por el hecho de existir una “una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo”, no se sigue en absoluto la necesidad de vincularlo con ministerio alguno. En los presbíteros casados orientales hay “santos y fieles ministros de Dios, que han hecho del matrimonio objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo”. El matrimonio “por el Reino” (que debe ser todo matrimonio en la fe cristiana) es más signo del amor esponsal de Dios y de Cristo por su Pueblo que el celibato. Un sacerdote casado en Cristo hace de su matrimonio el signo eficaz de “su total y gozosa donación al ministerio de Cristo”. Empezando por su casa, y hasta el último rincón de su parroquia, a todos les explica el Evangelio, les convoca a la celebración y les vincula en el Amor divino. ¡Qué soberbia nos han inoculado a los clérigos católicos occidentales para creer que sólo los célibes pueden entregar su vida a Jesucristo y a sus comunidades! El amor a Dios “con todo el corazón, con todo el alma, con toda la mente” está abierto a todos los creyentes. Es un amor “indiviso”. Cuando focalizamos el amor en las personas, no por ello sufre el amor de Dios. Dios nunca es rival del ser humano. Esa rivalidad aparente es invento nuestro. En cristiano lo deberíamos tener clarísimo: todo lo que hacemos a las personas se lo hacemos a Dios que las habita.

 

Sólo el evangelio nos sacará del atasco

Sólo el evangelio nos sacará del atasco

Castillo José María Castillo acaba de publicar en su blog Teología sin censura este artículo que suena mucho a llamada precursora a la meta-noia (cambio de mente) para poder acoger el Proyecto de igualdad humana de Jesús. Esa será la verdadera Cuaresma que hoy empieza.

 

El papa Francisco les dijo a los cardenales el domingo 15 de febrero: “Nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: la lógica de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada; y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio”. Esto es lo que dijo el papa. Lo que pasa es que ni nos enteramos del todo de lo que Francisco quiso decir. Y menos aún entendemos las consecuencias que lleva consigo asumir de veras la “lógica de Dios”.

 

La “lógica de Dios” es el meollo del Evangelio. Esto supuesto, la pregunta que tendríamos que afrontar es ésta: ¿nos puede sacar el Evangelio del atasco en que estamos metidos? Me refiero a la crisis y al atasco económico, social, político, cultural, jurídico y sobre todo ético en que nos tiene estancados y hundidos esta maldita crisis.

 

Así las cosas, yo me pregunto si el Evangelio nos podrá sacar de este atasco. Porque está visto que la economía y sus magnates, la política y sus gestores –al menos hasta ahora– ni nos sacan del atasco, ni dan visos de querer, incluso de poder, sacarnos. ¿Podrían hacerlo? Hay quienes piensan que sí. Pero, ¿podrán hacerlo, tal como están las cosas? Sinceramente, lo veo muy difícil. Extremadamente difícil, al menos en varios años, que quizá van a ser demasiados años. ¿Por qué? Yo no soy economista. Pero no estoy ciego. Y lo que veo es que la economía mundial funciona de tal manera, que, cada año que pasa, la riqueza mundial se va concentrando más y más en menos y menos personas. Con lo cual la desigualdad entre unos pocos (muy pocos) ricos y el resto de los habitantes del planeta es increíblemente asombrosa. Instituciones de ámbito mundial muy autorizadas nos dicen que el uno por ciento de los habitantes del planeta acumula ya tanta riqueza como el noventa y nueve por ciento restante. Ahora bien, una sociedad tan asombrosamente desigual es inevitablemente una sociedad, no sólo estancada, sino sobre todo desquiciada y sin futuro.

 

Pero no es esto lo peor. Lo más grave del asunto es que, en las sociedades democráticas, en que vivimos, la gente sigue votando a quienes nos han llevado a este desastre total. Y esos votantes quieren que nos sigan gobernando los mismos que nos han llevado a esta ruina y al futuro tan dudoso y sombrío que nos espera. Los mecanismos del sistema (no los partidos) hacen posible este desquiciamiento aterrador. Y no sólo lo hacen posible, sino que hasta lo hacen inevitable. Porque han llegado a producir un modelo de sociedad, una gestión del poder y un estilo de vida al que nos hemos acomodado y que –aquí está el secreto y la clave del asunto– nos resulta irresistiblemente seductor. Ya no es el “poder opresor” el que nos domina. Es el “poder seductor” el que hace con nosotros lo que quiere y lo que le conviene. Teniéndonos y manteniéndonos convencidos de que somos libres, más libres que nunca. Y persuadidos, además, de que esto no puede ser de otra manera. Porque es “el mejor estado de cosas” que se ha inventado hasta ahora. Nos han metido en la cabeza que este modelo (de economía y de política), hoy por hoy, no tiene alternativa.

 

Por todo esto digo que veo muy difícil que, al menos por ahora, salgamos de este atasco en el que estamos metidos. Y en el que, además, nos sentimos a gusto. Precisando más, estamos a gusto los que hacemos falta para apuntalar, mantener, asegurar y hacer que dure este sistema canalla, que tanto sufrimiento, tanta violencia y tanta desvergüenza sigue produciendo, y acumulando de día en día. Por supuesto, hay millones de criaturas que ya no pueden más. Pero también, para esos desamparados del sistema, hay “bancos de alimentos” y otras “ayudas” por el estilo. Para que sigan aguantando y no alboroten demasiado. Por eso insisto en mi pregunta: ¿podremos salir de este atasco? Esta es la cuestión que no me deja en paz.

 

Llegados a este punto, a muchos les parecerá ridículo el solo hecho de preguntarse si el Evangelio nos podrá sacar de este atasco. Podrá, por supuesto y en el mejor de los casos, atraer a los “alejados” y a los “excluidos” para que se acerquen a la Iglesia. Y eso, sin duda, es bueno. Es necesario. Más aún, es urgente. Pero con eso nada más no cambiamos el sistema. Ni, por tanto, salimos de la crisis. Sinceramente y pensando en serio, ¿puede el Evangelio modificar el camino que lleva la economía, la cultura, la sociedad y la historia?

 

Hace más de medio siglo, el profesor de la Universidad de Oxford, E. R. Dodds, nos recordó cómo, en el imperio romano, en el largo período que medió entre Marco Aurelio y Constantino (del a. 161 al 306), se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia. Los ciudadanos de aquel enorme imperio se daban cuenta de que todo se desmoronaba: el mismo Imperio, las instituciones, la vida social, la economía y la religión, todo se venía abajo. Así cundió lo que el mismo Dodds denominó “una época de angustia”. Y fue en esta dura situación en la que ya, por primera vez, el Evangelio, no vivido como una religión de ritos, normas morales, promesas eternas, convento y sacristía, sino como “una conciencia nueva de sí mismo” que modificó aquella cultura, fue el factor determinante de una recuperación que ahora no estamos en condiciones de imaginar.

 

Fue entonces cuando el cristianismo se presentó “como una fe que merece la pena vivir porque es también una fe por la que merece la pena morir”. Así lo reconocieron, a pesar de sí mismos, hombres como Luciano (Peregr., 13), Marco Aurelio (11, 3), Galeno (R. Walzer, Galen and Jesus…, 15) y Celso (Orígenes, Contra Cels. 8, 65). Por otra parte, es notable que aquellos cristianos, por la fuerza del Evangelio, llamaron poderosamente la atención porque estaban abiertos a todos. No hacían distinciones sociales: aceptaban al obrero manual, al esclavo, al proscrito y al ex criminal. Todo el mundo encontraba acogida en cada grupo o comunidad de cristianos. Nadie era censurado, ni enjuiciado. De forma que, como bien notó Cipriano, en la comunidad cada cual se encontraba igual o mejor que en su propia casa (Ad Donat. 4 y 14). Es verdad que, durante el s. II e incluso el III, el cristianismo era aún en gran medida un “ejército de desheredados” (A. D. Nock). Pero también es cierto que los beneficios que acarreaba el Evangelio, vivido en serio, no se reducían a ofrecer esperanzas para el otro mundo. Cada grupo, cada “iglesia local”, poseía un sentido comunitario más fuerte que cualquier otro grupo laico o religioso (sobre todo las religiones de Mitra e Isis de aquel tiempo).

 

Así, los creyentes en Jesús se sentían unidos no sólo por unos ritos comunes, sino sobre todo por una forma común de vida, cosa que ya percibió Celso (Orígenes, o. c., 1, 1). Y también unidos por el mismo peligro que juntos corrían (E. R. Dodds). Su pronta disposición para prestar ayuda a quien la necesitase es cosa que quedó atestiguada no sólo por los autores cristianos, sino incluso por el mismo Luciano (Peregr., 12 s). Ya a comienzos del s. III, Tertuliano hace, en una apología pública y dirigida a los gobernantes, la audaz afirmación según la cual los cristianos “lo tenían todo en común, excepto la esposa de cada cual” (“Omnia indiscreta sunt apud nos praeter uxores”. Apol.39, 11).

 

Pero, como bien nota Dodds, más importante que los beneficios materiales era el sentimiento de grupo que la fe en Jesús estaba en condiciones de fomentar. Los modernos estudios sociológicos nos han familiarizado con la universalidad de ese “sentimiento de grupo” como algo absolutamente necesario para el individuo, así como con las formas inesperadas en que esa necesidad puede influir sobre la conducta humana, particularmente sobre los individuos desarraigados en las grandes ciudades. Epicteto (3.13.1-3) nos ha descrito el horrible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes. Y el mismo Dodds nos describe con admirable sencillez y profundidad cómo debió de vivirse aquel desamparo. “Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismo y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se sentía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro”. Y termina el insigne estudioso de la antigüedad: “Los cristianos eran “miembros unos de otros” en un sentido mucho más que puramente formal”. Con esta conclusión final:”Pienso que ésta fue una causa importante, quizá la más importante de todas, de la difusión del cristianismo” (Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid, 1975, 179).

 

Reflexión conclusiva

 

¿Seria esto posible en este momento? Mi modesto punto de vista es que, no sólo es posible, sino que es tan necesario que, a mi manera de ser, es la salida que nos queda. No digo que todos nos hagamos cristianos. Lo que digo es que el Evangelio, en el que tanto insiste el papa Francisco, es la salida que nos queda. Hoy ya no manda en el mundo lo que es más noble en la condición humana, la bondad, la honradez, la justicia, el amor y la ternura. No. Lo que manda sobre nosotros es la tecnología y sus mil artilugios, utilizados en interés de los potentados que lo manejan todo para su propio provecho.

 

¿Qué hacer? Vamos a fiarnos del gran líder mundial que ha surgido, que no es otro que el papa Francisco. Este papa repite constantemente que el Evangelio de Jesús es lo que nos puede sacar de este atasco que nos tiene paralizados en la falsa idea de que estamos saliendo y vamos adelante. Si la Curia Vaticana, si el Episcopado mundial, si el clero y los religiosos/as, si las parroquias…, las comunidades y grupos cristianos, todos y todas, dejamos de lado nuestros intereses y conveniencias, y nos centramos en organizarnos como grupos humanos en los que todo el mundo encuentra acogida, protección, ayuda, respeto, y sobre todo verdadero cariño, por ahí iremos viendo la luz de un Evangelio con menos carga de religión y costumbres de tiempos pasados, y más fuerza para hacer presentes y tangibles las tres preocupaciones que centraron la vida y las enseñanzas de Jesús; la salud para todos/as, la alimentación para todos/as, y las mejores relaciones humanas de que somos capaces. Lo demás vendrá por sí solo.