¿Cómo se explica el discurso del papa Francisco a la Curia?

¿Cómo se explica el discurso del papa Francisco a la Curia?

IV-minilogoEn  La Croix del pasado día 24, Sébastien Maillard, desde Roma, concluía un comentario al sorprendente discurso afirmando: “este discurso es también una llamada al resto de la Iglesia. El papa la invita a posicionarse”. Iviva se posiciona a favor de la profunda renovación iniciada por Francisco e invita a todos a posicionarse.

Esta es la traducción del texto de Sébastien Maillard:

Felicitando la Navidad a la Curia vaticana, el papa Francisco ha descrito, una a una, las quince “enfermedades espirituales” que están afectando al gobierno central de la Iglesia católica. Y lo ha hecho mediante un discurso muy vivo, tanto en el fondo como en la forma,  y lleno de frases chocantes.

 

Al finalizar el mismo, los miembros presentes le han aplaudido y han ido saludando, uno a uno, al papa. Queda por ver el efecto de semejante discurso en la reforma de la Curia en curso.

 

Marco Politi, vaticanista, autor  del libro “Francisco entre lobos” ha declarado al periódico italiano “Il Fatto Quotidiano”: “Aparentemente, este discurso es un listado de pecados, de los que Francisco ya había hablado antes de ahora. Pero las circunstancias en las que se ha efectuado indican que el papa tiene dificultades. Percibe con toda claridad que sus posicionamientos tienen una acogida minoritaria en la Curia. El último Sínodo sobre la familia le ha mostrado con toda claridad que los jefes de los dicasterios (el equivalente a los ministerios de la Curia) no apoyan su voluntad de apertura. Y le ha hecho percatarse de que no muestran entusiasmo alguno en la reforma de la Curia. Tal es, por ejemplo, la posibilidad de confiar más responsabilidades a las mujeres.

 

Una oposición silenciosa y educada

 

Lo más duro para él no son los posicionamientos de aquellas personas que propalan públicamente sus diferencias, como el caso del cardenal Gerhard Müller (prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe) o el cardenal Raymond Burke (recientemente apartado de la Curia por el papa). Éstos son adversarios leales. Los adversarios más peligrosos son los que se refugian en un silencio educado, un comportamiento que puede acabar reuniendo una oposición poderosa.

 

En este sentido, su discurso se presenta como una señal de alarma en toda regla. El papa Francisco envía algo así como una última advertencia a la Curia romana. Es posible que algunas de las “enfermedades” que describe animen a tal o cual miembro, individualmente, a cambiar. Como, por ejemplo, cuando habla de la “doble vida” o cuando denuncia el tren de vida de muchos de ellos. Al explicarse en estos términos, muestra estar muy informado de lo que pasa. Y, a la vez, que no tiene intención alguna de cambiar en todo lo referente a la reforma de la Curia. Ya en su  época, el mismo Juan XXIII conoció una parecida oposición a sus reformas.

 

Una llamada a posicionarse

 

Pero este discurso es también una llamada al resto de la Iglesia. El papa la invita a posicionarse. Anima a que los sacerdotes, los obispos y también los laicos apoyen su reforma de la curia y de la Iglesia. Hasta el presente, los diferentes movimientos de Iglesia, sean del signo que sean, no se han pronunciado al respecto. Sus palabras son una clara invitación a reaccionar”.

El papa pastor frente al restauracionismo preconciliar

El papa pastor frente al restauracionismo preconciliar

ANDRÉS

Andrés Torres Queiruga, del Consejo de Dirección de Iglesia Viva (ver sus artículos) debate en este artículo contra quienes (como Olegario González de Cardedal) añoran un papa profesor (Ratzinger). Andrés, en cambio, defiende la profundidad teológica del papa pastor Francisco.

(Tomado del nº 190 (2014) de Encrucillada. Revista Galega de Pensamento Cristián)

Sorpresa y escándalo

La sorpresa ha sido mayúscula, hasta el escándalo. Cinco cardenales —a los que, de manera inesperada y muy poco comprensible, se había adelantado el Prefecto para la Congregación de la Fe[1]— escriben un libro claramente dirigido contra la intención del papa al convocar el Sínodo; y anuncian, de manera estratégica, su publicación con la intención no disimulada de influir en los resultados.

El blanco al que dirigen los disparos lleva el nombre de Kasper, pero el objetivo real es el papa. Por lo demás, cada vez lo disimulan menos. Y por debajo, la consigna inequívoca, dicha en voz baja o cómplicemente callada y sobreentendida: esperar a que escampe, mantenerse a la espera en resistencia sorda y pasiva, hasta que las aguas vuelvan a su curso. Para que quede claro, lo definen y lo proclaman desde el mismo título: ellos son los que “permanecen en la verdad de Cristo”[2]. La conclusión obvia es que el papa actual nos está apartando de ella…

La pregunta es: ¿qué está pasando en la iglesia? Un gesto de este calibre era simplemente impensable en el pontificado anterior, que —por otra parte y como es bien sabido—fulminaría sin compasión a sus protagonistas. Lo que indica a todas luces que, en realidad, se está exigiendo una vuelta atrás. Y se exige con un presupuesto implícito que, a medida que pasa el tiempo, se explicita sin rubor: este pontificado está equivocando el rumbo, porque el verdadero era el que han marcado e impuesto los dos anteriores.

Y, por debajo de todo, está la descalificación soterrada e indirecta, pero que no puede ocultar ni la superioridad eurocéntrica ni el aura de la falsa superioridad. El nuevo papa es del tercer mundo y no puede compararse a un intelectual del primero: ni siquiera viste bien y abandona la solemne residencia que custodia, apoya y hace bien visible la grandeza papal; habla en lenguaje normal y dice cosas que entiende todo el mundo, sin la elevación que dan el empaque intelectual y las altas discusiones académicas. En definitiva, es un pastor, que encima huele a oveja, y no un profesor que monta cátedra e impone teología. Al final, sin que su disparate teológico haya sido desmentido por el grupo públicamente confesional al que pertenece, aparece Antonio Socci, como el diagnosticador pretencioso y definitivo: él ya ha averiguado que, después de todo, el papa no es papa, que Bergoglio “no es Francisco”[3]. Papa es únicamente el que —en gesto voluntario, responsable y que lo honra para siempre— ha dejado voluntariamente de serlo…

La pregunta sigue imponiéndose: ¿qué está pasando? Y uno no puede menos de volver la vista atrás, hacia las causas en la historia.

Se repite la historia

A la historia próxima, desde luego; aunque pronto se impone pensar ante todo en la remota, en la primera y primerísima. Porque las acusaciones y las maledicencias suenan extrañamente iguales a las que se levantaron contra Jesús de Nazaret. ¿Puede venir de allí —de la remota e incómoda Galilea— algo bueno? ¿No es este el hijo del carpintero: de donde le viene la sabiduría? ¿Cómo es que anda con marginados, pobres, pecadores y, sobre todo, pecadoras? Encima, no vive en palacios, no tiene cátedra ni usa filacterias como los grandes maestros. Además avisa: “no juzguéis y no seréis juzgados”, ¿quién soy yo para juzgar el corazón de los demás? Encima, no aplica siempre la ley ni es muy respetuoso con su letra cuando están por medio el dolor, la humillación o la angustia humana; avisa que es preciso distinguir entre la viga y el mosquito y se opone a la imposición de cargas pesadas: “mi yugo es suave y mi carga, ligera”…

Después, aclarando muchas cosas, está aquella parte de la historia algo más lejana, pero que pesa como una losa sobre nuestro presente. Es la que ante el desafío de la nueva cultura llamando a actualizar la palabra viva de Dios, inició una carrera hacia atrás.

Al principio, fue la resistencia contra la ciencia —bienintencionada, porque de entrada no se veía el modo de conciliar la interpretación tradicional de la fe con los nuevos datos culturales—: Galileo, primero; y después, ya con menos disculpa, Darwin. Surgieron las voces de los grandes humanistas creyentes, como Vives, Moro y el mismo Erasmo —libres y con decidida responsabilidad evangélica—; pero su llamada se perdió, cada vez más ahogada por el fausto palaciego y la intransigencia inquisitorial.

Y lo que siguió fueron ya resistencias cada vez más fuertes, que, ajenas a la discusión estrictamente teológica, tan viva todavía en la, por lo visto, “oscura” Edad Media, recurren a la prohibición autoritaria e incluso al castigo y la exclusión contra todo intento renovador. Con la pérdida del poder temporal en el siglo XIX, el talante de imposición autoritaria, sin capacidad de dominio hacia fuera, se intensificó hacia dentro, hasta extremos que culturalmente producen rubor, como es el caso del Syllabus, y eclesiológicamente se instala lo que Yves Congar calificó de jerarcocracia, que en más de una ocasión ha llegado a una auténtica papolatría.

El mismo Congar, que hablaba desde la erudición del sabio y la experiencia del teólogo represaliado, lo dijo hace tiempo: ante los nuevos desafíos, acabaron siempre imponiéndose, cada vez con más fuerza, las “restauraciones”.Basta una somera mirada hacia atrás: reedición barroca de la Escolástica, neo-escolástica, represión antimodernista… hasta la Humani generis (¡1950!), que censuró nada menos que a los teólogos que no mucho después serían el alma del concilio Vaticano II.

El freno y la represión de la renovación conciliar

El Vaticano II, como con empatía humana y valiente lucidez evangélica proclamó el papa Juan, fue el reconocimiento de que ese camino iba errado, cada vez más alejado del corazón del mundo y carente de sintonía con la comunidad de los fieles. Para preservar de verdad la fe, era preciso distinguir entre lo nuclear y lo accidental, entre lo fundamental y lo históricamente condicionado. Sólo actualizándola con rigor, puede conservarse la verdad. Él, lleno de confianza en la fuerza del Evangelio, lo anunció con alegría: Gaudet mater Ecclesia, goza y se alegra una Iglesia que quiere ser madre.

Por eso el Concilio fue un vendaval del Espíritu, que abrió las compuertas de aguas profundas y largamente inquietas por fecundar la comunidad de los fieles y la inquietud de los teólogos, pero duramente represadas por pesados diques de inmovilismo. No sólo se renovó la iglesia, restaurando la libertad, animando la vida y abriendo la esperanza, sino que resonó en el mundo con tonos de empatía, diálogo y colaboración. Tan fuerte era el hambre y tan intensa la conmoción, que, a pesar de todo lo que vino después, nuestra situación resulta sencilla y literalmente impensable sin su impacto saludable y liberador. Lo que amaneció en el Concilio pudo oscurecerse, pero el brillo de su aurora ya no podía ser apagado ni ocultado.

Por desgracia, sí, pudo ser dura y tenazmente frenado. Lo que vino después fue la vuelta del demonio restaurador. El miedo a lo nuevo, el retorno a la falsa seguridad de los ajos de Egipto, en lugar de fomentar la sensibilidad profética para ver lo nuevo que surgía y estaba naciendo. Por desgracia, incluso algunos de los que antes habían trabajado por la renovación, desertaron del camino que se abría hacia el futuro, acaso porque ya no eran ellos los capaces de liderar la nueva etapa. Fue triste ver a un Jacques Maritain escribir, casi al día siguiente del Concilio, su, más bien panfletario, Le paysan de la Garonne[4] y a Louis Bouyer hablar de La décomposition du catholicisme[5]. Acaso más triste todavía fue ver la retracción de Henri de Lubac y, sobre todo, la deriva cada vez más reactiva del Hans Urs von Balthasar: en Seriedad con las cosas. Córdula o el caso auténtico[6], manifestó su intemperante e incomprensiva oposición a Karl Rahner. De esto algo habrá que decir todavía.

La nueva y anacrónica resistencia restauradora

De todos modos, en esa reacción todavía se notaba la grandeza de pensadores y teólogos. Lo que ahora aparece, tiene algo de refrito, con olor a rancio y tópicos que a estas alturas no sólo están gastados, sino que resultan ya incomprensibles. Porque está siendo liderado por quienes demuestran no haber renovado su teología ni haber aprendido lo que el Espíritu dijo a la iglesia en el mayor y más cordial concilio de toda la historia.

Teóricamente, nacen de un dogmatismo juridicista, que niega la autonomía de la moral, situando falsamente el rol de la iglesia en repetir normas literales y mantener prohibiciones apoyadas en una hermenéutica literalista de la Escritura

De ese modo, convirtiendo en “dogma” el ideal ético de la indisolubilidad del matrimonio, dimiten del auténtico rol de la iglesia en la moral. Porque este no está en inventar o dictar normas éticas o morales, porque en principio estas son comunes a todos los humanos. Existen en la Biblia, pero siempre condicionadas por el tiempo —piénsese, por ejemplo, en la poligamia o en tantas leyes de pureza— y por eso deben irse construyendo en el diálogo universal de la cultura. Cuando son suficientemente claras, como sucede con no robar o no matar, la Biblia y, tras ella la iglesia, las reconocen como congruentes con su visión religiosa y por tanto las acogen y proclaman como queridas por Dios.

De ahí que la misión propia y específica de la iglesia en la moral está en llamar y ayudar al cumplimiento, anunciando y enseñando que esa tarea comúnmente humana, a veces muy dura, contamos con la ayuda, la comprensión y el perdón del Señor. Cuando aparecen problemas no clarificados, porque el paso de la humanidad desde “una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva”, hace que surja “un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas síntesis”[7], la iglesia en concilio reconoce expresamente: “La Iglesia, custodio del depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad”[8].

Incluso para quienes se resistan a tomar en toda su consecuencia la autonomía de la moral en cuanto a la determinación de los contenidos, resulta innegable que los problemas abordados en el Sínodo pertenecen a este ámbito. Deben, por lo tanto, ser estudiados en sintonía con los nuevos avances de la sabiduría sicológica y de la sensibilidad sencillamente humana, para encontrar nuevas soluciones. Y para ellas lo que se pide no es la intransigencia del inquisidor ni el rigor del canonista, sino, como no se cansa de insistir el papa Francisco, el amor y la misericordia del Señor y el ánimo que da la alegría del Evangelio.

Esto vale también no sólo para infinidad de normas del Antiguo Testamento, sino también para bastantes del Nuevo, incluidas algunas del mismo Jesús, pues todos comprendemos que en determinados casos necesitan nueva interpretación. Por eso ninguna mujer cristiana se siente en pecado por acudir sin velo a la iglesia, aunque san Pablo haya dicho lo contrario, y los mismos que hoy insisten tanto en la letra no se escandalizan de que les llamen “padre y maestro”, a pesar de la prohibición expresa del Señor (puestos a ser rigurosos, más bien sería preciso pensar con más detalle indicaciones como las de no “vestir con elegancia y vivir en palacios” o prohibiciones, tan graves y actuales, como la de usar mundanamente el poder: “entre vosotros no ha de ser así”).

Desde la fe, no es preciso dogmatizar la indisolubilidad del matrimonio, para reconocerla como ideal moral humano, por lo tanto como aspiración común a todo casado y a toda casada, para reconocer que la misión de la iglesia es anunciarla y animar a cumplirla, en ese empeño todos cuenta con la ayuda del Señor. Pero eso no significa ni la necesidad de exigir un modelo único, ni la falta de comprensión ante la evidencia de que el ideal puede fracasar de manera irreversible y que de hecho fracasa muchas veces. Y entonces, ante el fracaso, la verdadera actitud evangélica —siguiendo a Jesús, siempre claro en el ideal, pero comprensivo en el fracaso: “el que de vosotros esté sin pecado…”— es la del comprensión, el ánimo y el acompañamiento. De este modo, ante las nuevas circunstancia socio-culturales, la verdadera actitud de la iglesia es la de unirse a todos los que, en búsqueda cordial y sincera, se esfuerzan por discernir lo que el bien de los seres humanos —jóvenes en búsqueda de realización, mayores enfrentados a las dificultades y no pocas veces al fracaso— está pidiendo dentro de las posibilidades de este tiempo, lugar y cultura. A diferencia de los que piensan que así se omite el anuncio del Evangelio y se pierde la influencia moral de la iglesia, estoy convencido de que es el mejor y más eficaz modo de asegurar ambas tareas.

Por otra parte, en las actitudes reactivas está influyendo otro grave e importante factor: una visión obsoleta de los sacramentos y, muy en concreto, del sacramento del matrimonio. Los sacramentos son dones y ayuda, celebraciones en las que la iglesia como tal compromete su ser, confesando y confirmando la presencia amorosa de Dios en las encrucijadas de la existencia, cuando esta se siente amenazada o temerosa ante una tarea nueva y comprometida. Aparece claro en el matrimonio. Convertir esta celebración en lazo que aprieta, carga que oprime o barrera absoluta que cierra toda posibilidad de futuro ante el fracaso, pervierte su más esencial sentido: el de una celebración comunitaria con la única finalidad de ayudar a los fieles para que, ante la duda y la incerteza del futuro, se convenzan de la ayuda divina en la empresa, común a creyentes e increyentes —nada fácil, pero preciosa y fecundamente humana— de realizar del mejor modo posible la unión en el amor y la creación de la familia.

Cuando se observa, por ejemplo, el tenor de las resistencias a la comunión de los divorciados vueltos responsablemente a casar, resulta muy difícil reconocer en ellos el espíritu de los sacramentos. De un modo especial el de la Eucaristía, que justamente evoca la apertura solidaria de Cristo en sus comidas con publicanos y pecadores. Como en otro contexto, hablando de apertura ecuménica, dijo muy bien Jürgen Moltmann: “En la Cena celebramos la presencia de Cristo, no la exactitud (Richtigkeit) de nuestra teología eucarística” (que en este caso, ni siquiera es tan “exacta”)[9]. La eucaristía, no como premio para los perfectos (¿quien lo es?), sino como alimento y apoyo para los pecadores que quieren mejorar.

Del trasfondo ideológico del recurso a la “comunión espiritual” y de la exigencia de cohabitar “como hermanos”, uno no sabe mucho qué pensar. De hecho, todo indica que son pocos los sacerdotes en el mundo que comparten este tipo de visión y que por lo tanto se resisten a impedir la plena participación en la eucaristía.

La verdad es que, cuando, al revés de lo que sucede con el lenguaje y el trasfondo conceptual de ciertos ataques —llamémoslos por su nombre—, se leen las palabras y las propuestas del papa Francisco, tan frescas y humanas, es imposible no percibir su raigambre evangélica y su honda fidelidad a lo más genuino de la teología conciliar. Son siempre llamada a la misericordia, insistencia en el amor del Dios de Jesús, totalmente volcado en la ayuda a toda persona humana, preocupado por sus heridas y gozándose en sus gozos, sin discriminación ni excepciones.

La opción por el “papa profesor”

Y vuelve la pregunta: ¿como es posible esta oposición y de dónde le viene la seguridad y el cierto aire de arrogancia en el tono?

No es fácil negar que se alimenta en el talante de gobierno y de control teológico ejercido por los dos últimos pontificados. Un estilo que —es preciso reconocerlo— fue en exceso autoritario, del que estos líderes de la protesta participaron y en el que muestran haberse sentido muy a gusto. Lo sorprendente es que ahora, en clara “contradicción selectiva” con sus propios principios, se rebelan contra la autoridad papal, incurriendo en algo cuya legitimidad ellos negaban antes, cuando los mandatos de esa autoridad coincidían con sus ideas. Estilo que, por otra parte, reproducían dentro de sus competencias y que en modo alguno hubieran consentido en los demás. Los ejemplos sobran y son penosos.

Como no es posible aceptar una autocontradicción tan evidente, era preciso vestirla de legitimidad teológica. En general, el disenso no llega al aludido esperpento de negar la validez de la elección del papa. Se procede a deslegitimar su autoridad, negando valor y aun atribuyendo desviación de la fe a sus orientaciones. Y en ese empeño se ha ido imponiendo el recurso a la contraposición del papa actual con el papa anterior: Benedicto era un verdadero teólogo y Francisco es un simple pastor. Algunos lo proclaman en altavoz, otros lo susurran, lo sobreentienden y lo dan por supuesto.

El asunto es tan serio, que merece una consideración algo detallada. Porque estoy convencido de que este argumento, repetido de mil maneras y ampliamente propalado entre la gente de iglesia y aun en considerables estratos de la cultura, no sólo es profundamente injusto con la autenticidad evangélica del papa Francisco, sino que es objetivamente falso como concepción del rol eclesial del papa. En modo alguno pretendo negar la buena intención de Benedicto e incluso reconozco que en muchas de sus manifestaciones teóricas y de principio expuso la concepción correcta. Pero creo sinceramente que en este punto no ha acertado y que su opción —iniciada ya como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y confirmada tras su elección como papa— está en la base y cimentación del talante neo-restaurador de aquellos que, resistiéndose a la renovación postconciliar, intenta hoy oponerse a la pastoral del papa Francisco.

Creo necesario advertir que el diagnóstico que ahora propongo lo había escrito y publicado antes del cambio. Lo advierto para que no se interprete como una adaptación oportunista o como un decir por fin lo que no me había atrevido a decir antes, por miedo a la censura o la condena (¡sospecha que, bien pensado, representa en sí misma todo un diagnóstico!)[10]. Si lo expongo de modo claro y directo, es porque creo que abordarlo es de enorme importancia y que, en todo caso, puede arrojar luz sobre la situación actual. Para mayor claridad, voy a referirme a dos frases del papa emérito, porque, en mi parecer, aclaran e incluso definen el propósito tal vez central de su pontificado.

1) La primera aparece en la página 40 de su libro de entrevista Luz del mundo[11]: “Pienso que, ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexión, y en especial la lucha por la unidad de fe y razón, pasaran al primer plano”. Tanto la claridad del texto como el modo un tanto inmediatista al hablar de la voluntad divina no dejan lugar a duda acerca de la firmeza de una convicción que, modestamente, en modo alguno juzgo evidente y que, unida a lo que diré a propósito de la frase siguiente, me parece que ha tenido graves consecuencias.

Al menos desde la Edad Media y, sobre todo a partir de la diferenciación posterior de las funciones en nuestras sociedades crecientemente complejas, se ha hecho clara la necesidad de distinguir entre lo estrictamente teológico y lo eclesialmente pastoral. Los medievales hablaban del “magisterio de la cátedra pastoral” y del “magisterio de la cátedra doctoral”. Pudo haber síntesis en tiempos anteriores, cuando la relativa indistinción de los saberes y las funciones las hacían posibles en grandes genios como Agustín. Pero hoy el papel del obispo y menos aun el del papa, en cuanto tales —es decir, en cuanto dedicados al gobierno pastoral en favor de la vida y la fe de la iglesia— no es ni puede ser el del profesor o del teólogo. Los teólogos lo son justamente, porque dedican su tiempo y su vida al estudio en favor de la fundamentación y actualización sistemática de la comprensión y vivencia de la fe. Trabajan a favor de lo mismo que los pastores, pero con funciones y carismas distintos.

Como prefecto primero y como papa después, el mismo Benedicto XVI expuso esto con claridad suficiente en la explicación teórica. Pero no sucedió lo mismo en el ejercicio práctico. A través de la función pastoral, cuya misión era proteger y anunciar la fe, evitando los desvíos en ella, pero respetando el legítimo pluralismo y la libertad en la teología, trató de imponer —con claridad y, digámoslo, con intransigente energía— una teología muy concreta y determinada.

Es obvio que Joseph Ratzinger tenía derecho a profesar su propia teología y a defenderla por medios y razones teo-lógicas; y él mismo, siendo ya papa y con honestidad que lo honra, proclamó que en ese terreno “cualquiera es libre de contradecirme”. Pero no es preciso recordar los numerosos conflictos con los teólogos ni las duras condenas y exclusiones que propició, para reconocer que no respetó el pluralismo, sino que tendió a identificar la defensa de la fe con la profesión de una sola teología, la que él sostenía. Una identificación que no sólo es siempre ilegítima en cualquier teólogo, sino que, apoyada en el poder, resultó injusta y gravemente empobrecedora para la teología católica.

De manera muy especial, la gestación y realización del Catecismo de la Iglesia Católica, con una evidente selección de teólogos de una sola dirección y repetidamente proclamado como norma de la interpretación teológica del Concilio, constituye todo un símbolo de esta opción. (De esto me ocupé ya en un artículo de 1993, con palabras duras, que prefiero no repetir aquí)[12]. De hecho, ha habido en grupos influyentes el claro intento —no sé hasta qué punto consentido por él— de convertir su obra en pauta estricta para juzgar la ortodoxia de los teólogos católicos.

2) Esta opción es tanto más grave, cuanto que su teología es claramente reticente y aun reactiva ante el cambio exigido por la revolución cultural de la modernidad. Es lo que muestra la segunda frase, que considero tan significativa como sintomática. Hablando de sus discusiones con Karl Rahner después del Concilio, escribe: “Trabajando con él, me di cuenta de que Rahner y yo, a pesar de estar de acuerdo en muchos puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto de vista teológico en dos planetas diferentes”[13].

Afirmación que, sin duda, constituye todo un diagnóstico. Que no quedó en simple teoría, porque se concretó en una praxis no claramente explicitada, pero muy efectiva. Desde esa visión se ha ejercido una inconfundible presión no sólo por excluir la teología de Rahner de la enseñanza teológica y silenciarla en lo posible en el ambiente general, sino que se ha intentado sustituirla por la de Urs von Balthasar. No pretendo canonizar la teología de Rahner ni he ocultado nunca mi admiración por alguien a quien considero uno de los más grandes genios culturales del siglo XX. Pero, como ya queda aludido, la teología de Balthasar no sólo se ha hecho cada vez menos abierta a lo nuevo, sino que se resistió a la renovación postconciliar.

Bien sé que en todo esto caben distinciones y discusiones. Pero, mirando al conjunto, no creo aventurado afirmar, con un gran número de fieles y teólogos, que durante las tres últimas décadas el gobierno papal ha tratado de imponer una teología claramente opuesta a lo que pedía el espíritu conciliar y estaba exigiendo la actualización del anuncio evangélico en una cultura profundamente renovada.

En el terreno práctico, se frenaron los impulsos hacia una participación colegiada del gobierno eclesial, se restringió la participación efectiva de los laicos, especialmente de las mujeres, y la atención al sensus fidelium; en lo personal se sumó a eso la persistencia de un moralismo en exceso privatista y en lo social se instaló una fuerte resistencia a todo lo que sonaba a liberación; en la liturgia fueron claros los intentos de vuelta a un pasado que solo interesa a grupos en general claramente anticonciliares. En el terreno más directamente teórico, se insistió en una visión restrictiva de la revelación, que imposibilita un diálogo serio y fraterno con las religiones (hasta el punto de sostener que el cristianismo puede dialogar con la filosofía pero no con las religiones); se impuso una clara resistencia a los avances de la crítica bíblica (los tres tomos de la Cristología publicada por Ratzinger/Benedicto son una muestra desconcertante); se tendió a dogmatizar tradiciones como las relativas al sacerdocio de la mujer (inventado incluso una categoría teológicamente híbrida como la de las “verdades irreformables”, aunque no definidas como infalibles). Todo ello, flanqueado por una estricta vigilancia que, junto a diversos tipos de exclusión o censura, cortaba el camino académico a todo teólogo o teóloga sospechosos de desviación.

Hecha así, la enumeración, aparte de incompleta, pediría precisiones y debería seguramente admitir correcciones. Pero no es fácil negar la verdad en la impresión de conjunto. Y sobre todo, interesa el hecho de que en ese ambiente se alimenta y trata de justificarse ahora la resistencia al papa Francisco y aun los intentos de descalificar sus propuestas.

En este sentido, me parecen desenfocados trabajos como el de Olegario González de Cardedal[14], que, bajo una exposición histórica aparentemente neutral, da por obvia tanto la corrección de la opción del papa profesor, como el diagnóstico teológico-cultural en que lo apoya (que es también el que domina su propia teología). Sobre esa base establece una comparación con el papa Francisco, que, de manera implícita pero inconfundible, pone en sordina el acierto o la validez de sus opciones. Lo hace mediante un diagnóstico recurrente: Benedicto es el grande y auténtico papa-teólogo, que diagnostica con acierto el tiempo cultural y preserva la pureza de la fe; Francisco es el papa-pastor, bueno, pero —y el pero se repite como un estribillo en casi cada epígrafe de la comparación— le falta esto o no deja claro lo otro y está por ver el resultado de aquello… Incluso el humanísimo gesto de no llamar encíclica el escrito, calificándolo modestamente de “exhortación apostólica”, renunciando al típico lenguaje solemne y mostrando sus preguntas e incertezas humanas, sirve para rebajar su autoridad teológica. En general, la consigna callada o al menos la que muchos leerán entre líneas, es: paciencia y aguardar, pues da la impresión de que se trata de un episodio transitorio y las aguas volverán a su curso.

Lo advierto, porque, anunciadas estas ideas en medios culturales y enviado el escrito a los obispos (para muchos de los cuales sus ideas tienen casi valor de oráculo), puede constituir una siembra agostadora, que tranquiliza las conciencias, confirma las inercias, desmoviliza la respuesta y acaba contribuyendo a la resistencia pasiva, demasiado fuerte ya por sí misma.

La opción por el “papa pastor”

Se hizo claro desde el primer momento. A cuerpo limpio, desarmado de capisayos, se presentó recién elegido ante los congregados en la Plaza de san Pedro. No se autodenominó papa, sino obispo de Roma y, rogado para que impartiese la bendición, pidió ser primero bendecido él por los fieles. Esta petición, unos días o unas horas antes, no es que fuese inusual, sino que era simple y literalmente impensable desde la teología dominante. Con ese instinto infalible de los buenos momentos que algunas veces acontecen en la historia, todos percibieron —todos percibimos— que algo nuevo se anunciaba: reaparecía, evocada, la figura de Juan XXIII y renacía, lleno de frescura, el espíritu del Concilio. Todo tan natural y a un tiempo tan revolucionario, que desde entonces muchas cosas ya no tienen vuelta atrás.

Cuando más tarde, en una de esas metáforas que, como las parábolas evangélicas, dan en el clavo y entiende todo el mundo, dijo que era preciso “oler a oveja”, pondría en palabras lo que en ese momento se inauguraba: el gobierno eclesial de un papa pastor.

Pastor en el estilo de vida. Abandona el palacio, inevitablemente aislador y distanciador, para buscar el contacto directo con la gente, su vida y sus problemas. Hace normal lo extraordinario e inesperado. Desaparece el estilo de “corte” pontificia —“no soy un príncipe del renacimiento”, dijo excusando o, mejor, explicando su ausencia al famoso concierto— e insiste en el servicio, contra la “peste” del carrerismo (ya denunciado por su antecesor).

Pastor en la dedicación plena, directa y exclusiva a la tarea pastoral: sabe consultar y distribuir tareas, pero no delega en la Curia el gobierno de la iglesia. Predica cada día y busca el trato pastoral con la gente, invirtiendo las preferencias de tiempo y de nivel: de lo alto y diplomático a lo humilde y cotidiano. Lo muestran bien, además, la elección y el estilo de las visitas y los viajes.

Pastor ante todo y sobre todo, en la preocupación prioritaria y en la entrega incondicional al evangelio de los pobres, sufrientes y necesitados de todo tipo. De hecho, invierte radicalmente las prioridades en el anuncio, evitando el martilleo moralista con tradicional acentuación de los diversos aspectos y menudencias de la moral sexual. Confieso que durante mucho tiempo había soñado con que, por fin, un papa pusiese el centro de su anuncio en los grandes y sangrantes problemas de la humanidad, de suerte que, acomodada y mejorada, pudiese aplicársele la famosa sentencia con que Catón acababa sus discursos: “por lo demás pienso que el hambre y la guerra deben ser destruidos”. El mundo necesitaba que en el ambiente resonase, clara y central, la “alegría del Evangelio”, el anuncio de un Dios, que a través de los profetas y de Jesús de Nazaret fue revelando que esa es su preocupación central y el criterio definitivo para medir la verdad de la fe.

De ahí la llamada a descentrarse, a salir de ensimismamiento eclesiástico, a “armar lío” para sacudir las inercias. Lo expresó con una de sus metáforas luminosas y originales: convertir la iglesia en “hospital de campaña tras una batalla”, que a todo lo demás antepone el trabajo por curar las heridas y sanar corazones. Lo hace con una energía e incondicionalidad, que —evocando la frase del Maestro: “he venido a traer fuego a la tierra y qué voy a querer, sino que arda”— no duda en exclamar con palabras que son todo un programa: “les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar ‘la dulce y confortadora alegría de evangelizar’”.

A proclamar esto, a irlo iluminando con el ejemplo, sin exigir nada que él no practique (“estoy llamado a vivir lo que pido”) [15], dedica todo su tiempo y todas sus fuerzas: pastor full time y, si se me permite la expresión, pastor full life. Sin ocultar su disposición a dar la vida, si la tarea pastoral, la comunión directa con la gente o el compromiso con los grandes problemas y urgencias humanas así lo exigiesen.

La teología del papa pastor

Dicho esto, y habría que decir mucho más, queda hablar del “punto de la cuestión” con que algunos tratan de descalificarlo y que demasiadas veces se convierte literalmente en doloroso punctum crucis con que otros tratan de crucificarlo, de “despellejarllo”: Francisco no es teólogo, no sabe o no tiene teología, afirman y propalan.

Que no es teólogo de oficio y que —gracias a Dios— no quiere ejercer de tal, es una obviedad. Algo que, por lo demás, él asume y confiesa claramente. Distinta, por falsa y superficial, es la consecuencia que algunos pretenden sacar. Quien al escucharlo, leer sus entrevistas y repasar sus escritos mayores, aunque sean pocos, no perciba ahí una profunda y muy actual sabiduría teológica, o no sabe teología o, lo que es peor, tiene una idea muy estrecha y academicista de su esencia y su función. Ciertamente, el papa actual no ha elaborado, ni creo que esté en su intención hacerlo, una teología estrictamente sistemática. Pero ha estudiado teología, iniciado una tesis interrumpida por razones no académicas y demuestra un vivo conocimiento de los problemas fundamentales que presenta la situación actual.

Por fortuna, la teología “científica”, digamos reglada y sistemática a la que ordinariamente nos referimos al hablar de teólogos de oficio y dedicación, no es la única. Tiene su rol, incluso necesario e imprescindible, en la iglesia. Pero, junto a ella, acompañándola y alimentándola, está una “sabiduría teológica”, más directamente pegada a la vida, a la piedad y a la praxis. Y en esta sabiduría Jorge María Bergoglio lleva muchos años siendo un gran experto; y Francisco, en su función de papa pastor, está demostrando que no sólo la vive y la practica, sino que está decidido a promoverla en la iglesia, con exquisito y relativamente inédito respeto por su autonomía específica y por la libertad en su ejercicio.

Ante todo, saltando por encima de los dos últimos pontificados, reenlaza con el Vaticano II, para tomar con absoluta seriedad el diagnóstico fundamental. Lo expresa en la entrevista de Spadaro con frase a la que no sobra una palabra: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”.

Es lo que había propuesto Juan XXIII al convocarlo y a lo que él se dedica con decisión firme, convencido de que “la nuestra no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica”. Avisa de que eso no implica el temido relativismo, sino apertura a un “Dios que es siempre sorpresa” y no teme la novedad, siempre que esta se mida por lo que no duda en llamar su “certeza dogmática”, a saber, que Dios está en toda vida y en toda la historia humana. Presencia perenne, incansable, sin discriminación, pues incluso en las existencias más perdidas o deformadas existe siempre un espacio para su amor. Por eso “es necesario fiarse de Dios”, apartándose de “los profetas de calamidades” y evitando convertir el espíritu cristiano en “una Cuaresma sin Pascua” (n.6). Prefiere no hablar de optimismo, sino de esperanza; pero desde esta pide y promueve valentía y horizonte abierto para la “alegría del Evangelio” (¿en esto evocará también el “gozo de la iglesia madre” de Juan XXIII? En latín la coincidencia es clara: gaudium y gaudet).

Esta vuelta no es mera proclama, sino que nace de una teología de fondo, profundamente asimilada. Nunca antes en ningún pontificado se había tomado tan en serio y con tal consecuencia la imagen de la iglesia como pueblo de Dios. La iglesia como sujeto activo y corresponsable, de suerte que no se recata en proclamar que “el conjunto de los fieles es infalible cuando cree”, sin que deba quedar reducido al dictado directo de los teólogos de oficio, ni “tenga que ver únicamente con sentir con su parte jerárquica”. Iglesia, pues, íntegra y en comunión, que reconoce la diversidad de carismas y niveles de servicio, sin imposiciones autoritarias ni particularismos dispersivos, sino viviendo en “sinodalidad”. Porque el camino de la iglesia consiste en avanzar juntos en el respeto de las diferencias, en la dirección marcada por Jesús.

De ahí la necesidad de un nuevo reequilibrio en los acentos de la vida y las verdades de la teología. El papa Francisco ha asimilado a fondo el novedoso énfasis conciliar en la jerarquía de las verdades y, con profundo sentido de pastor, supo extenderlo también a la moral y a la predicación. Los parágrafos dedicados a este tema en la Evangelii gaudium son de una justeza evangélica y de una originalidad teórica, nada frecuentes en los teólogos de oficio.

Y en la base, como humus nutricio, está la convicción de que la renovación teológica que hoy necesita la iglesia exige recuperar la experiencia originaria. La revolución cultural moderna fue tan grande que, en expresión de Paul Tillich, “conmovió los cimientos de todo el edificio teológico y obliga a repensarlo todo, incluso las cuestiones más fundamentales, desde nuevos presupuestos teóricos. Por eso es necesario reempezar “desde abajo”, del contacto vivo con la experiencia.

En lo personal, la sabiduría teológica de Bergoglio se muestra en su distinción cuidadosa entre el nivel más directamente experiencial de la fe y el estrictamente teo-lógico. En aquel sitúa lo común e indudable, aquello en lo que es preciso apoyarse y de lo que debe partirse. Eso explica su insistencia segura e infatigable —su “certeza dogmática”— en el ejercicio concreto y realista de los valores evangélicos. Ahí es donde, en última instancia, se muestra y se demuestra la verdad cristiana. Y es en la vida real, en el respeto a lo que, más allá de las conductas externas, sucede en el corazón de las personas donde hay que esforzarse en discernirlos, sin juzgar a los demás. Por eso, siguiendo al Maestro ante el escándolo de entonces —“no juzguéis”—, supo repetir ante el escándalo de hoy: “¿Quien soy yo para juzgar”?

La precisión teo-lógica de carácter más elaboradamente teórico y sistemático viene después… y poniendo cuidado en escapar al “peligro de vivir en un laboratorio”. Y eso necesita tiempo y paciencia, evitando el dogmatismo, que, en el fondo, implica desconfianza en la asistencia divina, siempre presente y siempre activa: “Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él”. Una muestra más de que toma en serio su principio de primacía de la duración en el tiempo sobre la forzada simultaneidad del espacio.

La sabiduría teológica del papa pastor se muestra precisamente aquí: en ejercer el rol propio de su servicio pastoral, sin por eso negar ni devaluar el de los teólogos. Al contrario, con su distinción de planos potencia la importancia de la teología y protege la libertad de su ejercicio. Basta leer un párrafo como el 40 de la Evangelii gaudium para comprender que no hay, como algunos pretenden, la mínima ingenuidad teológica en su postura, sino una visión muy precisa y muy consciente de la situación actual:

“Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio”. (Léase también el denso lúcido texto de EG, n. 133).

En esta perspectiva, tal vez no se ha valorado suficientemente la reiterada afirmación del papa, cuando ante los problemas especialmente discutidos y conflictivos asegura ante todo el valor evangélico que debe ser preservado, para después, y de manera expresa, encargar a los teólogos la discusión ulterior acerca del modo de su aplicación o actualización. No imponer una teología ya elaborada, sino abrir el espacio para ir construyendo una visión teológica renovada. Y hacerlo con libertad: “No tengan miedo de que Müller se les eche encima”. En la espontaneidad jocosa de esta frase pronunciada en grupo de trabajo, se trasluce todo un estilo y constituye todo un símbolo. Creo también que una nueva esperanza para la teología, demasiado tiempo callada, encogida y controlada.

La apuesta y gestión del Sínodo

La hondura y originalidad con que Francisco ha convocado e iniciado el Sínodo sobre la Familia sólo se entiende a la luz de su visión global acerca del modo como la novedad salvadora del Evangelio pide ser anunciada en la situación actual, de manera que responda a sus necesidades prioritarias y esté a la altura de sus justas exigencias culturales.

1) Su visión de la iglesia como sujeto activo y corresponsable, todo él comprometido en el discernimiento y proclamación de la fe, explica el gesto inédito de la encuesta previa. Hacer partícipe a toda la comunidad, era la consecuencia obvia, como único modo de captar los problemas en su verdad viva, realista y concreta, evitando la anomalía de que cuestiones que afectan tan íntimamente a todo el pueblo de Dios quedasen entregadas tan sólo a la deliberación de una asamblea de pastores célibes.

En esa misma línea está la llamada expresa del papa a hablar y dialogar con plena libertad, garantizando además el ejercicio de la misma con su presencia atenta, callada y sin interferencias. Además, el refuerzo de un estilo sin miedo a la luz y los taquígrafos es garantía de que los resultados alcanzados en la asamblea no quedarán finalmente al arbitrio de una redacción última, fuera ya de toda posibilidad de garantizar su fidelidad a lo acordado.

2) La opción pastoral, que con sabiduría teológica renuncia a imponer un modelo previo, en nombre de una tradición ya elaborada, abre las puertas a una reflexión creativa. No pretende disponer de soluciones ya hechas, sino que, como dijo en la homilía de apertura, exhorta a dejarse guiar por el Espíritu Santo, para no frustrar “el sueño de Dios” e ir “más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad”.

En la realización teológica de la tarea, el papa ha insistido repetidamente en la estructura fundamental del proceso. Lo único verdaderamente seguro, la “certeza dogmática”, lo que pertenece a la competencia religiosa de la iglesia, está en exhortar al reconocimiento y cumplimiento de aquellos valores que se reconocen claramente como concordes con el proyecto divino para la humanidad, dejando a la reflexión actualizadora, condicionada por el tiempo y la cultura, la concreción que pertenece al plano específicamente ético o moral[16].

Esto es decisivo, porque en la confusión de planos reside el núcleo de las resistencias, que pretenden defender en nombre de la fe lo que son concreciones morales claramente condicionadas por su circunstancia histórica. No se piensa que esa concepción va justamente contra la esencia misma de la revelación bíblica. De otro modo deberían, por ejemplo, defender hoy la poligamia, porque así lo hizo la Biblia en momentos culturales que, a nivel moral, lo exigían o lo hacían comprensible.

Ciertas argumentaciones acerca de la homosexualidad, apoyándose en textos bíblicos cultural y socialmente condicionados, no acaban de ver esta evidencia. E incluso en un tema tan firme y sancionado por las palabras de mismo Jesús, como es el de la indisolubilidad del matrimonio, no atienden a la libertad ejercida en el mismo Nuevo Testamento. Allí, sin cuestionar el valor religioso de la exhortación del Señor, Mateo, con su excepción en el caso de la porneia (sea cual sea el significado exacto, adulterio o algún tipo ilícito de conducta sexual) y Pablo, con el después llamado “privilegio paulino”, proponen de manera expresa modificaciones en el nivel de la moralidad práctica; a lo que ha de añadirse el hecho de que, mucho más tarde, la iglesia ha introducido todavía el “privilegio petrino”.

No interesa aquí, claro está, la casuística acerca del alcance o la justificación de esas excepciones. Lo importante es ver como en la tradición de la iglesia, desde los mismos orígenes, están presentes una libertad y una capacidad de comprensión y adaptación, que las circunstancias de la cultura actual non sólo hacen más comprensibles, sino incluso más necesarias.

3) Es ahí, en el espíritu de comprensión donde se ejerce la otra dimensión. La necesidad de partir de la experiencia, ganando libertad teológica y pastoral desde el enraizamiento firme en la seguridad que da la confianza en la fidelidad infalible del amor divino. Sólo interesan y tienen garantía evangélica las conclusiones y las teorías que parten de esta raíz y respetan su intención. De ahí la necesidad de que los teólogos “no se contenten con una teología de escritorio”, que los pastores recuerden “que la autoridad en la Iglesia es servicio” y que todos comprendan que lo fundamental es “derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los seres humanos”, sin ceder a la tentación de mirar a la humanidad “desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas”.

En esta actitud, su óptica se hace evangélica, y del ejemplo de Cristo aprende que lo decisivo es tener “las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos!”. Entonces, ante el problema de la comunión de los divorciados, el rigorismo pierde su sentido, porque se hace claro lo fundamental: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”, puesto que “la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG, n. 47).

Y sobre todo, para cualquier problema, el criterio no debe situarse en teorías abstractas ni en fidelidades jurídicas, sino en el esfuerzo por acomodarse a la óptica de Dios, que, como dijera Juan, es siempre “más grande que nuestro corazón”. Francisco lo ha repetido en concreto. Ante la pregunta, de claro corte saduceo —si dices que sí, vas contra la tradición; si dices que no, reniegas de la bondad— acerca de la homosexualidad, contesta al estilo del Nazareno: “’Dime: Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?”.

No cita en este contexto las dos magníficas y repetidas afirmaciones de san Juan de la Cruz acerca de la mirada divina. Con ellas quiero cerrar estas reflexiones, pues confirman bellamente la propuesta papa. “El mirar de Dios es amar”, dice la primera, que llama a la comprensión, a la solidaridad, al apoyo y a la acogida generosa; acogida dispuesta incluso a aprender allí donde antes sólo había discriminación y condena (lo decía un lúcido texto de la primera redacción, que —por desgracia y esperemos que sólo “todavía”— no ha recibido la suficiente votación en la asamblea). La segunda afirmación es: “El mirar de Dios es crear”, rompiendo continuamente nuestras estrecheces y fronteras, llamando a traspasar el ensimismamiento eclesiástico, para entregarse creativamente a la novedad divina, siempre volcada a favor de la realización de una humanidad más humana.

[1] G-L. Müller, La esperanza de la familia, publicado —nótese— por la BAC, Madrid 2014.

[2] Remaining in the Truth of Christ: Marriage and Communion in the Catholic Church; ha aparecido ya la traducción castellana: Permaneciendo en la verdad de Cristo: Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica”, Madrid 2014.

[3] Non è Francesco, Roma 2014.

[4] París 1966; traducido por Desclée, Bilbao 1968.

[5] Paris 1968; taducido por Herder, Barcelona 1970.

[6] Salamanca 1968; original 1966.

[7] Gaudium et spes, n. 5.

[8] Ibid., n. 33; subrayado mío.

[9] La cita es de su autobiografía Weiter Raum, Gütersloh 2006, 203.

[10] Cf. A. Torres Queiruga, Magisterio y teología: los   principios confrontados a los hechos: Concilium 345 (2012) 59-74; Aclaraciones sobre una notificación: Concilium 346 (2012) 159-168; Por una justa relación entre el magisterio pastoral y el teológico. Aclaraciones acerca de una notificación de la Comisión Episcopal de la Fe: Iglesia Viva n. 259 (2012/2) 103-124.

[11] Barcelona 2010.

[12] Amar: fundamento y principio; vulnerabilidad y solidez: Sal Terrae 81/4, 1993, 281-292.

[13]  Mi vida, Madrid 2005, 45.

[14]  De Ratzinger a Bergoglio o Los vuelcos en la Iglesia, conferencia en la Real Acacemia de Ciencias Morales y Políticas; publicada después, con algunas modificaciones, en varias revistas.

[15] Evangelii Gaudium, n. 32; en adelante citarei no texto como EG.

[16] Redactadas estas líneas, compruebo que, hablando en el Sínodo Antonio Spadaro, definió bien esta estructura gnoseológica, hablando del “pensamiento incompleto del ‘discernimento pastorale’”. Lo describe así: “Il discernimento pastorale, vissuto con prudenza, saggezza e audacia, appare la strada giusta per pensare in termini di misericordia. Occorre riscoprire così il patrimonio dottrinale della tradizione in modo da prendere sul serio la odierna condizione umana. Questo discernimento pastorale è il risultato di quello che il Santo Padre ha definito ‘pensiero incompleto’ e aperto (Civ Catt 2013 III 449-477), che sempre, in continuazione, guarda il cammino all’orizzonte, avendo come stella polare Cristo. Il pensiero è ‘incompleto’ non perché debole o approssimativo, ma semmai perché ‘approssimato’, cioè perché ha sempre presente il prossimo, la persona, la salvezza di ciascuno.  Il discernimento pastorale in tutti i casi punta sempre alla maggiore crescita possibile della persona. Del resto è proprio questa la maggior gloria di Dio (cfr Ireneo di Lione, Contro le eresie, 4,20,5-7)”. Puede verse la intervención en: http://www.cyberteologia.it/2014/10/intervento-di-p-antonio-spadaro-s-i-al-iii-sinodo-straordinario-dei-vescovi-sulla-famiglia/ (acceso 24-10-2014).

 

Felicitación navideña de Rafael Díaz-Salazar

Felicitación navideña de Rafael Díaz-Salazar

Rafael Díaz-Salazar, veterano colaborador de Iglesia Viva (ver sus artículos) nos envía esta felicitación:

Queridas amigas y amigos: Os deseo una Feliz Navidad. En la imagen y la poesía podréis ver el mensaje que os mando. Intentemos en nuestros ambientes que la Navidad no sea muy “robada”Celso Emilio Ferreiro, el gran poeta gallego, nos avisa. Un abrazo

 

FELIZ NAVIDAD-HOAC

 

    BELÉN  AÑO CERO

    Junté el viento frío con la aguanieve,
    junté la noche negra con la helada,
    y vi un niño desnudo en un pesebre.

    Qué misterio más hondo, qué aventura:
    El niño no quería
    gozar de otros hermanos, ni de otra ayuda

    Por algo estaba allí, por algo estaba
    tan lejos de la riqueza agasajadora,
    tan cerca de la pobreza desolada.

    Por algo los pastorcitos se acercaron.
    Y si el viento pasó tan paso a paso
    cantando suavemente, fue por algo.

    Por algo era María una artesana,
    cuando podía ser si quisiera,
    primera dama, esposa principal.

    Por algo era José un carpintero
    de fuertes, recias manos encanecidas
    en la garlopa, en el escoplo y en el martillo.

    Junté a todos los huérfanos en una sola cuna,
    junté las injusticias con los ultrajes
    y los puse de ofrenda en un pesebre.

    ¿Quién fue el que robó mi presente?

    Celso Emilio Ferreiro, Viaje al país de los enanos (1968)

     

     

    [Y a continuación podemos gozar la versión original en gallego, gracias a la colaboración de Andrés Torres Queiruga:

    “Xuntei o vento frío coa auganeve,
    xuntei a noite negra coa xeada,
    e vin un Neno espido nun pesebre.

    Que misterio máis fondo, que aventura!:
    O Neno non quería
    gozar doutros irmáns, nin doutra axuda.

    Por algo estaba alí, por algo estaba
    tan lonxe da riqueza gasalleira,
    tan preto da pobreza desolada.

    Por algo os pastoriños se achegaron.
    E se o vento pasou tan paseniño
    cantando suavemente, foi por algo.

    Por algo era María unha artesá,
    cando podía ser, se ela quixese,
    primeira dama, esposa principal.

    Por algo era Xosé un carpinteiro
    de fortes, rexas mans encalecidas
    na garlopa, na trencha e no martelo.

    Xuntei tódolos orfos nun só berce,
    xuntei as inxustizas coas aldraxes
    e púxenas de ofrenda nun pesebre.

    Quen foi o que roubou o meu presente?]

 

 

Francisco mediador reconocido entre Cuba y EEUU

Francisco mediador reconocido entre Cuba y EEUU

IV-minilogoUna reflexión de Antonio Duato sobre el acuerdo hecho público ayer.

E l papa tiene en su escudo dos palabras: misericordia y elección (miserendo atque eligendo). Su intervención en la histórica caída del muro del Caribe creo que son una prueba de que las dos cualidades (corazón en su forma de mirar la realidad y sabiduría en la elección de los medios de actuar para transformarla) están determinando todo el pontificado del papa Francisco.

Ya los papas anteriores se habían abierto a Cuba, pero en Francisco parece que ha primado el romper el bloqueo que atenazaba a los cubanos para aliviar la situación de pobreza de estos sobre el deseo de conseguir medios y visibilidad para la Iglesia católica. Estos días se habla de que un éxito del papa Benedicto, que celebró su 81º cumpleaños en la Casa Blanca, fue conseguir que Cuba se hiciera oficialmente festivo el viernes santo. Francisco ha demostrado estar más atento al sufrimiento del pueblo que a la exaltación de la Iglesia.

Pero si la inteligencia cordial de Francisco está fuera de duda, lo que a veces muchos hemos temido es que no la acompañase también una inteligencia astuta para encontrar los medios con que llegar a ser efectivo en la resolución de los problemas. La astucia dirigió al papa Roncalli a elegir el proyecto de un concilio ecuménico y a defender la libertad en el seno del mismo como estrategia fundamental para cambios de la Iglesia y, en cascada, en la sociedad. Pero creo también que en Francisco, a pesar de fallos aparentes que pudieron aparecer en los primeros momentos, está brillando una extraordinaria sabiduría en el cómo elegir y cómo hacer las cosas.

PAROLIN-TVY una de las más sabias elecciones de Francisco, a mi parecer, fue la de poner al frente de la diplomacia vaticana y del futuro gobierno colegial de la Iglesia, que está remodelando, a una persona como Pietro Parolin. De origen humilde, sencillo, discreto, joven (aún no llega a los 60 años), inteligentísimo y alejado de todas las rencillas vaticanas, Parolin va demostrando tener un corazón y una habilidad que le van a ser muy necesarias al papa de la misericordia. Y este éxito de ayer no va a ser único. Su lenguaje corporal, como hoy se dice al rostro y actitud, en aquel discurso en que Hugo Chaves arremetió contra el cardenal venezolano Urosa, a la vez que se declaraba seguidor de Cristo, me impresionaron en su día, sin presentir hace cuatro años a dónde iba a llegar ese desconocido nuncio. Hace dos semanas dirigió a periodistas un importante discurso sobre el diálogo.

Si es verdad que el papa Wojtyla pudo ser pieza clave en la caída del bloque socialista, su acción se mantuvo en secreto –M. Politi y C. Bernstein revelaron muchos datos sobre ello en su libro de 1996–, y consistió más en el debilitamiento de una parte que en el diálogo y, desde luego, no llegó a obtener el reconocimiento público y oficial que ha obtenido en este caso la mediación del papa Francisco. La mediación de Francisco se ha desarrollado con discreción pero ha sido reconocida públicamente por las dos partes, junto con la del gobierno de Canadá.

Y, sobre todo, no creo que Francisco se haya comprometido con esta acción con contraprestaciones que frenen el impulso por la justicia contra la opresión mundial que produce el sistema económico neoliberal. Faltan pocos días para que se conozca el texto completo del mensaje del papa en el día de la Paz, el 1 de enero, que este año será sobre cómo la esclavitud sigue hoy siendo propiciada y camuflada por muchas formas que derivan del sistema económico imperante.

Cristianismo de baja intensidad

Cristianismo de baja intensidad

XIMO2
Joaquín García Roca pertenece al Consejo de Dirección de Iglesia Viva desde 1977. Ver sus artículos 

¡Si, han leído bien, quédense con este eslogan! Empieza a moverse  por todos los círculos religiosos y laicos que pretenden socavar el proyecto del papa Francisco. El eslogan se ha oficializado en la última Conferencia  General del Episcopado italiano, celebrada el mes de noviembre. Al inicio de la Asamblea, los obispos le encomendaron a su sociólogo de referencia, Luca Diotallevi, una ponencia con el titulo Hacia un catolicismo de baja intensidad. Una contribución sociológica para la situación italiana” Con referencias veladas, quería ser un análisis de la situación actual de la Iglesia bajo el efecto Francisco.  El auge religioso, que se supone acompaña al pontificado de Francisco según el sociólogo, se construye sobre la destrucción del cristianismo confesional y sobre la religión de baja intensidad, que concede al consumidor religioso la capacidad de elegir entre las ofertas religiosas. Bastará que las autoridades religiosas rebajen las propias pretensiones normativas, flexibilicen sus convicciones y muestren gran indulgencia para disponer de un futuro prometedor y un discreto liderazgo. Prueba de que se ha entrado en esta deriva, según el sociólogo, es la renuncia a la doctrina tradicional sobre el sacramento del matrimonio para apostar por alusiones genéricas a la familia. Incluso la crisis del clero  es el resultado de un cristianismo de baja intensidad.
Según este diagnóstico, la Iglesia a consecuencia del proyecto de Francisco, padece el síndrome de la relajación, que liquida sus firmes convicciones y renuncia al carácter misionero y martirial, que habría caracterizado a los dos anteriores pontificados.  Para dicho sociólogo y para el coro de cardenales y obispos italianos que asentían complacidos, la tesis les confirmaba en su rechazo al pontificado de Francisco,

 

Para muchos de ellos, invocar la misericordia es abrirse a la siempre perversa tolerancia y abandonar la santa intolerancia; apostar por el diálogo es perder la identidad, renunciar al poder es debilitar las instituciones eclesiásticas. El eslogan es tan potente que en torno a él se han convocado cardenales y obispos otrora obedientes al Papa y ahora descreídos,  movimientos eclesiales conservadores que confundieron el deseo de Dios con sus intereses orgánicos, institutos de opinión que incubaron sus ideologías con ropajes religiosos.

 

La tesis de una “low intensity religion” viene proclamándose desde hace décadas por parte de la sociología americana para explicarse el éxito de los pentecostales, los carismáticos y la New Age, mucho antes de que llegara Francisco. Incluso puede afirmarse que los pontificados anteriores pretendieron afrontarla, al parecer con poco éxito.

 

¿Realmente lleva el diálogo a la acomodación, como reprochan al papa Francisco  o es el diálogo la señal de identidad de la comunidad de Jesús? Se es católico en la medida que se es capaz de descubrir las “semillas del Verbo”, que existen en otras historias, en otras tradiciones, en otras religiones. Como expresó el Concilio “la Iglesia… no está ligada de una manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre antigua o reciente… Puede entrar en comunión con las diversas civilizaciones. De ahí el enriquecimiento que resulta, así para ella como para cada cultura” (GS 58) Sólo cabe descubrir sus signos y señales en diálogo con todos, ya que no somos sus dueños ni sus propietarios.

 

Como sociólogo de la cultura tengo más razones para creer que hoy triunfa más la dictadura de lo fuerte y de lo violento, que la propuesta por la ternura y por la paz.  Basta acercarse a los estadios de fútbol, a los telediarios, a las tertulias y a los programas de mayor éxito  par observar que la ternura y la misericordia, predicada por Francisco, es anticultural. La violencia es la ideología dominante, mientras que la ternura es la convicción de los perdedores. El sociólogo haría bien en advertir que lo débil, lo tierno, lo insignificante y la tolerancia venden menos que la violencia, el fanatismo o la maldad. Quien nombre el diálogo no ganará unas elecciones. El discurso y las prácticas de Francisco no son acomodaticias sino profundamente anticulturales, a causa de su calidad evangélica. Basta atender a los índices de audiencia para ver que la apuesta por la tolerancia, la compasión o la misericordia no es lo que triunfa en el mercado. Asi lo ha entendido el cineasta Ridley Scott, que estas fiestas navideñas, llena los cines para ver “Exodus”, que presenta a un Dios guerrero con la mano de hierro, vengativo, iracundo, salvaje y fanático, al que no importan los daños colaterales que causa en el pueblo egipcio Un papa preocupado por decirle a la gente lo que le gusta escuchar, tengo serias dudas que le ofreciera la película de Roberto Rossellini “Francisco, juglar de Dios”. El éxito mundano hoy cae de parte de los fundamentalistas, de los que venden certezas, de los autoritarios.

 

En ciertos sectores, se le critica a Francisco que renuncie a la ortodoxia y a la pastoral y moral consecuentes con ese dogma para recibir el aplauso del mundo. A mi entender, sucede más bien lo contrario, ningún pontífice ha incomodado tanto a los poderes de este mundo como Francisco en su posicionamiento contra el sistema capitalista, “que es radicalmente injusto” (EG 59), contra “el fetichismo del dinero, que mata” (EG 55), contra “la absoluta autonomía del mercado y la especulación financiera (EG 56), contra la vergüenza migratoria y contra el Estado Islámico y quienes lo han promovido, pues sus crímenes no deben recaer sobre el Islam como otros querrían. Ningún pontífice ha incomodado tanto a los clérigos satisfechos como Francisco al denunciar a los falsos pastores y a los encubridores. No se le puede acusar de relativismo ni  de tibieza ni de abaratamiento de las exigencias evangélicas.

 

Un comentarista español añade para que no exista duda que  “Benedicto XVI, al contrario, quiso preparar a la Iglesia para que perdiera el miedo a ser minoría e incluso a sufrir el martirio. Ahora las cosas son distintas. Parece que se aspira a convertir la Iglesia en una religión de baja intensidad mucho más aplaudida y menos influyente porque no tiene nada que decir que no sea lo que todos dicen y aplauden. Entre una Iglesia aplaudida porque renuncia a la ortodoxia y a la ortopraxis y una Iglesia perseguida porque imita al Crucificado, yo escojo la segunda”

 

Subyace en esta crítica la idea radicalmente falsa de que una opción pastoral basada en la misericordia abandona el coraje para hacer frente a los conflictos de este mundo. ¿Acaso invitar a “salir al encuentro”, como hace Francisco, significa abandonar la tradición propia, o más bien la tradición se ha construido por los sucesivos encuentros del evangelio de Jesús con el espíritu de cada  tiempo? Decir que la Iglesia es un “hospital de campaña” no significa negar su condición de Misterio, sino indicar que el mayor misterio consiste en realizarse como curación. La misericordia no es gracia barata como bien saben los que se han sentido perdonados alguna vez.

 

Los ejércitos son visibles, las paredes son visibles, los templos son visibles, los muros son visibles, las tiaras son visibles pero también son visibles el amor, la confianza, la bondad, la túnica ligera, la compasión. Y como solicitaba el Concilio “ la Iglesia renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición”  (GS 76)

 

El análisis sociológico no puede dar soporte empírico ni argumento serio que permita atribuir la baja intensidad al factor Francisco. Más bien al contrario, fue el monopolio católico y la intolerancia quien vació los templos y produjo la crisis de las vocaciones. El fundador del fascismo italiano, Benito MUSSOLINI, lo expresó inequívocamente a su Ministro de Asuntos Exteriores: “¡Yo soy católico y anticristiano!” Para su proyecto político antidemocrático y totalitario necesitaba del catolicismo pero rechazaba el cristianismo como aliento profético capaz de denunciar los comportamientos antihumanos del fascismo y estimar lo que el fascismo desestimaba. Aquello sí que era  “mundanidad”, era acomodo, era arrogancia, era imposición, justo lo que convirtió el cristianismo en una religión de baja intensidad.

 

Los templos se vaciaron antes de llegar Francisco cuando se tronaba desde los púlpitos. Los seminarios se cerraron a causa de un modelo periclitado de vivir la vocación antes de llegar Francisco, el descrédito no llegó con Francisco sino cuando la Iglesia se contagió del poder mundano. Eso es  justo lo que hizo que Francisco fuera esperado y deseado por el pueblo fiel. En lugar de una Iglesia de baja intensidad, es él quien nos regala una Iglesia de alta intensidad evangélica.

 

[Traducción del valenciano del artículo que se publicará en breve en la revista Cresol de Valencia]

Las nuevas luchas de liberación en Latinoamérica

Las nuevas luchas de liberación en Latinoamérica

IV-minilogoCuando muchos creían que la teología de liberación estaba muerta, la conciencia de los nuevos tipos de explotación está despertándose en Latinoamérica. Y esta vez con dos características nuevas: Primero: unión de las diversas confesiones y religiones. Segundo: identificación del enemigo común en el sistema neoliberal globalizado que se apodera de la opinión pública y de los gobiernos con la promesa de inmensas riquezas que después llegan solo a muy pocos. Lo que se dice en esta declaración de 65 asociaciones y movimientos coincide con la denuncia que hizo hace poco Ernesto Cardenal del “gran negocio” desvastador del nuevo Canal de Nicaragua.

 

Declaración Final del II Encuentro Latinoamericano sobre Iglesias y Minería

    Recogiendo las preocupaciones e iniciativas de diversas comunidades e Iglesias locales a lo largo del continente, sobre el incremento de las agresiones a la vida y los Bienes Comunes derivadas del modelo extractivo, hombres y mujeres de fe, provenientes de diversas congregaciones y confesiones religiosas de 13 países de América Latina y el Caribe, inspirados en la Dimensión Social y Profética del Evangelio y acogidos por la Conferencia de Obispos del Brasil, compartimos las reflexiones, valoraciones y compromisos que hemos asumido a lo largo del II Encuentro Latinoamericano sobre Iglesias y Minería, celebrado en Brasilia del 2 al 5 de Diciembre del año 2014.
Red Muqui

Con gozo y esperanza, hombres y mujeres de fe, provenientes de diversas congregaciones y confesiones religiosas de 13 países de América Latina y el Caribe, inspirados en la Dimensión Social y Profética del Evangelio y acogidos por la Conferencia de Obispos del Brasil, compartimos las reflexiones, valoraciones y compromisos que hemos asumido a lo largo del II Encuentro Latinoamericano sobre Iglesias y Minería, celebrado en Brasilia del 2 al 5 de Diciembre del año 2014.

Recogiendo las preocupaciones e iniciativas de diversas comunidades e Iglesias locales a lo largo del continente, sobre el incremento de las agresiones a la vida y los Bienes Comunes derivadas del modelo extractivo, y en continuidad con el I encuentro sobre Iglesias y Minería realizado en el 2013 en Lima, Perú, nos hemos reunido para reflexionar, compartir, celebrar y generar caminos que nos permitan, en fidelidad al evangelio de Jesucristo, acompañar de manera articulada a los pueblos de nuestra América Latina que se sienten amenazados y condenados a la destrucción de sus medios de vida y a la negación de un futuro posible, en abierta contradicción y tensión del proyecto de vida proclamado por la visión cristiana del mundo.

A lo largo de estos días hemos reafirmado como la imposición del modelo extractivo, promovido por las grandes corporaciones, las economías globales y con la complacencia de quienes gobiernan nuestros Estados Nacionales, lejos de contribuir al bienestar de todos y todas, incrementa las desigualdades, las violaciones a Derechos Humanos individuales y colectivos, la división de la familia Latinoamericana y de nuestras comunidades, la destrucción de zonas privilegiadas por su riqueza de bienes naturales y la diversidad biológica de nuestro continente.

Con tristeza reconocemos como junto a las graves violaciones a los Derechos Fundamentales de los pueblos de nuestra América, se ha agudizado la crisis ecológica causada por un modo de vida consumista y mercantilista de bienes y un modelo extractivo que no reconoce ni respeta los límites de nuestro planeta y que, además de fragmentarlo y acelerar su degradación y vulnerabilidad, está convirtiendo en mercancías los territorios de nuestros pueblos originarios, los minerales, la biodiversidad, los combustibles fósiles y el gas natural, la energía del viento, del agua y del sol y demás Bienes Naturales.

Todo esto, nuestro Dios Creador nos entregó para el sustento de la vida, así como para su disfrute y bienestar colectivo, y no para el enriquecimiento desmedido, que desconoce los derechos colectivos que compartimos entre todos los seres humanos que habitamos este planeta, en este momento histórico, así como también la responsabilidad solidaria de entregar a nuestras futuras generaciones un mundo mejor, como el que recibimos.

La valiosa diversidad cultural de los pueblos de América, con cosmovisiones respetuosas y armónicas hacia la Madre Naturaleza, se encuentra gravemente amenazada por la imposición de este modelo que acapara los territorios a cualquier costo y se convierte en un proceso activo de despojo, que atropella a quienes se resisten a él, con mecanismos que van desde las amenazas, la persecución, la cooptación, la criminalización, la judicialización y hasta el asesinato de líderes comunitarios, defensores y pastores que acompañan estas luchas.

Los medios de comunicación comerciales contribuyen a la promoción de la falsedad de este modelo, seduciendo a la población con promesas que no son cumplidas, ya que, como expresión extrema del modelo neoliberal, su objetivo es la acumulación de capitales y no la distribución equitativa de bienes.

Compartimos con alegría como diversos sectores y líderes de las Iglesias Cristianas hemos asumido la misión profética de acompañar a las comunidades y personas que defienden la Creación, la Vida y el Derecho frente al modelo extractivo, como una forma concreta de fidelidad a nuestra misión eclesial en estos momentos de la historia.

Confiamos y esperamos que cada vez más nuestras Iglesias, desde las bases, hasta las jerarquías, asuman posiciones consecuentes frente a la problemática generada por este modelo extractivo y depredador de Recursos, tal y como se reconoció en el documento de Aparecida”…hay una explotación irracional que va dejando una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región” (DA 43).

Frente a esta realidad, nos definimos como una articulación de personas y organizaciones religiosas, con espíritu ecuménico e interreligioso, que en fidelidad a nuestra opción por los empobrecidos e empobrecidas, luchamos a favor de la Vida y los Bienes de la Creación.

En relación con las comunidades, reafirmamos nuestro compromiso de trabajo con las bases expresado en intercambios de saberes y conocimientos, estrategias de protección, defensa y solidaridad, acompañamiento en la generación y presentación de acciones de denuncia local, nacional e internacional, entre otras.

Queremos profundizar una mística que anime nuestro actuar, nos permita construir propuestas de acción y nos ayude a avanzar en nuestras reflexiones y lecturas teológicas.

Nos comprometemos a continuar promoviendo la articulación internacional para el dialogo, la incidencia y la denuncia, en coordinación con otros actores religiosos tales como: Franciscans International, Vivat International, Mercy International, la Red Cidse, la Red Eclesial Pan Amazónica, el Pontificio Consejo de Justicia y Paz, así como también con otros actores sociales como el Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina y diversas expresiones sociales con que compartimos propósitos y visiones a lo largo del continente.

Que la Mística y el espíritu de hermandad que ha caracterizado este encuentro nos animen a asumir con mayores energías la misión profética y la responsabilidad colectiva en el cuidado de la vida y de los Bienes Comunes.

Brasilia, 5 de Diciembre de 2014.

Para contactarnos y conocer nuestras propuestas concretas: iglesiaymineria@gmail.com

  • Ação Franciscana de Ecologia e Solidariedade – AFES –
  • Agenda Latinoamericana Mundial
  • Amerindia Colombia y Continental
  • Associação Ecumênica de Teólogos/as do Terceiro Mundo – ASETT –
  • Associação Madre Cabrini, Irmãs Missionárias do Sagrado Coração de Jesus – Brasil
  • Caritas de El Salvador, El Salvador
  • Caritas Jaén, Perú
  • Centro de Ecología y Pueblos Andinos -CEPA- Oruro Bolivia
  • Centro de Justicia y Equidad -CEJUE- Puno, Perú
  • Centro Franciscano de Defesa dos Direitos, Brasil
  • Claretianos San José del Sur, Uruguay, Paraguay y Chile
  • Coalición Ecuménica por el Cuidado de la Creación, Chile.
  • Consejo Latinoamericano de Iglesias – CLAI-
  • Consejo Mundial de Iglesias, Justicia Climática -CMI-
  • Conselho Indigenista Missionário -Brasil-
  • Coordinación Continental de Comunidades Eclesiales de Base
  • Comissão Verbita, JUPIC- Amazonía.
  • Comitê em Defesa dos Territórios frente à Mineração, Brasil.
  • Comunidades Construyendo Paz en los Territorios – Fe y Política -Conpaz- Colombia.
  • Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil -CNBB-
  • Comisión Intereclesial Justicia y Paz -Colombia-
  • Comissão Pastoral da Terra -CPT- Brasil.
  • Comunidades de Vida Cristiana -CVX-
  • Comunidades Eclesiales de Base, Colectivo Sumaj Kausay, Cajamarca, Argentina.
  • Coordinación Continental de Comunidades Eclesiales de Base.
  • Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, Perú.
  • CPT Diocese de Óbidos, Pará, Brasil.
  • Departamento de Justicia y Solidaridad de la Conferencia Episcopal Latinoamericana – DEJUSOL, CELAM.
  • Derechos Humanos Sin Fronteras, Perú.
  • Derechos Humanos y Medio Ambiente de Puno -DEHUMA-, Perú
  • Diálogo Intereclesial por la Paz en Colombia, DIPAZ, Colombia
  • Diocesis de Copiapó- Alto del Carmen – Chile
  • Diocese de Itabira- Fabriciano Minas Gerais, Brasil
  • Dirección Diocesana Cáritas de Choluteca, Honduras
  • Equipe de Articulação e Assessoria as Comunidades Negras do Vale do Ribeira, EAACONE, Brasil.
  • Equipo Investigación Ecoteología, Universidad Javeriana, Bogotá.
  • Equipo Nacional de Pastoral Aborigen, ENDEPA, Argentina.
  • Franciscans International.
  • Hermanas de la Misericordia de las Américas, Argentina.
  • Iglesia Evangélica Presbiteriana de Chigüinto, Chile.
  • Irmãos da Misericórdia das Américas Juventude Franciscana do Brasil – JUFRA-
  • Justiça, Paz e Integridade da Criação Verbitas – JUPIC SVD – Província BRN
  • Mercy International
  • Mesa Ecoteológica Interreligiosa de Bogotá D.C. – MESETI –
  • Misioneros Claretianos Centro América y San José del Sur, Argentina
  • Misioneros Combonianos, Brasil e Ecuador
  • Movimento dos Atingidos por Barragens no Vale do Ribeira -MOAB- Brasil.
  • Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina -OCMAL-
  • Oficina de JPIC OFM, Roma.
  • Oficina de JPIC Sociedad Misionera San Columbano, Chile
  • Orden Franciscana Seglar, Uruguay
  • Organización de Familias de Pasta de Conchos, México
  • Pastoral de Cuidado de la Infancia, Bolivia
  • Pastoral Indígena, Ecuador
  • Pastoral Indigenista de Roraima -Brasil-
  • Pastoral Social Cáritas Oruro, Bolivia
  • Pastoral Social Diócesis de Duitama Sogamoso, Boyacá, Colombia
  • Pastoral Social Diócesis de Pasto, Nariño, Colombia
  • Radio el Progreso Yoro-ERIC- Honduras
  • Red de Educación Popular de América Latina y el Caribe de las Religiosas del Sagrado Corazón
  • Rede de Solidariedade Missionárias Servas do Espírito Santo, Brasil
  • Red Muqui, Perú
  • Red Regional Agua Desarrollo y Democracia, Piura, Perú
  • Secretariado Diocesano de Pastoral Social, Garzón Huila, Colombia.
  • Servicio Interfranciscano de Justicia, Paz y Ecología -SINFRAJUPE-, Brasil.
  • Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina, Oscar Romero, -SICSAL-
  • Servicios Koinonia
  • Vicaría de la Solidaridad, Oficina de Derechos Humanos, Jaén, Perú.
  • Vicariato Apostólico San Francisco Javier, Jaén, Perú.
  • Vivat International.

 

iviva.org para una Iglesia Viva más cercana

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IV-minilogoLo que empezó siendo hace casi cincuenta años una revista en papel para luchar contra el nacionalcatolicismo y difundir en España las ideas del Vaticano II, aspira hoy, sin renunciar a sus fines fundacionales, ser un medio de comunicación más cercano al hombre y a la mujer de hoy para sostener las propuestas básicas del papa Francisco: una Iglesia renovada y un mundo globalizado en el respeto a la dignidad de toda persona, en el que el sistema económico no esclavice y mate la vida.

La vida monacal a debate

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260-00 PORTADA

¿Para qué sirven los monjes y monjas? ¿Es la vida monacal una mera reliquia del pasado? ¿Puede un monasterio tener un influjo social y político en el mundo de hoy? ¿Se puede desde un monasterio ayudar a construir un mundo más justo y fraterno en este mundo?
Aunque haya casos esporádicos de monjes y monjas que salen en los medios, la vida de estas personas sigue siendo un misterio para la mayoría. IGLESIA VIVA se ha cuestionado en su número 260 la dimensión social y política de vida monacal. Y para ello ha dado la palabra a esas personas. Un benedictino brasileño, Marcelo Barros, el prior de Poblet, Lluc Torcal y unas monjas trinitarias de Cantabria nos responden sorprendentemente a esas preguntas.
Pero en dicho número hay más cosas.
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Movilización ciudadana responsable

Movilización ciudadana responsable

259-00 PORTADAEste es el título del último número de Iglesia Viva, correspondiente a los meses de julio a septiembre de 2014.
Es una reflexión profunda sobre cómo conseguir pasar de la movilización indignada a la organización eficaz sin caer en los defectos de los viejos partidos y movimientos sociales tradicionales.
El problema sigue estando en cómo mantener la concienciación y movilización popular y cómo proporcionarle responsablemente cauces políticos nuevos para que todo esto no degenere en mayor frustración y en la apatía individualista del ‘¡Sálvese quien pueda!’.
En este contexto IGLESIA VIVA presenta en este número tres estudios que, a tenor del clima social de creciente insatisfacción y protesta, reflexionan sobre las respuestas populares capaces de convertir este malestar en una verdadera alternativa política.
Y después otros muchos materiales cuyo esquema puedes consultar en

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