Sólo el evangelio nos sacará del atasco

Sólo el evangelio nos sacará del atasco

Castillo José María Castillo acaba de publicar en su blog Teología sin censura este artículo que suena mucho a llamada precursora a la meta-noia (cambio de mente) para poder acoger el Proyecto de igualdad humana de Jesús. Esa será la verdadera Cuaresma que hoy empieza.

 

El papa Francisco les dijo a los cardenales el domingo 15 de febrero: “Nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: la lógica de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada; y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio”. Esto es lo que dijo el papa. Lo que pasa es que ni nos enteramos del todo de lo que Francisco quiso decir. Y menos aún entendemos las consecuencias que lleva consigo asumir de veras la “lógica de Dios”.

 

La “lógica de Dios” es el meollo del Evangelio. Esto supuesto, la pregunta que tendríamos que afrontar es ésta: ¿nos puede sacar el Evangelio del atasco en que estamos metidos? Me refiero a la crisis y al atasco económico, social, político, cultural, jurídico y sobre todo ético en que nos tiene estancados y hundidos esta maldita crisis.

 

Así las cosas, yo me pregunto si el Evangelio nos podrá sacar de este atasco. Porque está visto que la economía y sus magnates, la política y sus gestores –al menos hasta ahora– ni nos sacan del atasco, ni dan visos de querer, incluso de poder, sacarnos. ¿Podrían hacerlo? Hay quienes piensan que sí. Pero, ¿podrán hacerlo, tal como están las cosas? Sinceramente, lo veo muy difícil. Extremadamente difícil, al menos en varios años, que quizá van a ser demasiados años. ¿Por qué? Yo no soy economista. Pero no estoy ciego. Y lo que veo es que la economía mundial funciona de tal manera, que, cada año que pasa, la riqueza mundial se va concentrando más y más en menos y menos personas. Con lo cual la desigualdad entre unos pocos (muy pocos) ricos y el resto de los habitantes del planeta es increíblemente asombrosa. Instituciones de ámbito mundial muy autorizadas nos dicen que el uno por ciento de los habitantes del planeta acumula ya tanta riqueza como el noventa y nueve por ciento restante. Ahora bien, una sociedad tan asombrosamente desigual es inevitablemente una sociedad, no sólo estancada, sino sobre todo desquiciada y sin futuro.

 

Pero no es esto lo peor. Lo más grave del asunto es que, en las sociedades democráticas, en que vivimos, la gente sigue votando a quienes nos han llevado a este desastre total. Y esos votantes quieren que nos sigan gobernando los mismos que nos han llevado a esta ruina y al futuro tan dudoso y sombrío que nos espera. Los mecanismos del sistema (no los partidos) hacen posible este desquiciamiento aterrador. Y no sólo lo hacen posible, sino que hasta lo hacen inevitable. Porque han llegado a producir un modelo de sociedad, una gestión del poder y un estilo de vida al que nos hemos acomodado y que –aquí está el secreto y la clave del asunto– nos resulta irresistiblemente seductor. Ya no es el “poder opresor” el que nos domina. Es el “poder seductor” el que hace con nosotros lo que quiere y lo que le conviene. Teniéndonos y manteniéndonos convencidos de que somos libres, más libres que nunca. Y persuadidos, además, de que esto no puede ser de otra manera. Porque es “el mejor estado de cosas” que se ha inventado hasta ahora. Nos han metido en la cabeza que este modelo (de economía y de política), hoy por hoy, no tiene alternativa.

 

Por todo esto digo que veo muy difícil que, al menos por ahora, salgamos de este atasco en el que estamos metidos. Y en el que, además, nos sentimos a gusto. Precisando más, estamos a gusto los que hacemos falta para apuntalar, mantener, asegurar y hacer que dure este sistema canalla, que tanto sufrimiento, tanta violencia y tanta desvergüenza sigue produciendo, y acumulando de día en día. Por supuesto, hay millones de criaturas que ya no pueden más. Pero también, para esos desamparados del sistema, hay “bancos de alimentos” y otras “ayudas” por el estilo. Para que sigan aguantando y no alboroten demasiado. Por eso insisto en mi pregunta: ¿podremos salir de este atasco? Esta es la cuestión que no me deja en paz.

 

Llegados a este punto, a muchos les parecerá ridículo el solo hecho de preguntarse si el Evangelio nos podrá sacar de este atasco. Podrá, por supuesto y en el mejor de los casos, atraer a los “alejados” y a los “excluidos” para que se acerquen a la Iglesia. Y eso, sin duda, es bueno. Es necesario. Más aún, es urgente. Pero con eso nada más no cambiamos el sistema. Ni, por tanto, salimos de la crisis. Sinceramente y pensando en serio, ¿puede el Evangelio modificar el camino que lleva la economía, la cultura, la sociedad y la historia?

 

Hace más de medio siglo, el profesor de la Universidad de Oxford, E. R. Dodds, nos recordó cómo, en el imperio romano, en el largo período que medió entre Marco Aurelio y Constantino (del a. 161 al 306), se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia. Los ciudadanos de aquel enorme imperio se daban cuenta de que todo se desmoronaba: el mismo Imperio, las instituciones, la vida social, la economía y la religión, todo se venía abajo. Así cundió lo que el mismo Dodds denominó “una época de angustia”. Y fue en esta dura situación en la que ya, por primera vez, el Evangelio, no vivido como una religión de ritos, normas morales, promesas eternas, convento y sacristía, sino como “una conciencia nueva de sí mismo” que modificó aquella cultura, fue el factor determinante de una recuperación que ahora no estamos en condiciones de imaginar.

 

Fue entonces cuando el cristianismo se presentó “como una fe que merece la pena vivir porque es también una fe por la que merece la pena morir”. Así lo reconocieron, a pesar de sí mismos, hombres como Luciano (Peregr., 13), Marco Aurelio (11, 3), Galeno (R. Walzer, Galen and Jesus…, 15) y Celso (Orígenes, Contra Cels. 8, 65). Por otra parte, es notable que aquellos cristianos, por la fuerza del Evangelio, llamaron poderosamente la atención porque estaban abiertos a todos. No hacían distinciones sociales: aceptaban al obrero manual, al esclavo, al proscrito y al ex criminal. Todo el mundo encontraba acogida en cada grupo o comunidad de cristianos. Nadie era censurado, ni enjuiciado. De forma que, como bien notó Cipriano, en la comunidad cada cual se encontraba igual o mejor que en su propia casa (Ad Donat. 4 y 14). Es verdad que, durante el s. II e incluso el III, el cristianismo era aún en gran medida un “ejército de desheredados” (A. D. Nock). Pero también es cierto que los beneficios que acarreaba el Evangelio, vivido en serio, no se reducían a ofrecer esperanzas para el otro mundo. Cada grupo, cada “iglesia local”, poseía un sentido comunitario más fuerte que cualquier otro grupo laico o religioso (sobre todo las religiones de Mitra e Isis de aquel tiempo).

 

Así, los creyentes en Jesús se sentían unidos no sólo por unos ritos comunes, sino sobre todo por una forma común de vida, cosa que ya percibió Celso (Orígenes, o. c., 1, 1). Y también unidos por el mismo peligro que juntos corrían (E. R. Dodds). Su pronta disposición para prestar ayuda a quien la necesitase es cosa que quedó atestiguada no sólo por los autores cristianos, sino incluso por el mismo Luciano (Peregr., 12 s). Ya a comienzos del s. III, Tertuliano hace, en una apología pública y dirigida a los gobernantes, la audaz afirmación según la cual los cristianos “lo tenían todo en común, excepto la esposa de cada cual” (“Omnia indiscreta sunt apud nos praeter uxores”. Apol.39, 11).

 

Pero, como bien nota Dodds, más importante que los beneficios materiales era el sentimiento de grupo que la fe en Jesús estaba en condiciones de fomentar. Los modernos estudios sociológicos nos han familiarizado con la universalidad de ese “sentimiento de grupo” como algo absolutamente necesario para el individuo, así como con las formas inesperadas en que esa necesidad puede influir sobre la conducta humana, particularmente sobre los individuos desarraigados en las grandes ciudades. Epicteto (3.13.1-3) nos ha descrito el horrible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes. Y el mismo Dodds nos describe con admirable sencillez y profundidad cómo debió de vivirse aquel desamparo. “Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismo y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se sentía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro”. Y termina el insigne estudioso de la antigüedad: “Los cristianos eran “miembros unos de otros” en un sentido mucho más que puramente formal”. Con esta conclusión final:”Pienso que ésta fue una causa importante, quizá la más importante de todas, de la difusión del cristianismo” (Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid, 1975, 179).

 

Reflexión conclusiva

 

¿Seria esto posible en este momento? Mi modesto punto de vista es que, no sólo es posible, sino que es tan necesario que, a mi manera de ser, es la salida que nos queda. No digo que todos nos hagamos cristianos. Lo que digo es que el Evangelio, en el que tanto insiste el papa Francisco, es la salida que nos queda. Hoy ya no manda en el mundo lo que es más noble en la condición humana, la bondad, la honradez, la justicia, el amor y la ternura. No. Lo que manda sobre nosotros es la tecnología y sus mil artilugios, utilizados en interés de los potentados que lo manejan todo para su propio provecho.

 

¿Qué hacer? Vamos a fiarnos del gran líder mundial que ha surgido, que no es otro que el papa Francisco. Este papa repite constantemente que el Evangelio de Jesús es lo que nos puede sacar de este atasco que nos tiene paralizados en la falsa idea de que estamos saliendo y vamos adelante. Si la Curia Vaticana, si el Episcopado mundial, si el clero y los religiosos/as, si las parroquias…, las comunidades y grupos cristianos, todos y todas, dejamos de lado nuestros intereses y conveniencias, y nos centramos en organizarnos como grupos humanos en los que todo el mundo encuentra acogida, protección, ayuda, respeto, y sobre todo verdadero cariño, por ahí iremos viendo la luz de un Evangelio con menos carga de religión y costumbres de tiempos pasados, y más fuerza para hacer presentes y tangibles las tres preocupaciones que centraron la vida y las enseñanzas de Jesús; la salud para todos/as, la alimentación para todos/as, y las mejores relaciones humanas de que somos capaces. Lo demás vendrá por sí solo.

¿Entiende el papa cómo funciona ‘el mercado’ estadounidense?

¿Entiende el papa cómo funciona 'el mercado' estadounidense?

vatican insider

En este artículo se resume otro extenso del obispo McElroy, publicado por la revista América, con el título La Iglesia de los pobres, en el que afirma que el papa entiende el funcionamiento del mercado “demasiado bien”.

El mercado no es sacro; Francisco pone en crisis el modelo estadounidense

 El obispo auxiliar de San Francisco, McElroy, explica que el magisterio de Bergoglio ha encendido un debate en el país sobre la desigualdad, la libertad de empresa, la política y la dignidad humana

FRANCESCO PELOSO, Vatican Insider, 6-Febrero-2015
ROMA

 

La doctrina social propuesta por Papa Francisco no es bien vista por todos en los Estados Unidos. Desde hace un año, las críticas que ha dedicado Bergoglio al modelo del capitalismo financiero en su versión globalizada han suscitado algunos malos humores en ciertos ámbitos liberales o ultraliberales de los Estados Unidos. Pero hay también algunos que, con menos prejuicios, consideran que tal vez Papa Francisco no ha comprendido cómo funciona el “mercado”, por lo menos en su versión estadounidense. El obispo auxiliar de San Francisco, monseñor Robert W. McElroy, reflexiona al respecto en un largo artículo publicado por la revista mensual de los jesuitas “Actualizaciones sociales” que se titula “La ideología del mercado”. También fue publicado por la revista de la Compañía de Jesús en Estados Unidos, “America”.

 

Por una parte, el obispo indica que el estilo y las novedades que ha introducido Papa Francisco han sido muy bien recibidos entre la opinión pública de los Estados Unidos; la reforma de la Curia vaticana, la decisión pastoral de dirigirse «a las necesidades de los hombres», la invitación a la conversión y a la renovación personal mediante la fe, la promoción de una visión eclesial que no solo emita condenas, han sido factores que han contribuido a llamar la atención hacia Papa Francisco.

 

Exclusión en Nueva York

Exclusión en Nueva York

Sin embargo, los problemas comenzaron cuando (en particular con la publicación de la exhortación apostólica “Evangelii gaudium”) el magisterio del Papa afrontó argumentos económicos y fue tomando forma la crítica a un sistema financiero que «mata» a quienes están excluidos, a los que no son «consumidores». «Las críticas contra Papa Francisco –explicó mons. McElroy– se basan en tres elementos principales: el Papa no comprende la importancia del mercado; el capitalismo criticado por Papa Francisco es muy diferente del sistema económico de los Estados Unidos; el punto de vista del Papa está distorsionado por sus orígenes latinoamericanos y no estarían en sintonía con las enseñanzas de sus predecesores». Sin embargo, según el obispo, el problema no es tanto la falta de comprensión del Papa sobre el sistema capitalista o sobre la «centralidad de los mercados», sino más bien «que lo comprende demasiado bien, por lo que plantea cuestiones de fondo sobre la justicia y sobre el sistema económico estadounidense». Francisco, explicó el obispo auxiliar de San Francisco, pone en discusión algunos de los principios sobre los que se funda el modelo económico de los Estados Unidos: es decir el significado real que tiene la desigualdad económica, «la moralidad del libre mercado y la relación entre las actividades económicas y el lugar que cada quien tiene en la sociedad».

 

Los puntos afrontados por el magisterio del Papa, reveló McElroy, se relacionan con la presunta sacralidad del mercado de la que surge la inevitabilidad de la pobreza (es decir que el pobre lo es por responsabilidad propia) y la capacidad del sistema de producir bienestar y mejorar las condiciones de vida sin intervenciones exteriores; en este contexto, la libre empresa conjugada con el talento individual son los elementos clave de la ideología capitalista. De esta manera, «la desigualdad nace del derecho de hombres y mujeres a utilizar el proprio talento de la mejor manera que consideren y de la justa exigencia de recompensar a los individuos por su aportación a iniciativas específicas».

 

Y, si es justo que una sociedad establezca un mínimo de subsistencia para los propios ciudadanos, no se combate la desigualdad, porque en cierto sentido forma parte del sistema. «Pero, para la doctrina católica –escribió McElroy–, este presupuesto, tan profundamente arraigado en la cultura estadounidense, es radicalmente inaceptable. El punto de partida del pensamiento de la Iglesia no es la necesidad de maximizar el crecimiento económico o el derecho de los individuos a ser recompensados, sino la par dignidad de todos los hombres y mujeres, creados a imagen de Dios». En este caso, por lo demás, hay una alusión al punto 29 del documento conciliar “Gaudium et spes”, en el que se afirma: «las desigualdades económicas y sociales excesivas entre miembros y pueblos de una única familia humana, suscitan escándalo y van en contra de la justicia social, de la equidad, de la dignidad de la persona humana, cuando no contra la paz social e internacional». En esta perspectiva, indicó el religioso estadounidense, «graves desigualdades entre las naciones y en su interior son automáticamente sospechosas según la doctrina católica: no constituyen la materialización del orden natural, sino que representan una profunda violación del mismo».

 

McElroy observó que la sacralidad del mercado ha sido «traicionada» en diferentes ocasiones, incluso en los Estados Unidos y, en particular, con la reforma agraria del siglo XIX y a principios del siglo XX durante la Gran Depresión. En estas ocasiones las decisiones políticas sobre la economía fueron concebidas para favorecer cambios y reformas o afrontar periodos de crisis. El mercado, pues, debe ser siempre un instrumento, «un medio al servicio de las personas y de las comunidades», y no transformarse en un «imperativo categórico».

 

Para concluir, McElroy, con una referencia a la última campaña electoral presidencial de 2012, subrayó otra tendencia cultural de los Estados Unidos, según la cual la sociedad se divide entre «productores» («makers») y «asistidos» («takers»). «Los primeros son los que pagan impeustos mayores que los beneficios que reciben de la administración pública, mientras que los segundos son los que reciben mayores beneficios que los impuestos que pagan». La idea principal, se lee en el texto, «es que una porción consistente de la sociedad estadounidense drena constantemente recursos del sistema económico».

 

Se trata de una idea, observó el obispo, que se ha reforzado «debido al aumento de la desigualdad y de la reducción de la movilidad económica de los que nacen en familias que constituyen el 20% más pobre de la población». «El resultado –afirmó McElroy– es que justamente la exclusión contra la que Papa Francisco nos pone en guardia ha hecho mella en la retórica pública y en la unidad de la sociedad estadounidense. Los pobres, que era nel centro de la acción política y de la atención pública en los años 60 y 70 del siglo pasado, ahora se encuentran relegados a un rincón del debate público». «Los programas para beneficiarlos –explicó– deben ser justificados con base en las ventajas colaterales para la clase media. La idea, que a menudo no es explícita, pero que está profundamente arraigada en este cambio cultural, es que los que son pobres son, en gran parte, responsables de su pobreza».

 

Y entonces, «pensar que es posible dividir una sociedad entre “productores” y “asistidos” encarna exactamente ese individualismo condenado por Papa Francisco». Y esta división se basa en el principio de que la «producción de la riqueza es esencialmente una empresa individual, sin reconocer la enorme importancia del aporte de la sociedad en cualquier iniciativa empresarial. Niega la afirmación central de la doctrina católica de que la Creación es obra de Dios donada a la humanidad en conjunto, y que los bienes materiales tienen una distribución universal que no debe ser contradicha». Es, en definitiva, una forma ideológica que, además de los datos económicos, asignan al mercado el papel de «árbitro ético del mérito, del esfuerzo y del talento», y «ejerce una influencia subversiva en la sociedad estadounidense, sembrando discordia y división». «Sin reformas estructurales del sistema económico, que pretendan remover los obstáculos al crecimiento del empleo –concluyó McElroy–, el círculo vicioso de la exclusión económica y social, que es el centro del desafío lanzado por el Papa, solamente empeorará».

La teología del papa Francisco

La teología del papa Francisco

CastilloArtículo enviado a iviva.org por José Mª Castillo, que fue catedrático en la Facultad de Teología de Granada y sigue escribiendo libros y artículos de teología a pesar de la degradación que sufrió en dicha facultad como teólogo católico. Sus escritos en Iglesia Viva.

 

Como es bien sabido, no todos los católicos están de acuerdo con el papa Francisco. Y también se sabe que, entre quienes se oponen a este papa, abundan los que, de una forma o de otra, se lamentan de que el actual Sumo Pontífice de la Iglesia católica no es un papa “teólogo”, sino más bien un papa “pastor”. Es decir, a juicio de quienes le ponen serios reparos al papa Francisco, la Iglesia se ve gobernada, en este momento, no por la teología, sino por la pastoral. Pero, ¿a dónde va una Iglesia sin teología? En esto consiste una de las acusaciones más fuertes que no pocos opositores de este papa se plantean y nos plantean. ¿Qué decir sobre este asunto capital?

 

El profesor Gerhard Ludwig Müller, que escribió su enorme tratado de Dogmática en la universidad de Múnich y actualmente es el cardenal prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, afirma que “la teología es siempre la iluminación científica de la confesión y la praxis de fe de que Dios está presente en la creación y se autocumunica en su palabra en la historia y en la persona de Jesucristo” (2ª ed., Barcelona, Herder, 2009, p. 20). Es evidente que ni la persona ni la palabra del papa Francisco se ajustan a esta definición de teología que presenta la Dogmática del cardenal Müller. Si un buen día la gente escuchase a Francisco hablar de esta manera, lo más seguro es que seríamos muchos los que nos preguntaríamos: “¿Qué le pasa?”. Es evidente que, desde el punto de vista de la “dogmática” de Müller (y de lo que esa “dogmática” representa), Francisco no es un papa-teólogo. Pero, ¿quiere esto decir que Francisco es un papa sin teología?

 

La pregunta, que acabo de plantear, se podría formular de otra manera preguntando: ¿fue Jesús –por lo que de él relatan los evangelios– un profeta sin teología? Parece que lo más razonable es responder que la sabia y amplia definición del cardenal Müller, se realiza en el Jesús terreno que encontramos en la teología narrativa de los evangelios. Lo que nos lleva derechamente a una conclusión: existe una teología especulativa, que nos propone ideas, teorías, conceptos. Como existe una teología narrativa, que presenta una forma de vivir. Ambas teologías se encuentran ya en el Nuevo Testamento. La especulativa, en el apóstol Pablo; la narrativa, en los evangelios. Por supuesto, es importante saber, aceptar y tener muy claras las verdades teológicas que fundamentan la religión de redención que nos presenta Pablo. Pero tan cierto como eso es que de poco nos servirán las profundas “enseñanzas teológicas” de Pablo, si no hacemos nuestra “la forma de vida” que nos presenta el Evangelio, la forma de vivir de Jesús, que encontramos en cada relato de los evangelios.

 

Es evidente que el papa Francisco, tanto en sus enseñanzas como en su estilo de ejercer el papado, parece –a primera vista– más un papa-pastor que un papa-teólogo. Pero no es menos cierto que el estilo marcadamente pastoral del papa Francisco, sin cuestionar para nada la dogmática de la Iglesia, está destacando, con su vida y su palabra, la necesidad y la urgencia, que a todos nos incumbe, de asumir y poner en el primer plano de la vida de la Iglesia lo que fue la forma de vida que nos presenta cada página del Evangelio. Lo que, en definitiva, no es ni más ni menos que hacer visible y tangible la forma de vida de Jesús. ¿No es ésta la “teología implícita” que nunca puede faltar en nuestras vidas? En esto, creo yo, consiste la genial aportación que el papa Francisco está haciendo a la Iglesia y al mundo.

Hacia el capitalismo feudal

Hacia el capitalismo feudal

Bernardo

Por Bernardo Pérez Andreo, teólogo, profesor y secretario general del Instituto Teológico de Murcia, del Consejo de Dirección de Iglesia Viva. Artículo publicado el 20 de Enero en su blog personal Rara Temporum.

Ya es oficial, en 2016 los súper mega ricos se lo quedan todo y el resto con las migajas. Según el informe de Intermon Oxfam, elaborado con ocasión del Foro Económico de Davos (Suiza), el próximo año, y por primera vez en la historia de la humanidad, el 1% de la población poseerá más de la mitad de toda la riqueza mundial. El informe lleva el explicativo título de ‘Tenerlo todo y querer más’. bernardo gráficoLos ricos son voraces e insaciables y su límite está en el 100% de la riqueza, aunque eso suponga destruir a la humanidad entera y a ellos consigo. Son irracionales e inestables. Como los tiburones cuando hay carnaza, muerden y muerden sin mirar qué ni a quién, a veces a ellos mismos. Está claro que no van a parar hasta quedarse con todo, porque ellos lo quieren todo y lo quieren ahora, ya. Dicen que la ocasión la pintan calva y la crisis-estafa actual es la ocasión perfecta para robar cuanto se pueda con absoluta y total impunidad.30 años de neoliberalismo han puesto las bases para que los Estados y la población no sepan reaccionar y se queden pasmados mientras les roban hasta los calzoncillos.

Se trata de un proyecto globlal que empezó a finales de los 60 con la Sociedad del Mont Pelerin, en Suiza, siempre Suiza. Allí estaban los gurús del pensamiento que luego sería llamado neoliberal: Hayek, Freadman o Mises. Su propuesta era acabar con el keysianismo y volver a un capitalismo sin reglas que permita el enriquecimiento sin medida y sin control. Su punto de apoyo era la pérdida constante de la tasa de ganancia de los años 40 y su lema era privatizar a toda costa. Aquél proyecto se llevó a cabo en varias etapas, pero los verdaderos impulsores fueron Reagan y Thatcher, al grito de There Is No Alternatives (TINA). Tras ellos todo iba sobre ruedas: las políticas mundiales de desregulación impulsadas por el FMI y el BM se aplicaban a rajatabla por todo el mundo, teniendo como consecuencia la serie de burbujas que, empezando por 1986, el Big bang day y concluyendo con la eliminación de las leyes bancarias Glass-Steagall, llevaron a la etapa especulativa más larga de toda la historia. Esta etapa especulativa llevó a la crisis del 2008, pero esto no fue más que un jalón más en el camino hacia el enriquecimiento de los más poderosos. Mientras todo el mundo se hacía más pobre, ellos se enriquecían y ponían las bases para un mundo nuevo, el mundo del capitalismo feudal.

Sí, ya estamos en él. De la misma manera que en el feudalismo una pequeña porción de la humanidad, no más del 5%, amasaban prácticamente el 90% de la riqueza, mientras el resto debía trabajar para ellos, hoy estamos cerca de una posición en la que un grupo cada vez más reducido se hace con una parte cada vez más considerable de la riqueza global. Según el informe de Intermón, que coincide con los datos aportados por Piketty en su idispensable ‘El capital en el siglo XXI’, el ritmo de crecimiento de la riqueza de los ricos es exponencial. Cada año, los ricos, ese 1% de la población, acumula el 90% de la riqueza nueva generada, lo que lleva a que en pocos años, no más allá de 2030, el 90% de toda la riqueza mundial esté en sus manos. Ese momento será plenamente el del capitalismo feudal. Los pasos para ello ya se han dado: los Estados han sido reducidos a meros aplicadores de las políticas impuestas por las instancias internacionales controladas por la súper clase dominante. Las leyes se modifican para impedir que su fortuna sea ilegal o perseguida. Los últimos reductos de libertad, tales como la educación o sanidad no privadas, están siendo eliminados poco a poco. Las conciencias son secuestradas y el pensamiento de la élite se filtra en la cultura.

El capitalismo feudal es la etapa senil del capitalismo; incapaz de generar un espíritu que lo legitime, sólo le queda el instrumento del control físico y psicológico de los cuerpos y las mentes y la guerra como arma de imposición. Las guerras impuestas como las de Irak, Libia, Siria, Nigeria, no son sino el instrumento eficaz para controlar las masas que en un momento dado pueden llegar a no soportar el sufrimiento que se les inflige, sufrimiento que mora junto al lujo y el despilfarro de estos pocos. Los muchos, las ingentes masas de pobres, llegará un momento que nada tengan que perder salvo las cadenas que los amarran al sufrimiento; ese día será el principio del fin del capitalismo feudal. Sin embargo, nada asegura que el fin de ese modo de capitalismo nos lleve a una sociedad justa, si no hacemos nada por construir antes que llegue la destrucción. Antes de que llegue el día de la destrucción, deberíamos empezar a construir una realidad alternativa y viable. No importa lo que se tarde, siempre será mejor que esperar a que la rabia contenida de millones acabe con la injusticia y con la misma humanidad. O acabamos con la riqueza de los súper ricos, o no habrá futuro para la humanidad.

 

 

Amor e indignación. El alcance de un puñetazo

Amor e indignación. El alcance de un puñetazo

XIMO2
Por Joaquín García Roca, sociólogo y teólogo, del Consejo de Iglesia Viva,

Las manifestaciones del papa Francisco, en conversación informal con periodistas, en las que solicita que no se insulte ni provoque la fe de los demás “porque será natural e inevitable que alguien dé un puñetazo a quien ofende a su madre” han planteado cuestiones que cada una de ellas merece una atención diferenciada.

1.- Algunos andan preocupados por el alcance del “puñetazo”. ¿Cómo un papa que enfatiza la misericordia y el perdón ha podido justificar una reacción violenta? ¿Dónde queda aquello de la otra mejilla, se preguntan con evidente asombro? Ciertamente que un puñetazo ni es mortal ni incita a la guerra santa ni inicia una revuelta ni justifica medidas violentas; simplemente indica que el amor sin indignación no es amor en absoluto. Quien es incapaz de airarse, sólo conoce la apatía de la indiferencia. Un amor decidido y eficaz es un amor airado. Por eso el cristiano se indigna airadamente de los productores de pobreza, de los políticos corruptos, de los provocadores gratuitos, de los saboteadores de la convivencia. Quizá el mundo cristiano necesita más personas indignadas que den puñetazos ante los despropósitos e injusticia. No se está justificando asesinatos, violencias ni terrorismos sino indicando simple y decididamente que no todo es tolerable. Con la imagen del puñetazo se indica que la suavidad y amabilidad en cualquier circunstancia no equivale al amor cristiano sino que muchas veces esconde cobardía y flojera.

2.- El gesto físico de repulsa, que escenifica el Papa en la conversación, ante la provocación de lo que se considera sagrado en una determinada sociedad, en ningún caso pretende alimentar la violencia ni justificar la acción asesina, sino al contrario pretende desactivarlas. Para ello, no concede ninguna razón a los que mataron –con el asesinato la perdieron toda– pero intenta comprender a los millones de personas que en nombre de sus convicciones religiosas piden respeto airadamente en las calles de medio mundo. Cuando la humanidad se introduce peligrosamente en la confrontación entre multitudes que practican el derecho de expresión y multitudes que practican el derecho a ser respetadas en sus creencias, se necesitan lideres mundiales que ayuden a desactivar el círculo la lógica de la acción-reacción que siempre es un poder autodestructivo productor de barbarie y muerte. Un líder religioso como Francisco, que ha lanzado carcajadas contra el poder absoluto del dinero y del capitalismo y ha erosionado el poder eclesiástico en todas sus formas, está legitimado para desestabilizar el poder absoluto de los medios de comunicación.

3.- ¿Es la blasfemia una provocación intolerable? ¿O quizá el derecho a la expresión debe aceptarse sin reservas ni limites porque es una conquista irrevocable e incondicional del mundo civilizado? Cuando la Ministra de Justicia francesa se opone frontalmente a las declaraciones del Papa en razón de considerarse la patria de la irreverencia, consagra un principio peligroso para la convivencia cívica. Por las mismas razones, que desautoriza los límites al derecho de expresión, deberían ser intocables los Whatsapp, que hablan de amenazas y predican la irreverencia con el orden público: al fin y al cabo son manifestaciones del mismo derecho de expresión. La finura francesa puede dar más de sí.

4.- Al considerar que la libertad de expresión es un núcleo básico, incondicional y absoluto de la civilización occidental, se añade un elemento nuevo, a saber, que quien la matice o simplemente la someta al criterio del buen gusto o al sentido común se considerará un hereje contra la razón ilustrada y un atentado contra la modernidad y los valores de occidente. Ya no estamos ante un agravio y una represalia condenable por provocar muerte, sino ante un conflicto de civilizaciones. El resultado es tremendamente peligroso por las consecuencias que produce, se logra blindar nuestros países a los pasajeros sospechosos, se evita el contagio de los inmigrantes que se declaran sobrantes, se temen a las minorías sociales, culturales y religiosas que con sus estilos de vida cuestionan los nuestros y merecen un control especial; con lo cual se justifica el cierre de fronteras y se impide la movilidad de las personas ante un clima social irracional. El control de aeropuertos, las leyes restrictivas sobre el orden público, la negación de otros derechos civiles como el de manifestación están servidos y justificados a causa del miedo frente al portador de otra civilización incompatible. Sin embargo, las civilizaciones no entran en conflicto sino que lo que chocan es lo peor de cada una de ellas alentados por las tensiones acumuladas en el interior de la única civilización global. Unos y otros luchan por el poder y la influencia, con los mismos medios de comunicación, con sus tarjetas de crédito, con sus agencias globales de financiación, con las redes e Internet. Por debajo del choque de civilizaciones hay una civilización global que debe humanizarse entre todos con pedagogía social y estrategias pre-políticas, a la que el Papa hace una contribución modesta y razonable.

5.- En esta cultura global, no cabe ni el terrorismo que mata ni el desprecio arrogante de las convicciones del otro. Ciertamente, hay que tutelar la risa y la carcajada, hay que promover firmemente el derecho a la vida y el derecho de expresión, pero con la misma firmeza hay que defender también todos y cada uno de los derechos civiles, sociales y políticos. Frente al terrorismo, que mata, no debe haber tregua, pero la reacción no puede ser meramente policial y militar sino que debe implicar el compromiso democrático a favor de la justicia, tanto penal como redistributiva; entonces la libertad de expresión no responderá sólo a las leyes del mercado sino que se someterá al interés general. No se puede confundir la civilización global con una libertad más interesada en producir beneficios para pocos que justicia para muchos. Existe fundamentalismo en cualquiera secta religiosa, y también existe un fundamentalismo de la propia razón cuando la antepone al interés general y a la paz social. Sólo de este modo se puede afrontar un futuro global e interdependiente.

6.- Cuando la humanidad se introduce en esta espiral de acción-reacción se necesitan mediadores mundiales que desde la arena y en el interior de fuerzas contrapuestas llamen al sentido común, detengan las aguas agitadas de la rabia y el resentimiento, y favorezcan la paz a través del encuentro de quienes hoy están en trincheras contrapuestas y excluyentes. Para la nueva civilización se necesitará tanto la verdad de los que defendemos la libertad de expresión como la verdad de lo que defendemos el respeto a las creencias de las personas. Para esta operación no sirve la batalla de la represalia, ni tampoco instalarse en el “o con nosotros o con los terroristas”, sino que es necesario otro camino capaz de tutelar la libertad de expresión y la diversidad cultural y religiosa. La manifestación informal y distendida del papa resulta, de este modo oportuna, adecuada y pertinente en el fondo y en la forma.

  • El texto más completo de las declaraciones papales en el avión puede leerse en Vatican Insider que reproduce también Religión Digital.

  • El vídeo con el simulado puñetazo del papa en YouTube

¿Cómo se explica el discurso del papa Francisco a la Curia?

¿Cómo se explica el discurso del papa Francisco a la Curia?

IV-minilogoEn  La Croix del pasado día 24, Sébastien Maillard, desde Roma, concluía un comentario al sorprendente discurso afirmando: “este discurso es también una llamada al resto de la Iglesia. El papa la invita a posicionarse”. Iviva se posiciona a favor de la profunda renovación iniciada por Francisco e invita a todos a posicionarse.

Esta es la traducción del texto de Sébastien Maillard:

Felicitando la Navidad a la Curia vaticana, el papa Francisco ha descrito, una a una, las quince “enfermedades espirituales” que están afectando al gobierno central de la Iglesia católica. Y lo ha hecho mediante un discurso muy vivo, tanto en el fondo como en la forma,  y lleno de frases chocantes.

 

Al finalizar el mismo, los miembros presentes le han aplaudido y han ido saludando, uno a uno, al papa. Queda por ver el efecto de semejante discurso en la reforma de la Curia en curso.

 

Marco Politi, vaticanista, autor  del libro “Francisco entre lobos” ha declarado al periódico italiano “Il Fatto Quotidiano”: “Aparentemente, este discurso es un listado de pecados, de los que Francisco ya había hablado antes de ahora. Pero las circunstancias en las que se ha efectuado indican que el papa tiene dificultades. Percibe con toda claridad que sus posicionamientos tienen una acogida minoritaria en la Curia. El último Sínodo sobre la familia le ha mostrado con toda claridad que los jefes de los dicasterios (el equivalente a los ministerios de la Curia) no apoyan su voluntad de apertura. Y le ha hecho percatarse de que no muestran entusiasmo alguno en la reforma de la Curia. Tal es, por ejemplo, la posibilidad de confiar más responsabilidades a las mujeres.

 

Una oposición silenciosa y educada

 

Lo más duro para él no son los posicionamientos de aquellas personas que propalan públicamente sus diferencias, como el caso del cardenal Gerhard Müller (prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe) o el cardenal Raymond Burke (recientemente apartado de la Curia por el papa). Éstos son adversarios leales. Los adversarios más peligrosos son los que se refugian en un silencio educado, un comportamiento que puede acabar reuniendo una oposición poderosa.

 

En este sentido, su discurso se presenta como una señal de alarma en toda regla. El papa Francisco envía algo así como una última advertencia a la Curia romana. Es posible que algunas de las “enfermedades” que describe animen a tal o cual miembro, individualmente, a cambiar. Como, por ejemplo, cuando habla de la “doble vida” o cuando denuncia el tren de vida de muchos de ellos. Al explicarse en estos términos, muestra estar muy informado de lo que pasa. Y, a la vez, que no tiene intención alguna de cambiar en todo lo referente a la reforma de la Curia. Ya en su  época, el mismo Juan XXIII conoció una parecida oposición a sus reformas.

 

Una llamada a posicionarse

 

Pero este discurso es también una llamada al resto de la Iglesia. El papa la invita a posicionarse. Anima a que los sacerdotes, los obispos y también los laicos apoyen su reforma de la curia y de la Iglesia. Hasta el presente, los diferentes movimientos de Iglesia, sean del signo que sean, no se han pronunciado al respecto. Sus palabras son una clara invitación a reaccionar”.

El papa pastor frente al restauracionismo preconciliar

El papa pastor frente al restauracionismo preconciliar

ANDRÉS

Andrés Torres Queiruga, del Consejo de Dirección de Iglesia Viva (ver sus artículos) debate en este artículo contra quienes (como Olegario González de Cardedal) añoran un papa profesor (Ratzinger). Andrés, en cambio, defiende la profundidad teológica del papa pastor Francisco.

(Tomado del nº 190 (2014) de Encrucillada. Revista Galega de Pensamento Cristián)

Sorpresa y escándalo

La sorpresa ha sido mayúscula, hasta el escándalo. Cinco cardenales —a los que, de manera inesperada y muy poco comprensible, se había adelantado el Prefecto para la Congregación de la Fe[1]— escriben un libro claramente dirigido contra la intención del papa al convocar el Sínodo; y anuncian, de manera estratégica, su publicación con la intención no disimulada de influir en los resultados.

El blanco al que dirigen los disparos lleva el nombre de Kasper, pero el objetivo real es el papa. Por lo demás, cada vez lo disimulan menos. Y por debajo, la consigna inequívoca, dicha en voz baja o cómplicemente callada y sobreentendida: esperar a que escampe, mantenerse a la espera en resistencia sorda y pasiva, hasta que las aguas vuelvan a su curso. Para que quede claro, lo definen y lo proclaman desde el mismo título: ellos son los que “permanecen en la verdad de Cristo”[2]. La conclusión obvia es que el papa actual nos está apartando de ella…

La pregunta es: ¿qué está pasando en la iglesia? Un gesto de este calibre era simplemente impensable en el pontificado anterior, que —por otra parte y como es bien sabido—fulminaría sin compasión a sus protagonistas. Lo que indica a todas luces que, en realidad, se está exigiendo una vuelta atrás. Y se exige con un presupuesto implícito que, a medida que pasa el tiempo, se explicita sin rubor: este pontificado está equivocando el rumbo, porque el verdadero era el que han marcado e impuesto los dos anteriores.

Y, por debajo de todo, está la descalificación soterrada e indirecta, pero que no puede ocultar ni la superioridad eurocéntrica ni el aura de la falsa superioridad. El nuevo papa es del tercer mundo y no puede compararse a un intelectual del primero: ni siquiera viste bien y abandona la solemne residencia que custodia, apoya y hace bien visible la grandeza papal; habla en lenguaje normal y dice cosas que entiende todo el mundo, sin la elevación que dan el empaque intelectual y las altas discusiones académicas. En definitiva, es un pastor, que encima huele a oveja, y no un profesor que monta cátedra e impone teología. Al final, sin que su disparate teológico haya sido desmentido por el grupo públicamente confesional al que pertenece, aparece Antonio Socci, como el diagnosticador pretencioso y definitivo: él ya ha averiguado que, después de todo, el papa no es papa, que Bergoglio “no es Francisco”[3]. Papa es únicamente el que —en gesto voluntario, responsable y que lo honra para siempre— ha dejado voluntariamente de serlo…

La pregunta sigue imponiéndose: ¿qué está pasando? Y uno no puede menos de volver la vista atrás, hacia las causas en la historia.

Se repite la historia

A la historia próxima, desde luego; aunque pronto se impone pensar ante todo en la remota, en la primera y primerísima. Porque las acusaciones y las maledicencias suenan extrañamente iguales a las que se levantaron contra Jesús de Nazaret. ¿Puede venir de allí —de la remota e incómoda Galilea— algo bueno? ¿No es este el hijo del carpintero: de donde le viene la sabiduría? ¿Cómo es que anda con marginados, pobres, pecadores y, sobre todo, pecadoras? Encima, no vive en palacios, no tiene cátedra ni usa filacterias como los grandes maestros. Además avisa: “no juzguéis y no seréis juzgados”, ¿quién soy yo para juzgar el corazón de los demás? Encima, no aplica siempre la ley ni es muy respetuoso con su letra cuando están por medio el dolor, la humillación o la angustia humana; avisa que es preciso distinguir entre la viga y el mosquito y se opone a la imposición de cargas pesadas: “mi yugo es suave y mi carga, ligera”…

Después, aclarando muchas cosas, está aquella parte de la historia algo más lejana, pero que pesa como una losa sobre nuestro presente. Es la que ante el desafío de la nueva cultura llamando a actualizar la palabra viva de Dios, inició una carrera hacia atrás.

Al principio, fue la resistencia contra la ciencia —bienintencionada, porque de entrada no se veía el modo de conciliar la interpretación tradicional de la fe con los nuevos datos culturales—: Galileo, primero; y después, ya con menos disculpa, Darwin. Surgieron las voces de los grandes humanistas creyentes, como Vives, Moro y el mismo Erasmo —libres y con decidida responsabilidad evangélica—; pero su llamada se perdió, cada vez más ahogada por el fausto palaciego y la intransigencia inquisitorial.

Y lo que siguió fueron ya resistencias cada vez más fuertes, que, ajenas a la discusión estrictamente teológica, tan viva todavía en la, por lo visto, “oscura” Edad Media, recurren a la prohibición autoritaria e incluso al castigo y la exclusión contra todo intento renovador. Con la pérdida del poder temporal en el siglo XIX, el talante de imposición autoritaria, sin capacidad de dominio hacia fuera, se intensificó hacia dentro, hasta extremos que culturalmente producen rubor, como es el caso del Syllabus, y eclesiológicamente se instala lo que Yves Congar calificó de jerarcocracia, que en más de una ocasión ha llegado a una auténtica papolatría.

El mismo Congar, que hablaba desde la erudición del sabio y la experiencia del teólogo represaliado, lo dijo hace tiempo: ante los nuevos desafíos, acabaron siempre imponiéndose, cada vez con más fuerza, las “restauraciones”.Basta una somera mirada hacia atrás: reedición barroca de la Escolástica, neo-escolástica, represión antimodernista… hasta la Humani generis (¡1950!), que censuró nada menos que a los teólogos que no mucho después serían el alma del concilio Vaticano II.

El freno y la represión de la renovación conciliar

El Vaticano II, como con empatía humana y valiente lucidez evangélica proclamó el papa Juan, fue el reconocimiento de que ese camino iba errado, cada vez más alejado del corazón del mundo y carente de sintonía con la comunidad de los fieles. Para preservar de verdad la fe, era preciso distinguir entre lo nuclear y lo accidental, entre lo fundamental y lo históricamente condicionado. Sólo actualizándola con rigor, puede conservarse la verdad. Él, lleno de confianza en la fuerza del Evangelio, lo anunció con alegría: Gaudet mater Ecclesia, goza y se alegra una Iglesia que quiere ser madre.

Por eso el Concilio fue un vendaval del Espíritu, que abrió las compuertas de aguas profundas y largamente inquietas por fecundar la comunidad de los fieles y la inquietud de los teólogos, pero duramente represadas por pesados diques de inmovilismo. No sólo se renovó la iglesia, restaurando la libertad, animando la vida y abriendo la esperanza, sino que resonó en el mundo con tonos de empatía, diálogo y colaboración. Tan fuerte era el hambre y tan intensa la conmoción, que, a pesar de todo lo que vino después, nuestra situación resulta sencilla y literalmente impensable sin su impacto saludable y liberador. Lo que amaneció en el Concilio pudo oscurecerse, pero el brillo de su aurora ya no podía ser apagado ni ocultado.

Por desgracia, sí, pudo ser dura y tenazmente frenado. Lo que vino después fue la vuelta del demonio restaurador. El miedo a lo nuevo, el retorno a la falsa seguridad de los ajos de Egipto, en lugar de fomentar la sensibilidad profética para ver lo nuevo que surgía y estaba naciendo. Por desgracia, incluso algunos de los que antes habían trabajado por la renovación, desertaron del camino que se abría hacia el futuro, acaso porque ya no eran ellos los capaces de liderar la nueva etapa. Fue triste ver a un Jacques Maritain escribir, casi al día siguiente del Concilio, su, más bien panfletario, Le paysan de la Garonne[4] y a Louis Bouyer hablar de La décomposition du catholicisme[5]. Acaso más triste todavía fue ver la retracción de Henri de Lubac y, sobre todo, la deriva cada vez más reactiva del Hans Urs von Balthasar: en Seriedad con las cosas. Córdula o el caso auténtico[6], manifestó su intemperante e incomprensiva oposición a Karl Rahner. De esto algo habrá que decir todavía.

La nueva y anacrónica resistencia restauradora

De todos modos, en esa reacción todavía se notaba la grandeza de pensadores y teólogos. Lo que ahora aparece, tiene algo de refrito, con olor a rancio y tópicos que a estas alturas no sólo están gastados, sino que resultan ya incomprensibles. Porque está siendo liderado por quienes demuestran no haber renovado su teología ni haber aprendido lo que el Espíritu dijo a la iglesia en el mayor y más cordial concilio de toda la historia.

Teóricamente, nacen de un dogmatismo juridicista, que niega la autonomía de la moral, situando falsamente el rol de la iglesia en repetir normas literales y mantener prohibiciones apoyadas en una hermenéutica literalista de la Escritura

De ese modo, convirtiendo en “dogma” el ideal ético de la indisolubilidad del matrimonio, dimiten del auténtico rol de la iglesia en la moral. Porque este no está en inventar o dictar normas éticas o morales, porque en principio estas son comunes a todos los humanos. Existen en la Biblia, pero siempre condicionadas por el tiempo —piénsese, por ejemplo, en la poligamia o en tantas leyes de pureza— y por eso deben irse construyendo en el diálogo universal de la cultura. Cuando son suficientemente claras, como sucede con no robar o no matar, la Biblia y, tras ella la iglesia, las reconocen como congruentes con su visión religiosa y por tanto las acogen y proclaman como queridas por Dios.

De ahí que la misión propia y específica de la iglesia en la moral está en llamar y ayudar al cumplimiento, anunciando y enseñando que esa tarea comúnmente humana, a veces muy dura, contamos con la ayuda, la comprensión y el perdón del Señor. Cuando aparecen problemas no clarificados, porque el paso de la humanidad desde “una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva”, hace que surja “un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas síntesis”[7], la iglesia en concilio reconoce expresamente: “La Iglesia, custodio del depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad”[8].

Incluso para quienes se resistan a tomar en toda su consecuencia la autonomía de la moral en cuanto a la determinación de los contenidos, resulta innegable que los problemas abordados en el Sínodo pertenecen a este ámbito. Deben, por lo tanto, ser estudiados en sintonía con los nuevos avances de la sabiduría sicológica y de la sensibilidad sencillamente humana, para encontrar nuevas soluciones. Y para ellas lo que se pide no es la intransigencia del inquisidor ni el rigor del canonista, sino, como no se cansa de insistir el papa Francisco, el amor y la misericordia del Señor y el ánimo que da la alegría del Evangelio.

Esto vale también no sólo para infinidad de normas del Antiguo Testamento, sino también para bastantes del Nuevo, incluidas algunas del mismo Jesús, pues todos comprendemos que en determinados casos necesitan nueva interpretación. Por eso ninguna mujer cristiana se siente en pecado por acudir sin velo a la iglesia, aunque san Pablo haya dicho lo contrario, y los mismos que hoy insisten tanto en la letra no se escandalizan de que les llamen “padre y maestro”, a pesar de la prohibición expresa del Señor (puestos a ser rigurosos, más bien sería preciso pensar con más detalle indicaciones como las de no “vestir con elegancia y vivir en palacios” o prohibiciones, tan graves y actuales, como la de usar mundanamente el poder: “entre vosotros no ha de ser así”).

Desde la fe, no es preciso dogmatizar la indisolubilidad del matrimonio, para reconocerla como ideal moral humano, por lo tanto como aspiración común a todo casado y a toda casada, para reconocer que la misión de la iglesia es anunciarla y animar a cumplirla, en ese empeño todos cuenta con la ayuda del Señor. Pero eso no significa ni la necesidad de exigir un modelo único, ni la falta de comprensión ante la evidencia de que el ideal puede fracasar de manera irreversible y que de hecho fracasa muchas veces. Y entonces, ante el fracaso, la verdadera actitud evangélica —siguiendo a Jesús, siempre claro en el ideal, pero comprensivo en el fracaso: “el que de vosotros esté sin pecado…”— es la del comprensión, el ánimo y el acompañamiento. De este modo, ante las nuevas circunstancia socio-culturales, la verdadera actitud de la iglesia es la de unirse a todos los que, en búsqueda cordial y sincera, se esfuerzan por discernir lo que el bien de los seres humanos —jóvenes en búsqueda de realización, mayores enfrentados a las dificultades y no pocas veces al fracaso— está pidiendo dentro de las posibilidades de este tiempo, lugar y cultura. A diferencia de los que piensan que así se omite el anuncio del Evangelio y se pierde la influencia moral de la iglesia, estoy convencido de que es el mejor y más eficaz modo de asegurar ambas tareas.

Por otra parte, en las actitudes reactivas está influyendo otro grave e importante factor: una visión obsoleta de los sacramentos y, muy en concreto, del sacramento del matrimonio. Los sacramentos son dones y ayuda, celebraciones en las que la iglesia como tal compromete su ser, confesando y confirmando la presencia amorosa de Dios en las encrucijadas de la existencia, cuando esta se siente amenazada o temerosa ante una tarea nueva y comprometida. Aparece claro en el matrimonio. Convertir esta celebración en lazo que aprieta, carga que oprime o barrera absoluta que cierra toda posibilidad de futuro ante el fracaso, pervierte su más esencial sentido: el de una celebración comunitaria con la única finalidad de ayudar a los fieles para que, ante la duda y la incerteza del futuro, se convenzan de la ayuda divina en la empresa, común a creyentes e increyentes —nada fácil, pero preciosa y fecundamente humana— de realizar del mejor modo posible la unión en el amor y la creación de la familia.

Cuando se observa, por ejemplo, el tenor de las resistencias a la comunión de los divorciados vueltos responsablemente a casar, resulta muy difícil reconocer en ellos el espíritu de los sacramentos. De un modo especial el de la Eucaristía, que justamente evoca la apertura solidaria de Cristo en sus comidas con publicanos y pecadores. Como en otro contexto, hablando de apertura ecuménica, dijo muy bien Jürgen Moltmann: “En la Cena celebramos la presencia de Cristo, no la exactitud (Richtigkeit) de nuestra teología eucarística” (que en este caso, ni siquiera es tan “exacta”)[9]. La eucaristía, no como premio para los perfectos (¿quien lo es?), sino como alimento y apoyo para los pecadores que quieren mejorar.

Del trasfondo ideológico del recurso a la “comunión espiritual” y de la exigencia de cohabitar “como hermanos”, uno no sabe mucho qué pensar. De hecho, todo indica que son pocos los sacerdotes en el mundo que comparten este tipo de visión y que por lo tanto se resisten a impedir la plena participación en la eucaristía.

La verdad es que, cuando, al revés de lo que sucede con el lenguaje y el trasfondo conceptual de ciertos ataques —llamémoslos por su nombre—, se leen las palabras y las propuestas del papa Francisco, tan frescas y humanas, es imposible no percibir su raigambre evangélica y su honda fidelidad a lo más genuino de la teología conciliar. Son siempre llamada a la misericordia, insistencia en el amor del Dios de Jesús, totalmente volcado en la ayuda a toda persona humana, preocupado por sus heridas y gozándose en sus gozos, sin discriminación ni excepciones.

La opción por el “papa profesor”

Y vuelve la pregunta: ¿como es posible esta oposición y de dónde le viene la seguridad y el cierto aire de arrogancia en el tono?

No es fácil negar que se alimenta en el talante de gobierno y de control teológico ejercido por los dos últimos pontificados. Un estilo que —es preciso reconocerlo— fue en exceso autoritario, del que estos líderes de la protesta participaron y en el que muestran haberse sentido muy a gusto. Lo sorprendente es que ahora, en clara “contradicción selectiva” con sus propios principios, se rebelan contra la autoridad papal, incurriendo en algo cuya legitimidad ellos negaban antes, cuando los mandatos de esa autoridad coincidían con sus ideas. Estilo que, por otra parte, reproducían dentro de sus competencias y que en modo alguno hubieran consentido en los demás. Los ejemplos sobran y son penosos.

Como no es posible aceptar una autocontradicción tan evidente, era preciso vestirla de legitimidad teológica. En general, el disenso no llega al aludido esperpento de negar la validez de la elección del papa. Se procede a deslegitimar su autoridad, negando valor y aun atribuyendo desviación de la fe a sus orientaciones. Y en ese empeño se ha ido imponiendo el recurso a la contraposición del papa actual con el papa anterior: Benedicto era un verdadero teólogo y Francisco es un simple pastor. Algunos lo proclaman en altavoz, otros lo susurran, lo sobreentienden y lo dan por supuesto.

El asunto es tan serio, que merece una consideración algo detallada. Porque estoy convencido de que este argumento, repetido de mil maneras y ampliamente propalado entre la gente de iglesia y aun en considerables estratos de la cultura, no sólo es profundamente injusto con la autenticidad evangélica del papa Francisco, sino que es objetivamente falso como concepción del rol eclesial del papa. En modo alguno pretendo negar la buena intención de Benedicto e incluso reconozco que en muchas de sus manifestaciones teóricas y de principio expuso la concepción correcta. Pero creo sinceramente que en este punto no ha acertado y que su opción —iniciada ya como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y confirmada tras su elección como papa— está en la base y cimentación del talante neo-restaurador de aquellos que, resistiéndose a la renovación postconciliar, intenta hoy oponerse a la pastoral del papa Francisco.

Creo necesario advertir que el diagnóstico que ahora propongo lo había escrito y publicado antes del cambio. Lo advierto para que no se interprete como una adaptación oportunista o como un decir por fin lo que no me había atrevido a decir antes, por miedo a la censura o la condena (¡sospecha que, bien pensado, representa en sí misma todo un diagnóstico!)[10]. Si lo expongo de modo claro y directo, es porque creo que abordarlo es de enorme importancia y que, en todo caso, puede arrojar luz sobre la situación actual. Para mayor claridad, voy a referirme a dos frases del papa emérito, porque, en mi parecer, aclaran e incluso definen el propósito tal vez central de su pontificado.

1) La primera aparece en la página 40 de su libro de entrevista Luz del mundo[11]: “Pienso que, ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexión, y en especial la lucha por la unidad de fe y razón, pasaran al primer plano”. Tanto la claridad del texto como el modo un tanto inmediatista al hablar de la voluntad divina no dejan lugar a duda acerca de la firmeza de una convicción que, modestamente, en modo alguno juzgo evidente y que, unida a lo que diré a propósito de la frase siguiente, me parece que ha tenido graves consecuencias.

Al menos desde la Edad Media y, sobre todo a partir de la diferenciación posterior de las funciones en nuestras sociedades crecientemente complejas, se ha hecho clara la necesidad de distinguir entre lo estrictamente teológico y lo eclesialmente pastoral. Los medievales hablaban del “magisterio de la cátedra pastoral” y del “magisterio de la cátedra doctoral”. Pudo haber síntesis en tiempos anteriores, cuando la relativa indistinción de los saberes y las funciones las hacían posibles en grandes genios como Agustín. Pero hoy el papel del obispo y menos aun el del papa, en cuanto tales —es decir, en cuanto dedicados al gobierno pastoral en favor de la vida y la fe de la iglesia— no es ni puede ser el del profesor o del teólogo. Los teólogos lo son justamente, porque dedican su tiempo y su vida al estudio en favor de la fundamentación y actualización sistemática de la comprensión y vivencia de la fe. Trabajan a favor de lo mismo que los pastores, pero con funciones y carismas distintos.

Como prefecto primero y como papa después, el mismo Benedicto XVI expuso esto con claridad suficiente en la explicación teórica. Pero no sucedió lo mismo en el ejercicio práctico. A través de la función pastoral, cuya misión era proteger y anunciar la fe, evitando los desvíos en ella, pero respetando el legítimo pluralismo y la libertad en la teología, trató de imponer —con claridad y, digámoslo, con intransigente energía— una teología muy concreta y determinada.

Es obvio que Joseph Ratzinger tenía derecho a profesar su propia teología y a defenderla por medios y razones teo-lógicas; y él mismo, siendo ya papa y con honestidad que lo honra, proclamó que en ese terreno “cualquiera es libre de contradecirme”. Pero no es preciso recordar los numerosos conflictos con los teólogos ni las duras condenas y exclusiones que propició, para reconocer que no respetó el pluralismo, sino que tendió a identificar la defensa de la fe con la profesión de una sola teología, la que él sostenía. Una identificación que no sólo es siempre ilegítima en cualquier teólogo, sino que, apoyada en el poder, resultó injusta y gravemente empobrecedora para la teología católica.

De manera muy especial, la gestación y realización del Catecismo de la Iglesia Católica, con una evidente selección de teólogos de una sola dirección y repetidamente proclamado como norma de la interpretación teológica del Concilio, constituye todo un símbolo de esta opción. (De esto me ocupé ya en un artículo de 1993, con palabras duras, que prefiero no repetir aquí)[12]. De hecho, ha habido en grupos influyentes el claro intento —no sé hasta qué punto consentido por él— de convertir su obra en pauta estricta para juzgar la ortodoxia de los teólogos católicos.

2) Esta opción es tanto más grave, cuanto que su teología es claramente reticente y aun reactiva ante el cambio exigido por la revolución cultural de la modernidad. Es lo que muestra la segunda frase, que considero tan significativa como sintomática. Hablando de sus discusiones con Karl Rahner después del Concilio, escribe: “Trabajando con él, me di cuenta de que Rahner y yo, a pesar de estar de acuerdo en muchos puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto de vista teológico en dos planetas diferentes”[13].

Afirmación que, sin duda, constituye todo un diagnóstico. Que no quedó en simple teoría, porque se concretó en una praxis no claramente explicitada, pero muy efectiva. Desde esa visión se ha ejercido una inconfundible presión no sólo por excluir la teología de Rahner de la enseñanza teológica y silenciarla en lo posible en el ambiente general, sino que se ha intentado sustituirla por la de Urs von Balthasar. No pretendo canonizar la teología de Rahner ni he ocultado nunca mi admiración por alguien a quien considero uno de los más grandes genios culturales del siglo XX. Pero, como ya queda aludido, la teología de Balthasar no sólo se ha hecho cada vez menos abierta a lo nuevo, sino que se resistió a la renovación postconciliar.

Bien sé que en todo esto caben distinciones y discusiones. Pero, mirando al conjunto, no creo aventurado afirmar, con un gran número de fieles y teólogos, que durante las tres últimas décadas el gobierno papal ha tratado de imponer una teología claramente opuesta a lo que pedía el espíritu conciliar y estaba exigiendo la actualización del anuncio evangélico en una cultura profundamente renovada.

En el terreno práctico, se frenaron los impulsos hacia una participación colegiada del gobierno eclesial, se restringió la participación efectiva de los laicos, especialmente de las mujeres, y la atención al sensus fidelium; en lo personal se sumó a eso la persistencia de un moralismo en exceso privatista y en lo social se instaló una fuerte resistencia a todo lo que sonaba a liberación; en la liturgia fueron claros los intentos de vuelta a un pasado que solo interesa a grupos en general claramente anticonciliares. En el terreno más directamente teórico, se insistió en una visión restrictiva de la revelación, que imposibilita un diálogo serio y fraterno con las religiones (hasta el punto de sostener que el cristianismo puede dialogar con la filosofía pero no con las religiones); se impuso una clara resistencia a los avances de la crítica bíblica (los tres tomos de la Cristología publicada por Ratzinger/Benedicto son una muestra desconcertante); se tendió a dogmatizar tradiciones como las relativas al sacerdocio de la mujer (inventado incluso una categoría teológicamente híbrida como la de las “verdades irreformables”, aunque no definidas como infalibles). Todo ello, flanqueado por una estricta vigilancia que, junto a diversos tipos de exclusión o censura, cortaba el camino académico a todo teólogo o teóloga sospechosos de desviación.

Hecha así, la enumeración, aparte de incompleta, pediría precisiones y debería seguramente admitir correcciones. Pero no es fácil negar la verdad en la impresión de conjunto. Y sobre todo, interesa el hecho de que en ese ambiente se alimenta y trata de justificarse ahora la resistencia al papa Francisco y aun los intentos de descalificar sus propuestas.

En este sentido, me parecen desenfocados trabajos como el de Olegario González de Cardedal[14], que, bajo una exposición histórica aparentemente neutral, da por obvia tanto la corrección de la opción del papa profesor, como el diagnóstico teológico-cultural en que lo apoya (que es también el que domina su propia teología). Sobre esa base establece una comparación con el papa Francisco, que, de manera implícita pero inconfundible, pone en sordina el acierto o la validez de sus opciones. Lo hace mediante un diagnóstico recurrente: Benedicto es el grande y auténtico papa-teólogo, que diagnostica con acierto el tiempo cultural y preserva la pureza de la fe; Francisco es el papa-pastor, bueno, pero —y el pero se repite como un estribillo en casi cada epígrafe de la comparación— le falta esto o no deja claro lo otro y está por ver el resultado de aquello… Incluso el humanísimo gesto de no llamar encíclica el escrito, calificándolo modestamente de “exhortación apostólica”, renunciando al típico lenguaje solemne y mostrando sus preguntas e incertezas humanas, sirve para rebajar su autoridad teológica. En general, la consigna callada o al menos la que muchos leerán entre líneas, es: paciencia y aguardar, pues da la impresión de que se trata de un episodio transitorio y las aguas volverán a su curso.

Lo advierto, porque, anunciadas estas ideas en medios culturales y enviado el escrito a los obispos (para muchos de los cuales sus ideas tienen casi valor de oráculo), puede constituir una siembra agostadora, que tranquiliza las conciencias, confirma las inercias, desmoviliza la respuesta y acaba contribuyendo a la resistencia pasiva, demasiado fuerte ya por sí misma.

La opción por el “papa pastor”

Se hizo claro desde el primer momento. A cuerpo limpio, desarmado de capisayos, se presentó recién elegido ante los congregados en la Plaza de san Pedro. No se autodenominó papa, sino obispo de Roma y, rogado para que impartiese la bendición, pidió ser primero bendecido él por los fieles. Esta petición, unos días o unas horas antes, no es que fuese inusual, sino que era simple y literalmente impensable desde la teología dominante. Con ese instinto infalible de los buenos momentos que algunas veces acontecen en la historia, todos percibieron —todos percibimos— que algo nuevo se anunciaba: reaparecía, evocada, la figura de Juan XXIII y renacía, lleno de frescura, el espíritu del Concilio. Todo tan natural y a un tiempo tan revolucionario, que desde entonces muchas cosas ya no tienen vuelta atrás.

Cuando más tarde, en una de esas metáforas que, como las parábolas evangélicas, dan en el clavo y entiende todo el mundo, dijo que era preciso “oler a oveja”, pondría en palabras lo que en ese momento se inauguraba: el gobierno eclesial de un papa pastor.

Pastor en el estilo de vida. Abandona el palacio, inevitablemente aislador y distanciador, para buscar el contacto directo con la gente, su vida y sus problemas. Hace normal lo extraordinario e inesperado. Desaparece el estilo de “corte” pontificia —“no soy un príncipe del renacimiento”, dijo excusando o, mejor, explicando su ausencia al famoso concierto— e insiste en el servicio, contra la “peste” del carrerismo (ya denunciado por su antecesor).

Pastor en la dedicación plena, directa y exclusiva a la tarea pastoral: sabe consultar y distribuir tareas, pero no delega en la Curia el gobierno de la iglesia. Predica cada día y busca el trato pastoral con la gente, invirtiendo las preferencias de tiempo y de nivel: de lo alto y diplomático a lo humilde y cotidiano. Lo muestran bien, además, la elección y el estilo de las visitas y los viajes.

Pastor ante todo y sobre todo, en la preocupación prioritaria y en la entrega incondicional al evangelio de los pobres, sufrientes y necesitados de todo tipo. De hecho, invierte radicalmente las prioridades en el anuncio, evitando el martilleo moralista con tradicional acentuación de los diversos aspectos y menudencias de la moral sexual. Confieso que durante mucho tiempo había soñado con que, por fin, un papa pusiese el centro de su anuncio en los grandes y sangrantes problemas de la humanidad, de suerte que, acomodada y mejorada, pudiese aplicársele la famosa sentencia con que Catón acababa sus discursos: “por lo demás pienso que el hambre y la guerra deben ser destruidos”. El mundo necesitaba que en el ambiente resonase, clara y central, la “alegría del Evangelio”, el anuncio de un Dios, que a través de los profetas y de Jesús de Nazaret fue revelando que esa es su preocupación central y el criterio definitivo para medir la verdad de la fe.

De ahí la llamada a descentrarse, a salir de ensimismamiento eclesiástico, a “armar lío” para sacudir las inercias. Lo expresó con una de sus metáforas luminosas y originales: convertir la iglesia en “hospital de campaña tras una batalla”, que a todo lo demás antepone el trabajo por curar las heridas y sanar corazones. Lo hace con una energía e incondicionalidad, que —evocando la frase del Maestro: “he venido a traer fuego a la tierra y qué voy a querer, sino que arda”— no duda en exclamar con palabras que son todo un programa: “les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar ‘la dulce y confortadora alegría de evangelizar’”.

A proclamar esto, a irlo iluminando con el ejemplo, sin exigir nada que él no practique (“estoy llamado a vivir lo que pido”) [15], dedica todo su tiempo y todas sus fuerzas: pastor full time y, si se me permite la expresión, pastor full life. Sin ocultar su disposición a dar la vida, si la tarea pastoral, la comunión directa con la gente o el compromiso con los grandes problemas y urgencias humanas así lo exigiesen.

La teología del papa pastor

Dicho esto, y habría que decir mucho más, queda hablar del “punto de la cuestión” con que algunos tratan de descalificarlo y que demasiadas veces se convierte literalmente en doloroso punctum crucis con que otros tratan de crucificarlo, de “despellejarllo”: Francisco no es teólogo, no sabe o no tiene teología, afirman y propalan.

Que no es teólogo de oficio y que —gracias a Dios— no quiere ejercer de tal, es una obviedad. Algo que, por lo demás, él asume y confiesa claramente. Distinta, por falsa y superficial, es la consecuencia que algunos pretenden sacar. Quien al escucharlo, leer sus entrevistas y repasar sus escritos mayores, aunque sean pocos, no perciba ahí una profunda y muy actual sabiduría teológica, o no sabe teología o, lo que es peor, tiene una idea muy estrecha y academicista de su esencia y su función. Ciertamente, el papa actual no ha elaborado, ni creo que esté en su intención hacerlo, una teología estrictamente sistemática. Pero ha estudiado teología, iniciado una tesis interrumpida por razones no académicas y demuestra un vivo conocimiento de los problemas fundamentales que presenta la situación actual.

Por fortuna, la teología “científica”, digamos reglada y sistemática a la que ordinariamente nos referimos al hablar de teólogos de oficio y dedicación, no es la única. Tiene su rol, incluso necesario e imprescindible, en la iglesia. Pero, junto a ella, acompañándola y alimentándola, está una “sabiduría teológica”, más directamente pegada a la vida, a la piedad y a la praxis. Y en esta sabiduría Jorge María Bergoglio lleva muchos años siendo un gran experto; y Francisco, en su función de papa pastor, está demostrando que no sólo la vive y la practica, sino que está decidido a promoverla en la iglesia, con exquisito y relativamente inédito respeto por su autonomía específica y por la libertad en su ejercicio.

Ante todo, saltando por encima de los dos últimos pontificados, reenlaza con el Vaticano II, para tomar con absoluta seriedad el diagnóstico fundamental. Lo expresa en la entrevista de Spadaro con frase a la que no sobra una palabra: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”.

Es lo que había propuesto Juan XXIII al convocarlo y a lo que él se dedica con decisión firme, convencido de que “la nuestra no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica”. Avisa de que eso no implica el temido relativismo, sino apertura a un “Dios que es siempre sorpresa” y no teme la novedad, siempre que esta se mida por lo que no duda en llamar su “certeza dogmática”, a saber, que Dios está en toda vida y en toda la historia humana. Presencia perenne, incansable, sin discriminación, pues incluso en las existencias más perdidas o deformadas existe siempre un espacio para su amor. Por eso “es necesario fiarse de Dios”, apartándose de “los profetas de calamidades” y evitando convertir el espíritu cristiano en “una Cuaresma sin Pascua” (n.6). Prefiere no hablar de optimismo, sino de esperanza; pero desde esta pide y promueve valentía y horizonte abierto para la “alegría del Evangelio” (¿en esto evocará también el “gozo de la iglesia madre” de Juan XXIII? En latín la coincidencia es clara: gaudium y gaudet).

Esta vuelta no es mera proclama, sino que nace de una teología de fondo, profundamente asimilada. Nunca antes en ningún pontificado se había tomado tan en serio y con tal consecuencia la imagen de la iglesia como pueblo de Dios. La iglesia como sujeto activo y corresponsable, de suerte que no se recata en proclamar que “el conjunto de los fieles es infalible cuando cree”, sin que deba quedar reducido al dictado directo de los teólogos de oficio, ni “tenga que ver únicamente con sentir con su parte jerárquica”. Iglesia, pues, íntegra y en comunión, que reconoce la diversidad de carismas y niveles de servicio, sin imposiciones autoritarias ni particularismos dispersivos, sino viviendo en “sinodalidad”. Porque el camino de la iglesia consiste en avanzar juntos en el respeto de las diferencias, en la dirección marcada por Jesús.

De ahí la necesidad de un nuevo reequilibrio en los acentos de la vida y las verdades de la teología. El papa Francisco ha asimilado a fondo el novedoso énfasis conciliar en la jerarquía de las verdades y, con profundo sentido de pastor, supo extenderlo también a la moral y a la predicación. Los parágrafos dedicados a este tema en la Evangelii gaudium son de una justeza evangélica y de una originalidad teórica, nada frecuentes en los teólogos de oficio.

Y en la base, como humus nutricio, está la convicción de que la renovación teológica que hoy necesita la iglesia exige recuperar la experiencia originaria. La revolución cultural moderna fue tan grande que, en expresión de Paul Tillich, “conmovió los cimientos de todo el edificio teológico y obliga a repensarlo todo, incluso las cuestiones más fundamentales, desde nuevos presupuestos teóricos. Por eso es necesario reempezar “desde abajo”, del contacto vivo con la experiencia.

En lo personal, la sabiduría teológica de Bergoglio se muestra en su distinción cuidadosa entre el nivel más directamente experiencial de la fe y el estrictamente teo-lógico. En aquel sitúa lo común e indudable, aquello en lo que es preciso apoyarse y de lo que debe partirse. Eso explica su insistencia segura e infatigable —su “certeza dogmática”— en el ejercicio concreto y realista de los valores evangélicos. Ahí es donde, en última instancia, se muestra y se demuestra la verdad cristiana. Y es en la vida real, en el respeto a lo que, más allá de las conductas externas, sucede en el corazón de las personas donde hay que esforzarse en discernirlos, sin juzgar a los demás. Por eso, siguiendo al Maestro ante el escándolo de entonces —“no juzguéis”—, supo repetir ante el escándalo de hoy: “¿Quien soy yo para juzgar”?

La precisión teo-lógica de carácter más elaboradamente teórico y sistemático viene después… y poniendo cuidado en escapar al “peligro de vivir en un laboratorio”. Y eso necesita tiempo y paciencia, evitando el dogmatismo, que, en el fondo, implica desconfianza en la asistencia divina, siempre presente y siempre activa: “Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él”. Una muestra más de que toma en serio su principio de primacía de la duración en el tiempo sobre la forzada simultaneidad del espacio.

La sabiduría teológica del papa pastor se muestra precisamente aquí: en ejercer el rol propio de su servicio pastoral, sin por eso negar ni devaluar el de los teólogos. Al contrario, con su distinción de planos potencia la importancia de la teología y protege la libertad de su ejercicio. Basta leer un párrafo como el 40 de la Evangelii gaudium para comprender que no hay, como algunos pretenden, la mínima ingenuidad teológica en su postura, sino una visión muy precisa y muy consciente de la situación actual:

“Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio”. (Léase también el denso lúcido texto de EG, n. 133).

En esta perspectiva, tal vez no se ha valorado suficientemente la reiterada afirmación del papa, cuando ante los problemas especialmente discutidos y conflictivos asegura ante todo el valor evangélico que debe ser preservado, para después, y de manera expresa, encargar a los teólogos la discusión ulterior acerca del modo de su aplicación o actualización. No imponer una teología ya elaborada, sino abrir el espacio para ir construyendo una visión teológica renovada. Y hacerlo con libertad: “No tengan miedo de que Müller se les eche encima”. En la espontaneidad jocosa de esta frase pronunciada en grupo de trabajo, se trasluce todo un estilo y constituye todo un símbolo. Creo también que una nueva esperanza para la teología, demasiado tiempo callada, encogida y controlada.

La apuesta y gestión del Sínodo

La hondura y originalidad con que Francisco ha convocado e iniciado el Sínodo sobre la Familia sólo se entiende a la luz de su visión global acerca del modo como la novedad salvadora del Evangelio pide ser anunciada en la situación actual, de manera que responda a sus necesidades prioritarias y esté a la altura de sus justas exigencias culturales.

1) Su visión de la iglesia como sujeto activo y corresponsable, todo él comprometido en el discernimiento y proclamación de la fe, explica el gesto inédito de la encuesta previa. Hacer partícipe a toda la comunidad, era la consecuencia obvia, como único modo de captar los problemas en su verdad viva, realista y concreta, evitando la anomalía de que cuestiones que afectan tan íntimamente a todo el pueblo de Dios quedasen entregadas tan sólo a la deliberación de una asamblea de pastores célibes.

En esa misma línea está la llamada expresa del papa a hablar y dialogar con plena libertad, garantizando además el ejercicio de la misma con su presencia atenta, callada y sin interferencias. Además, el refuerzo de un estilo sin miedo a la luz y los taquígrafos es garantía de que los resultados alcanzados en la asamblea no quedarán finalmente al arbitrio de una redacción última, fuera ya de toda posibilidad de garantizar su fidelidad a lo acordado.

2) La opción pastoral, que con sabiduría teológica renuncia a imponer un modelo previo, en nombre de una tradición ya elaborada, abre las puertas a una reflexión creativa. No pretende disponer de soluciones ya hechas, sino que, como dijo en la homilía de apertura, exhorta a dejarse guiar por el Espíritu Santo, para no frustrar “el sueño de Dios” e ir “más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad”.

En la realización teológica de la tarea, el papa ha insistido repetidamente en la estructura fundamental del proceso. Lo único verdaderamente seguro, la “certeza dogmática”, lo que pertenece a la competencia religiosa de la iglesia, está en exhortar al reconocimiento y cumplimiento de aquellos valores que se reconocen claramente como concordes con el proyecto divino para la humanidad, dejando a la reflexión actualizadora, condicionada por el tiempo y la cultura, la concreción que pertenece al plano específicamente ético o moral[16].

Esto es decisivo, porque en la confusión de planos reside el núcleo de las resistencias, que pretenden defender en nombre de la fe lo que son concreciones morales claramente condicionadas por su circunstancia histórica. No se piensa que esa concepción va justamente contra la esencia misma de la revelación bíblica. De otro modo deberían, por ejemplo, defender hoy la poligamia, porque así lo hizo la Biblia en momentos culturales que, a nivel moral, lo exigían o lo hacían comprensible.

Ciertas argumentaciones acerca de la homosexualidad, apoyándose en textos bíblicos cultural y socialmente condicionados, no acaban de ver esta evidencia. E incluso en un tema tan firme y sancionado por las palabras de mismo Jesús, como es el de la indisolubilidad del matrimonio, no atienden a la libertad ejercida en el mismo Nuevo Testamento. Allí, sin cuestionar el valor religioso de la exhortación del Señor, Mateo, con su excepción en el caso de la porneia (sea cual sea el significado exacto, adulterio o algún tipo ilícito de conducta sexual) y Pablo, con el después llamado “privilegio paulino”, proponen de manera expresa modificaciones en el nivel de la moralidad práctica; a lo que ha de añadirse el hecho de que, mucho más tarde, la iglesia ha introducido todavía el “privilegio petrino”.

No interesa aquí, claro está, la casuística acerca del alcance o la justificación de esas excepciones. Lo importante es ver como en la tradición de la iglesia, desde los mismos orígenes, están presentes una libertad y una capacidad de comprensión y adaptación, que las circunstancias de la cultura actual non sólo hacen más comprensibles, sino incluso más necesarias.

3) Es ahí, en el espíritu de comprensión donde se ejerce la otra dimensión. La necesidad de partir de la experiencia, ganando libertad teológica y pastoral desde el enraizamiento firme en la seguridad que da la confianza en la fidelidad infalible del amor divino. Sólo interesan y tienen garantía evangélica las conclusiones y las teorías que parten de esta raíz y respetan su intención. De ahí la necesidad de que los teólogos “no se contenten con una teología de escritorio”, que los pastores recuerden “que la autoridad en la Iglesia es servicio” y que todos comprendan que lo fundamental es “derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los seres humanos”, sin ceder a la tentación de mirar a la humanidad “desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas”.

En esta actitud, su óptica se hace evangélica, y del ejemplo de Cristo aprende que lo decisivo es tener “las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos!”. Entonces, ante el problema de la comunión de los divorciados, el rigorismo pierde su sentido, porque se hace claro lo fundamental: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”, puesto que “la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG, n. 47).

Y sobre todo, para cualquier problema, el criterio no debe situarse en teorías abstractas ni en fidelidades jurídicas, sino en el esfuerzo por acomodarse a la óptica de Dios, que, como dijera Juan, es siempre “más grande que nuestro corazón”. Francisco lo ha repetido en concreto. Ante la pregunta, de claro corte saduceo —si dices que sí, vas contra la tradición; si dices que no, reniegas de la bondad— acerca de la homosexualidad, contesta al estilo del Nazareno: “’Dime: Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?”.

No cita en este contexto las dos magníficas y repetidas afirmaciones de san Juan de la Cruz acerca de la mirada divina. Con ellas quiero cerrar estas reflexiones, pues confirman bellamente la propuesta papa. “El mirar de Dios es amar”, dice la primera, que llama a la comprensión, a la solidaridad, al apoyo y a la acogida generosa; acogida dispuesta incluso a aprender allí donde antes sólo había discriminación y condena (lo decía un lúcido texto de la primera redacción, que —por desgracia y esperemos que sólo “todavía”— no ha recibido la suficiente votación en la asamblea). La segunda afirmación es: “El mirar de Dios es crear”, rompiendo continuamente nuestras estrecheces y fronteras, llamando a traspasar el ensimismamiento eclesiástico, para entregarse creativamente a la novedad divina, siempre volcada a favor de la realización de una humanidad más humana.

[1] G-L. Müller, La esperanza de la familia, publicado —nótese— por la BAC, Madrid 2014.

[2] Remaining in the Truth of Christ: Marriage and Communion in the Catholic Church; ha aparecido ya la traducción castellana: Permaneciendo en la verdad de Cristo: Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica”, Madrid 2014.

[3] Non è Francesco, Roma 2014.

[4] París 1966; traducido por Desclée, Bilbao 1968.

[5] Paris 1968; taducido por Herder, Barcelona 1970.

[6] Salamanca 1968; original 1966.

[7] Gaudium et spes, n. 5.

[8] Ibid., n. 33; subrayado mío.

[9] La cita es de su autobiografía Weiter Raum, Gütersloh 2006, 203.

[10] Cf. A. Torres Queiruga, Magisterio y teología: los   principios confrontados a los hechos: Concilium 345 (2012) 59-74; Aclaraciones sobre una notificación: Concilium 346 (2012) 159-168; Por una justa relación entre el magisterio pastoral y el teológico. Aclaraciones acerca de una notificación de la Comisión Episcopal de la Fe: Iglesia Viva n. 259 (2012/2) 103-124.

[11] Barcelona 2010.

[12] Amar: fundamento y principio; vulnerabilidad y solidez: Sal Terrae 81/4, 1993, 281-292.

[13]  Mi vida, Madrid 2005, 45.

[14]  De Ratzinger a Bergoglio o Los vuelcos en la Iglesia, conferencia en la Real Acacemia de Ciencias Morales y Políticas; publicada después, con algunas modificaciones, en varias revistas.

[15] Evangelii Gaudium, n. 32; en adelante citarei no texto como EG.

[16] Redactadas estas líneas, compruebo que, hablando en el Sínodo Antonio Spadaro, definió bien esta estructura gnoseológica, hablando del “pensamiento incompleto del ‘discernimento pastorale’”. Lo describe así: “Il discernimento pastorale, vissuto con prudenza, saggezza e audacia, appare la strada giusta per pensare in termini di misericordia. Occorre riscoprire così il patrimonio dottrinale della tradizione in modo da prendere sul serio la odierna condizione umana. Questo discernimento pastorale è il risultato di quello che il Santo Padre ha definito ‘pensiero incompleto’ e aperto (Civ Catt 2013 III 449-477), che sempre, in continuazione, guarda il cammino all’orizzonte, avendo come stella polare Cristo. Il pensiero è ‘incompleto’ non perché debole o approssimativo, ma semmai perché ‘approssimato’, cioè perché ha sempre presente il prossimo, la persona, la salvezza di ciascuno.  Il discernimento pastorale in tutti i casi punta sempre alla maggiore crescita possibile della persona. Del resto è proprio questa la maggior gloria di Dio (cfr Ireneo di Lione, Contro le eresie, 4,20,5-7)”. Puede verse la intervención en: http://www.cyberteologia.it/2014/10/intervento-di-p-antonio-spadaro-s-i-al-iii-sinodo-straordinario-dei-vescovi-sulla-famiglia/ (acceso 24-10-2014).

 

Felicitación navideña de Rafael Díaz-Salazar

Felicitación navideña de Rafael Díaz-Salazar

Rafael Díaz-Salazar, veterano colaborador de Iglesia Viva (ver sus artículos) nos envía esta felicitación:

Queridas amigas y amigos: Os deseo una Feliz Navidad. En la imagen y la poesía podréis ver el mensaje que os mando. Intentemos en nuestros ambientes que la Navidad no sea muy “robada”Celso Emilio Ferreiro, el gran poeta gallego, nos avisa. Un abrazo

 

FELIZ NAVIDAD-HOAC

 

    BELÉN  AÑO CERO

    Junté el viento frío con la aguanieve,
    junté la noche negra con la helada,
    y vi un niño desnudo en un pesebre.

    Qué misterio más hondo, qué aventura:
    El niño no quería
    gozar de otros hermanos, ni de otra ayuda

    Por algo estaba allí, por algo estaba
    tan lejos de la riqueza agasajadora,
    tan cerca de la pobreza desolada.

    Por algo los pastorcitos se acercaron.
    Y si el viento pasó tan paso a paso
    cantando suavemente, fue por algo.

    Por algo era María una artesana,
    cuando podía ser si quisiera,
    primera dama, esposa principal.

    Por algo era José un carpintero
    de fuertes, recias manos encanecidas
    en la garlopa, en el escoplo y en el martillo.

    Junté a todos los huérfanos en una sola cuna,
    junté las injusticias con los ultrajes
    y los puse de ofrenda en un pesebre.

    ¿Quién fue el que robó mi presente?

    Celso Emilio Ferreiro, Viaje al país de los enanos (1968)

     

     

    [Y a continuación podemos gozar la versión original en gallego, gracias a la colaboración de Andrés Torres Queiruga:

    “Xuntei o vento frío coa auganeve,
    xuntei a noite negra coa xeada,
    e vin un Neno espido nun pesebre.

    Que misterio máis fondo, que aventura!:
    O Neno non quería
    gozar doutros irmáns, nin doutra axuda.

    Por algo estaba alí, por algo estaba
    tan lonxe da riqueza gasalleira,
    tan preto da pobreza desolada.

    Por algo os pastoriños se achegaron.
    E se o vento pasou tan paseniño
    cantando suavemente, foi por algo.

    Por algo era María unha artesá,
    cando podía ser, se ela quixese,
    primeira dama, esposa principal.

    Por algo era Xosé un carpinteiro
    de fortes, rexas mans encalecidas
    na garlopa, na trencha e no martelo.

    Xuntei tódolos orfos nun só berce,
    xuntei as inxustizas coas aldraxes
    e púxenas de ofrenda nun pesebre.

    Quen foi o que roubou o meu presente?]

 

 

Francisco mediador reconocido entre Cuba y EEUU

Francisco mediador reconocido entre Cuba y EEUU

IV-minilogoUna reflexión de Antonio Duato sobre el acuerdo hecho público ayer.

E l papa tiene en su escudo dos palabras: misericordia y elección (miserendo atque eligendo). Su intervención en la histórica caída del muro del Caribe creo que son una prueba de que las dos cualidades (corazón en su forma de mirar la realidad y sabiduría en la elección de los medios de actuar para transformarla) están determinando todo el pontificado del papa Francisco.

Ya los papas anteriores se habían abierto a Cuba, pero en Francisco parece que ha primado el romper el bloqueo que atenazaba a los cubanos para aliviar la situación de pobreza de estos sobre el deseo de conseguir medios y visibilidad para la Iglesia católica. Estos días se habla de que un éxito del papa Benedicto, que celebró su 81º cumpleaños en la Casa Blanca, fue conseguir que Cuba se hiciera oficialmente festivo el viernes santo. Francisco ha demostrado estar más atento al sufrimiento del pueblo que a la exaltación de la Iglesia.

Pero si la inteligencia cordial de Francisco está fuera de duda, lo que a veces muchos hemos temido es que no la acompañase también una inteligencia astuta para encontrar los medios con que llegar a ser efectivo en la resolución de los problemas. La astucia dirigió al papa Roncalli a elegir el proyecto de un concilio ecuménico y a defender la libertad en el seno del mismo como estrategia fundamental para cambios de la Iglesia y, en cascada, en la sociedad. Pero creo también que en Francisco, a pesar de fallos aparentes que pudieron aparecer en los primeros momentos, está brillando una extraordinaria sabiduría en el cómo elegir y cómo hacer las cosas.

PAROLIN-TVY una de las más sabias elecciones de Francisco, a mi parecer, fue la de poner al frente de la diplomacia vaticana y del futuro gobierno colegial de la Iglesia, que está remodelando, a una persona como Pietro Parolin. De origen humilde, sencillo, discreto, joven (aún no llega a los 60 años), inteligentísimo y alejado de todas las rencillas vaticanas, Parolin va demostrando tener un corazón y una habilidad que le van a ser muy necesarias al papa de la misericordia. Y este éxito de ayer no va a ser único. Su lenguaje corporal, como hoy se dice al rostro y actitud, en aquel discurso en que Hugo Chaves arremetió contra el cardenal venezolano Urosa, a la vez que se declaraba seguidor de Cristo, me impresionaron en su día, sin presentir hace cuatro años a dónde iba a llegar ese desconocido nuncio. Hace dos semanas dirigió a periodistas un importante discurso sobre el diálogo.

Si es verdad que el papa Wojtyla pudo ser pieza clave en la caída del bloque socialista, su acción se mantuvo en secreto –M. Politi y C. Bernstein revelaron muchos datos sobre ello en su libro de 1996–, y consistió más en el debilitamiento de una parte que en el diálogo y, desde luego, no llegó a obtener el reconocimiento público y oficial que ha obtenido en este caso la mediación del papa Francisco. La mediación de Francisco se ha desarrollado con discreción pero ha sido reconocida públicamente por las dos partes, junto con la del gobierno de Canadá.

Y, sobre todo, no creo que Francisco se haya comprometido con esta acción con contraprestaciones que frenen el impulso por la justicia contra la opresión mundial que produce el sistema económico neoliberal. Faltan pocos días para que se conozca el texto completo del mensaje del papa en el día de la Paz, el 1 de enero, que este año será sobre cómo la esclavitud sigue hoy siendo propiciada y camuflada por muchas formas que derivan del sistema económico imperante.

Cristianismo de baja intensidad

Cristianismo de baja intensidad

XIMO2
Joaquín García Roca pertenece al Consejo de Dirección de Iglesia Viva desde 1977. Ver sus artículos 

¡Si, han leído bien, quédense con este eslogan! Empieza a moverse  por todos los círculos religiosos y laicos que pretenden socavar el proyecto del papa Francisco. El eslogan se ha oficializado en la última Conferencia  General del Episcopado italiano, celebrada el mes de noviembre. Al inicio de la Asamblea, los obispos le encomendaron a su sociólogo de referencia, Luca Diotallevi, una ponencia con el titulo Hacia un catolicismo de baja intensidad. Una contribución sociológica para la situación italiana” Con referencias veladas, quería ser un análisis de la situación actual de la Iglesia bajo el efecto Francisco.  El auge religioso, que se supone acompaña al pontificado de Francisco según el sociólogo, se construye sobre la destrucción del cristianismo confesional y sobre la religión de baja intensidad, que concede al consumidor religioso la capacidad de elegir entre las ofertas religiosas. Bastará que las autoridades religiosas rebajen las propias pretensiones normativas, flexibilicen sus convicciones y muestren gran indulgencia para disponer de un futuro prometedor y un discreto liderazgo. Prueba de que se ha entrado en esta deriva, según el sociólogo, es la renuncia a la doctrina tradicional sobre el sacramento del matrimonio para apostar por alusiones genéricas a la familia. Incluso la crisis del clero  es el resultado de un cristianismo de baja intensidad.
Según este diagnóstico, la Iglesia a consecuencia del proyecto de Francisco, padece el síndrome de la relajación, que liquida sus firmes convicciones y renuncia al carácter misionero y martirial, que habría caracterizado a los dos anteriores pontificados.  Para dicho sociólogo y para el coro de cardenales y obispos italianos que asentían complacidos, la tesis les confirmaba en su rechazo al pontificado de Francisco,

 

Para muchos de ellos, invocar la misericordia es abrirse a la siempre perversa tolerancia y abandonar la santa intolerancia; apostar por el diálogo es perder la identidad, renunciar al poder es debilitar las instituciones eclesiásticas. El eslogan es tan potente que en torno a él se han convocado cardenales y obispos otrora obedientes al Papa y ahora descreídos,  movimientos eclesiales conservadores que confundieron el deseo de Dios con sus intereses orgánicos, institutos de opinión que incubaron sus ideologías con ropajes religiosos.

 

La tesis de una “low intensity religion” viene proclamándose desde hace décadas por parte de la sociología americana para explicarse el éxito de los pentecostales, los carismáticos y la New Age, mucho antes de que llegara Francisco. Incluso puede afirmarse que los pontificados anteriores pretendieron afrontarla, al parecer con poco éxito.

 

¿Realmente lleva el diálogo a la acomodación, como reprochan al papa Francisco  o es el diálogo la señal de identidad de la comunidad de Jesús? Se es católico en la medida que se es capaz de descubrir las “semillas del Verbo”, que existen en otras historias, en otras tradiciones, en otras religiones. Como expresó el Concilio “la Iglesia… no está ligada de una manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre antigua o reciente… Puede entrar en comunión con las diversas civilizaciones. De ahí el enriquecimiento que resulta, así para ella como para cada cultura” (GS 58) Sólo cabe descubrir sus signos y señales en diálogo con todos, ya que no somos sus dueños ni sus propietarios.

 

Como sociólogo de la cultura tengo más razones para creer que hoy triunfa más la dictadura de lo fuerte y de lo violento, que la propuesta por la ternura y por la paz.  Basta acercarse a los estadios de fútbol, a los telediarios, a las tertulias y a los programas de mayor éxito  par observar que la ternura y la misericordia, predicada por Francisco, es anticultural. La violencia es la ideología dominante, mientras que la ternura es la convicción de los perdedores. El sociólogo haría bien en advertir que lo débil, lo tierno, lo insignificante y la tolerancia venden menos que la violencia, el fanatismo o la maldad. Quien nombre el diálogo no ganará unas elecciones. El discurso y las prácticas de Francisco no son acomodaticias sino profundamente anticulturales, a causa de su calidad evangélica. Basta atender a los índices de audiencia para ver que la apuesta por la tolerancia, la compasión o la misericordia no es lo que triunfa en el mercado. Asi lo ha entendido el cineasta Ridley Scott, que estas fiestas navideñas, llena los cines para ver “Exodus”, que presenta a un Dios guerrero con la mano de hierro, vengativo, iracundo, salvaje y fanático, al que no importan los daños colaterales que causa en el pueblo egipcio Un papa preocupado por decirle a la gente lo que le gusta escuchar, tengo serias dudas que le ofreciera la película de Roberto Rossellini “Francisco, juglar de Dios”. El éxito mundano hoy cae de parte de los fundamentalistas, de los que venden certezas, de los autoritarios.

 

En ciertos sectores, se le critica a Francisco que renuncie a la ortodoxia y a la pastoral y moral consecuentes con ese dogma para recibir el aplauso del mundo. A mi entender, sucede más bien lo contrario, ningún pontífice ha incomodado tanto a los poderes de este mundo como Francisco en su posicionamiento contra el sistema capitalista, “que es radicalmente injusto” (EG 59), contra “el fetichismo del dinero, que mata” (EG 55), contra “la absoluta autonomía del mercado y la especulación financiera (EG 56), contra la vergüenza migratoria y contra el Estado Islámico y quienes lo han promovido, pues sus crímenes no deben recaer sobre el Islam como otros querrían. Ningún pontífice ha incomodado tanto a los clérigos satisfechos como Francisco al denunciar a los falsos pastores y a los encubridores. No se le puede acusar de relativismo ni  de tibieza ni de abaratamiento de las exigencias evangélicas.

 

Un comentarista español añade para que no exista duda que  “Benedicto XVI, al contrario, quiso preparar a la Iglesia para que perdiera el miedo a ser minoría e incluso a sufrir el martirio. Ahora las cosas son distintas. Parece que se aspira a convertir la Iglesia en una religión de baja intensidad mucho más aplaudida y menos influyente porque no tiene nada que decir que no sea lo que todos dicen y aplauden. Entre una Iglesia aplaudida porque renuncia a la ortodoxia y a la ortopraxis y una Iglesia perseguida porque imita al Crucificado, yo escojo la segunda”

 

Subyace en esta crítica la idea radicalmente falsa de que una opción pastoral basada en la misericordia abandona el coraje para hacer frente a los conflictos de este mundo. ¿Acaso invitar a “salir al encuentro”, como hace Francisco, significa abandonar la tradición propia, o más bien la tradición se ha construido por los sucesivos encuentros del evangelio de Jesús con el espíritu de cada  tiempo? Decir que la Iglesia es un “hospital de campaña” no significa negar su condición de Misterio, sino indicar que el mayor misterio consiste en realizarse como curación. La misericordia no es gracia barata como bien saben los que se han sentido perdonados alguna vez.

 

Los ejércitos son visibles, las paredes son visibles, los templos son visibles, los muros son visibles, las tiaras son visibles pero también son visibles el amor, la confianza, la bondad, la túnica ligera, la compasión. Y como solicitaba el Concilio “ la Iglesia renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición”  (GS 76)

 

El análisis sociológico no puede dar soporte empírico ni argumento serio que permita atribuir la baja intensidad al factor Francisco. Más bien al contrario, fue el monopolio católico y la intolerancia quien vació los templos y produjo la crisis de las vocaciones. El fundador del fascismo italiano, Benito MUSSOLINI, lo expresó inequívocamente a su Ministro de Asuntos Exteriores: “¡Yo soy católico y anticristiano!” Para su proyecto político antidemocrático y totalitario necesitaba del catolicismo pero rechazaba el cristianismo como aliento profético capaz de denunciar los comportamientos antihumanos del fascismo y estimar lo que el fascismo desestimaba. Aquello sí que era  “mundanidad”, era acomodo, era arrogancia, era imposición, justo lo que convirtió el cristianismo en una religión de baja intensidad.

 

Los templos se vaciaron antes de llegar Francisco cuando se tronaba desde los púlpitos. Los seminarios se cerraron a causa de un modelo periclitado de vivir la vocación antes de llegar Francisco, el descrédito no llegó con Francisco sino cuando la Iglesia se contagió del poder mundano. Eso es  justo lo que hizo que Francisco fuera esperado y deseado por el pueblo fiel. En lugar de una Iglesia de baja intensidad, es él quien nos regala una Iglesia de alta intensidad evangélica.

 

[Traducción del valenciano del artículo que se publicará en breve en la revista Cresol de Valencia]