El nacionalismo catalán A DEBATE

El nacionalismo catalán A DEBATE

IV-minilogo        Independientemente de los últimos graves acontecimientos surgidos en el seno del Parlament Catalá, Iglesia Viva se ha interesado en los últimos años de la deriva independendista del nacionalismo catalán, dedicándole sendos debates en los números 259 y 260 y abriendo una sección A DEBATE en el número 263 con un artículo de Jaume Botey, cuya última parte publicamos qaa continuación en este blog, seguida de una respuesta recibida de Josep Mª Jauma, que va a continuación. El Debate queda abierto a sucesivos comentarios y posibles nuevos artículos.

 

El nacionalismo catalán y los sentimientos

Momento actual del proceso en Catalunya

Jaume Botey. Presidente de Cristianisme Segle XXI. Barcelona

V. Alternativas

[Lo apartados anteriores: I. Justificación, II. Nuevas coordenadas, III. Un 27 S plebiscitario y IV. Para el cristiano pueden leerse en el artículo completo. Conviene leerlos para interpretar mejor estas conclusiones]

1. En persepctiva de futuro

Guste o no guste, España va a tener que dar una solución a las exigencias de Catalunya. Los procedimientos seguidos hasta ahora por el movimiento nacionalista han sido democráticamente impecables y la necesidad del reconocimiento de Catalunya ha entrado ya en la agenda internacional como un problema a resolver. La negativa del gobierno español es antidemocrática e insostenible desde todos los puntos de vista, nacional e internacionalmente.

Por otra parte los resultados del 27S dan legitimidad democrática a las propuestas que llevaban en su programa las dos candidaturas ganadoras y todo hace prever la seriedad y firmeza de su compromiso. En Catalunya está en marcha un proceso original de construcción de un Estado nuevo por vías democráticas, pacíficas, de participación masiva, social, solidaria, transversal, un tipo nuevo de revolución. Es una realidad sin precedentes, concebida según parámetros distintos, que se abre camino en la confusión del presente.

Parece que el proceso no tiene marcha atrás y que se seguirá con los procedimientos de democracia y determinación habidos hasta ahora. Ante esto creo que sólo son de prever dos salidas posibles:

o una reorganización del Estado que permita convivir territorios muy diferenciados, con plena separación de poderes,

o acabar pactando algún tipo de separación lo menos traumática posible.

Para ambas alternativas hace falta que en España controle el gobierno y el discurso cultural una formación política que tome en consideración la complejidad del fenómeno nacional y trabaje por encontrar una solución aceptable para todo el mundo.

2. El problema es España

Por lo tanto, guste o no guste también, el problema es España. La reivindicación de la independencia es un medio para plantear, en primer lugar, el derecho a decidir. El Estado español debe aceptar el diálogo con Catalunya y un referéndum legal. Esto supone que cualquier escenario positivo de futuro para Catalunya requiere un escenario renovado en España. Supone además reconocer que el régimen nacido en 1978 es ya pasado y lo representa un gobierno cadáver político. En las cúpulas del Estado no se reconoce que el problema es España, su modelo de Estado, su régimen político agotado; los aparatos políticos que se alternan han perdido la capacidad de afrontar los problemas y la confianza de la ciudadanía. La cuestión catalana les sirve de coartada ante los pueblos de España para intentar orientar el malestar contra Catalunya. La polarización política es el resultado de la polarización de sentimientos. El desarrollo del sentimiento anticatalán y su contrario, el antiespañol, suponen una regresión democrática que puede llegar a ser trágica.

3. Algo ha cambiado

Obviamente el resultado del 27S debe haber sido un toque de alerta de dimensiones colosales al gobierno. Se pone en evidencia que lo planteado en Catalunya es el reto de mayores dimensiones que se ha planteado al Estado desde la transición.

A pesar de la actitud de esfinge de Rajoy creo que debe decirse que al 27S se ha llegado con algo de camino recorrido: el PP afirma ya —¡ahora!— que el actual trato fiscal respecto de Catalunya es injusto, que la Reforma de la Constitución es necesaria, que se suspenden algunas actuaciones previstas en la LOMCE, que es necesario el reconocimiento del hecho diferencial catalán, que es posible blindar la lengua…

No ha sido el gobierno quien ha cedido. Han sido conquistas de la movilización masiva, pertinaz y no-violenta.

4. El futuro. Modelo de Democracia radical

La cuestión de fondo hoy no es solamente la independencia o un status similar al de un estado confederado o federalizado. Hay algo más profundo y básico: cómo entendemos la democracia.

Los partidos del sistema, PP y PSOE principalmente, han caricaturizado la democracia hasta límites propios del liberalismo conservador del siglo XIX. Identifican democracia con algunos derechos políticos abstractos y derechos teóricos pero no ejercitables (empleo, vivienda, educación por igual a todos, etcétera).

Igualmente en Catalunya, la consulta y la independencia, oscurecen las contradicciones de la sociedad catalana. Las políticas públicas de la Generalitat no proponen políticas alternativas sociales y ni CiU ni ERC, han propuesto hasta ahora una democratización profunda de las instituciones de gobierno. No se han desarrollado los instrumentos legales participativos, la ley electoral y la simplificación del ordenamiento territorial, a pesar de ser obligaciones derivadas del Estatut. No ha desarrollado ni facilitado la iniciativa legislativa popular, el presupuesto participativo.

La independencia debe servir para corregir.

5. Difíciles previsiones de una reforma constitucional

Ninguna de las posibles combinaciones posibles de gobierno en España como resultado del 20 de diciembre (PP-C’s; PP-PSOE; PP-PSOE-C’S; PSOE-Podemos) hacen creíble una reforma constitucional que reconozca de forma consecuente el carácter plurinacional del estado español. Y sin un reconocimiento explícito de la realidad nacional catalana no hay ninguna posibilidad del encaje de Catalunya a partir de borrosas e indefinidas terceras vías. Por eso no debe hablarse del problema catalán sino del problema de España.

Para el catalanismo no tiene ya sentido subordinar el proceso constituyente catalán a un hipotético proceso constituyente español.

6. Sentido laico del nacionalismo

La construcción de la nueva sociedad sólo podrá hacerse evitando los fundamentalismos y estableciendo el diálogo desde una neutralidad afectiva que podríamos llamar el sentido laico del nacionalismo. Todos los fundamentalismos, de cualquier tipo, son enemigos del diálogo. Igual que en lo religioso, también en lo político, y especialmente en el tema de las identidades, deben evitarse los fundamentalismos. Pero mantener la propia identidad y quererla como una herencia que nuestros padres nos han dejado no supone negar la de los demás. Es una cuestión de sentimiento.

Para terminar, creo que el siguiente texto puede ilustrar las razones que en Catalunya han impulsado este proceso. En un memorable discurso a las Cortes sobre la cuestión catalana, Azaña dijo que “la diferencia más notable que yo encuentro entre catalanes y castellanos es que nosotros los castellanos lo vemos todo en el Estado y cuando se termina el Estado se nos termina todo, mientras que los catalanes, que son más sentimentales, o son sentimentales y nosotros no, ponen en el Estado una porción importante de cosas amables y amorosas que los alejan un tanto de la presencia severa, abstracta e impersonal del Estado”.

 

 

 

CARTA-RESPUESTA A JAUME BOTEY

Por Josep Mª Jaumá

Querido Jaume,

antes que nada, quiero agradecerte tu largo escrito. Hace falta que algunos expliquen nuestra historia y nuestras razones a tantos millones de españoles a los cuales les han sido camufladas. Me pregunto por qué no se ha hecho antes y de manera continuada. Si hemos de convivir (como yo deseo) nos hemos de conocer, y me parece obvio que los pensamientos y sentimientos de los catalanes han sido -y todavía lo son- ignorados, si no ridiculizados, por la mayoria de nuestros ‘compatriotas’. ¿Han hecho algo nuestros gobiernos en este sentido? Yo no me he enterado.

Me atrevo a responderte por nuestra amistad y porque entiendo que es conveniente completar tu argumentación con otro punto de vista. Espero que la revista acepte que vuelva a ser yo quien te da la réplica. ¡Como si no hubiese nadie más en todo el país! En fin, que hagan lo que consideren mejor.

La base de tu argumento es que la independencia es la única salida a la situación de Cataluña dentro de España. Salvador Cardús decía hace pocos días que continuar allí era “imposible”, y Toni Comín que la única manera de ser catalanista (defensor de nuestro país) era ser independentista. Si es así, yo (y tantos más) quedamos automáticamente relegados a las tinieblas exteriores. Para mí vuestra actitud es la de tirar la toalla o de romper la baraja. Pones a Mandela como ejemplo a imitar. No sé ver que Mandela rompiese ninguna baraja; todo lo contrario, supo jugar con ella, en oposición a lo que pretendía su partido, el A.N.C. (y por un millón de motivos infinitamente de más peso que los que podemos tener nosotros). O, si pensamos en nuestro continente, cuantísimos debieron creer que, después de tres guerras tan crueles en un solo siglo, Alemania y Francia pudiesen reconciliarse y colaborar. Y ahí los tienes sosteniendo juntos los fundamentos de Europa.

Siento repetir exactamente lo que ya dije en mi réplica anterior: estoy convencido que el camino que se escogió para cambiar la insostenible situación era el equivocado y que no lleva a ninguna parte. ¿Puede Europa aceptar lo que se está haciendo estos días en el Parlament y la manera como se está haciendo? Con un 70% o 80% de votos, quizás sí, no lo sé. Con el 50%, yo creo que es imposible. Y, si no nos aceptan en Europa, ¿sobreviviríamos? ¿Estarían de acuerdo los catalanes (incluidos el 50% del Sí) en esta salida? Me gustaría que alguna encuesta nos respondiese. Yo creo que saldría un no rotundo. Si fuese así, ¿qué nos llevaría a insistir , com si fuese el único, en este mal camino? ¿Hay que forzarles para que se vayan acostumbrando, y pensando que ya lo aceptarán algún día? He aquí cómo hemos adoptado muy pronto aquello tan hispánico de “sostenella y no enmendalla”.

Yo lo compararía con la pretensión de la Cup de salir hoy mismo del capitalismo. El capitalismo actual me repugna a mí como les puede repugnar a ellos. Pero, ¿es posible substituir-lo de un día para otro? ¿Es esto lo que querría la gente? Un salto mortal así sería literalmente esto: mortal. Yo pienso que hay que dar los pasos uno tras otro, sobre todo ayudando a la gente a cambiar de mentalidad. No veo que esto se haya conseguido (no ya en un 50%, ni siquiera en la mitad de esta cantidad). Ni siquiera la crisis parece haber conseguido demasiado cambio: véanse los BCN- World, las quejas por la moratoria de más hoteles en Barcelona, o de más cruceros gigantes, etc. etc.

Porque si salimos de los grupos más mobilizados (que existen y tienen su gran mérito) y nos fijamos en la gente “normal y corriente” (que son los que cuentan), ¿somos realmente tan diferentes? En 40 años hemos tenido oportunidades para mejorar muchas cosas; ¿hemos sido diferentes? ¿Tenemos una enseñanza mejor? ¿Una casta política mejor? ¿Una burocracia mejor? Yo no lo sé ver. ¿No ha habido también en Cataluña una burbuja inmobiliaria loca? ¿Han preservado mejor la costa o la montaña los ayuntamientos correspondientes? ¿Hemos sido más responsables que el resto de España con el medio ambiente? ¿Nuestros bancos y cajas (¡ay!) han actuado aunque sólo fuese un poco diferente? ¿Nuestras empresas con fábricas en el tercer mundo, no actúan igual que las demás? Etc.

Ha habido ciertamente un maltrato y una incomprensión sistemáticos por parte de los gobiernos de Madrid: autopistas, trenes, puerto, aeropuerto, corredor mediterráneo, etc y en tantos otros campos. Con la mayor buena voluntad podríamos atribuirlo a una ignorancia supina. Pero nuestros gobernantes, nuestros escritores… ¿Se han molestado en exponerlo públicamente, claramente, objetivamente y sistemáticamente al resto de los españoles? Tú lo haces ahora, muy bien; pero ¿se ha hecho en todos estos años? Yo no me he enterado. No hablo de decirlo un día en no sé qué lugar: la verdad hay que proclamarla bien clara y ante todo el mundo, hasta que se enteren. Lo único que he visto es que los sucesivos consejeros de economía volvían de cuando en cuando de Madrid diciendo, entusiasmados, que finalmente habían conseguido una financiación justa. El resultado está a la vista: ¡no hemos conseguido todavía ni que nos reconozcan el derecho mínimo a la ‘ordinalidad’: ¡que haya el dinero necesario para los mismos servicios básicos en todas las autonomías!

Dices que las ‘terceras vías’ (federalismo, justicia fiscal, reforma de la Constitución…) ya no valen. (Aunque al final de tu escrito sí lo das como una posibilidad. ¿En qué quedamos?). Para mí, y perdóname, este ha sido uno de los errores más garrafales de todo el proceso. Si se hubiese actuado con aquel seny que se nos supone ¿no se hubiese podido crear desde el primer momento un frente común catalanista? El 70% o el 80% de los votos habría dado al proceso una fuerza, creo yo, imparable. En lugar de esto se ha impuesto (como parece inevitable que suceda siempre) la idea más radical: directamente la independencia. Otro defecto, por cierto, bien hispánico, la radicalidad, bien alejado de nuestra supuesta moderación enraonada, que en esta ocasión no ha hecho acto de presencia. (Algo primitivo debe haber en nuestros genes, quizás heredado de los cátaros, reacios a mezclarse con los ‘impuros’). ¿Qué caso se ha hecho de las voces sabias que no seguían aquella radicalidad? De Josep Fontana, de Gaspar Mora, de López-Burniol, de Antoni Puigverd, de Jordi Gracia, de Ramon M Nogués, del mismo González-Faus, de Joan Margarit, de Raimon, de Serrat…, de nuestras figuras más destacadas en cada uno de sus campos? No se les ha tenido en cuenta ni escuchado. En este tipo de situaciones parece inevitable que la descalificación y el ataque personal a quien disiente salten automáticamente: tratar al director y a quienes escriben en La Vanguardia, naturalmente, como unos caragirats; a Xavier Vidal-Folch y a los del País como unos ‘vendidos’; a otro como ‘traidor’ (no me lo invento), y a todos, en conjunto, de botiflers, simplemente porque dentro del lío armado intentaban pensar por su cuenta. Los bancos (que han demostrado, efectivamente, ser ladrones y tramposos) y las grandes empresas “ya pueden coger las maletas” (Cup dixit). Nosotros solos, los cátaros, los puros ya somos (como irónicamente nos ha hecho creer precisamente el nuevo capitalismo) autosuficientes.

¿Se ha hecho ningún debate público entre cualquiera de los líderes (Mas. Junqueras, Forcadell, Muriel…) y los que no están de acuerdo? Yo no me he enterado. En Escocia, todo el año anterior al referéndum, se hacían a diario, y a todos los niveles. Aquí nuestro estilo patentado es callar. Te lo creas o no, en todos los encuentros con amigos, colegas, etc., la solución que hemos adoptado para no amargar la reunión a gritos y ataques, ha sido la de evitar como fuese el tema. No hace falta decir que cuando estaba presente alguien con algún tipo de poder sobre ti, el silencio era doble: el miedo al peligro de ser excluido (fuese de lo que fuese) ha funcionado muy bien.

Contradiciendo la consigna de que “no se ha roto nada”, lo que se ha roto es la conversación

espontánea y confiada, que es la base misma de la vida social. Lo mínimo que te esperas si te atreves a decir que no estás de acuerdo es un condescendiente: -No sabes de qué va. ¿Así tú crees que no hay que hacer nada? – He aquí unos de los grandes ‘argumentos’ que han sido inculcados con gran éxito en mentes ingenuas: o o bien eres independentista, o no lo eres porque piensas que no hay que hacer (o que no se puede hacer) nada. Como un dogma. La ‘patria’ se ha convertido (¡quién lo iba a decir!) en un absoluto que no admite divergencias, de manera parecida a como la autoridad eclesial lo era, por ejemplo, para el nacional-catolicismo. Siempre de buena fe, no faltaría más.

Alguien me dice que toda esta movida era necesaria para dar un buen puñetazo sobre la mesa y conseguir que los sordos oigan y reaccionen. Quizá sí. Quién sabe si sólo se ha tratado de un golpe de efecto, como una puesta en escena colectiva ‘guiada’ para el bien general. Si fuese así, tengo mis dudas que sea del todo honesto. Mobilizar la buena voluntad, el catalanismo innato, de la mayoría, y hacerles pensar y decir aquello que no es exactamente lo que se pretende (como lo que mencionas al final del artículo) ¿es correcto? No sé si por desviación ‘confesional’ yo creo que la manera más sólida y más efectiva de conseguir algo es decir la verdad. Los que te escuchan ya son mayorcitos, y si no la entienden es su problema. Es decir, creo que hay que hacer lo que haces tú en tu exposición. Y lo que pretendo hacer yo ahora, aunque no sobre las razones, sino sobre la manera cómo se han puesto sobre la mesa. Nuestra diferencia es que tú lo haces, supongo, con toda tranquilidad, mientras que yo siento que avanzo a contracorriente. Las secuelas, ¿quién sabe? Me imagino que será -¡otra vez!- eso tan hispánico de “la callada por respuesta”. Ya se sabe que los contrincantes adoptan, como un espejo, el estilo y las armas del adversario.

¿Enviaré este escrito a Iglesia Viva? Si lo hago, puedes estar seguro (ya lo sabes) que no es para hacer la trabanquilla a nadie, y menos a tí, sino porque lo siento como un deber. Que los responsables de la revista hagan lo que les parezca mejor.

Un abrazo, como siempre, Josep M Jaumà

 

 

El Sínodo indica el camino para un cambio posible

El Sínodo indica el camino para un cambio posible

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La revista católica estadounidense National Catholic Reporter ha publicado en su último número, con este título, un editorial comentando el sentido global que ha tenido el Sínodo sobre la familia. Realmente el Sínodo culminará con una anunciada exhortación papal. Pero en la Relatio Finalis (ver texto en italiano con resultados de votación en Il Regno y los tres números sobre divorciados vueltos a casar en Religión Digital) y en los discursos del papa se basa esta cualificada opinión, expresada en un país que fue especialmente marcado por la división de pareceres dentro de la comunidad cristiana.

Aunque calificado de “Asamblea general ordinaria,” el Sínodo de los obispos, que acaba de terminar con su sorprendente conclusión que ha abierto un ancho camino de misericordia para católicos divorciados y vueltos a casar, ha sido extraordinario. Extraordinario por caminos probablemente no esperados ni deseados por muchos de los que planearon y asistieron a las reuniones mantenidas durante dos años. En alguna medida el más transparente y estridente de los sínodos celebrados durante el último medio siglo, desnudó en sus reuniones una verdad larga y ampliamente conocida, que los líderes de la iglesia han tratado desesperadamente de ocultar a los que están fuera de la cultura jerárquica: los hombres que habitan en los niveles más altos del gobierno de la iglesia a menudo discrepan profundamente sobre cuestiones importantes.

        Que una realidad tan sencilla y comprensible no sea ya un secreto es, en definitiva, un desarrollo saludable. Que la disidencia en este caso proviniese de los conservadores debería jubilar para siempre la tonta idea de que una “ortodoxia” depende de un asentimiento irreflexivo, acrítico a todo lo pronunciado por el Papa o el magisterio. La reunión también ha sido extraordinaria porque en el análisis final –y en el énfasis final no disimulado del Papa– el Sínodo ha sido tanto sobre la actitud de la jerarquía y cómo ven la iglesia y su papel en ella como sobre cualquier cuestión teológica compleja que podían considerar.

        Este Sínodo agrega un importante segmento al arco de cambio que ha marcado la historia de la iglesia en la época contemporánea, comenzando con el Concilio Vaticano II. En la vida de la Iglesia existe una permanente tensión entre la visión de la tradición como congelada, como en un ámbar sagrado, y la que ve la tradición como renovándose constantemente, expendiéndose con nuevas ideas para enfrentar nuevos desafíos.

        Los Sínodos se instituyeron para acomodar el último impulso, pero la necesidad de controlar la trayectoria del cambio, de eliminar no sólo la posibilidad de cambio sino incluso cualquier discusión sobre él, aceleró el proceso. Francisco ha dejado de lado el miedo al cambio y alterado profundamente las expectativas de los fieles. Habla de la sinodalidad al modo de un gran cuadro. De acuerdo con su lenguaje, desde el momento en que llegó al balcón como Papa recién elegido, la alocución final de Francisco al período de sesiones del año pasado estuvo cargada de imágenes de movimiento y cambio. Su definición del Sínodo es “un camino de solidaridad, un ‘viaje juntos’ “. En este viaje, dijo,” hubo momentos de correr rápido, como queriendo conquistar el tiempo y llegar a la meta tan pronto como fuera posible; otros momentos de fatiga, como queriendo decir ‘basta’; otros momentos de entusiasmo y de ardor”.

        Es esencial notar aquí que al sentido de “juntos” le falta todavía un componente importante. Las mujeres, más de la mitad de la iglesia y ciertamente sus participantes más activas en la mayoría de los lugares, no tenían voz ni voto en ninguna de las discusiones. Las personas casadas eran poco más que adornos mínimos en el proceso. Y aunque haya podido darse un tono más respetuoso al hablar de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y personas transexuales, no hubo ningún intento de consultar realmente a algunos de ellos, miembros de la comunidad católica.

        Los Sínodos, por extraordinarios que, como éste, puedan haber sido, son instrumentos aún seriamente deficientes. Las declaraciones y documentos finales –no importa que sean positivos, acogedores o bien intencionados– serán cuestionados hasta que se corrijan estas deficiencias. Los comentarios del Papa después de Sínodo se han dirigido más a la conducta y actitudes de los participantes, que a los asuntos discutidos por la comunidad durante las sesiones. Francisco ha reconocido desde el principio la necesidad fundamental y urgente de desmontar los elementos de la cultura clerical que la han petrificado y desconectado de la realidad.

        Ha sido él quien inyectado una dosis de realismo en el análisis de la cultura clerical, que antes situaba los problemas de la Iglesia en el resto del mundo, en culturas que se han vuelto predominantemente laicas, relativistas y hostiles a la religión.

        La táctica de colocar los errores de la Iglesia en cualquier parte menos en ella misma perdió credibilidad cuando la gente se dio cuenta del engaño y el abuso de confianza en la crisis mundial de los abusos sexuales clericales y de los escándalos financieros que llegaron a los niveles más altos de la Iglesia. El elevado concepto de la ordenación que parece llegar a su cumbre durante el reinado del Papa Juan Pablo II comenzó a caer cuando su primer ejemplo de sacerdocio heroico, el del fundador de los legionarios de Cristo, Marcial Maciel, resultó ser un fraude que había jugado fácilmente con la vanidad de la corte papal, a pesar de las fuertes y repetidas advertencias de algunas de sus víctimas. La corrupción era sistémica y no fácilmente purificable. Francisco cambió la lente, –de una de juicio a una de misericordia– a través de la que veía al gran pueblo de Dios. Cambió la lente –de una de complicidad a una de juicio–, para aquéllos que en la cultura clerical habían causado tanto escándalo y comprometido la misión de la Iglesia.

        Desde el momento en que Francisco caminó hacia el balcón sobre la Plaza de San Pedro en 2013, la gente pudo notar el cambio. Habían dejado de ser objeto de la suspicacia jerárquica por lo que podrían estar haciendo mal. De repente eran compañeros de viaje, animados a la búsqueda de la santidad, no de la perfección. El corazón de un pastor sustituye al Código de Derecho Canónico como instrumento principal en el acercamiento de un obispo a su rebaño. Así fue el acercamiento de Francisco a la familia en toda su complejidad global.

        “La experiencia del Sínodo” dijo en el día final de la reunión, “nos ha hecho también comprender mejor que los verdaderos defensores de la doctrina no son aquellos que mantienen su letra, sino su espíritu; no las ideas sino las personas; no fórmulas sino la gratuidad del amor y el perdón de Dios. No se trata de ninguna manera de restar importancia a fórmulas, leyes y mandamientos divinos sino más bien de exaltar la grandeza del Dios verdadero, que no nos trata según nuestros méritos o ni siquiera según nuestras obras, sino únicamente según la ilimitada generosidad de su misericordia”.

        Esta es la versión moderna de Jesús, que pone de relieve la hipocresía de la cultura del templo, una llamada de atención a los dirigentes religiosos que ponen cargas innecesarias sobre la gente. Con un lenguaje rico en generosidad e invitación, valiente en su carencia de amenazas o de necesidad de control, Francisco demuestra la centralidad de la misericordia. “El primer deber de la Iglesia,” dijo, “no es anunciar condenas o anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y llevar a todos los hombres y las mujeres a la salvación en el Señor.” Es ya bastante claro que Francisco fue elegido, al menos en parte, por la fuerza de una breve pero punzante crítica que había manifestado, en los días anteriores al Cónclave, a una Iglesia corrupta tan vuelta sobre sí misma que se había convertido en una enferma. El Sínodo es la última indicación de que tiene la intención de ir más allá de los síntomas de la enfermedad. Ha cambiado la metáfora de la comunidad: de ser una policía de fronteras que patrulla y se asegura de que no pase nadie indigno, a ser un viaje que va hacia adelante, tirando de los marginados y de quienes se pueden sentir indignos para que que puedan experimentar, en palabras de Francisco, “la luz del Evangelio, el abrazo de la iglesia y el apoyo de la misericordia de Dios”.

        Cada uno de nosotros participará, a su manera, en el análisis de quiénes son los ganadores y los perdedores de este Sínodo. Es consecuencia de la naturaleza humana y una muestra de los desafíos acontecidos.

        El hecho de que el Sínodo haya sido capaz de llegar a un acuerdo de dos tercios en el camino a la comunión para los divorciados y vueltos a casar, un camino que se basa en una comprensión radicalmente descentralizada de la autoridad de la iglesia, es una indicación del tipo de cambio posible. Tan importante es el precedente que se establece en el modelo y método para la discusión y el discernimiento que ha permitido a los padres sinodales llegar a un consenso. Esto ha implicado un cambio igualmente trascendental en cómo algunos de ellos se entienden a sí mismos y a su Ministerio.

 

[Tradujo del inglés para iviva.org Carlos F. Barberá]

 

 

¿Está fracasando el Papa?

¿Está fracasando el Papa?

Castillo

José María Castillo una vez más analiza cómo se está viviendo estos primeros años del pontificado de Francisco que desde la derecha o la izquierda muchos se atreven ya a considerar como fracasado. Pero los pobres y marginados de hoy no piensan eso.  Iglesia Viva agradece a Castillo y apoya plenamente su reflexión.

           Hay gente que se hace esta pregunta. Incluso hay no pocas personas que ni se la hacen. Porque son los que ya tienen la respuesta. Y la tienen clara y segura, en el sentido de que, según piensan ellos, efectivamente es así. No se trata, pues, de que Francisco va a fracasar. Se trata de que Francisco, y el modelo de papado que él representa, ya ha fracasado. O sea, ni este papa ha renovado la Iglesia. Ni la va a renovar. Por la sencilla razón –dicen los defensores del fracaso– de que la teología de Francisco es poca y pobre. A lo que se suma el hecho de que no ha cambiado ni un solo canon de Código de Derecho Canónico. Ni los nombramientos de altos cargos en la Curia han sido determinantes para que las cosas cambien. Ni ha podido acabar con las firmes y sólidas convicciones de los cardenales que están en contra de su forma de ejercer el cargo de Sucesor de Pedro. Entonces, después de casi tres años de papado, ¿a dónde nos lleva este hombre? A una nueva y mayor desilusión en la reforma de la Iglesia, piensan o temen no pocos.

           En fin, no sé si estoy exagerando. Ni soy quién para asegurar si tienen o no tienen razón los “profetas de desgracias”, que diría Juan XXIII. Lo que sí creo que puedo (y debo) preguntar es esto: ¿quiénes son los que afirman con seguridad que este papa ha fracaso? Ciertamente no dicen semejante cosa ni los pobres, ni los enfermos, ni los niños, ni los que se han quedado sin trabajo, ni las gentes que viven en barrios marginales, ni los que huyen de las guerras, de las hambrunas, de los países en los que se ven explotados o en situaciones de inseguridad, miedo y desesperanza. ¿Por qué será esto así?

           Asegurar que este papa ha fracasado es, más que nada, desear que fracase. Y por tanto, desear que las cosas sigan, en la Iglesia, como estaban en los papados anteriores. O quizá –en el extremo opuesto– lo que algunos desean es que la Iglesia cambie, de la noche al día, a golpe de decisiones doctrinales y legales, que obliguen a infinidad de personas a pensar de manera distinta a como vienen pensando desde que eran niños. Pero, ¿es que un papa puede hacer semejante cosa en dos o tres años?

           Pongamos los pies en el suelo. El papa, sea quien sea, no puede ser agente de división, sino modelo de tolerancia, respeto y comunión. Pero eso, en una Iglesia tan dividida y fragmentada como la que tenemos, no se consigue sino desde la bondad y la misericordia. Ejercer el papado no es hacer política, Y, menos aún, imponer decisiones que, en el mejor de los casos, se soportan, pero no se integran en la vida de las personas. La gente integra y hace suya en sus vidas, no lo que se les impone por obligación, sino lo que les atrae por seducción. El día que una notable mayoría vea en el Evangelio un “proyecto de vida”, que alivia penas, fomenta la felicidad y da sentido a nuestras vidas, ese día la Iglesia cumplirá con su tarea en este mundo y será distinta. Pues eso, ni más ni menos que eso, es lo que el papa Francisco está intentando hacer. Y es lo que la que va a hacer, si es que entre todo le dejamos hacerlo.

Número 263: Bajo la condición precaria

Número 263: Bajo la condición precaria

263-PORTADADesde hace tiempo Iglesia Viva auscultaba la crisis económica global que afectaba a todo el mundo y sobre todo al sur de Europa y a nuestro país. Y anticipábamos cuál iba ser el fin del túnel que yo nas ha llegado y no se va ir fácilmente: la precariedad, que empobrece cada vez más incluso a muchas personas que tengan trabajo.

La pérdida de empleo y la imposibilidad de pago de la hipoteca, así como la reducción de prestaciones sociales ha condenado a la precariedad, la inseguridad y vulnerabilidad a millones de personas y familias. Las reformas laborales y las políticas de austeridad, junto al elevado desempleo, no ofrecen otra perspectiva que miles de demandantes que compiten aunque sea por un trabajo indecente o minitrabajos, siempre en régimen temporal y con bajos salarios bajo la apariencia de una economía legal, pero con los derechos restringidos y la dignidad humana maltrecha. La innovación tecnológica está produciendo una profunda metamorfosis del trabajo. La globalización del capitalismo financiero, el debilitamiento del Estado de Bienestar y la desregulación del mercado laboral crean exclusión y hacen emerger una nueva clase social: el precariado (Guy Standing).

La condición precaria marca cada vez más a más personas y familias que parecía instaladas en una confortable clase media o profesional. Las situaciones de quiebras son cada vez más numerosas, llevando con frecuencia a la total marginación o el suicidio.

Esta temática es  abordada en el número 263, Bajo la condición precaria, con perspectivas sucesivas en los tres estudios de este número.

  • En el primero Guillermo FERNÁNDEZ MAÍLLO, miembro del equipo de Estudios de Cáritas española y de la Fundación FOESSA, nos presenta las condiciones materiales que explican la generación de la precariedad laboral, habitacional y existencial.
  • En el segundo estudio el profesor de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) y colaborador asiduo de la revista, Imanol ZUBERO, dibuja los rasgos de la normalización y consolidación de la precariedad, una condición que impuesta, también es combatida.
  • Por último, en el tercer estudio Élio ESTANISLAU GASDA, joven jesuita brasileño, esboza una reflexión sobre la esperanza que el cristianismo, la religión de los precarios, ofrece a quienes son descartados del sistema para seguir viviendo, para resistir y seguir creyendo en la igual dignidad de todos y todas.

Hay otro tema de grandísima actualidad que se presenta en este número: el proceso del soberanismo catalán que se presenta como tema A DEBATE, para indicar expresamente que es un tema abierto en la misma revista, que publicará otras contribuciones en próximos números y que aceptará con gusto comentarios en su blog. Se trata de una presentación hecha por Jaume Botey que muestra cómo, con su gran carga emocional, el problema del gran auge del soberanismo en estos últimos años tiene su origen en la manera como grandes masas de catalanes han vivido el rechazo del Estatut de autonomía votado en 2006 y otras supuestas afrentas por parte de los gobiernos de España.

 

Santa Teresa, mujer y mística para el siglo XXI

Santa Teresa, mujer y mística para el siglo XXI

263E-00-PORTADATeresa, figura siempre viva y actual

  Al celebrar el V Centenario Teresiano, la revista Iglesia Viva quiere sumarse a esta magna efeméride con la publicación de un número Extra, dedicado especialmente a su figura como mujer y mística. Sigue así la tradición iniciada en el IV Centenario Sanjuanista a quien dedicó también, en su momento, un número especial, el 161: San Juan de la Cruz y el resurgir de la mística. (1992).

La impresionante aventura humana y espiritual que habitó y representa Teresa de Jesús, aunque tiene fecha y lugar como toda figura destacada de la historia espiritual y las letras españolas, supera y trasciende largamente su tiempo, constituyéndose en una de las empresas espirituales femeninas más singulares y vigorosas que conocemos, con una proyección de largo alcance.

A sus “tiempos recios” se corresponden hoy nuestros tiempos duros y difíciles, complejos; a sus ansias de oración y espiritualidad nuestra actual emergencia de nuevos paradigmas de interioridad y experiencia espiritual; a su experiencia de Dios, nuestra sed de vivencias interiores y de experiencia, –eje moderno de la vivencia religiosa actual–, frente a la sola doctrina y autoridad. En definitiva, tanto ayer ayer como hoy, cómo puede una mujer abrirse camino, realizarse y hacerse escuchar en unas iglesias y sociedades todavía tan excesivamente machistas.

Los textos y experiencias de Teresa, su apasionante aventura personal, ilumina vigorosamente y da nuevo sentido a nuestro mundo actual. Siendo tan semejantes y diferentes a la vez aquellos y estos tiempos, pueden mutuamente iluminarse y esclarecerse.

La figura de Teresa, siempre viva y actual, más que un monumento esculpido e inmortalizado en piedra maravillosamente por Bernini, es una figura para traerla a nuestro tiempo. Con la pluma en la mano, recorriendo caminos para hacer red de comunidades, con toda su grandeza al enfrentarse al clericalismo machista de su tiempo, puede así iluminar y renovar nuestra actual circunstancia histórica. Sus textos y experiencias cobran nueva vida, nuevo sentido, vigencia y actualidad.

Intervienen en el número Manuel Ciurana, Juan Martín Velasco y Maximiliano Herráiz con tres trabados estudios y otros materiales, Teresa Forcades entrevistando al traductor de la santa en alemán, Agustín Udías sobre la mística del científico Teilhard, Secundino Castro y María Jesús Sancho comparando las figuras de Teresa y Juan de la Cruz, Carlos García Andoin hablando la admiración de Fernando de los Ríos por Teresa, Jesús Martínez presentando un Carmelo mixto y ecuménico en red, José Mª Monzó reseñando la presencia de Teresa en el cine y Juan Antonio Estrada explicando su libro sobre la fe en una cultura escéptica.

En este número Iglesia Viva hace expresa referencia a la condición de mujer y se ofrece un colorido renovado en su portada. Esta renovada atención a lo femenino y al propio aspecto exterior son dos características que se verán reforzadas a partir del próximo año, cuando ya haya cumplido la revista cincuenta años e inicie una nueva etapa.

 

Tres pruebas del algodón para el Sínodo

Tres pruebas del algodón para el Sínodo

CarlosCarlos García de Andoin publicó un artículo titulado Con fe en la Familia en el número 262 de Iglesia Viva dedicado al Sínodo de la familia. Sínodo que ya se está celebrando, con evidente y preocupante polarización de posturas entre los padres sinodales. Bueno sería que muchos de estos clérigos solteros leyeran cómo un laico cristiano, padre de familia y director del Instituto de Teología y Pastoral en su diócesis, habla en positivo de la familia a los largo de todo el artículo. De él reproducimos aquí sólo el último apartado que lleva el título del post. Es sobre los puntos más álgidos aunque no los más importantes.

Uno de los aspectos sobresalientes del presente proceso sinodal es la actitud de apertura a ver la realidad sin tapujos. Es el primer paso para dar una salida pastoralmente proactiva y significativa a “la inmovilidad ocasionada por un enmudecimiento resignado frente a la situación de hecho”[1] que no encajan con un formato cuajado en otras circunstancias tanto culturales como pastorales. De manera breve haremos mención a tres de ellas. La comunión de los divorciados vueltos a casar, el hecho de la conyugalidad homosexual y la nueva forma de vivir el paso a la vida conyugal y la formación de la familia.

a) La comunión de los divorciados vueltos a casar

Esta cuestión no deja de ser sino una derivada de la histórica dificultad de la Iglesia para aceptar el hecho del divorcio. La cita evangélica: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” como respuesta de Jesús a la capciosa pregunta sobre si es lícito al hombre divorciarse de la mujer como permitía la ley mosaica (Mt. 19,6), es una expresión de un ideal evangélico, en un contexto socio-cultural concreto, que ha sido utilizada para argumentar la imposibilidad divina de la Iglesia para aceptar el divorcio. No es lo mismo expresar un ideal de unión y fidelidad para todos los días de la vida, así inspirado y querido por Dios, que negar definitivamente la libertad humana por razón de una forma de entender la acción de Dios, al margen de la historia, de la conciencia y la responsabilidad de las personas que contraen matrimonio. Porque el hecho es que por precipitación, por infortunio, por fatalidad, por falta de amor, o por tantas razones la convivencia conyugal, con mayor o menor responsabilidad de uno o de los dos miembros de la pareja, puede acabar en fracaso o en desamor, o sencillamente en que lo procedente es transitar por un camino separado.

Muchos padres sinodales parecen inclinarse por “opciones pastorales valientes” (RS 45). Sin embargo, ni siquiera una propuesta como la que propuso la relatio basada en un camino penitencial particular obtuvo la mayoría suficiente requerida (RS 52). La propuesta del Informe de W. Kasper al Consistorio de Cardenales es razonable[2]. No hablamos de una situación general objetiva sino de personas concretas que se profesan cristianas y participan en la vida de la Iglesia, en algunos casos incluso ejerciendo diversos servicios. Personas que han rehecho su vida en matrimonio con una nueva persona y que quieren vivir en comunión plena con la Iglesia. No parece razonable ni conforme al sensus fidei, sostener una norma universal prohibitiva, sino establecer un proceso de “discernimiento particular” que aconsejará la decisión de admisión o no a la comunión eucarística de estos divorciados vueltos a casar[3].

b) La conyugalidad homosexual

El Sínodo planteó con claridad la necesidad de atender pastoralmente a las personas con orientación homosexual. Sin embargo, ni siquiera tuvo la mayoría requerida la afirmación de que los “hombres y las mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza” (RS, 55). Claramente decepcionante. Más aún cuando la “Relatio post disceptationem” del Relator General Péter Erdő (13.10.2014) había apuntado en los nn. 50-51-52 serias interpelaciones a la comunidad cristiana sobre la “aceptación de los dones y cualidades de las personas homosexuales”, si les garantizamos “un espacio de fraternidad en nuestras comunidades” aceptando “su orientación sexual” y en cualquier caso considerando que “la cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual”.

Más allá del debate a favor o en contra del matrimonio homosexual hay dos cuestiones previas que la Iglesia debe afrontar. La primera, su consideración de la homosexualidad. La calificación de enfermedad no corresponde a una organización religiosa sino a las organizaciones médicas. La Organización Mundial de la Salud ha sacado la homosexualidad del catálogo de enfermedades. De acuerdo con ella, la posición de la Iglesia, que califica la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada[4], debería ser revisada. Al menos, debería suspender el juicio sobre algo que no le corresponde y que objetivamente no pertenece al dogma de la fe. Paradójicamente lo que sí tiene que ver con el Evangelio es la consideración de la igual dignidad de los hijos e hijas de Dios, por lo que la Iglesia católica deberíamos ser, en todos los países del mundo, luchadores contra toda discriminación y persecución de las personas homosexuales. Lo que ha sido afirmado ya en varias ocasiones: “se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”[5], pero sobre lo cual no se conocen iniciativas relevantes. Desde luego no hay constancia de pronunciamientos de la Iglesia contra la legislación homofóbica existente todavía en muchos países del mundo donde se persigue, sanciona e incluso condena a muerte a la persona homosexual. Tampoco se dan otro tipo de gestos de reconocimiento público[6]. Nuestras comunidades deberían ser inclusivas, de modo que cualquier persona homosexual pudiera no sólo dar a conocer su tendencia homosexual, sino sentirse plenamente respetada, acogida e integrada en la comunión del Señor. Desgraciadamente son numerosas las personas homosexuales y lesbianas que, profundamente implicadas en la vida eclesial, se han ido alejando silenciosamente de ella, a medida que han ido descubriendo, con gran conflicto interior, su tendencia u orientación. También debe ser revisada la sospecha que se ha extendido a raíz de la pederastia sobre las personas homosexuales en los Seminarios y casas religiosas de formación. En principio las personas homosexuales pueden abrazar el celibato ministerial o la castidad religiosa con igual grado de madurez que las personas heterosexuales como J.M. Uriarte precisa[7]. La Iglesia católica, como otras religiones, deben abandonar definitivamente prejuicios acumulados por culturas ancestrales que han sido y siguen haciendo de nosotros responsables objetivos de la discriminación de las personas homosexuales, lo que es un grave pecado contra Dios.

La segunda cuestión que la Iglesia debe abordar es la conyugalidad homosexual. En los debates de estos años pasados, ante las iniciativas de diversos países para la aprobación y regulación del matrimonio homosexual se ha planteado con frecuencia la disposición de algunos obispos a que estas uniones se regularan por la vía del pacto civil, como inicialmente hizo Francia o el Reino Unido. El argumento es preservar la identidad específica del matrimonio, basado en la complementariedad ente varón y mujer. Es una tesis que tiene fundamento. Sin embargo, al magisterio de la Iglesia no le corresponde dilucidar la cuestión jurídica, sino la antropológica, si acepta o no la posibilidad de la conyugalidad homosexual. Hasta el momento, la única respuesta que la Iglesia ofrece es la castidad, no elegida, sino obligada[8], nuevamente, sobre la consideración de la inclinación homosexual como intrínseca y objetivamente desordenada. No podemos sino considerar esta respuesta como insatisfactoria. Desde muchos de vista, humano y ético, pero también teológico, porque si hay amor, y lo hay en tantas parejas homosexuales y lesbianas, la Biblia nos dice que quien “ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn, 4,7).

c) Nueva forma de iniciar la vida conyugal y la formación de la familia

En un periodo de tiempo bien corto no solo se ha reducido sino que está transformándose sustantivamente el modo de concebir el inicio de la vida conyugal y la formación de las familias. El proceso de desinstitucionalización general que caracteriza el cambio posmoderno, afecta tanto al matrimonio cristiano como al civil, algo observable, por otra parte, en la actitud de los ciudadanos no sólo ante la familia, sino también ante la religión y la política. Además de la primacía de lo experiencial frente a lo institucional, no debe olvidarse como factores explicativos la “des-tradicionalización” y la privatización. Todos estos cambios han desmoronado lo que antes era una evidencia social: la idea de un matrimonio como hecho social, por el que se contrae un compromiso sólido y a largo plazo –con sello jurídico– que marca un antes y un después en la vida de la persona, y que da el acceso a la convivencia, al amor sexual pleno, a la formación del hogar y a la paternidad. Consecuentemente se ha movido totalmente el tablero en el que opera la pastoral del sacramento del matrimonio –y el conjunto de la pastoral familiar–.

Ante la nueva situación no se trata de modificar lo sustantivo de la propuesta cristiana, esto es, vocación de Dios, sacramento de la Iglesia, entrega mutua, fidelidad de por vida, apertura a los hijos y su educación, y compromiso social en horizonte del Reino. Pero sí son necesarios varios cambios.

En primer lugar, acoger las familias tal cual son, y, en la medida que estas tengan un interés por la fe y la comunidad cristiana, ofrecer espacios de encuentro y acompañamiento, donde sea posible una pedagogía sobre la propuesta cristiana de amor familiar, que ayude a vivirla progresivamente en su integridad. Una perspectiva inclusiva para las familias monoparentales, adoptivas, de base homosexual, etc.

En segundo lugar, desde la perspectiva de una evangelización más kerigmática en un contexto de mayor secularización, en que muchos demandantes del sacramento presentan una fe tan sincera como incierta, el proceso de preparación del matrimonio puede concebirse como una oportunidad para un segundo anuncio de la fe y una cierta experiencia catecumenal en pareja.

En tercer lugar, debe superarse una concepción puntual de la pastoral matrimonial por una más procesual de largo recorrido. La educación para el matrimonio y la familia debe arrancar desde edades más tempranas, incorporándose a la pastoral de adolescentes y jóvenes. Y debe prolongarse más allá de la celebración del matrimonio en todo el proceso, concibiendo la familia como sujeto de evangelización en asociación con la comunidad parroquial y como realidad que necesita de apoyos múltiples por parte de la comunidad eclesial para sostener con fidelidad la hermosa, fascinante y fecunda vocación del amor.

[1] W. KASPER, El Evangelio …, o..c., p. 96.

[2] W. KASPER, El Evangelio …, o.c., pp. 87 y ss.

[3] Este punto más amplia y monográficamente desarrollado en este número de Iglesia Viva 262 (2015) por B. PETRÁ.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.

[5] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 2003, 4.

[6] Por lo inusual y por lo que representa como cambio de actitud, es reseñable la llamada de pésame del Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, al marido del activista gay y dirigente socialista Pedro Zerolo, con ocasión del fallecimiento de éste. Pero no deja de ser sino un paso muy inicial.

[7] J.M. URIARTE, El celibato. Apuntes antropológicos, espirituales y pedagógicos. Santander, Sal Terrae, 2015, pp. 150-160.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359.

La teología ante el Sínodo

La teología ante el Sínodo

perea El Sínodo de los obispos sobre la familia, al que Iglesia Viva está prestando mucha atención, está en marcha. Y, como se temía, le están poniendo muchos palos en las ruedas los defensores de que nada cambie en la Iglesia. Cardenales insignes siguen insistiendo en oponer a las medidas pastorales que quiere Francisco la rigidez de la doctrina establecida. ¡Ojalá llegase a los padres conciliares esta profunda reflexión de Joaquín Perea, director de de Iglesia Viva, que aparecerá en el inminente número 263 de la revista!

¿Se trata solo de cuestiones morales?

En los últimos decenios no se había dado una situación comparable a la presente en la cual ambos extremos del espectro de la política eclesiástica tuvieran la impresión de que algo decisivo puede cambiar. Es verdad que casi nadie se cree capaz de dar un juicio concluyente acerca de qué reformas concretas quiere personalmente el papa Francisco y hasta donde llega su voluntad de cambio. Pero que la cosa ha de ponerse en movimiento, eso es seguro en razón de las declaraciones que hasta ahora ha hecho el Papa. Ciertamente la orientación teológica de este “papa pastor” en cuestiones determinadas no es tan conocida como lo era la de Benedicto XVI cuando fue elegido. Lo que sí parece claro es que el papa Francisco concede gran importancia metodológica como locus theologicus a la piedad popular. Pues bien, por coherencia con su llamada “a salir” al pueblo, a las calles, se deduce que ha de buscar también que se abran todas las puertas que estaban cerradas y que el lugar de la reflexión teológica sean las fronteras. Este criterio tiene una importancia grande en relación con la temática a tratar en el próximo Sínodo.

En los meses transcurridos entre el Sínodo extraordinario del año pasado y la Asamblea General Ordinaria de este otoño se ha dado muchas vueltas en torno a la cuestión acerca del permiso oficial para la recepción a la comunión de los divorciados vueltos a casar en determinados casos y con determinadas condiciones. Desde luego este punto de controversia se ha convertido durante el entretiempo que ha discurrido entre ambas sesiones en símbolo del éxito o del fracaso de los esfuerzos eclesiales de reforma.

Pero junto a dicha cuestión hay una lista de otros temas en el campo de la moral sexual y de la pastoral familiar. Y además, a partir del desarrollo y del resultado del Sínodo, pueden producirse novedades sobre el asunto que alcanzarán mayor profundidad, como son las del sentido de la fe del pueblo de Dios, las relaciones entre las Iglesias locales y la Iglesia universal, la valoración de las estructuras participativas en la Iglesia católica, el funcionamiento conjunto de papa, curia y obispos diocesanos. Por no hablar de otros temas teológico-pastorales que se plantearon en los dos pontificados anteriores y fueron sofocados por vía autoritativa y que ahora, al rebufo de la apertura del actual papado, vuelven a aparecer en la agenda de los debates teológicos.

Aquí nos encontramos ante una cuestión clave. La teología no puede ser solamente la explicación de verdades permanentemente firmes, mero “desarrollo” de la doctrina. Frente a la posición del cardenal prefecto de la Congregación de la Fe, Gerhard Ludwig Müller, que el pasado abril ponía sobre aviso contra cambios en la doctrina sobre el matrimonio con el argumento de que las realidades de la vida no son fuente de revelación, no pocos teólogos y también obispos han manifestado su convicción de que una reflexión teológica sobre la realidad pastoral debería llevar a recapacitar sobre las posiciones doctrinales, en todos los ámbitos y, por tanto, también en el del matrimonio y la familia.

Si la reflexión pastoral está bien llevada y se hace en profundidad, detecta en el presente muchos puntos calientes en los que se manifiesta una crisis de confianza en la Iglesia y que demuestran lo amplia que es la tarea a la que nos referimos. En concreto, las cuestiones del Sínodo sobre la Familia no solo afectan a la teología moral, sino que desencadenan discusiones que van mucho más allá, acerca de temas como la corporalidad, el ser sujeto, la libertad, etcétera. Las cuales, a su vez, apremian a la Iglesia a definir de nuevo su relación con la modernidad. Y no olvidemos que todos ellos son temas que hoy en día no se mantiene independientemente de la cuestión de Dios.

  •  ¿Un ”Sínodo en la sombra”?

      Las anteriores reflexiones han despertado la sensibilidad de bastantes obispos en la Iglesia universal. Queremos señalar al respecto un evento que quizá ha pasado desapercibido a causa de la excesiva polarización de los medios de comunicación en el problema que hemos señalado antes, el de la admisión a la comunión de los divorciados vueltos a casar.

Nos referimos a la llamada “Jornada común de estudios” convocada por los presidentes de las conferencias episcopales de Alemania, Francia y Suiza, celebrada el 25 de mayo en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma para reflexionar sobre los temas vinculados al debate sinodal. La iniciativa nació del encuentro de los tres presidentes de dichas conferencias, que había tenido lugar a puerta cerrada en enero de este mismo año en Marsella. Los organizadores escogieron a 50 expertos, obispos –algunos futuros participantes en los debates sinodales–, teólogos, determinados miembros de la curia romana y líderes de asociaciones y movimientos laicales. Fueron invitados algunos periodistas “vaticanólogos”, pero parece que solo un periodista italiano se hizo presente en el encuentro, al que calificó de “sínodo en la sombra”.

El objetivo de la jornada, expresamente manifestado por los tres presidentes, era “enriquecer la reflexión sobre los fundamentos bíblicos y teo-lógicos de los temas del Sínodo y precisar las problemáticas planteadas en los debates actuales sobre el matrimonio y la familia”.

Cuando parecía que los trabajos de la jornada quedarían en el baúl de los recuerdos, casi dos meses después del acontecimiento, a mediados de julio, los textos de las intervenciones (salvo la relación final, tenida por el cardenal Reinhard Marx) han sido publicados en la página web de la Conferencia Episcopal Alemana.

El día completo se estructuró a partir de seis exposiciones de expertos (teólogos y canonistas, cuatro hombres y dos mujeres) de veinte minutos cada una, seguidas de media hora de discusión entre los participantes y un debate final de una hora[1].

La primera parte de la jornada, bajo los títulos “Las palabras de Jesús sobre el matrimonio y el divorcio” y “Reflexiones a propósito de una herme-néutica católica de la Biblia”, estuvo consagrada a la interpretación de las palabras de Jesús sobre el divorcio: cómo entenderlas en sí mismas y en el contexto global del anuncio del reino de Dios y de la tradición de la Iglesia. La cuestión es clave, porque, según la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, nº 8, la comprensión cristiana de la tradición se desarrolla en la historia, sobre la base del discernimiento de las realidades espirituales por parte de los fieles y a través de la enseñanza del magisterio.

En la segunda parte de la jornada, con los enunciados “La sexualidad como expresión del amor” y “Reflexiones sobre una teología del amor”, se reflexionó sobre los datos de una teología del amor, que ve la sexualidad como lenguaje del amor y don precioso de Dios. Esta teología se encuentra a la espera de proposiciones nuevas que propicien un diálogo intenso entre la teología moral tradicional y las mejores aportaciones de la antropología contemporánea y las ciencias humanas.

Por fin, la tercera secuencia del día, también titulada doblemente “El don de la vida que se nos ha dado” y “Reflexiones sobre una teología narrativa”, se centró en la necesidad de elaborar una teología que se ponga en relación con la experiencia personal y la conciencia del creyente. Ahí se habló de la dificultad de aceptar el don de la propia vida e interpretar cada biografía, incluso desde el aspecto teológico. Se trataba de iluminar las condiciones de vida de los individuos como historia de gracia. En el contexto de una sociedad pluralista y altamente compleja el individuo se ve confrontado con dificultades sin cesar crecientes en la construcción responsable de su propia vida. La distancia de las herencias tradicionales o los modelos transmitidos hace esta construcción todavía más delicada. Los proyectos personales de vida y los juicios de conciencia juegan un papel mucho más importante que en otra época. Todo esto impacta fuertemente la comprensión moral de la vida y constituye otros tantos desafíos para la pastoral conyugal y familiar.

Puede decirse que tanto las exposiciones como las discusiones de la jornada mostraron la diversidad de los acercamientos actuales a la teología del matrimonio y de la familia, importantes para su localización en la Iglesia y en el mundo. El tema más importante de las intervenciones parece que fue la exigencia de reemprender el estudio de los problemas desde la experiencia de los individuos, de forma que se supere la rigidez de “la ley”, mitigándola con la misericordia, tantas veces invocada por el actual Papa. En realidad se trata de un modo de no tocar la enseñanza del magisterio, pero aplicar las normas con mayor equidad, para que la firmeza en los principios no haga olvidar la atención para con las personas, sus diversidades, sus diferentes caminos individuales. La jornada dio a entender muy claramente que el debate teológico sobre el futuro del matrimonio y de la familia es necesario y posible y que una reflexión intensa lo enriquecerá.

  • Temas centrales de la jornada

Proponemos a continuación una recapitulación de las cuestiones que más se abordaron en las exposiciones, los debates y la discusión final.

La cuestión clave de la interpretación de la Escritura y del magisterio

En primer lugar la importancia de la hermenéutica fue subrayada de forma insistente durante toda la jornada. Los textos bíblicos requieren su interpretación en el marco histórico en el que una palabra humana nos transmitió en aquel entonces la palabra divina. La riqueza y la apertura de dichos textos plantean un desafío a la reflexión sobre su contenido y su transposición a la vida.

Lo importante no es considerar los asertos bíblicos aisladamente, sino en su época, en el respectivo contexto textual y en el contexto del conjunto del mensaje bíblico con objeto de poder extraer aquellos aspectos teológicos que afectan al presente. La mayor complejidad que resulta de ahí constituye evidentemente un desafío, pero no solo es un desafío inevitable, sino útil para los esfuerzos que buscan mantenerse fieles a la intención de las afirmaciones de Jesús. Es preciso integrar todo los datos en un proceso hermenéutico que estudie de nuevo para hoy el testimonio de la Escritura a la luz de la tradición.

En los debates se puntualizó que no solo las fuentes bíblicas, sino también las afirmaciones y los dogmas enseñados por el magisterio requieren una hermenéutica para ser interpretados de acuerdo con los parámetros de la vida moderna. Es obvio que, aunque la jerarquía no tiene competencia específica en cuestiones de exégesis, sí que tiene la misión de inculcar el sentido de la Escritura insertándolo en la tradición de la Iglesia. Pero para ello necesita un diálogo constante con la ciencia. Y también con gran número de personas y de parejas que buscan orientación.

Punto de referencia esencial: el anuncio del Reino

El cuadro interpretativo de conjunto en el cual se han de enunciar las respectivas interpretaciones concretas bajo forma siempre nueva, ha de ser la proclamación del reino de Dios por parte de Jesús. Ese mensaje constituye el punto de referencia para la proclamación eclesial en su conjunto respecto a la relación de pareja, el matrimonio y la familia. Es preciso que la doctrina sobre el matrimonio y la familia como auténtica sucesión de Cristo sea colocada constantemente en el cuadro de esperanza del Reino, haciendo comprender que esta buena nueva es un mensaje de liberación para la humanidad. Así quedará respetada la libertad del individuo, incentivada su sociabilidad y tenido en gran consideración el amor conyugal. Desde esta perspectiva es como hay que mostrar de nuevo la enseñanza de la Iglesia diciendo claramente a los hombres y mujeres que es un bien para ellos.

Importancia de las biografías individuales

En los diálogos se subrayó de forma particular la importancia que tienen las biografías individuales, las experiencias hechas en la vida y las actitudes frente a ella, para realizar una correcta reflexión teológica sobre el nexo entre la doctrina sobre el matrimonio y la vida conyugal. Si se quiere hacer una evaluación acertada de las actitudes y de las conductas individuales es absolutamente indispensable la integración del contexto biográfico. Una teología abstracta que no tiene en cuenta estos contextos pierde su pertinencia.

Desde tal perspectiva se hizo notar en los diálogos que personas que han vivido el fracaso de su primer matrimonio y contraído luego matrimonio civil, han tenido conciencia de culpa individual en relación con el fracaso y la separación, pero no respecto al nuevo vínculo sentimental y al nuevo matrimonio. Este último se ha experimentado como un nuevo punto de partida, como un intento de superar sus propios errores y evitarlos en la nueva relación. En el citado contexto se considera necesario someter a una nueva evaluación la vida en el matrimonio civil. No es exacto definir tal situación biográfica como un “pecado permanente”. También se subrayó con insistencia el aspecto del entrelazamiento de las biografías. Pero en todas las discusiones se tuvo demasiado poco en cuenta el destino y el sufrimiento de los hijos concernidos por esta situación.

Atención a las ciencias humanas: psicología, sociología, medicina

Aunque la necesidad de una formación teológica se mantiene indiscutida, sin embargo en la jornada se pidió reiteradamente que la doctrina eclesiástica tenga más seriamente en cuenta esas disciplinas científicas. Una teología que olvida el nexo con las ciencias humanas o que incluso las considera irrelevantes, puede llevar a un fideísmo que disocia la fe de la razón y equivale a la radical pérdida de valor de esta última. Además ello está en contradicción fundamental con el magisterio de la Iglesia.

En lo que se refiere a la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad y el matrimonio, lo dicho significa que hay que estar muy al día sobre los nuevos datos de la ciencia y tener en cuenta que el estado actual de los conocimientos en este campo ha progresado enormemente. Esta apertura es tanto más exigida cuanto que las normas eclesiásticas concretas en tal dominio remontan a épocas que no disponían del moderno nivel de informaciones sobre el desarrollo y la importancia de la sexualidad humana. Guiados por ese espíritu, es necesario igualmente perfeccionar las normas. En particular no se debe restringir la sexualidad humana al coito, como continúan haciendo ciertos pasajes capitales de la doctrina eclesiástica sobre el matrimonio, sino tomar en serio la sexualidad en cuanto aspecto existencial global de la persona humana. Hay que desarrollar una “mayéutica del Eros” porque no podemos dejar a los jóvenes sin orientación en medio de las corrientes del espíritu de la época.

La reconciliación de los divorciados

Se insistió en la importancia del aspecto de la reconciliación, dimensión fundamental del mensaje cristiano. En este contexto se reiteró la indispensable necesidad de un recorrido de reconciliación para todos los humanos y para todas las situaciones de la vida. Se subrayó que la reconciliación debe tener prioridad sobre el juicio y la sanción. El hecho de que para los divorciados vueltos a casar, que son activos sexualmente en su segunda unión, no pueda haber reconciliación, constituye un callejón sin salida; en la praxis eclesiástica no existe ningún paralelo de tal rechazo. Se debe superar esta situación para no seguir amenazando la credibilidad de la Iglesia cuando ella habla en general de la importancia de la reconciliación. El problema es urgente.

Para las formas de convivencia fuera del matrimonio, en cuanto se refiere al aspecto de la reconciliación, se plantea esta pregunta: ¿cómo podemos defender los propios valores sin desvalorizar otros? Se pidió particularmente tener mayor sensibilidad para encontrar un lenguaje que no se deslice hacia un estilo despreciativo, sino que use una “claridad humilde”. Aquí se vio la necesidad apremiante de seguir profundizando, para afrontar un proceso gradual. Será importante proseguir el desarrollo del “instrumentario eclesial”.

El matrimonio como sacramento

Reiteradamente se subrayó la importancia de la sacramentalidad del matrimonio: participa del sacramento radical que es la Iglesia. ¿Dónde encuentra expresión este aspecto en la praxis pastoral? Hay que tener presente que el fracaso de un matrimonio no es solo un fracaso para los cónyuges, sino también para toda la Iglesia y que, por consiguiente, la Iglesia debe también interrogarse sobre su propia responsabilidad en tal fracaso.

Por otra parte se consideró que la relativización de la sacramentalidad es un camino que lleva a un callejón sin salida. Pero lo que sí se vio como necesario es una nueva interpretación de la noción de sacramento, en la cual sea objeto de mayor reflexión la relación entre fe y salvación. Al hacerlo se ha evocado la noción de misterio, más fuertemente orientada hacia una nueva realidad de vida situada en el horizonte del reino de Dios. También se subrayó el doble carácter del sacramento de la eucaristía: este sacramento es, por una parte, signo de la unidad de la Iglesia y, por otra parte, un medio curativo y fortificante para el camino. El segundo aspecto no debe quedar en la sombra y ser obstaculizado por el primero.

“Consummatio matrimonii”

También la noción de consumación del matrimonio se discutió y profundizó, afirmando que su reducción al coito constituye un razonamiento problemático por su estrechez. Aquí subsiste, por así decir, un residuo del “ius in corpus” que el Concilio Vaticano II tuvo la intención de superar. Mientras que el Concilio colocó en el centro de la doctrina sobre el matrimonio eclesial la importancia del vínculo personal, este apego al “ius in corpus” engendra una manera inadecuada de observar el matrimonio y por ello, en último análisis, lleva a errores de juicio teológicos y morales. Frente a ello se trata de ver la sexualidad como un componente que engloba la totalidad de la persona humana integrando, con este modo de considerarla, sobre una base bíblica y en la corriente de la tradición los más recientes descubrimientos de las ciencias humanas.

Gradualidad en la actuación pastoral

En relación con el aspecto de la gradualidad se señaló que la Iglesia, por una parte, tiene que ocuparse de las personas en camino, pero que, por otra parte, también está en camino la misma Iglesia, pueblo peregrino en el camino de Dios. En cierto sentido ello causa imprecisiones, necesarias en cierta medida, en el ajuste entre la doctrina y la vida. Graduaciones, fracturas, defectos de sincronización forman parte del programa cotidiano de la praxis pastoral. Los modelos de matrimonio y de familia proponen una ambiciosa ética matrimonial y familiar que las personas consiguen realizar solo gradualmente, transformando las diferentes facetas en realidad. Por otra parte es cierto el principio de que quien ama, vive una experiencia de trascendencia.

Y así en las relaciones afectivas que no parecen corresponder a las normas de la Iglesia, se encuentran también aspectos que han de considerarse como auténticos testimonios del amor de Dios y de la acción del Espíritu. ¡Debemos buscar a Dios en todas partes! En este contexto se subrayó la importancia del concepto teológico de los “logoi spermatikoi”. Vistas las estructuras de la realidad, se le plantea a la Iglesia el desafío de superar cualquier forma de reflexión sin matices; las cosas no son sin más o blancas o negras. El tema de la homosexualidad es un problema particular que es preciso afrontar a través de reflexiones adecuadas.

Una visión y un lenguaje diferenciados

Un aspecto que surgió reiteradamente durante las discusiones fue la absoluta necesidad de utilizar un modo diferenciado de ver los problemas. Las diferenciaciones requieren un esfuerzo de reflexión, de argumentación y de acción, porque las situaciones que la vida nos plantea son complejas y exigen un modo adecuado de abordarlas. Un lenguaje que renuncia a las diferenciaciones se convierte rápidamente en despreciativo y ofensivo. Allí donde la Iglesia no se distancia de modo claro y comprensible de toda forma de discriminación, pone un obstáculo a su propio mensaje. Para profundizar en el debate y perfeccionar el lenguaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia será particularmente importante superar la tentación de contraposiciones simplificadoras, como por ejemplo, las de sujeto contra institución, eros contra ágape, verdad eterna contra espíritu de la época. En lo que se refiere al tema del matrimonio y la convivencia es importante subrayar de modo diferenciado tanto la tolerancia ante otras formas de convivencia, como su distinción respecto al matrimonio. Poner en evidencia el perfil particular del matrimonio no constituye ni una desvalorización ni una discriminación de otras formas de vida.

Ofrecer una orientación

Para los participantes en la jornada constituyó una preocupación central el ofrecimiento de una orientación a las personas, sobre todo a los jóvenes. Es responsabilidad de la Iglesia formular esta orientación de modo que los destinatarios consigan comprenderla sin dificultad y sea plausible para aquellos a quienes está destinada. La Iglesia no estará a la altura de esta misión más que si las relaciones entre doctrina y vida son reexaminadas con mayor precisión: en efecto, la doctrina sobre el matrimonio y la realidad del mismo comparten muy pocos puntos comunes. Además es preciso tener presente que ofrecer orientación no quiere decir desacreditar y condenar. Al contrario, es necesario para el trabajo práctico de la Iglesia desarrollar y cuidar una especie de “arte del acompañamiento”.

  • Consecuencias para el desarrollo del Sínodo

Como eje central de esta importantísima jornada de estudio quedaba la afirmación de que la Iglesia tiene el deber de dar a conocer a la humanidad el mensaje liberador de Jesús. Simultáneamente debe respetar la libertad de cada individuo. En el Sínodo tiene que preguntarse: ¿qué hemos de decir hoy acerca del matrimonio a estas personas de parte del reino de Dios? No será cosa fácil encontrar una respuesta común a esta pregunta. En ningún caso debe tratarse de componendas que simplifican.

       Es particularmente importante que en la Asamblea se tenga presente la discreción de los espíritus; los espíritus son diversos. ¿De qué espíritu se habla aquí? La escisión no es obra del Espíritu. Igualmente el desprestigio, las ofensas e injurias recíprocas no son obra del Espíritu. Una tosca confrontación entre “aquí nos atenemos a la verdad” y “ahí se adaptan a la moda de la época” no hace justicia a la gravedad de la situación. No se trata de rebajar el nivel de la ética cristiana frente a las modas del tiempo haciendo las cosas más fáciles. Al contrario, se trata de descubrir el matrimonio y la familia en su forma actual como una forma de vida en la fe, sin discriminar por ello a las otras.

Pero es claro que el Sínodo no puede limitarse a confirmar lo que ya existe y lo que ya se ha dicho. Textos religiosos que no hablan al corazón de las personas y que, por tanto, no las incitan a pensar y a actuar, pasan de largo y no realizan su objetivo. El Sínodo tiene la gran oportunidad de descubrir y difundir nuevamente el mensaje de Jesús sobre el matrimonio y la familia como una teología del amor.

Sobre este telón de fondo quedaba resonando la hipótesis dibujada por el Instrumentum laboris, que probablemente será el punto de partida de los debates sinodales. A saber: que las parejas divorciadas y vueltas a casar puedan emprender un camino penitencial bajo la responsabilidad del obispo diocesano con la perspectiva de una posible readmisión a los sacramentos. En resumen, una acogida no generalizada a los sacramentos, sino vinculada a situaciones particulares y a condiciones bien precisas. La propuesta tendría la ventaja de aflojar el atornillamiento a la doctrina, hoy día abiertamente cuarteado por la realidad social. Pero no ofrecería una respuesta unívoca y definitiva a las demandas que vienen de tantas parejas católicas.

Además presentaría el indudable problema de cómo gestionar concretamente las decenas de miles de parejas que potencialmente podrían emprender ese recorrido en las diócesis de las grandes metrópolis. A estas parejas difícilmente el obispo les podría garantizar un acompañamiento espiritual real, haciendo que se desvanezca con los hechos lo que se afirma en teoría. Y convirtiendo en una especie de lotería arbitraria la eventual readmisión a los sacramentos.

       Septiembre de 2015

[1] Los títulos de las exposiciones y los nombres de sus autores son los siguientes: “Las palabras de Jesús sobre el matrimonio y el divorcio”, Anne-Marie Pelletier. “Reflexiones a propósito de una hermenéutica católica de la Biblia”, Thomas Söding. “La sexualidad como expresión del amor”, Eberhard Schockenhoff. “Reflexiones acerca de una teología del amor”, François-Xavier Amherdt. “El don de la vida que se nos ha dado”, P. Alain Thomasset SJ. “Reflexiones sobre una teología narrativa”, Eva-Maria Faber.

 

La enseñanza fundamental de Francisco

La enseñanza fundamental de Francisco

CastilloJosé Mª Castillo ayuda a entender el Sínodo que ya está en marcha. Por lo que se llega a traslucir con una tensa polémica entre la doctrina de siempre y la renovación pastoral de abrirse. En iviva.org vamos a ir publicando textos de teología abierta a la renovación.

El pontificado del papa Francisco todavía es corto. Y por tanto aún no ha tenido tiempo para decirle a la Iglesia y al mundo todo lo que este hombre singular tiene que enseñarnos a todos. Pero, tan cierto como eso, es que, en el breve tiempo que lleva al frente de la Iglesia, ya ha dicho lo más importante que tenía que decir.

        Hago caer en la cuenta de que este papa no ha tomado decisiones importantes en dos ámbitos fundamentales de un buen gobierno eclesiástico: la reforma de la Curia Vaticana y la reforma de la Liturgia. Por supuesto, sabemos que ha habido algunos cambios. Pero cambios sin especial importancia a largo plazo. Y por cuanto se refiere a la doctrina, es cierto que Francisco ha demostrado de sobra que es un hombre con una notable sensibilidad social y también con una patente preocupación por los grandes problemas que afectan a la humanidad. Pero también es cierto que, en este orden de cosas, todos sabemos que el papa Bergoglio es un jesuita que, en sus años de formación y estudio, da la impresión de que recibió una enseñanza más bien tradicional a la que se mantiene fiel. ¿Hará este papa cambios decisivos en la teología y en la gestión del gobierno de la Iglesia? Nadie lo sabe. Ni eso se puede predecir de antemano.

        Por supuesto, yo sé que a lo que acabo de decir se le pueden (y seguramente se le deben) poner no pocas matizaciones. Las acepto de antemano y con gusto. Pero hay una cosa incuestionable, que es a lo que yo quería venir. Y por lo que publico esta reflexión.

        ¿Qué es lo que ya nos ha enseñado el papa Francisco, que va a quedar como legado fundamental para la Iglesia y para el mundo? Sencillamente esto: lo primero y lo más determinante no es lo que sabemos, no es lo que decimos en nuestras enseñanzas, no es tampoco lo que decidimos o imponemos en relación a los demás. Lo primero y lo más determinante es nuestra propia forma de vivir, nuestra sensibilidad y nuestra humanidad ante la felicidad o el sufrimiento de quienes están a nuestro alcance.

        Se sabe que, en el ranking de personas más influyentes ahora mismo en el mundo, según el criterio del actual gobierno de China, el papa Francisco está entre los cuatro primeros. ¿Por qué? ¿Por su religiosidad? ¿por su ortodoxia doctrinal? ¿por su poderío económico? Ciertamente, por nada de eso. Entonces, ¿de dónde le viene al papa tanta importancia y tanta influencia mundial? De una sola cosa. Su poder simbólico. Francisco es un símbolo mundial. ¿Por su saber? ¿Por su poder? ¿Por su riqueza? Insisto: por nada de eso. Sólo en una cosa está su fuerza: es el símbolo más claro de la presencia y de la actualidad del Evangelio en el mundo. Con tal que entendamos y vivamos el Evangelio, no como una religión más (entre tantas otras), sino como un “proyecto de vida”.

Sínodo: La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Sínodo:  La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Blog RegnoHa empezado el Sínodo de la Familia. Recomendamos un blog de Il Regno creado precisamente para facilitar el seguimiento. Allí se puede leer en italiano la importante ponencia introductoria del cardenal Erdö. Que ha sido totalmente inclinada a defender la doctrina y práctica tradicional. Tanto que ha provocado este artículo de Andrea Grillo que nosotros traducimos.

 La resistencia al cambio y la “cultura de los descartes”

Por Andrea Grillo

 

¿Qué fecha tenía la relación del card. Erdö? ¿Cuándo se escribió? Atendiendo al contenido del texto y a las referencias internas podría ser fácilmente de hace 30 o 40 años. Y las referencias a las palabras de Francisco aparecieron , a tenor del mismo tono con que fueron pronunciadas, totalmente exteriores y “de adorno”.

 

Pero hay un punto en el que el texto es revelador: cuando se les atribuye a los “divorciados vueltos a casar” la imposibilidad de acercarse a comulgar. Es un sistema perfecto: ¡la Iglesia no puede hacer nada, ya que son “ellos” quienes se han situado fuera!

 

Debido a que no renuncian a los actos sexuales en su “nueva unión”, no pueden ser reconciliados. La “cultura eclesiástica” se convierte en “la cultura de los descartes”, pero con el agravante de cargar la responsabilidad en los descartados. Es un sistema que se autoimmuniza del problema y lo descarga en otros. Pueden dormir tranquilos sólo aquellos que duermen solos.

 

No en vano, el prelado húngaro ya se ha distinguido, a pesar de que su título de relator viene ya del Sínodo de 2014, ¡en no haber distribuido el cuestionario de consulta en su archidiócesis de origen! No necesitaba consultar a nadie. No necesitaba confrontarse con la realidad. Lo tenía todo claro incluso antes de comenzar el “sínodo”.

Por esto su discurso es un “no evento”: La Iglesia en salida no puede pasar en absoluto por estas palabras.

Atrévete a actuar

Atrévete a actuar

Carlos Barberá

Carlos F. Barberá nos ofrece otra reflexión sobre los que debería ser un cristianismo vivo y una Iglesia viva que parte de la base y de la atención a los pobres.

Calificándola de religión burguesa, Metz ha definido el modelo de cristianismo salido de la cultura del Renacimiento y la Ilustración. Una religión de servicios, legitimadora del sistema y en el fondo acorde con la idea del progreso y del triunfo. Impregnada en todo caso de un clima de individualismo,

Rememorando la religión que viví en mi adolescencia, he querido encontrar rasgos que verificasen esa definición. Era sin duda una religión de servicios, destinados a la custodia –en el doble sentido de guarda y de vigilancia– de los cristianos, aceptadores sin crítica del sistema. Una Iglesia del lado y a honor y gloria de los triunfadores. El éxito del Opus Dei era el símbolo más claro de ese paradigma. Que Franco entrase en las iglesias bajo palio no debe producir extrañeza. El era por antonomasia el prototipo del triunfador. Si hoy en una misa oficial la homilía comienza por el saludo a las autoridades presentes, ello responde a la misma lógica. En esa religión, como en la sociedad misma, los últimos no son los primeros.

 

En ese modelo las autoridades religiosas revestían la mayor importancia. Ellas guardaban al rebaño y con su figura, con sus títulos, con sus gestos mostraban lo que eran verdaderamente, autoridades. Aunque tuviese lugar   después del Concilio, el papado  de Juan Pablo II respondió igualmente a ese modelo. El mismo era una fuerza vital, un triunfador, incluso quiso serlo de la enfermedad y de la muerte.

 

No es necesario añadir que quienes suspiraban por un cambio eclesial esperaban que viniera desde arriba. Un papa nuevo, nuevos obispos. Como ni uno ni otros eran nunca nuevos, ser católico entrañaba siempre una dosis de frustración y hasta de vergüenza, ajena y de rebote propia.

 

Llegó el Vaticano II y explicó que la mejor definición de la Iglesia era la que la calificaba como pueblo de Dios. Pocas fueron sin embargo las consecuencias de esa visión transformadora. Las buenas ideas hay que instrumentarlas pero los encargados de hacerlo no se pusieron a una tarea a la que eran manifiestamente opuestos.

 

Por una de esas sorpresas que procura la historia, ha llegado a nosotros el papa Francisco. Recordemos que su primer gesto fue pedir la oración y la bendición de los fieles y su primer gran documento fue para denunciar el sufrimiento de las víctimas del sistema. Ofrecía de este modo unas coordenadas distintas: quería una Iglesia con las manos manchadas, una Iglesia que saliera a la calle, unos creyentes que abrieran caminos. Muchos esperaban nuevos decretos, nuevas leyes eclesiásticas. Ofreció en cambio gestos inéditos, actitudes novedosas, invitaciones a ver de manera diferente.  En mi opinión, el resultado ha sido escaso, bien escaso. Apenas veo que eso haya dado lugar a iniciativas novedosas. Estoy  convencido de que los católicos, contra la advertencia de los ángeles, siguen aun mirando al cielo, esperando que de él les llueva la salvación. Quizá muchos no saben que, cuando Carlos Osoro, antes de su toma de posesión en Madrid, participó en una sesión académica en al Instituto de Pastoral, los asistentes le recibieron puestos en pie con un aplauso cerrado. Parecía que llegaba el salvador. Después se ha podido comprobar que los salvadores escasean.

 

Con ello llego a lo que quiere ser el meollo de este artículo. Kant utilizó una sentencia de Horacio que con él se hizo famosa: Sapere aude, atrévete a pensar. Del mismo modo creo que para los católicos hay una consigna urgente: Agere aude, atrévete a actuar. De los obispos no va a llegar ninguna Iglesia nueva y parece que tampoco de los nuevos curas, nuevos por la edad y por ninguna otra característica. Es de la base católica de donde ha de llegar la renovación. Metz ha dicho que sólo tiene futuro la Iglesia de base.

 

Y ¿qué tendría que hacer esa Iglesia? Quiero empezar con una frase de Bloch que trae el mismo teólogo alemán: “los teólogos se empeñan en ser más seculares y críticos que el mismo hombre secular. Pasan entonces de racionales a racionalistas y ya nada tendrán que decirnos”. Se tratará, pues, de una Iglesia religiosa, si es que eso no es una redundancia.

 

Esa Iglesia de base ha debe ser espiritual, con la espiritualidad del Evangelio. Es decir, ha de aprender a hacer una lectura creyente –realista, religiosa, esperanzada– de los acontecimientos. Esa será sobre todo su oferta al mundo porque, como dijo san Pablo, cada momento es un momentos de salvación. Como se ve, no se trata de dar doctrina –aunque la reflexión teológica sea importante– sino de hacer un anuncio permanente: el reino de Dios está en medio de nosotros.

 

Esto supuesto, será una Iglesia comunitaria Hace años un obispo francés, monseñor Rouet, decía en una declaraciones: “Mire mi diócesis: hace setenta años, tenía 800 curas. Hoy en día, tiene 200, pero también cuenta con 45 diáconos y 10. 000 personas involucradas en las 320 comunidades locales que comenzamos a crear hace quince años”. La Iglesia de base debería ser la de las comunidades. Aunque antes ha de reflexionar a fondo de lo que entraña esa palabra.

 

En consecuencia, debería emprender una lucha frontal contra todo lo que no favorece la comunidad, empezando por las misas parroquiales. Pocos son los que siguen la consigna de Unamuno: “¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!”. Trasladando la idea a la comunidad eclesial, no deberían cesar las denuncias de la estupidez, de la incoherencia, de la mentira, tanto en el campo político como en el religioso.

 

Finalmente, tendrá a los pobres como uno de los puntos de referencia de su vida. Los pobres como conjunto, creando y apoyando iniciativas de denuncia y de lucha contra la pobreza y los pobres como individuos, a los que se toma a cargo. Alguna vez dijo Mounier que lo típico del cristiano no es amar a la humanidad sino amar al prójimo. No socorrerlo sino amarlo.

 

Una Iglesia comunitaria, de denuncia y de amor, necesitará celebrar. Lo hará de forma sencilla, acogedora, comunitaria. Ahí tendrán un espacio propio conceptos tradicionales, revividos y experimentados: dolor, culpa, redención, perdón, reconciliación. Son conceptos no gratos a la sociedad secular pero cuyo recuerdo es necesario. Constituyen el fondo del ser humano y tienen en el cristianismo, en la historia de Jesús, una raíz profunda. La Iglesia no puede cesar de ofrecerlos y vivirlos.

 

Esperemos, pues,  las iniciativas que pongan en marcha esa nueva Iglesia. Agere aude.