Veritatis Splendor bloqueó la teología moral católica

Tras el importante relevo del cardenal Müller en la Congregación de la Fe, el vaticanista Sandro Magister, muy agudamente como suelen sus comentarios dirigidos ahora siempre a atacar al papa Francisco, ha señalado que esa destitución iba contra la encíclica Veritatis Splendor, que preparó Ratzinger para Juan Pablo II y que sigue creyendo Benedicto XVI que es la mayor encíclica del papa Wojtyla. Seguro que fue el fundamento de la política de principios innegociables que marcó sus pontificados. En Iglesia Viva se criticó de diversas formas esta encíclica. Hoy queremos aportar una página de Jesús Conill, extraida de su artículo El relativismo moral contemporáneo, publicado en el número 171 (1994): La moral a la medida de la persona humana.

 3. El relativismo moral según la ”Veritatis Splendor”

 No podemos exponer con detalle todo el contenido de esta “Carta Encíclica” de Juan Pablo II, pero indudablemente una de las pretensiones de la “Veritatis Splendor” consiste en mostrar las deficiencias del relativismo moral, la primera de las cuales se debe a que en él se “busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma” (15).

Ni el respeto a la conciencia ni a la libertad, que son auténticas adquisiciones de la cultura moderna, deben entenderse en sentido relativista; antes bien, hay que superar las concepciones relativistas de la conciencia y de la libertad. Por eso hay que evitar: 1) “exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores”; y 2) atribuir “a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal”, como si el juicio moral fuera verdadero “por el hecho mismo de que proviene de la conciencia” (16).

Esta concepción subjetivista e individualista de la libertad y de la conciencia hace desaparecer la necesaria referencia a la verdad. El relativismo moral se produce porque entra en crisis la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana pueda conocer, y por lo tanto cambia la concepción de la conciencia.

El relativismo presupondría una concepción ética individualista y subjetivista, donde la libertad y la conciencia no dependen para nada del conocimiento de la verdad. La libertad sería la fuente autónoma creadora de las normas y los valores, incluido el de la verdad, en la que consistiría la “soberanía absoluta” de la autonomía moral humana.

Con lo cual la Encíclica siente la necesidad de rebasar tales concepciones relativistas de la libertad y de la conciencia, acudiendo a un modo de entenderlas que las vincule fundamentalmente a la verdad, mediante la conexión, por un lado, de la conciencia y la ley y, por otro, de la libertad y la naturaleza. Pero a lo largo de toda la exposición no se presenta ningún otro modo de establecer la “dependencia de la libertad con respecto a la verdad” (a fin de superar las antinomias entre conciencia y ley, y naturaleza y libertad) que la ofrecida por el modelo tradicional de la “ley natural”. Por lo tanto, parece que no haya otro modo de salvar el relativismo moral que no sea el del modelo propuesto y expuesto. De donde se deduciría que todo el que no acepte la universalidad e inmutabilidad de la ley natural, inscrita en la naturaleza racional de la persona, y supedite la autonomía moral a la teonomía, es incapaz de preservar y respetar algunos bienes fundamentales y cae irremisiblemente en el relativismo.

Pero ¿no existen también en la cultura contemporánea otras concepciones que contribuyen a compaginar la sensibilidad del hombre contemporáneo por la diversidad histórica y cultural con la defensa de normas y valores universales, aun cuando por otras vías que la propuesta de la ley natural? ¿Por qué silenciarlas y no entrar en diálogo con ellas?

 

(15) Veritatis Splendor. PPC, Madrid 1993, pág. 8.

(16) !bid., págs. 48 y 49.

 

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